jueves 29 de octubre, 2020

PENSAMIENTO CRITICO Y UNIVERSIDAD: CONEXIÓN COMPLEJA Y LA NECESIDAD DE LA PERSISTENCIA.

Publicado el 20/03/10 a las 12:00 am

Por Alfredo Falero

Ponencia al Xº Congreso Iberoamericano de Extensión Universitaria, organizado por el Departamento de Extensión de la Universidad de la República entre el 5 y el 9 de Octubre en Montevideo, República Oriental del Uruguay.

1. CARACTERIZACION.

Para comenzar es preciso tener en cuenta que la idea de pensamiento crítico puede remitir a problemáticas diferentes según quien hable del tema y desde qué posición social disciplinaria se lo haga.  Así es que lo que sigue, conviene explicitarlo,  está escrito básicamente desde la Sociología entendida como disciplina académica abierta, inacabada, con una necesidad de constante diálogo con otras disciplinas sociales y humanas. A nuestro juicio, una de ellas es la Historia y en este trabajo procuraremos argumentar desde esa interrelación. Pero sobretodo, consideramos que la Sociología tiene enormes potencialidades para contribuir a la construcción de pensamiento crítico.

Por lo rápidamente expuesto, se desprende que en absoluto pensamos las ciencias sociales como un mero conjunto cerrado de métodos estandarizados a la espera de su aplicación dado determinado objeto de estudio que se haya construido sobre un problema identificado. Supone establecer mediaciones analíticas siempre renovadas. También se establece que en ningún caso ni sociología ni ciencias sociales pueden identificarse mecánicamente con la idea de pensamiento crítico, sino que se lo considera un campo del conocimiento desde donde potencialmente pueden provenir insumos claves para su construcción.

Dicho esto, la primera cuestión que es necesario marcar desde esta posición es la clara marginalidad del tema que nos ocupa dentro de las ciencias sociales en general en Uruguay. Quizás se puede decir que hasta un aire de dudosa pertenencia a este campo del conocimiento aparece cuando se plantea. Y en todo caso, si el problema no es éste, la pregunta que sobreviene es otra: ¿será realmente necesario ocuparse de la temática? O mejor aún, para estar de acuerdo a la época: ¿para qué sirve?, ¿qué utilidad concreta tiene?.

Reconociendo la legitimidad de la anterior interrogante, la respuesta exige explicar de qué estamos hablando cuando aludimos a pensamiento crítico. Y una forma de comenzar a aclarar este punto es ejemplificarlo tomando una noticia entre muchas posibles.  La que sigue puede ser un buen punto de partida. Desde la redacción de la BBC, el 28 de setiembre del 2009 aparecía lo siguiente: “963 millones de personas padecen hambre en el mundo según datos oficiales de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la FAO. Pero, esta realidad vive paralela a otra: la ingente cantidad de comida malgastada a diario en todo el planeta”. Y agregaba: “con la comida desperdiciada durante un año en el Reino Unidos y Estados Unidos se podría sacar de la hambruna a todas la personas que pasan hambre en el mundo” (1)

La cifra es brutal y cada tanto se repite, particularmente cuando llegamos a algún día específico que merezca la alusión al tema o cuando un nuevo estudio advierte del mismo. En términos estadísticos globales, el problema del hambre no sugiere mayores dudas: una de cada 6 personas en el mundo padece hambre. Ahora bien, pese al atentando a la dignidad humana que esto supone, la noticia es rápidamente olvidada, sepultada en otro conjunto de noticias y preocupaciones.

Sin embargo, en el caso que comentamos se agrega un elemento central que va más allá de la cifra y que marca la extrema desigualdad global: lo que se desperdicia de comida en los centros de acumulación del capital -en este caso, particularmente la alusión es a Estados Unidos y Reino Unido- ya permite advertir que no se trata de un problema de cantidad de alimentos sino de distribución, de desigualdad global. Naturalmente otros indicadores podrían iluminar que existe un problema central de desigualdad global.

Y aquí ya puede comenzar a advertirse la “utilidad” del pensamiento crítico. Ayuda a comprender, obliga a detenerse en el tema.  Permite pasar del “saber información” al “saber pensar”.   Exige establecer una diferencia cualitativa. Ya no es simplemente una noticia sepultada bajo un conjunto heterogéneo de informaciones, ya no es más un dato perdido entre muchos otros.  “Saber pensar” permite identificar, jerarquizar lo importante frente a lo accesorio, traspasar la acumulación de información para conectar un tema con parámetros de análisis que permitan iluminarlo.

En términos generales, puede decirse entonces que el pensamiento crítico supone una sistematización de elementos intelectuales que permiten integrar aportes del saber información para leer críticamente la realidad.  Y en este caso específico, permite preguntarse, por ejemplo, como en un contexto en que tanto se habla de la inclusión en la “sociedad de la información” y/o en la “sociedad del conocimiento”, tiende a reproducirse con bastante pasividad un problema global que es ni más ni menos que la sobrevivencia de una de cada seis personas.

Y esto nos lleva a un segundo tema central que son los problemas de captación de la realidad.  Con frecuencia las ciencias sociales -construidas dentro y fuera de la academia- quedan reducidas a parámetros acotados a lo dado, a lo estructurado.  Pero pensar la realidad exige la apertura a nuevas configuraciones.  Desarrollo de la conciencia de la realidad no solo se corresponde con reflejar lo empírico “dado” sino con procesos, con dinámicas y esto significa captar la historicidad pero también los horizontes de posibilidades. Se trata de reconstrucción de la realidad como dada-dándose, como adecuadamente ha argumentado el sociólogo Hugo Zemelman (2) .

Quedar atrapado solamente en lo dado, en lo estructurado, sin pensar la capacidad de reactuación sobre la realidad, no solo significa incapacidad de pensar el cambio social. Supone una terrible amputación de la realidad en la construcción de las ciencias sociales. No solo supone naturalizar lo dado como lo único posible –sea cual fuera esta realidad- supone circunscribir el razonamiento a cierres apresurados del objeto. Es decir, es un problema cognitivo importante.

