jueves 22 de octubre, 2020

LA PERENNE “OPORTUNIDAD HAITIANA”

Publicado el 24/01/10 a las 10:00 pm

Por BEATRIZ STOLOWICZ (1)

El terremoto del 12 de enero en Haití –dicen- era imprevisible pues la falla tectónica se conoce pero no tenía movimiento desde el siglo XIX. Pero los efectos de destrucción humana y física no son una pura maldición de los dioses. Los devastadores huracanes de julio-agosto de 2008 sobre Haití y Cuba tuvieron resultados distintos: cuatro personas murieron en Cuba, y 793 en Haití.

Suele repetirse que la causa está en la miseria en Haití, que es un país olvidado. Pero no todos se han “olvidado” de Haití, no los que han ganado y siguen ganando con su miseria. Es tan prolongada la ignominia, que se toma como un “dato” sin orígenes.

La historia anterior es más conocida. Ganaron la Francia colonialista imponiéndole un bloqueo marítimo total y una “reparación” impagable por la osadía de los negros de independizarse en 1804. De esa deuda, que fue transferida a Estados Unidos, éste ganó desde antes de ocupar Haití de 1915 a 1934, y siguió ganando con su dominio permanente sobre la isla mediante dictadores títeres, como los Duvalier. Habían ganado Francia y después Estados Unidos en la construcción del canal de Panamá, sumando haitianos a los trabajadores esclavos chinos. Con la miseria de los pequeños productores agrarios, expropiados y desplazados a las zonas montañosas desde el siglo XIX, ganó una burguesía criolla servil al imperio, que no cargó con el pago de esas infames “deudas” colonialistas y que se benefició de la economía de enclave del algodón, café y caña de azúcar explotando a esa mano de obra despojada.

En la década de 1970, Haití era autosuficiente en el arroz que consumía, y producía el 90 por ciento de sus alimentos. Con la apertura comercial impuesta por Estados Unidos desde 1984, ganaron los productores norteamericanos de arroz, subsidiados, que lo exportan en su totalidad. Hoy, Haití sólo produce el 45 por ciento de los alimentos que consume, con lo que ganan los exportadores y los importadores nacionales y extranjeros, y tiene una deuda externa impagable.

Con la miseria de ese pueblo hambriento también ganan los empresarios dominicanos. Las nuevas olas de desempleo agrícola han empujado a cientos de miles de haitianos a emigrar como ilegales a la producción de caña de azúcar en la vecina República Dominicana. Hoy se calcula en 300 mil los haitianos que son extorsionados por los traficantes de migrantes ilegales (buscones), por las fuerzas policiales dominicanas, por los contratistas. En muchos casos, esos trabajadores son deportados a Haití antes de que cobren por su trabajo. Lo mismo ocurre con los que emigran indocumentados a Estados Unidos.

Las masas de desempleados rurales han ido a buscar su subsistencia a las ciudades, donde viven hacinados en sus periferias. Aprovechándose de ese ejército de desempleados, los empresarios pagaban, hasta hace pocos meses, un salario de 1.70 dólares al día.

La violencia que se vive en Haití es generada principalmente por paramilitares, vinculados al narcotráfico y demás crimen organizado, y por las pandillas financiadas por el régimen de Latortue, impuesto por Estados Unidos tras el golpe de Estado del 29 de febrero de 2004, para perseguir a los seguidores del depuesto presidente Jean Bertrand Aristide.

Sin embargo, la “pacificación” de Haití se dirige cada vez más a la represión contra los movimientos sociales, de trabajadores, universitarios, de abogados defensores de los derechos humanos. La criminalización de las protestas sociales se encubre con la retórica de la “lucha contra la delincuencia”, que tan bien conocemos en México. Represión contra los que protestan; y también en contra de niños, mujeres y jóvenes que sólo son culpables de ser pobres y estar desesperados.

Bueno, casi todos son jóvenes, porque en Haití no se llega a viejo: la expectativa de vida promedio está ya por debajo de los 50 años. Pero esto tampoco es un fenómeno “natural”. Y, sobre todo, no es irreversible. Las misiones médicas cubanas, más de 500 médicos y técnicos de la salud que han estado trabajando solidariamente en las comunidades más abandonadas de Haití, lograron tan sólo entre 1999 y 2004 reducir la mortalidad neonatal de 80 a 18 por mil nacidos vivos, y la mortalidad de niños hasta 5 años, de 159 a 39 por mil. En Haití había en esos años menos de dos mil médicos para más de 9 millones de habitantes, casi todos concentrados en la capital, Puerto Príncipe. A las misiones cubanas en esas zonas totalmente abandonadas se han sumado los más de 300 nuevos médicos haitianos que fueron formados solidariamente en Cuba en la Escuela Latinoamericana de Medicina. Son los que están salvando vidas desde el 12 de enero, junto a otros pequeños grupos de cooperantes, mientras la ayuda internacional de otros países todavía no puede llegar a la población. Desde Haití se denuncia que esas demoras parecen ser deliberadas para provocar un caos social que justifique mayor represión.

