domingo 25 de octubre, 2020

Uruguay ingresó al mundo del narcotráfico «de la mano del lavado de dinero». Entrevista a Milton Romani.

Publicado el 03/01/10 a las 6:50 pm


Por Julio Guillot

El militante del Partido por la Victoria del Pueblo desde su fundación Milton Romani ocupa la vicepresidencia de la Junta Nacional de Drogas. En entrevista con LA REPUBLICA, Romani se refirió al fenómeno de la droga, el combate a este flagelo e insiste con la recuperación del adicto.

Romani afirmó que las drogas «no son ni buenas ni malas» y que el adicto a la pasta base es recuperable, en contra del «mito» popular. Por otro lado, recordó que Uruguay ingresó al mundo del narcotráfico «no de la mano de la cocaína ni de la pasta base, sino desgraciadamente por el mecanismo de lavado de dinero, que era funcional a una visión de país de servicios financieros totalmente desregulados».

La entrevista transcurre en su despacho del 10º piso de la flamante Torre Ejecutiva, con una espectacular vista sobre el río. Con su cordialidad habitual se somete al interrogatorio.

­Hablemos de tu tarea en la Junta Nacional de Drogas.

­La Junta Nacional de Drogas fue creada como institución en 1988, pero nunca se había reunido. El Estado estuvo ausente, tanto en la represión como en prevención y en tratamiento. No quiero decir que nadie hizo nada. Lo que digo es que faltaron políticas públicas de largo plazo, y en el plano represivo hay hechos incontrastables en los que hubo intervención del poder político para proteger a ciertos intocables. Uruguay ingresa al mundo del narcotráfico no de la mano de la cocaína ni de la pasta base, sino desgraciadamente por el mecanismo de lavado de dinero, que era funcional a una visión de país de servicios financieros totalmente desregulados. En campaña electoral escuchamos al doctor Lacalle que impulsaba las sociedades anónimas «para lo que sea», según sus propias palabras. Ahora las SAFI están prohibidas por ley, y las que existen caducan en 2010. Digo esto porque la opinión pública, con todo derecho, está preocupada por la pasta base y sus bocas de distribución. Pero en este país, desgraciadamente, muchos conservadores son muy insistentes en respetar el artículo siete de la Constitución que se refiere a la protección del derecho a la seguridad, al hogar, con lo que yo estoy totalmente de acuerdo; pero se olvidan del artículo ocho, que dice que todos somos iguales ante la ley y que en este país estuvo vulnerado durante mucho tiempo. En el año 2000, el inspector Rivero, que era inspector Nacional de Policía, quiso intervenir en un caso de lavado de dinero en el que estaba involucrado un escribano, y lo sacaron de un ala porque ese escribano era el escribano del señor Danilo Arbilla; y Arbilla protestó ante Stirling y después ante Hierro López y el propio Jorge Batlle. A lo mejor Danilo Arbilla tenía razón, yo no me pronuncio sobre el punto, pero lo cierto es que en el Senado se propuso conformar una comisión investigadora para determinar si el inspector Rivero estaba en su derecho de investigar el tema, y no hubo votos de la mayoría de blancos y colorados para habilitar a la investigadora. Así, quedó desarticulado ­por una intervención política­ un caso de lavado de dinero que había denunciado la DEA; no era un caso menor. Menciono estos antecedentes no para revolver en el pasado, sino para demostrar que el Estado no solamente ha estado omiso en tener esto en la agenda pública como un asunto de salud pública y de seguridad pública, sino que, además, en base a una concepción errada del proyecto de país, y en base al clientelismo público y privado que siempre existió en Uruguay, se protegió a determinados individuos, cosa que es el principio político fundamental que nosotros instituimos cuando hablamos de represión. Por supuesto que vamos a combatir las bocas de pasta base, pero acá no hay intocables; y creo que se ha demostrado, con los procesamientos recientes y con los procedimientos que hoy se están realizando con empresarios vinculados al contrabando y eventualmente al lavado de dinero, que no hay intocables. Ese es un mensaje poderoso para la opinión pública y para la Policía. Si nosotros, al policía que está comprometido, al que está a veces siete días en la estancia de Salto esperando que aterrice una avioneta, en medio de un charco, como estuvieron muchos policías de la Brigada, no le damos seguridad o agarramos un teléfono y le decimos «no, ahí no se puede investigar», entonces se desmoronó cualquier estrategia posible de represión. El libre ejercicio de la profesión de abogado, de escribano, de psicólogo o de periodista, está consagrado por la Constitución. Pero eso no significa que sea una patente de corso para hacer, además, negociados con los narcotraficantes. Es un lugar común decir que la Policía es corrupta, y para mí, toda generalización es fascista. Hay muchísimos funcionarios que sienten la camiseta de servidor público, y la ideología de servir al pueblo y de servir al otro, está en el Estado y en la empresa privada también. Yo vengo del sector privado y he visto compañeros que se matan y otros que son unos vagos de mierda, hay algunos que hacen la plancha y otros que están en el límite de la corrupción o son francamente corruptos; y eso ocurre en la actividad privada también.