Como señala Zemelman, “la incoporación de lo indeterminado de lo determinado es fundamental para recuperar la exigencia del movimiento, indeterminación que ha de ser determinable en términos de relaciones posibles según un razonamiento articulado. La determinación no constituye ninguna anticipación de contenido” (Zemelman, 1994: 10).  En suma, este es uno de los elementos que tiende a generar una desconexión general entre construcción del conocimiento y generación de pensamiento crítico.

Y esto lleva a un tercer tema en la caracterización que es la capacidad de integrar y observar alternativas que aparecen como marginales.  El conocido sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, ha denominado esto como “sociología de las ausencias” y “sociología de las emergencias”. Es decir, se trata de hacer que prácticas sociales que están “ausentes” de la problematización se vuelvan “presentes”, lo que aparece como socialmente invisibilizado, se vuelva visible (3).

Esto significa recobrar distintas experiencias sociales. Por ejemplo, se trata de la recuperación y valorización de los sistemas alternativos de producción que la ortodoxia productivista capitalista ocultó o desacreditó. En este caso, se trata de rescatar las formas que no siendo hegemónicas de producción son igualmente importantes. Pero no solo se trata de formas de producción alternativas, también pueden ser diversas luchas sociales que  no solo están invisibles por los grandes medios masivos de comunicación, sino también en la propia construcción de conocimiento en Ciencias Sociales en la universidad.

A partir de aquí, se desprende lo que podemos identificar como un cuarto tema cuando hablamos de pensamiento crítico y es el de los paradigmas que permiten acercarnos a la realidad social. No existe consenso sobre la utilización del concepto de paradigma en el clásico sentido establecido por Kuhn a comienzos de la década del sesenta (Kuhn, 1986) en este campo del conocimiento. A nuestro juicio es un concepto útil no solo en las ciencias naturales. Y de hecho, nos permitirá ver más adelante, como en América Latina se produjo una ruptura paradigmática que contribuyó sin duda al conocimiento sociológico.

La captación de estas “rupturas”, es decir, cuando el conjunto de “anomalías” hacen insostenible permanecer en determinados parámetros de análisis sin modificaciones importantes y se produce un salto cualitativo en la explicación, tiene importancia clave en lo que podemos denominar, en forma un tanto provocativa, como la generación de “anticuerpos” analíticos. Es decir, bases teórico-metodológicas que nos proveen de protección contra limitadas lecturas de la realidad.

Decimos limitadas en el sentido en su insuficiente capacidad de explicar la reproducción y generación de formas de poder en la sociedad. Sucede, por ejemplo, que viejas visiones pueden reaparecer como actualizadas elaboraciones a través del lustroso ropaje con que se las devuelve a este campo del conocimiento. Lo mismo que ocurre, por ejemplo, con el marketing que rodea un estreno de cine de Hollywood frente a otra producción cinematográfica de mayor calidad pero proveniente de un lugar poco conocido o de una producción independiente, también ocurre con determinados autores y posturas en ciencias sociales.

Por poner un ejemplo, es el caso de Manuel Castells, hoy convertido en una referencia imprescindible para acercarse al examen de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las TICs). Su trabajo de referencia en este tema (tiene otros y tampoco se trata aquí de desacreditar su contribución) apareció hace ya más de diez años y se denominó  “la era de la información” (1998).  El autor, que algún desubicado analista llegó a considerar como el “Weber del siglo XXI”, si bien realiza un gigantesco cuadro sobre el cambio que suponen las nuevas tecnologías (aunque justo es reconocer que evitando caer en mecanicismos fáciles), termina postulando como eje clave de los procesos globales en curso la inclusión o no en “era de la información”.

Sin embargo, en ese trabajo se desprecia la perspectiva de análisis basada en la reproducción de la polaridad entre regiones centrales y regiones periféricas. O, para ser más precisos, se anota al pasar que se trata de conceptos caducos. En otras palabras, carece de toda importancia mantener el esquema de regiones centrales de acumulación y de regiones periféricas con posiciones de subalternidad en ese proceso. No se trata naturalmente de que los conceptos sean eternos o que no sean objeto de críticas. El problema es que una de las consecuencias analíticas de la opción, es que queda desplazado del cuadro las formas de extracción de excedentes de las regiones periféricas, que sin embargo son enormes.  Y que, más aún, se agregan formas renovadas: patentes y propiedad intelectual, extracción de biodiversidad, extracción de conocimiento, entre otras.

Numerosos autores, por el contrario, alertaron sobre estas formas de transferencias. Y esto no es menor señalarlo frente a la naturalización de un “sentido común”, que postula sólo la importancia de las inversiones provenientes del norte y para lo cual es clave generar “estabilidad política” o, en suma, generar el “clima de inversiones” necesario para el desarrollo. Es preciso desmitificar este punto colocándolo en el marco de lo que en otro lugar analizamos como “la batalla de las subjetividades” (Falero, 2008).

Así es que el pensamiento crítico concebido como una sistematización intelectual que trata de ir más allá de prenociones, de impresiones, de opiniones particulares, tiene la extraordinaria importancia en el mundo actual de proveer de perspectivas analíticas sobre la realidad que permitan no solo ubicarnos socialmente en el marco de la tensión entre diversos intereses, viejos y nuevos, sino también una conciencia transformadora que permite identificar alternativas sociales.

Claro, esto exige pagar los costos de no converger en corrientes hegemónicas. Más aún, a veces supone enfrentarse a posiciones de poder que adscriben acríticamente a modas académicas. No interesa aquí discutir si esto es consciente o inconscientemente, si se hace por sentido práctico o por expreso interés personal o de grupo, si esto ocurre por reflexión desencantada o por una preocupación cuasi enfermiza de posicionarse mejor en el ámbito académico. Lo que interesa marcar es como no pocas veces, tal adscripción significa el desgarramiento de la capacidad colectiva creadora crítica de la realidad y, por el contrario, la promoción del sometimiento intelectual, el despojo de la inteligencia crítica en función de coyunturas sociohistóricas que, se supone, así lo predisponen.  Y esto nos lleva al segundo punto que entendemos importante tratar aquí.