Llegados a este punto cabe interrogarse sobre cuál ha sido el papel humanitario de la MINUSTAH en los casi 6 años que tiene en Haití: con más de 8 mil efectivos entre militares y policías en territorio haitiano, y con un presupuesto anual de más de 600 millones de dólares, es decir, cerca de 4 mil millones de dólares en total. Compárese esta cifra con el publicitado anuncio del presidente Obama, de aportar 100 millones de dólares para la emergencia actual, que además será destinado a gastos militares.

EL PAPEL DE LA MINUSTAH

Más allá de la retórica, la creación de la MINUSTAH forma parte del diseño intervencionista de Estados Unidos en el Caribe. Roger Noriega, el Secretario Adjunto para Asuntos Hemisféricos de George W. Bush, fue el arquitecto de la operación golpista en Haití, implementada durante varios meses, que se concretó con el secuestro del presidente Jean Bertrand Aristide el 29 de febrero de 2004, y con la ocupación militar de Estados Unidos, Francia y Canadá. En este caso, la famosa Carta Democrática de la OEA del 11 de septiembre de 2001 no se aplicó.

Noriega dijo al día siguiente, el 1º de marzo, que las tropas norteamericanas permanecerían no más de tres meses, porque “lo que nos resulta muy alentador en nuestro contacto con la comunidad internacional es que existen bastantes países dentro y fuera de este hemisferio dispuestos a instalar sus fuerzas militares en el territorio, a permanecer durante años como parte de una misión de la ONU. Estados Unidos no necesita desempeñar ese papel. Existen otros países dispuestos a hacerlo”.

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el 30 de abril de ese año la resolución 1542 (2004) que crea la MINUSTAH. Su misión principal es militar y policial para la “pacificación”, asumiendo la dirección de la policía haitiana y con acciones militares y policiales propias. Se encomendaba la organización junto con la OEA de nuevas elecciones, avalando el golpe de Estado, lo que anticipó el diseño seguido tras el golpe en Honduras. Se recomendaba de manera complementaria atender las violaciones de derechos humanos y promover acciones de desarrollo (infraestructura, salud).

Sin embargo, el 85 por ciento de su presupuesto se ha destinado para acciones militares y policiales. Sólo se asignaron 20 funcionarios civiles a los problemas de derechos humanos. En cuanto a las elecciones, éstas se realizaron en febrero de 2006; la población dio el apoyo mayoritario (49 por ciento) a René Préval, cercano a Aristide. Las fuerzas políticas del golpismo opusieron fuerte resistencia a aceptar su triunfo, pero la OEA logró administrar la situación, lo que también impone condicionamientos al gobierno elegido. Por otra parte, el aporte de la MINUSTAH para “desarrollo” puede evaluarse a la luz de la tragedia del terremoto.

Recuerdo que, al comienzo, algunos colegas haitianos valoraban positivamente el desplazamiento de las tropas norteamericanas y francesas por una fuerza militar multinacional con importante presencia latinoamericana bajo la conducción de Brasil. Y cifraban esperanzas en el papel que pudiera jugar para la reconstrucción democrática y social. Hoy, desde Haití todas las voces coinciden en considerar esa presencia como un ejército de ocupación, que ha reprimido las protestas sociales y que ha favorecido a los intereses capitalistas internos y externos.

Entre 2004 y 2006 no frenan a las pandillas y al paramilitarismo. Pero está ampliamente documentada la represión. Por ejemplo, en julio de 2005, la represión policial en Cité Soleil, donde habitan 300 mil personas, deja un saldo de varios niños y mujeres asesinados. El 22 de diciembre de 2006, la MINUSTAH entró nuevamente a Cité Soleil a reprimir una manifestación por el regreso de Aristide, con 30 muertos, entre ellos niños y mujeres.

Una nueva fase represiva se da desde el año 2008. Entre el 2 y el 7 de abril de ese año, miles de haitianos se manifestaron en las mayores ciudades debido al incontrolado aumento de los alimentos de primera necesidad. En Les Cayes, la policía haitiana dispersa a los 5 mil manifestantes utilizando gases lacrimógenos, mientras los soldados uruguayos de la MINUSTAH disparan contra la multitud matando a cinco personas [1]. En junio de 2008, las tropas de la Misión de Naciones Unidas reprimieron el cortejo fúnebre de un dirigente político local, entre otros hechos denunciados.

