martes 20 de octubre, 2020

NOVIEMBRE

Publicado el 23/11/09 a las 9:17 pm

Por Constanza Moreira

Este fin de semana volvieron a agitarse las banderas frenteamplistas en las calles de la ciudad. Esas banderas que se han vuelto tan habituales hoy, y que por muchas razones, en estas elecciones son más que nunca el símbolo y la seña de identidad. Y no en balde el «banderazo» fue de los actos de campaña, el más innovador, el que más se recordará, y el distintivo de lo que nos une.

En pocos días será dilucidada una nueva instancia más del largo proceso electoral que hemos vivido. El Frente Amplio ganará la elección, muy probablemente y, aunque el margen no sea de tanta cuantía como muchos optimistas piensan, será lo suficiente para terminar de ratificar la voluntad ciudadana que, el pasado 28 de octubre, aseguró la mayoría parlamentaria al FA. Paradójico resulta entonces, al recordar el estado de ánimo que nos embargaba esa noche, tras conocer el fracaso del plebiscito de la papeleta rosada y la segura convocatoria a una segunda vuelta, pensar que cierta tranquilidad de hoy resulta de la votación de aquel domingo.

Noviembre no empezó bien. El desánimo cundió durante los primeros días, en que las lecturas sobre el fracaso de los plebiscitos se unían a las de la magra votación del FA (que registró fuga de votos en casi todos los barrios de Montevideo, y en buena parte de los departamentos del país, en relación a la votación de 2004). Quejas, reproches cruzados y, en la mayor parte de los casos, perplejidad, tiñeron el clima de opinión de la última semana de octubre.

En la mayor parte de los casos, se ensayaron explicaciones. Algunas hicieron hincapié en el cambio del electorado del FA; otras, en la índole de los candidatos (especialmente Mujica). Se habló sobre el desempeño del gobierno (que no consiguió transmitir sus logros), y también, sobre la desmovilización del partido y de sus bases. Así, durante la semana que siguió a la elección del 25, el desánimo, la búsqueda de explicaciones, y en buena parte de la militancia el descanso obligado por el agotamiento del último tramo de campaña, fueron la tónica y marcaron el ritmo hacia el balotaje.

Mientras tanto, el Partido Colorado se apresuró a intentar marcar sus votos, y el Partido Independiente trató de ser, justamente «independiente» (aunque algunas declaraciones negativas de su líder respecto a Mujica hicieron sospechar lo contrario). El Partido Nacional ensayó la hipótesis del equilibrio y se lanzó a pintar la ciudad creyendo tener una consigna. Algunos ­inorgánicos­ grupos del FA respondieron rápidamente empapelando la ciudad con la frase «defender la alegría», tratando de recuperar eso, que había sido el distintivo del último tramo de la campaña de octubre, donde se combinaron el banderazo, las caravanas, y la algarabía y bullicio de los últimos días. Eso, que amenazaba con perderse de la mano del sentimiento de frustración que embargaba a unos y otros.

La tesis del equilibrio del Partido Nacional dio entonces lugar a réplicas, y generó una suerte de «debate» sobre los poderes del Estado, las mayorías parlamentarias y el rol de gobierno y oposición. Nuevamente dejaron de estar sobre la mesa los temas del debate más importantes (los sustantivos) y tomaron relevancia las cuestiones procedimentales. A saber, se hizo más importante saber cómo íbamos a tomar las decisiones (si por decreto, por negociación, por coparticipación o por la regla de la mayoría), que la índole de las decisiones en juego. Pero aún así, hay que reconocer que la falacia del equilibrio dio algunos resultados. Al menos, permitió un debate sobre la forma y el régimen de gobierno, poco habitual en tiempos de campaña.