2. CONTEXTOS SOCIALES DE PRODUCCION DEL CONOCIMIENTO.

Existen contextos de bloqueos y contextos de ebullición en la construcción de parámetros de análisis de la realidad.  Como en estos años se festejaron momentos importantes en la historia de la ciencia, esto puede ser un buen disparador para ubicar el tema. En el 2009, por ejemplo, se cumplen los 150 años de la publicación de “El origen de las especies” y los 200 años del nacimiento de su creador, Charles Darwin. Huelga señalar que no solo se trata de considerar que se trata de una fundamentación científica clave en biología (la selección natural como motor del cambio evolutivo) sino de una propuesta revolucionaria que cambió la percepción del mundo y del hombre.  El contexto posibilitó que en 1859 en Londres, capital del centro hegemónico global, el libro fuera un éxito editorial a la vez que generó críticas, resistencias, discusiones.

El tema nos lleva a la necesidad de observar contextos amplios de producción del conocimiento y procurar conectarlos con un conjunto de dimensiones. Por ello, el ejemplo que sigue puede ser más ilustrativo. Porque hace pocos años, en el 2005, también se celebró otro aniversario clave en la producción intelectual -100 años en este caso- que hace también a historia de la autopercepción del ser humano, de su lugar en el universo y de su capacidad de conocer críticamente la realidad. En setiembre de 1905, Albert Einstein, entonces un joven físico que trabajaba como técnico en un escritorio de patentes en Berna, dejó formulada la teoría de la relatividad especial.

En un artículo de solo tres páginas dedujo su conocida fórmula por la cual masa y energía están relacionadas (E=mc2, energía es igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado). La luz se mueve siempre a la misma velocidad, independientemente de cuán rápido lo haga el observador. Además lanzó una idea revolucionaria sobre la naturaleza de la luz que botó definitivamente al basurero la idea del “éter” que antes la física utilizaba en la explicación.

El hecho puede ser acotado a una fecha simbólica del establecimiento de una nueva concepción sobre espacio y tiempo que se completará en 1916 con su Teoría General de la Relatividad (que incluye el concepto de gravedad). Pero es más que eso. Es una verdadera transformación paradigmática en el sentido mencionado de Kuhn. En todo caso, uno de los mojones del siglo XX en la percepción científica, en un siglo en el que se elevará precisamente a la física como una de las disciplinas que ocupará un alto status dentro de las ciencias.

Ahora bien, ¿cómo es posible explicar esta transformación de principios del siglo XX? Seguramente no se debe dejar de examinar la trayectoria de la física hasta entonces y particularmente de quienes constituyeron apoyos científicos de Einstein. Es decir quienes los precedieron para poder sustentar aquellas bases, comenzando obviamente por Newton  a fines del siglo XVII. De hecho, tampoco dejar de reconocer aquella especial mente creativa. Dígase desde ya que no se es precisamente original cuando uno se pregunta sobre las fuentes de tal creatividad. Muchos estudiosos de la temática ya lo hicieron.

En todo caso, no está de más tampoco recordar aquella frase suya donde se autopercibía como no siendo ni especialmente inteligente, ni especialmente dotado, pero si poseyendo una incansable curiosidad. Buena parte de esa curiosidad, también se ha estudiado, corría en los márgenes de la ciencia institucionalizada (4). Los experimentalistas dominaban la academia y por cierto rechazaban la relatividad. Se ha dicho que difícilmente la relatividad especial hubiera salido airosa si Einstein no hubiera ignorado los resultados experimentales que en el momento parecían refutar la teoría (5).

Su postura crítica con la autoridad fue un elemento clave de su personalidad, pero subráyese, en un contexto donde abundaban las ideas socialistas de todo tipo y los intelectuales contestatarios. El propio Einstein no dejó de discutir sobre filosofía además de física obviamente.

Y esto conduce al núcleo central de la argumentación: el contexto social en que Einstein realizó tales formulaciones. De hecho, ningún sociólogo actualmente dejaría de preguntarse primeramente por las redes sociales en que actuaba. Pero la idea de contexto va más allá de esto. En Europa eran años prósperos, particularmente para los que tenían dinero. Pero también eran años de pensar el cambio social: Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotski, muchas otras figuras de la teoría y la praxis socialista, luego consideradas claves. Esa idea de cambio, de “transgresión” de un orden, invadía todos los terrenos. Por citar solo otro ejemplo: los entendidos en pintura señalan que “Las señoritas de Aviñón” de 1907 de Pablo Picasso (no casualmente alguien que también hizo añicos cualquier clase de convenciones) constituye una inflexión en la historia de la pintura.

Para la periferia, eran años revolucionarios. Hobsbawm recuerda que el propio Marx creía al final de su vida, que una revolución rusa podía ser el detonador que hiciera estallar la revolución proletaria en los países más industrializados (6). La revolución estalló justamente allí en 1905 -esto quiere decir huelgas masivas y constitución en consejos obreros así como en especial revueltas campesinas-  aunque, como se sabe, ese intento fue derrotado. Pero había quedado demostrado que el zarismo podía también ser derrotado, como de hecho lo fue en 1917.

Muchos momentos de la historia fueron de enorme creatividad social y dieron lugar a desarrollos en el campo de las ciencias naturales.  Muchos momentos también generaron cambios sociales sustantivos. Volvamos a recurrir entonces a la Historia para trascender ahora figuras particulares en contextos sociales y observar transformaciones sociales más complejas.

El caso de Holanda en el siglo XVII puede ser interesante en tal sentido. Una sociedad que estimulaba la explicación racional, la invención, el descubrimiento, en momentos que en otras sociedades cercanas de Europa no ocurría nada de eso.  En particular, si se compara con las ciudades italianas (7). Allí el poder institucional de la iglesia perseguía “herejes” como Galileo que afirmaba que la Tierra era uno de los planetas que se movía alrededor del sol y no al revés. En Holanda a Christiaan Huygens le iba bastante mejor por decir cosas parecidas.