En mayo de 2009, después de dos años de estar congelada una iniciativa de ley de aumento salarial, el Congreso aprobó un aumento del salario de 2 a 5 dólares al día. Los empresarios que exportan textiles (confecciones) a Estados Unidos –multinacionales instaladas en zonas francas gestionadas por capitales dominicanos- amenazaron con despedir al 50 por ciento de los 25 mil trabajadores que trabajan en esas fábricas. El presidente Préval devolvió el proyecto al Congreso. Hubo importantes movilizaciones sociales y estudiantiles que obligaron a que se aprobara un aumento, pero el salario quedó por debajo de los 4 dólares al día. Esas manifestaciones fueron reprimidas por la MINUSTAH, que incluso penetró en la Facultad de Medicina violando su estatuto.

Esa contención salarial, apoyada por la represión de la MINUSTAH, beneficia destacadamente a los empresarios de Estados Unidos y Brasil.

LOS GRANDES INTERESES EMPRESARIALES VÍA HAITÍ

El 90 por ciento de las exportaciones haitianas va a Estados Unidos. En diciembre de 2006, el Congreso de Estados Unidos aprobó un tratado de libre comercio con Haití, Haitian Opportunity for Economic Enhancement (HOPE), con una duración inicial de tres años, para la creación de parques industriales y la eliminación de aranceles en las exportaciones a Estados Unidos. En octubre de 2008, el tratado se renovó con la Ley HOPE II, con vigencia hasta el 2018.

En julio de 2009 se realizó en Washington la IV Reunión del Foro Brasil-Estados Unidos de Altos Dirigentes Empresariales (creado en 2007). Los empresarios brasileños fueron acompañados por la candidata presidencial Dilma Rousseff y el ministro de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior, Miguel Jorge, que tuvieron un encuentro previo con el asesor económico de la Casa Blanca, Lawrence H. Summers, y con el Consejero de Seguridad Nacional, general James Jones. Según las notas de prensa, Estados Unidos se mostró abierto a aceptar los productos textiles que sean fabricados en Haití con inversiones brasileñas con un arancel cero y viceversa.

En septiembre de 2009 llegó a Haití una delegación de doce empresarios brasileños, representantes de la Asociación Brasileña de la Industria Textil y la Confección (ABIT), la Asociación Brasileña de Fibras Artificiales y Sintéticas (ABRAFAS), la Coalición de las Industrias Brasileñas (BIC), y otros. Además de visitar el parque industrial de Ouanaminthe y de reunirse con el gobierno, la delegación participó el 1 y 2 de octubre en la reunión internacional de negocios encabezada por el ex presidente William Clinton –enviado especial de las Naciones Unidas en Haití [3]- y por el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Moreno. Clinton destacó las ventajas de la mano de obra haitiana que es más barata que la china.

Por lo visto, las empresas brasileñas buscan ampliar los beneficios para sus exportaciones desde Haití también hacia el sur, con la propuesta de “dar privilegios comerciales a Haití para que venda sus confecciones dentro del MERCOSUR o en cualquiera de sus socios miembros”. El viceministro de Relaciones Económicas e Integración de Paraguay, Oscar Rodríguez Campusano, informó de tal propuesta, a la que su país se opone en defensa de su industria textil.

Haití es destino, asimismo, de los proyectos conjuntos de Estados Unidos y Brasil en la producción de etanol. En la Declaración Conjunta firmada en marzo de 2007 por los presidentes Lula da Silva y George W. Bush, en Washington, se establece en su Punto 2: la realización de “esfuerzos conjuntos” en la producción de etanol en “terceros países”, que deben comenzar por “Haití, República Dominicana, San Cristóbal y Nevis y El Salvador”.

Otras transnacionales de origen brasileño, como Odebrecht, Andrade Gutiérrez y Camargo Corrêa están concretando millonarios negocios en Haití. Brasil utiliza su presencia en Haití para proyectar sus negocios a toda la Comunidad del Caribe: en septiembre de 2009, el ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Celso Amorim, avanzó con el gobierno haitiano los preparativos para una Cumbre Brasil-CARICOM. En esos días, además, se reunió en Puerto Príncipe con el canciller francés, Bernard Koucher, para firmar una Declaración de Intenciones con miras a una instalación conjunta de un banco de leche en Haití.

Haití se ha convertido en una pieza importante para la relación de competencia negociada entre Brasil y Estados Unidos, tanto en el plano económico como geopolítico.

