jueves 22 de octubre, 2020

Sobre sanaciones

Publicado el 02/05/10 a las 12:00 am

Por Alicia Migdal.

Un aporte a la reflexión acerca de la cuestión militar, la justicia y las convicciones del presidente.

Profundas convicciones personales, compartidas con su entorno familiar, llevaron al presidente Tabaré Vázquez a vetar la ley de despenalización del aborto, en flagrante y anunciada oposición a la voluntad expresada en el Parlamento y por lo tanto, en el llamado Pueblo.
Profundas convicciones personales, compartidas por su entorno familiar,  llevaron al presidente José Mujica a hacer planteos  -que fueron desactivados por él mismo esta semana- altamente conmocionantes para buena parte del llamado Pueblo, y que refieren a su/nuestro pasado tanto como a su/nuestra contemporaneidad: la relación con la clase militar y la política de combate a las drogas. Lo que pone en movimiento este pensar en voz alta del presidente es demasiado  perturbador como para adscribirlo a un pensar en voz alta  sin consecuencias. El mismo habla de que lo suyo es una reflexión filosófica  pero reclama de todos nosotros un nuevo posicionamiento en relación a los militares, como si fuera un rápido acto volitivo y no un eventual, largo y complicado  proceso de cambio. Pero a su vez   a él mismo no le parece necesario  buscar información y soporte  técnico en los expertos que el Estado tiene en materia  de combate a las drogas. Como si las adicciones no formaran parte de la complejidad humana, también. Estos dos temas no parecen enlazados en su pensamiento.
Combate: de ideas, de conocimiento, de emociones, de campo ideológico, de comprensión del mundo contemporáneo, del tiempo que llevan  los procesos  de sanación colectiva. ¿Estoy hablando de la cuestión militar o del combate a las drogas? Estoy hablando de ambas sanaciones, que no pueden funcionar por decreto ni por ley,  tal como generaciones de heridos por la historia  y por la vida lo demuestran en tantos países de tantas otras regiones del mundo. La urgencia biológica de Mujica, que  casi todos comprendemos,  y que hace que trabaje contra reloj en una actividad de pensamiento incesante, se está salteando lo más específico  de estos dos combates por la sanación. Tan luego él, una personalidad  de pensamiento complejo enmascarado -o expuesto, según como se vea- en refranes y aparentes formas sencillas de hablar. Tan luego él, uno de los pocos políticos capaces de hacer el ejercicio  de ponerse en el lugar del otro, de asumir el principio de incertidumbre, de ejercer el sentido común, de reconocer la relatividad de cada enunciado(a eso refiere el manido “como te digo una cosa te digo la otra”, a mirar el poliedro en todas sus caras). La dimensión intelectual de Mujica, que solo  intelectuales muy alambicados pueden no considerar, precisamente, “intelectual”, sujeta a procesos mentales  muy elaborados,  hace agua en estos dos campos de tanta vulnerabilidad emocional. Tal vez por eso mismo, porque todavía no es, como diría Mandela/Morgan Freeman en Invictus, dueño de su alma y de todas sus emociones.
Porque la primera emocionalidad comprometida en estas declaraciones  es la del propio presidente con sus contenidos de pasado tupamaro: es él el quien, como guerrillero que fue  de mentalidad por tanto militarizada confunde justicia con venganza y quiere ser noble con sus enemigos: nosotros tenemos clara la diferencia y estamos esperando, desde hace un cuarto de siglo,  que se cumplan todas las instancia que la ley establece para que la justicia sea hecha . Y mantenida, en el espacio y en el tiempo que corresponden. Es él el que tiene que dar otro salto, paralelo al que nos pide a nosotros  (“amigarnos” con los militares y sanar nuestros vínculos con los elencos del presente), y  entender las formas que adquiere el aislamiento psíquico, que es uno de los componentes de las adicciones (no estoy hablando del consumo controlado por el placer de cada uno,  que también está en entredicho). La personalidad esencialmente política de Mujica y de varias generaciones de uruguayos no parece advertir el reforzamiento de la dificultad que implica mirar la contemporaneidad. (Valdría la pena tener en cuenta cuánto de huida hacia la militancia y la política hubo en el pasado. Los partidos comunistas y los movimientos guerrilleros podrían dar testimonio de ello, si quisieran analizar también desde ese punto de vista la integración a sus filas de muchos de sus militantes en busca de contención, pertenencia, sentido de sí).
Mujica tiene la obligación, porque es el presidente de una república, de hacer un esfuerzo para entender las formas del infortunio personal de la contemporaneidad cuando son masivas, y trabajar dándonos las certezas de que estamos hablando de las mismas fragilidades y pensando con una misma lógica en soluciones serias. Tiene la obligación de comprender que la cuestión militar es también un infortunio personal para miles de uruguayos. Justamente porque está hablando desde su subjetividad, sus valores privados, su filosofía, son contenidos que no pueden imponerse –como sí hizo Tabaré Vázquez  con el veto al aborto-  sino, apenas, en el mejor de los casos, comprenderse aunque no sean aceptados.

Tomado de Brecha, 16/4/10, nro. 1273.

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