Esto lleva a la necesidad de explicar contextos creativos en función de la conformación social en general y particularmente de sectores dominantes. Porque en Holanda, con una burguesía emergente que identificaba en la exploración de tierras lejanas para el comercio la llave para su reproducción como clase -y proyectaba en esa dinámica la supervivencia económica de la diminuta república- los avances científicos, la discusión de ideas, la capacidad de admitir rupturas cognitivas, no eran limitados sino más bien estimulados.

Cabe recordar que en ese contexto social florecieron figuras notables como el filósofo Spinoza (precisamente admirado por Einstein y apoyo de construcciones conceptuales para el análisis social como las de Althusser o más recientes como las del filósofo italiano Antonio Negri), de pintores como Rembrandt, de investigadores como Leeuwenhoek (considerado inventor del microscopio), etc.  El conocimiento se estimulaba, pero también las opiniones no ortodoxas florecían.  Lo segundo era necesario para lo primero.

Aunque suene obvio, si se busca un patrón general, se puede decir que las grandes ideas con efectos transformadores surgen de un contexto social determinado, al mismo tiempo que en algún sentido, rompen con él.  Esta última relativización es particularmente válida para las ciencias naturales, pero en tren de prudencia, déjese su discusión a quienes estudian la relación entre contextos y desarrollos cognitivos. Aquí  corresponde más modestamente –tomando lo anteriormente señalado- preguntarse que ocurre en el campo de las ciencias sociales.

Y aquí, a nuestro juicio,  el caso más evidente de ruptura paradigmática es el de Marx. De hecho, aún hoy es un autor capaz de provocar tales controversias que demuestra que su extirpación académica se debe más a su capacidad de molestar por lo que  deja al descubierto,  que a su presunta inutilidad explicativa (a menos, que no se le entienda claro, o se le aplique en la forma grotesca con que lo hacían en la difunta URSS y los países del este europeo).

Demás está señalar que el desarrollo que hizo Marx no “brotó” solamente de vertientes teóricas anteriores (filósofos alemanes, economistas ingleses y pensadores utópicos franceses, por citar el trípode frecuentemente señalado) ni su legado fue un producto de una evolución lineal de su pensamiento. Surgió en un contexto de luchas sociales, de creatividad social, de prácticas sociales específicas en el marco de transformaciones como las que proyectaba la revolución industrial y al mismo tiempo rompió con puntos fundamentales de ese contexto. Luchas obreras y ruptura teórica debe verse como un juego dialéctico (Therborn, 1980).

Este punto advierte de una interconexión necesaria entre construcción del pensamiento y realidad social. Nuestro trabajo actual sobre lo que denominamos como “revolución informacional o cognitiva” –permítasenos la autoreferencia- va en esa línea. Porque, en primer lugar, se trata de advertir que si algunos conceptos pierden capacidad explicativa, se trata de identificar indicadores que nos permitan observar procesos emergentes. Pero identificar nuevos procesos no es asimilable a la automática destrucción de la herencia conceptual del siglo XIX y XX.

Quiere decir que así como la revolución industrial supuso enormes transformaciones sociales pero no necesariamente sepultó procesos anteriores, postular la tesis de una emergente revolución informacional o cognitiva en función del desarrollo de nuevas fuerzas productivas (informática, biotecnología, nanotecnología y la sinergia de sus interrelaciones), sugiere observar como se articula lo nuevo con lo viejo. Y ello significa modificaciones en términos del instrumental conceptual conocido así como también permanencias (8).

Pero además, es preciso evitar repetir acríticamente generalizaciones conceptuales surgidas en los centros de acumulación. Es necesario observar como procesos globales se cristalizan en regiones específicas.  La relación entre especificidades regionales e instrumental conceptual se puede ver con el tema de los “movimientos sociales”.  Un concepto que como fundamentamos hace años en un artículo y desarrollamos más recientemente (Falero, 1999, 2008, 2008b) puede resultar inadecuado para captar nuestras realidades.

Por ejemplo, aplicar la categoría «movimientos sociales» no es suficiente para dar cuenta de una complejidad de prácticas sociales con sentido social emancipatorio o antisistémico (por utilizar una expresión de Wallerstein) que se han expresado en América Latina. Peor aún, sobretodo teniendo presente el caso de pequeños países como Uruguay: ¿cómo entraría en la categoría las redes sindicales y sociales que promovieron los plebiscitos y que llegaron a interpelar al campo político, incluyendo al Frente Amplio mucho más predispuesto a obrar en función de meros cálculos electorales?.

La captación de la realidad debe tener en cuenta, en consecuencia, las especificidades de la región en primer lugar y luego de la sociedad de que se trata en segundo lugar. También deben promoverse lecturas transversales de distintos casos que permitan captar la diversidad de expresiones sociales pero también procurando entender elementos comunes (9).
Ahora bien, no debe confundirse lo anterior con la atribución de excepcionalidad. Esto ocurrió en el siglo XX con la sociedad uruguaya (lo cual supuso, además, generalizaciones abusivas a partir de situaciones sociales en el caso de Montevideo). Pero siempre aparecen elementos que pueden llevar a replantearla para fundamentar determinadas posturas políticas. Por ello el conocimiento de la región es clave.

Pensar cualquier país específico de América Latina, es pensar la región en su conjunto. No es precisamente innovador marcar esta premisa, pero conviene recordarla una vez más para nuestro tema. Lo cual nos coloca en el tercer punto que nos interesa subrayar.

3. AMERICA LATINA Y EL PENSAMIENTO CRÍTICO.

En la década del sesenta, en un contexto de luchas sociales, América Latina vivió una verdadera ruptura paradigmática en la constitución del pensamiento crítico. Pero para llegar a ello, es bueno recordar antes lo que nos parece un gran antecedente en esa historia y que fueron los aportes del economista Raul Prebisch.  Su importancia clave puede resumirse en la siguiente premisa: colocó su capacidad intelectual para salirse del “libreto” al que quería circunscribirlo Estados Unidos.