LOS OBJETIVOS MILITARES Y LA “INESPERADA OPORTUNIDAD”

La conducción de Brasil en la MINUSTAH le permite desarrollar un “multilateralismo militar” con los demás países latinoamericanos que participan en la misión. La MINUSTAH también le permite a Estados Unidos reforzar su influencia sobre los ejércitos de la región, a través de los cursos del Comando Sur sobre “acciones humanitarias” y en la Junta Interamericana de Defensa. Lo cual parece traducirse en una mayor participación de esos ejércitos latinoamericanos en las maniobras comandadas por Estados Unidos, como las Unitas y Panamax. Además de lo que la ONU les paga a los ejércitos por sus efectivos en Haití –una motivación pecuniaria propiamente mercenaria-, Estados Unidos también financia equipamiento y entrenamiento de las tropas que participan en la MINUSTAH, como lo ha dado a conocer Perú, que en 2007 recibió de la embajada de Estados Unidos en Lima la cantidad de 4.4 millones de dólares para tales efectos.

El terremoto del 12 de enero abre, a simple vista, un escenario distinto en términos militares. Estados Unidos opera en dirección de retomar el control militar de la isla, tanto de Haití como de hecho en República Dominicana, pues la fuerza aérea de este país resigna su soberanía sobre los aeropuertos y se somete a la “coordinación” de Estados Unidos.

La “ayuda a Haití” pone en actividad a la IV Flota, con el portaaviones Carl Vinson y la Brigada Aerotransportada 82. Se anuncia que diez mil marines (muchos de los cuales ya habían estado ocupando Haití) se dirigen a la isla por tiempo indefinido. Brasil reclama su participación en la coordinación de las operaciones, y anuncia el envío de más tropas y armamento. El general Jorge Armando Félix, ministro jefe del Gabinete de Seguridad Institucional de la Presidencia de Brasil, dijo que las fuerzas de la ONU en Haití no tienen carácter humanitario sino de seguridad, y que “El batallón no se puede apartar de su misión”.

Simultáneamente, la “ayuda a Haití” estrena el uso de las bases militares norteamericanas en Colombia (las de Bogotá, Cali y San Andrés) con aviones hacia Haití, haciendo efectivo el eje militar Colombia-Estados Unidos hacia otra base de operación en el Caribe, a 80 kilómetros de Cuba.

Por otra parte, según denuncias formuladas desde República Dominicana [4], la creciente influencia del ejército colombiano sobre las fuerzas militares y policiales dominicanas y en la elaboración de los planes de Seguridad Democrática en Santo Domingo, se lleva a cabo con la participación activa de Estados Unidos y la anuencia del presidente Leonel Fernández. Lo cual explicaría la rápida resignación de soberanía y funciones en ese país a favor de Estados Unidos tras el terremoto.

Bases militares de Estados Unidos en Aruba y Curazao, en Colombia y Panamá. Injerencia tolerada en República Dominicana. Golpismo con apoyo de Estados Unidos en Honduras. Cuarta flota en el Caribe.

El terremoto en Haití ha sido el “inesperado” evento (Obama dixit) que da la oportunidad al presidente de Estados Unidos para acelerar sus acciones intervencionistas en nuestra región, y para peor bajo justificaciones humanitarias. Ocupado centralmente en aprovechar esta “oportunidad”, el comandante en jefe delega en sus dos predecesores la recaudación de fondos para la reconstrucción –que seguramente esperan que sea muy rentable, como en Irak- con la creación del Fondo Clinton-Bush: los dos protagonistas de la intervención norteamericana en el Haití “democrático”.

El dolor indescriptible del pueblo haitiano exige la solidaridad más generosa como asunto prioritario. Pero una vez más, como en toda la historia de este pueblo, su miseria y su sufrimiento son un criminal objeto de lucro y una pieza de valor geopolítico para los objetivos imperialistas y sus voceros mediáticos y políticos. Es necesario un inmediato contrapeso a los planes de Estados Unidos tras el terremoto, y es posible que vuelva a pensarse en la conveniencia de fuerzas militares multinacionales financiadas por Naciones Unidas para ese propósito. La búsqueda de genuinas formas de apoyo a la soberanía del pueblo haitiano, a su reconstrucción independiente, que la MINUSTAH nunca cumplió, ni estaba entre sus propósitos verdaderos cumplir, obliga a discutir con responsabilidad el papel que ha jugado en estos casi seis años.

Las voces que se han alzado de organizaciones sociales y fuerzas de izquierda de todo el continente condenando la ocupación militar en Haití, no han sido suficientes para correr el manto de silencio que cubre a la participación de la mayoría de los gobiernos de izquierda y progresistas latinoamericanos en ella. Es imperioso que esto se discuta en cada país, so riesgo de que las expresiones de solidaridad estén teñidas de cinismo.

Tomado de BRECHA, 22/1/2010.

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