Pero rápidamente, y en la segunda semana posterior a la elección, toda referencia al equilibrio pareció perdida, y la campaña del Partido Nacional, usando el caso Feldman para difamar a Marenales, al MLN, y claro está, a Mujica, cobró límites de insospechada virulencia. Y ello fue especialmente agravado por la índole de quienes realizaron las acusaciones. Tan inesperado y virulento fue el giro que tomó la campaña, a raíz de las declaraciones de Jorge Batlle primero, y de la publicidad del Partido Nacional después, que muchos intentaron desmarcarse. A la larga, y aunque los números de intención de voto no hayan sido elocuentes respecto del impacto de estas acciones, ello parece haber tenido un efecto boomerang sobre la intención de voto del Partido Nacional. Las encuestas comenzaron a registrar, aunque con diferencias en máximos y mínimos, una distancia de intención de voto de entre cinco y ocho puntos entre Mujica y Lacalle. Más allá del porcentaje de indecisos, la distancia entre ambos se evidenció tan contundente, que generó desasosiego entre las filas blancas y coloradas.

Al caso Feldman se siguió un intento de debate inconcluso, y declaraciones varias de uno y otro lado. La campaña en las calles mermó, aunque los autos y las ventanas continuaron cargados de símbolos. Para muchos frenteamplistas, sólo en esta ocasión, la bandera representó una señal de identidad. Y, mientras el Partido Nacional arreaba sus señas de identidad, el Frente Amplio las afirmaba.

El último tramo de campaña que se vive ahora, es el de un desgano cansino y un ánimo distante del entusiasmo que inundó las calles y carreteras del país en el fin de semana anterior al 25 de octubre. La cercanía del final del año con sus cierres y balances, colabora a ello. El hecho de que la decisión sea entre fórmulas, y no colaboren activamente en la campaña todos los partidos, o incluso todos los grupos que al competir en octubre llenaban de colores y propuestas las calles y la ventana de la TV, también influye. La campaña se va acabando poco a poco, y es fácil registrarlo en la disminución de los avisos televisivos en estas dos últimas semanas. Es claro que estamos, de nuevo, ante el final de un ciclo.

El ciclo que cierra ahora en noviembre comenzó para los frenteamplistas tempranamente; el día en que los reeleccionistas resignaron su causa, y la izquierda comenzó a buscar el reemplazo de su liderazgo, algo que, sin duda, ni el muy ejemplar Lula tuvo que enfrentar tan tempranamente. Y el FA debe enorgullecerse de haberlo conseguido, puesto que la decisión de enfrentar una candidatura compleja como la de Mujica, armar una fórmula basada en la diferencia (Mujica-Astori), y haber resuelto legitimarla en todas las instancias colectivas posibles (el Plenario, el Congreso, la elección interna abierta y competitiva), no fue el camino más fácil. Sin embargo, son esos los caminos que quedan, los que hacen surco en la práctica y el corazón de la izquierda. Los que enseñan y dejan lecciones a futuro.

La elección sólo estará zanjada este domingo, y para eso todavía hace falta mucho. Entre otros, el trabajo de militantes y delegados ante las mesas de votación, la concurrencia y la decisión de todos, la conciencia de lo que se vota, y de lo que significa. Pero lo más importante ya está hecho. Y todos habremos aprendido algo de ello.

Entre otras cosas, habremos aprendido a ser un poco más tolerantes, y un poco más humildes. Habremos aprendido a reconocer nuestras diferencias, pero también lo que nos une cuando enfrentamos una campaña. La izquierda habrá aprendido que la sede de la calle Colonia no alberga todo, sino una parte. Y que los «inorgánicos» de la bandera y del mensajito de texto son tan importantes como los orgánicos que siempre están. El Frente deberá auscultarse y revisarse, y preguntarse si no vale la pena apostar un poco más a un partido abierto, conflictivo, controversial, pero dinámico, y que para invertir en eso, hace falta apostar de aquí a los próximos cinco años. Todos habremos aprendido que la otra parte tenía un poco de verdad, y que lo que nos unía era más que lo que nos separaba.

Tomado de http://www.larepublica.com.uy/contratapa/389502-noviembre, 23/11/09

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