El por mucho tiempo injustamente olvidado sociólogo brasileño Ruy Mauro Marini lo marcó con mucha claridad.  Y en tal sentido conviene recordar el contexto de creación de la Comisión Económica para América Latina, la CEPAL. Fue concebida en Estados Unidos al terminar la Segunda Guerra Mundial  para responder a la inquietud que suponía el surgimiento de nuevas naciones frente a los procesos de descolonización y en ese sentido, se convertía en promotora de la teoría –y la ideología- del desarrollo, tomando el proceso de desarrollo económico ocurrido en los centros de acumulación como una fenómeno de orden general (Marini, 1993). Las economías de América Latina, por ejemplo, se ubicarían, entonces, en una fase anterior a ese desarrollo.

No pretendemos con este ejemplo, construir una visión demasiado idílica de la CEPAL en sus primeros pasos, ni menos postular que se trataba sólo de potencialidad de una figura, en este caso Prebisch. Por citar solo un ejemplo, la trayectoria del economista Celso Furtado en Brasil constituye igualmente una referencia aún hoy y también fue una figura intelectual que procuró superar las restricciones de acción que se le imponían. La idea es afirmar la visión regional de Prebisch, de su convencimiento sobre el desarrollo y de mostrar brevemente como su concepción de la CEPAL estaba en línea con esa visión.

En 1949, durante la conferencia de la CEPAL en La Habana, se hace la presentación de su informe conocido como el “Manifiesto” que en español se distribuyó en 1962 como “El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas” (antes circuló en inglés) y donde el autor expone claramente la relación centro – periferia como obstáculo al desarrollo. Una idea que ligaba al intercambio desigual derivado del progreso técnico de los centros industriales, su consecuente aumento de productividad y su capacidad para fijar los precios de exportación de tales productos frente a la producción de bienes primarios y su menor productividad que caracteriza a los países periféricos. Pero lo importante es que para Prebisch la separación se seguía ampliando y no existían posibilidades de salir del subdesarrollo, sin que los países de la región generaran su propia industrialización, ahorro nacional, generaran independencia con una actuación importante del estado, entre otros aspectos.

Esta idea de una dinámica centro – periferia será ampliada y renovada precisamente en la década del sesenta con otros autores críticos de distintas vertientes.  Ya en un  contexto de emergentes luchas sociales, de potencialidades de transformación social, se puso en cuestión la visión sociológica y la visión económica dominante que implícitamente nivelaba a los países en una carrera lineal que para la región se veía sociológicamente como el tránsito –asincrónico en sus diferentes “dimensiones”- de una sociedad “tradicional” a una sociedad “moderna” o de relaciones sociales de producción feudales a relaciones sociales de producción capitalistas, en este caso etapa necesaria antes de llegar al socialismo.  Más allá de las diferencias de conceptos, ambas perspectivas formaban parte de un mismo paradigma que fue puesto en cuestión.

En la ruptura deben señalarse figuras como la del sociólogo mexicano Pablo González Casanova y la generación de un concepto clave como el de “colonialismo interno” que adquirirá toda su dimensión a fines de la década del sesenta en su “Sociología de la explotación” (González Casanova, 2006). Pero en los orígenes de la ruptura paradigmática, tal como hemos fundamentado en otro trabajo (Falero, 2006), debemos rescatar a André Gunder Frank y a Rodolfo Stavenhaguen.

El primero se convirtió en feroz crítico del tratamiento de las sociedades como entidades aisladas separadas de un proceso global y en uno de los primeros impulsores de la visión de dependencia de Latinoamérica y por la cual se reconocía una subordinación que arranca con la conquista española como parte del capitalismo comercial en expansión.   Las relaciones “metrópoli – satélite” penetran y estructuran la vida social. Se trata de dos caras de un mismo proceso. El acento más sociológico correspondió a Stavenhagen que ya en 1963 argumentó en contra de esas “dos sociedades” coexistiendo con dinámicas propias, ya sea en su versión liberal o en su versión marxista ortodoxa. Aparece una nueva perspectiva de rescate dialéctico: los dos polos son el resultado de un único proceso histórico y existen relaciones mutuas entre sí que hacen a “una sola sociedad global” (Stavenhagen, 1970: 83-84).

De aquí se desprende una consecuencia metodológica y otra estratégica, ambas sustantivas. Respecto a la primera la idea de reproducción de una “dualidad estructural” es falsa, ya que tiende a crear explícitamente dos o más conjuntos teóricos en lugar de observar un todo social (Frank, 1969). En cuanto a la segunda, y brevemente compendiado, se está ante una tesis profundamente revisora para quienes se alineaban en una postura de cambio de tono marxista pero amparado –sin necesariamente advertirlo- en un paradigma eurocéntrico. Si bien el mismo podía proveer de cierta comodidad teórica y práctica, no se podía seguir pensando en América Latina en zonas feudales, atrasadas o tradicionales como simple “obstáculo” a remover.  La tarea del científico social, razona Frank, no consiste en ver cuán diferentes son las partes sino, por el contrario, estudiar qué relación tienen las partes entre sí.

No es preciso aquí detallar avances de numerosos autores -y también algunas explicaciones mecánicas y más simplistas de lo requerido, debe reconocerse también- lo que es importante es argumentar como se fue generando una nueva cosmovisión, a contracorriente, que finalmente el contexto político de dictaduras y los propios bloqueos académicos paralizaron en su desarrollo. Las derivaciones positivas del nuevo paradigma, pueden esquematizarse en cuatro ejes centrales entre otros posibles.

En primer lugar, la idea de una dialéctica polarizante intrínseca a un sistema único mundial que inficionaba las relaciones sociales y que asumirla permitía romper con lastres eurocéntricos para el análisis.  Esto no quiere decir –debe subrayarse- no tomar a ningún autor de Europa, por decirlo en forma banal, sino tomar a cualquier autor pero leerlo con perspectiva latinoamericana, pensando en las problemáticas específicas de la región.