Yo soy partidario de que el aparato represivo del Estado deba ser utilizado; con economía de fuerzas, con racionalidad, con objetivos bien trabajados, y respetando los derechos humanos.

-Bien, eso en lo que tiene que ver con la represión del tráfico. ¿Y en cuanto al consumidor, cómo hay que actuar?

-En los foros internacionales Uruguay ha sostenido una estrategia integral equilibrada. Esto quiere decir que, siendo el factor represivo muy importante, no es suficiente. En el mundo entero se ha elegido un camino represivo, más represivo, ultra represivo. En El Salvador, que tiene un índice de homicidios espeluznante de 65 cada cien mil habitantes por año (en Uruguay es de cinco homicidios cada cien mil habitantes por año), se recurrió a la mano dura, después a la ultra dura, y como eso no dio resultado, la política de puño de acero. En el tema drogas, en muchos países se ha incorporado al propio ejército, se ha militarizado el combate, y en esto hay muchos países que critican a EEUU, que es el principal consumidor de drogas, por trasladar la guerra a los países productores de la hoja de coca. La administración Obama y la propia Hillary Clinton han tenido un corte que esperamos sea auspicioso. EEUU tiene un gran problema en la frontera con México no sólo por la emigración sino porque las bandas de narcotraficantes se surten de armas del lado norteamericano, donde la venta de armas es libre. Hillary ha dicho: «No; tenemos que repensar esto en términos de responsabilidad verdaderamente compartida». Digo esto porque un aspecto central es el tratamiento, en lo que el Estado ha sido omiso. Acá los tratamientos los hacían las ONG, algunas asociaciones religiosas, el Hospital de Clínicas y el Servicio de Farmacodependencia del Maciel en forma muy limitada. Nosotros nos hemos propuesto crear una red de asistencia. El MSP y la Junta de Drogas hemos elaborado un programa con su protocolo, de modo de asegurar la atención sanitaria del drogadicto. Hemos avanzado mucho en el sector público pero no así en el privado, desgraciadamente. Se han instalado centros de atención como el Portal Amarillo, el Jagüel; hemos establecido redes con ASSE, con los servicios sanitarios municipales, con los equipos de salud mental.

-¿El combate al consumo radica básicamente en la internación del adicto?

-En esto hay una confusión muy reiterada en el sentido de creer que la única forma de intervención en drogas es la internación. En general los consumidores no son menores. El grueso de los consumidores, que son varones en un 70 por ciento, tiene un promedio de edad de 24 años. En Uruguay tenemos un adolecer tardío; ese adolescente pegoteado a la familia, sin trabajo y sin estudio, es el colofón de fondo de emergencia y de fractura social en la que se ubica el consumo de droga. La gente piensa que es la droga que ha llevado a estas situaciones, y yo invierto el problema. La falta de oportunidades, una visión negra del futuro, el cóctel brutal que es prometer objetos, marcas, con lo que los sociólogos llaman la anomia total, es decir el aburrimiento existencial. Son tres generaciones acumuladas en que el patrimonio cultural que ofrecen a sus hijos es la desesperanza. El fenómeno drogas atraviesa todas las clases, pero son las poblaciones más vulnerables desde el punto de vista psicosocial las que acceden más fácilmente a esta porquería.

-¿Eso quiere decir que hay factores de diversa índole en el origen?