En este sentido, y en segundo lugar, se colocaron fundamentos para un pensar relacional donde resulta equivocado observar coexistencia de partes, ya sea bajo el formato de dualidad o bajo formatos más complejos, sino que se trata de advertir procesos sociohistóricos con relaciones capitalistas que articulan otras y atraviesan, a veces en forma invisible, al todo social.

Esto llevó, en tercer lugar, a abrir un camino conceptual que comenzó a permitir cierta sana desconfianza frente a aproximaciones de coexistencia de sociedades duales (coexistencia de lo tradicional y lo moderno) que, sin embargo, todavía se sigue presentando en distintos formatos. Porque, cuando hoy se sobrerepresenta –como se aludió antes- el eje incluido o excluido de la “era de la información” y desaparecen del cuadro las formas de poder que traban un desarrollo alternativo y que tienden a reproducir estructuras de desigualdad social, se está frente a un nuevo ropaje de viejas perspectivas.

Finalmente, en cuarto lugar y retomando el punto anterior, debe señalarse la apertura -aunque no un desarrollo sustantivo, debe reconocerse- a la necesidad de investigar las formas características que asumían las estructuras de poder en la región, sus actores y sus conexiones transnacionales.

Puede decirse que la perspectiva del sistema-mundo o de la economía a escala global con todas sus potencialidades demostradas en los análisis –y que procuran superar los reduccionismos estado-céntricos y al mismo tiempo no caer en perspectivas sobre globalización que tienden a magnificar una inflexión de las últimas décadas-  heredó de América Latina elementos claves como los anteriores.

Naturalmente no se trata de establecer linealidades, pero aportes (no siempre coincidentes entre sí) como los de Samir Amin, Giovanni Arrighi, André Gunder Frank e Immanuel Wallerstein, por citar tan solo las cuatro figuras más conocidas, no solo trabajaron y reflexionaron desde evidencias surgidas de los centros de acumulación sino en diálogo con regiones periféricas tratando de generar mediaciones analíticas críticas entre realidades bien diversas. Frank, como se dijo, lo hizo desde América Latina, el resto básicamente a partir de Africa.

4. LOGICAS DE PRODUCCIÓN Y CONSTRUCCION DE SIGNIFICADOS SOCIALES.

En la reunión de la Asociación Latinoamericana de Sociología celebrada en Porto Alegre en el año 2005, Atilio Borón, entonces secretario ejecutivo de CLACSO, hacía referencia entre otras cosas a los problemas de evaluación en ciencias sociales e indicaba la diferente valoración que merecía localmente la publicación de un artículo en una revista especializada de Estados Unidos frente a un libro, aún importante, publicado en América Latina.

El ejemplo permite abrir un conjunto de preguntas que son claves para nuestro tema. Porque, ¿quiénes evalúan a los investigadores en ciencias sociales?, ¿y específicamente a aquellos que trabajan con temáticas como pensamiento crítico o América Latina?, ¿con qué criterios lo hacen?, ¿acaso no se mueven con parámetros eurocéntricos?, ¿por qué lo publicado en una revista especializada de Estados Unidos es casi automáticamente considerado mejor que un producto publicado en el Río de la plata, por seguir el ejemplo?.

Seguramente subyace a la discusión elementos de construcción de significados sociales.  Se da por supuesto que los mejores académicos están en los centros hegemónicos del capitalismo, tienen más recursos para producir mejores trabajos y en tanto ello, se supone, los producen y seguramente –también se da por supuesto- desarrollaron mejores instrumentos de evaluación de la calidad académica.

Se trata de una generalización abusiva a partir de una cadena de razonamiento originalmente correcta. Y a nuestros efectos permite postular –si bien en titulares- la problemática de la evaluación en ciencias sociales en América Latina. Más aún cuando, dicho sea de paso, la tendencia global actual es la industria del “paper” tanto en ciencias sociales como en ciencias naturales. Y como es sabido (y ha estudiado la sociología de la ciencia), sostenerse en esa lógica de producción del conocimiento puede llevar a permanentes repeticiones de lo ya dicho o a evitar correr riesgos de postular problemáticas o perspectivas sobre las que no existe cierto acuerdo general. El problema no es solo el sacrificio de la creatividad, sino que ante tal acumulación  puede afirmarse como válida una producción de calidad dudosa.

Ahora bien,  dadas estas tendencias generales, dados los frecuentes criterios eurocéntricos que premian y castigan en ciencias sociales en América Latina, ¿es posible la producción de pensamiento crítico aún hoy en la Universidad? ¿es posible generar una relación virtuosa entre éste y la creatividad analítica? La temática puede ser analizada acudiendo a los aportes del conocido sociólogo francés fallecido en el año 2002, Pierre Bourdieu.

Su concepto de campo, puede ser aplicado al campo académico. De hecho escribió a comienzos de la década del ochenta un libro sobre el mundo universitario (Bourdieu, 2008)  donde trata de explicar como se manifiesta en este espacio social el juego de fuerzas e intereses. Porque, en verdad, de eso se trata. Como cualquier espacio social, el campo académico es un campo de poder, de fuerzas en tensión.

Esto quiere decir,  un espacio de luchas entre distintos agentes que ocupan –o procuran hacerlo- diversas posiciones. Las luchas tienen el desafío de la apropiación de recursos específicos del campo que están desigualmente distribuidos. Y esto sugiere dominantes y dominados en todo campo, lo cual implica en consecuencia, estrategias, enfrentamientos entre agentes por la conservación o transformación del campo.

Todas las personas implicadas en un campo tienen en común una serie de intereses fundamentales, lo que va unido a la existencia misma del campo, lo que Bourdieu denomina una “complicidad objetiva” que subyace a los antagonismos. Esto hace a la reproducción del “juego”.  Pero también hay intereses divergentes. Toda estructura de posiciones dominantes en el campo tiende naturalmente a reproducirse y se opone a quienes recién ingresados o con posiciones marginales procuran, con menos recursos, “competir” y modificar reglas de juego hacia una redefinición de los principios de producción y de apreciación de los recursos del campo.   Entendemos por recursos el conjunto de todo aquello que puede ser utilizado para obtener una ventaja dentro del espacio.

La universidad tiene sus propios recursos –el prestigio académico, es uno de ellos- y sus propias lógicas de tensión entre fuerzas con distintas posiciones sociales. Como todo análisis de un espacio social desde la perspectiva de Bourdieu,  hay que situar al campo específico dentro del campo de poder más general y en tal sentido, son conocidos los cambios sociales operados en las últimas décadas. Los procesos de mercantilización de la educación y la investigación, la precarización del trabajo docente y del investigador, la tendencia a confundir las dinámicas de consultoría con la investigación propiamente dicha, etc.

En este contexto general, puede decirse que en los grandes centros de producción de conocimiento en la región -Brasil, Argentina (en parte) y México- todavía sobreviven espacios de construcción de pensamiento crítico. Pero en general, se trata de posiciones marginales.  En Uruguay, en tanto  comunidad académica pequeña, resulta más difícil transitar en este sentido. Si bien han ocurrido algunos avances, si bien se han abierto algunos espacios –el propio encuentro, el Extenso, que da lugar a esta ponencia lo demuestra- se observa que al menos en la vertiente de producción del pensamiento crítico proveniente de las ciencias sociales, existen bloqueos importantes para su desarrollo.

Examinar los mismos no es el centro de atención aquí ni es una tarea fácil. Tomar como objeto de estudio el mundo social inmediato en que uno se halla comprendido, puede llevar a una “sociología espontánea” carente de la rigurosidad necesaria. Mucho más cuando se trata de postular algunos elementos en forma rápida. Asumiendo tales riesgos, puede decirse igualmente que dentro de esos bloqueos se identifica en el campo de las ciencias sociales una tendencia a asociar significados de rigurosidad y de objetividad con determinadas perspectivas de análisis y determinados objetos de estudio, mientras al mismo tiempo todo lo que significa producción de pensamiento crítico de América Latina se asocia con sesgos ensayísticos, con simple arqueología del pensamiento de la década del sesenta, con procedimientos menos sistemáticos,  con temáticas sin utilidad clara.

En términos de Bourdieu: mientras de hecho se desacreditan algunas expresiones del campo, otras –que promueven los agentes dominantes en ese espacio- son transformadas mecánicamente en virtud científica. Otra vez, y volviendo a lo del comienzo de este artículo, lo dado se transforma en lo posible. Pero dicho esto, cabe también ser cautos y  escapar de juicios absolutos al estilo: “la universidad no es más productora de pensamiento crítico”.  Es decir,  no faltan evidencias que podrían tentar a dejarse llevar por la afirmación. Pero en tanto análisis sociológico, sería un juicio demasiado tajante y anularía la propia perspectiva de observar un espacio donde se identifican y manifiestan, como se explicó, posiciones diversas y fuerzas en tensión.

Un elemento para revertir esta tendencia general está en el diálogo que debe tener la universidad con las diversas expresiones sociales provenientes del campo popular. Naturalmente, no se trata de repetir discursos del agente –lo cual en términos sociológicos sería un aporte nulo-  sino de generar un diálogo con lo empírico con ganancias para las dos partes.  Todo lo que implica creatividad se beneficia de esa conexión entre agentes del campo popular y agentes del campo universitario.

En tal sentido, uno de los aportes posibles refiere a la participación en las “batallas por la subjetividad”, por seguir utilizando la idea que, como ya señalamos, desarrollamos en otro lugar.  Frente a un único horizonte construido fundado en la mercantilización de las relaciones sociales, la universidad puede contribuir a abrir nuevas posibilidades de sentidos de sociedad mediante la recuperación de diversas experiencias sociales creativas y teniendo presente una perspectiva latinoamericana.  De hecho, puede decirse que el desarrollo humano supone eso: la constante ampliación de la subjetividad colectiva frente a posturas que tienden a reducir la capacidad de las praxis sociales.

5.  DESAFIOS INMEDIATOS Y REFLEXIONES FINALES.

Desde que la Economía se constituyó en centro de gravedad de la discusión social general pero a la vez quedó atrapada en la fetichización del mercado -aún en su versión neoinstitucionalista hegemónica actual- según la cual todo se reduce a la conformación de un buen “clima de negocios” que permita “atraer inversiones” (por citar solo un ejemplo de ese discurso), se generaron prisiones mentales en las que de alguna manera nadie puede pensar el cambio social por fuera de ellas. Desde tal posición, todo queda reducido a identificar un aséptico conjunto de instrumentos o técnicas transhistóricos y a una lógica práctica. Naturalmente, desde tal posición solo puede observarse con desconfianza o pura inutilidad toda otra producción.

En Sociología, está ocurriendo algo parecido en cuanto a esas prisiones mentales aunque, debe reconocerse, en menor grado que el caso anterior.  Ya en “el antiminotauro”, un texto de Alvin Gouldner divulgado a comienzos de la década del sesenta, se hacía referencia a la existencia del mito sobre la posibilidad de una ciencia social “libre de valores”, posibilidad desencadenada por un “magnífico minotauro”: Max Weber.   Más allá de la discusión sobre lo que efectivamente apuntaba Weber, el señalamiento de Gouldner puede permitir una sana provocación intelectual.

Este intelectual estadounidense señalaba: “la cueva de este minotauro aún es considerada por muchos sociólogos como un lugar sagrado, aunque sólo es posible llegar hasta ella por una lógica laberíntica y sólo ha sido visitada por unos pocos que jamás volvieron.  En particular, a medida que envejecen, los sociólogos se sienten impelidos a efectuar una peregrinación a ella y rendir homenaje al problema de la relación entre los valores y las ciencias sociales” (Gouldner, 1979: 15).

Agregaba luego este sociólogo: “considerando los peligros de la visita, los motivos que les guían son un poco desconcertantes. Tal vez su búsqueda sea el primer signo de senilidad profesional, tal vez sea el último suspiro por las aspiraciones juveniles. O quizás esa preocupación por el problema de los valores solamente sea un intento de recuperar algo que, en el entusiasmo propio de la juventud, se abandonó con demasiada prisa”.