-Si vamos a la etiología del fenómeno, vemos que el consumo de drogas es una necesidad de la humanidad. Las drogas no son ni buenas ni malas. La morfina causa grandes beneficios. Todos los pueblos han tenido consumo religioso de sustancias, pero un consumo auto regulado. Ahora, por qué un individuo se hace dependiente, adicto, esclavo de la pasta base o de la cocaína, es un tema que está siempre en debate y seguramente no hay una sola causa, y cada persona en su drama existencial tendrá su mecanismo de enganche. Te aseguro que si aquí, ahora, inhaláramos pasta base, no nos convertiríamos en adictos. Hay un mecanismo que es a la vez biológico y psicológico por el cual vos te enganchás. Fijate que el que es adicto al juego no incorpora sustancias adictivas a su organismo. Claro está que la diferencia con las drogas es que éstas tienen un componente químico que favorece la adicción. En Bolivia hay coca por todos lados, mastican hojas, y el porcentaje de adictos es ínfimo. No es casual que en Argentina y Uruguay, el paco o la pasta base hayan irrumpido en 2001 y 2002; coincide con las crisis. Se ha producido un cambio en el negocio de la droga, que ha salido de los grandes establecimientos para abrir otros más pequeños en una nueva conformación del territorio del narcotráfico, que es un mecanismo de gestión empresarial de acuerdo con las exigencias del mercado, y han encontrado un muy buen producto para exportar, que es la cocaína, y un subproducto más barato. En Uruguay estamos investigando ­por primera vez en el mundo­conjuntamente el Portal Amarillo, el Instituto Clemente Estable y el Hospital de Clínicas (hay incluso un científico uruguayo en Huston que está colaborando en la investigación) los efectos neurobiológicos de la pasta base. Se ha comprobado que el componente básico de la pasta base sigue siendo la cocaína con grandes cortes de cafeína. Lo interesante del estudio es que la experimentación con ex adictos demuestra que hay posibilidad de revertir la tendencia aunque no hay certeza de que se pueda revertir el daño neuronal.

-¿De modo que hay posibilidades reales de recuperación?

-Sin duda. Ahora, en todo este tema, hay mitos entre la población. El primero es que el consumidor de pasta base era irrecuperable y se moría en seis meses. Eso son macanas. Tenemos casos de gente que ha consumido durante cinco y seis años y ahora está recuperándose. Hay gente muy resistente al tratamiento pero ahora sabemos que no está todo perdido.

Si nos proponemos internar compulsivamente al consumidor y nos olvidamos de la familia y no comprometemos a la comunidad en el tema, estamos fritos. Vamos a tener campos de concentración de pibes que se nos están rajando. No hay tratamiento viable si el paciente no está decidido a seguirlo. El abordaje del problema es muy difícil, porque el tipo que está con síndrome de abstinencia o en estado de sobredosis te dice siempre «quiero atenderme, quiero atenderme», pero a los cuatro días ya se está rajando. No podés retenerlo a la fuerza porque si lo retenés, estás generando violencia. Cuando aparece un consumo problemático en una familia, es el momento de preguntarse qué nos está pasando. Yo comprendo a las madres que no aguantan más y dicen «aquí les traigo al botija, háganle una diálisis, sáquenle la droga y devuélvanmelo sanito, rubio y de ojos celestes». Este fenómeno, que es un fenómeno cultural, por el cual los botijas, antes de salir a robar a otros, le roban todo a la madre, es un llamado de atención brutal.

Yo sé que hay una cuestión de necesidad, pero yo, que soy laburante, sé que hay compañeros que laburan diez, doce y catorce horas, y no es por necesidad sino para consumir más bienes materiales. Esto es una exhortación a los trabajadores: paremos la mano con el consumismo.

Tenemos que tomar conciencia de que la enfermedad del consumismo a veces se expresa como consumo de drogas. Y si yo tengo que bajar las revoluciones para reducir a ocho horas el laburo de modo de ocuparme un poco más de mi hijo, bueno, yo invito a los trabajadores a pensar en eso. Porque si no, entonces, lo que hago es tratar de cubrir la ausencia con bienes materiales. Mirá que yo no soy ningún asceta; me gusta mirar televisión, me gusta un buen equipo de audio, pero yo digo: aprendamos a regular ese tipo de cosas. Los puntos flacos de la cuestión drogas son dos: uno, el haber avanzado poco en estrategias comunitarias, comprometiendo a los vecinos, que se escuche a las familias, a los botijas, que la gente vea la plaza de deportes, que hagan una escucha comunitaria en el lugar.

Ahora estamos trabajando con la Policía Comunitaria para que en el barrio haya un lugar en el que la gente que tiene este problema sea escuchada, sea orientada y sea un nexo con el aparato sanitario. La propuesta es ir a una estrategia de prevención comunitaria fuerte; tenemos que tener en cada barrio un centro de escucha, un centro de amparo, un centro de inclusión social donde no se limite la prevención a decir «la droga es mala, es caca». No, eso no es prevención; prevención es escuchar al tipo, dirigirlo, le das la oportunidad de hacer un curso de carpintería, lo rescatás en términos sociales; no lo señalás con el dedo y lo condenás. No lo obligás a dejar completamente de consumir, que es el error de algunos enfoques.

Y otro déficit que hemos tenido es la posibilidad de canalizar un debate serio con la juventud, con la academia. Falta un compromiso sólido de los partidos con el tema.

Tomado de http://www.larepublica.com.uy/politica/395363-combate-a-la-droga-no-esta-todo-perdido

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