En verdad, pasados unos cincuenta años de escrito aquel texto,  muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, ahora, la peregrinación se inicia a edades cada vez más tempranas, suele estar revestida de una desenfrenada sofisticación estadística (que deja de ser un conjunto de herramientas al servicio de un objeto de estudio para cobrar vida propia) y se terminan asumiendo posturas como las del llamado “individualismo metodológico” más allá de la cual, toda base sociológica asentada en la mediación social, en conceptos relacionales se transforma en difuso, ensayístico, vacío.

¿Qué factores pueden incidir hoy en ese peregrinaje? Seguramente muchos y no es un tema fácil. Pero es un hecho que la transformación en un “técnico” confiable de quien se desempeña en el campo de las ciencias sociales en general, asegura a quienes están en posiciones sociales de lo que muy difusamente se engloba como “clase media”, oropeles difíciles de desestimar. Y toda posición teórica que acerque a esa posición social, ayuda.

Ahora bien, volviendo a la Sociología específicamente: ¿es posible que América Latina vuelva a ser -además de formadora de los profesionales que la sociedad exige- productora de pensadores sociales?  ¿Puede serlo Uruguay? ¿Puede la Universidad aportar como fuente de pensamiento crítico que, en diálogo con la sociedad, estimule la creatividad? Existen varios desafíos que deben afrontarse para permitir que ello suceda. El primero es reconocer la existencia de lo que puede llamarse una “inteligencia capturada” por múltiples motivos, algunos ya aludidos.
Reconociendo este contexto, igualmente debe recordarse que en los últimos años se han generado un enorme conjunto de experiencias sociales nuevas que han permitido que América Latina se transformara en un laboratorio social. Las diferentes dinámicas de movilización social (indígenas, campesinos, movimientos por diferentes derechos, redes urbanas, etc.) han tenido un lugar central. En este sentido, también se trata de un problema de herramientas conceptuales.  El desarrollo de la conciencia de investigación en ciencias sociales, supone también preguntarnos por nuestra capacidad de captación crítica de la realidad social.
Ya sea por la perentoriedad de temáticas sociales complejas de resolver (pobreza, violencia, etc.) y que exigen respuestas rápidas a través de proyectos concretos, ya sea por las lógicas de consultoría que inficionan cada vez más este campo de conocimiento, ya sea por la necesidad de generar rápidas posiciones con prestigio académico que hacen más viable otros temas,  en suma, ya sea por éstas u otras causas,  ocuparse del pensamiento crítico como problema a estudiar sugiere la predisposición a aceptar que se toma un camino escarpado, cuesta arriba y con peligros no necesariamente visibles.  Como se aludió, la conexión entre redes académicas y extraacadémicas provenientes del campo popular, puede colaborar en transitar ese camino, pero eso no lo modifica.

Pero, entiéndase ya en el final, no se trata simplemente de que nos esperan –de emprenderlo- potencialidades del pensamiento crítico en el sentido de contribuir a remover actitudes pasivas, de simples telespectadores frente a posturas de ciudadanía crítica, o de desarrollar sociedades más democráticas en un sentido amplio, emancipatorio. Se trata incluso de la exigencia de contar con brújulas conceptuales que permitan sobrevivir en un período como el actual, de transición global, y por tanto pleno de riesgos e incertidumbres.

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NOTAS

* Sociólogo, docente e investigador del Dpto. de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República, Uruguay.

1  La noticia remite a un trabajo de Tristam Stuart que llega a tal conclusión usando datos oficiales incluidas cifras de las Naciones Unidas.  Véase: http://www.bbc.co.uk/mundo/index.shtml

2  En varios de nuestros trabajos nos hemos referido a la contribución de este sociólogo y evitamos entrar en detalles aquí. Para quien quiera profundizar en las bases teórico-epistemológicas, remitimos a Zemelman, 1992.

3  La propuesta está expuesta en varios trabajos. Para un síntesis de la misma, expuesta en forma clara, véase Sousa Santos, 2006.

4  Véase por ejemplo el artículo de Ildeu de Castro Moreira de la Universidad Federal de Rio de Janeiro “2005 um ano miraculoso”, en Ciencia Hoje, vol. 36, Nº 212., enero / febrero 2005.

5  Véase por ejemplo el artículo de Guillermo Boido de la UBA: “Un día muy hermoso en Berna. Sobre la relatividad especial, Einstein, Michelson y la epistemología”, ponencia presentada en Campinas, 2004.
http://ghtc.ifi.unicamp.br/AFHIC3/Trabalhos/27-Guillermo-Boido.pdf

6  Véase del autor “Historia del Siglo XX” pero especialmente para este tema “La era del imperio, 1875 – 1914” (Hobsbawm, 1998).

7  Según el recientemente fallecido economista y sociólogo Giovanni Arrighi (1999), el sistema de los estados nacionales que emergió en el siglo XVI y XVII en el sistema-mundo, fue precedido por un sistema de ciudades-estado (como las del norte de la actual Italia) en los orígenes del capitalismo y esto fue una característica específica de Europa. Esta no es una opinión compartida por otros teóricos del sistema – mundo como Wallerstein. A nuestros efectos cabe recordar que la hegemonía pasó de algunas ciudades-estado a Holanda precisamente en el siglo XVII, luego a Inglaterra en los siglos XVIII y XIX y luego, como es sobradamente conocido, a Estados Unidos.

8   En cuanto a la tesis de la revolución informacional o cognitiva, pueden encontrarse aproximaciones teóricas diferentes. Aquí la idea general no es polemizar entre ellas, sino simplemente mostrar un período histórico que puede servir de comparación con el actual y en tal sentido tener capacidad  heurística.

9   Hemos venido postulando la necesidad de agregar a los estudios de casos,  lecturas transversales sobre distintas problemáticas de América Latina. En cuanto a bases teórico-metodológicas en tal sentido para el estudio de sujetos colectivos y expresiones sociales de demandas y protestas en América Latina, remitimos a nuestra propuesta en Falero, 2008b.

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