lunes 26 de octubre, 2020

LA CONSTRUCCION DE LA POLITICA DESDE ABAJO

Publicado el 12/10/09 a las 2:36 pm

Por Constanza Moreira.


Nunca como en épocas electorales, la política es tan visible, invade tanto el espacio público y el privado, y aparece todos los días desde la pantalla de la televisión hasta las columnas del alumbrado. En estos días y en estos meses, se vive esa época feliz en la que todos se sienten convocados a participar, aunque más no sea porque están obligados a tomar una decisión sobre el futuro del país con su voto. En las encuestas, la participación y el interés en la política aumentan considerablemente. Se habla de política en el trabajo, en la calle, con los amigos, en familia. Gente que no participó durante años, lo hace. Siente, como nunca, que su presencia puede importar para algo, puede hacer la diferencia.

Son éstos también los períodos en los que las falencias de la política están más a la vista. La lupa cae sobre los candidatos, partidos y fracciones. Los medios auscultan cada dicho, cada gesto, cada palabra de más. La campaña negativa está a la orden del día: se construye discurso criticando el ajeno. Y todo parece una carrera destinada a ganar.

En Uruguay, la carrera ahora parece centrada en la búsqueda de los indecisos. El porcentaje de indecisos crece en una encuesta y permanece estancado en otra. Son más mujeres que hombres, dicen. Algunos votaron al Frente Amplio en el período pasado y ahora no saben: es el voto «prestado». ¿Lo prestarán otra vez? Algunos votaron al Partido Colorado en el período pasado, o en el otro. Pero ahora no saben; ¿es el mismo Partido Colorado, o es otro? Los indecisos no se interesan en política; no se informan, la política no los convoca. ¿Qué hacer para convencer a los indecisos?, se preguntan los partidos, los candidatos, las agencias de publicidad.

Pero pensar que la elección la ganan los indecisos es, hasta cierto punto, una falacia. Las campañas importan, cómo no, pero sólo convencen a una minoría de la población. El resto (el ochenta por ciento o más) ya sabe lo que va a votar, antes de que se inicie la campaña. Y eso, dice mucho sobre la política uruguaya. Sobre cómo pensamos la política y sobre cómo construimos la política.

El Frente Amplio se hizo grande, el partido más grande del sistema, porque construyó la política «desde abajo». Empezó antes en los movimientos que en los líderes. Sus orígenes deben rastrearse en el movimiento sindical, en el Congreso del Pueblo, en la izquierda armada, y antes aún, en los viejos partidos ideológicos (el Partido Socialista, pero especialmente el Partido Comunista). Las contingencias lo volvieron un partido «de masas». Y entre las contingencias, debe contarse la intensa crisis económica que el país comenzó a vivir en los años sesenta y que exacerbó la conducta autoritaria del gobierno, por un lado, y radicalizó a los movimientos por el otro. La crisis importó, claro, pero sin un proceso de acumulación de fuerzas anterior, el Frente Amplio no se hubiera vuelto gigante y menos aún hubiera permanecido en el tiempo, año tras año, década tras década, aprendiendo y reaprendiendo a sobrevivir, a adaptarse, a postular como un igual entre los otros, y a alcanzar, finalmente, el gobierno nacional.

Para entender este proceso miremos, por ejemplo, la suerte del «progresismo» del otro lado del río. A diferencia de Uruguay, en Argentina, como lo consigna Edgardo Mocca («La construcción de un sujeto transformador en Argentina»), el triunfo de una alternativa progresista no aparece como resultado de un proceso de acumulación de fuerzas desde la izquierda, sino que más bien surge a consecuencia de las contingencias sociales, económicas y políticas que se sucedieron con la crisis de 2003. Por consiguiente, el desafío es el de ­en sus palabras­ «la construcción de una subjetividad política organizada», para asegurar la continuidad de un proyecto, en cierto modo construido «desde arriba», desde el gobierno, a partir de la llegada de Kirchner a la presidencia. La construcción de un proceso «desde arriba» no es ajena, asimismo, al descrédito que viven los partidos políticos en Argentina. Aunque el «que se vayan todos» es la expresión más aguda de este rechazo, desde hace mucho tiempo, los estudios de opinión muestran en Argentina la consolidación de una cultura política reacia a los partidos, desencantada, cínica, y aunque protestona y disconforme, últimamente, incapaz de una acción política colectiva sostenible. Nada de esto, sin embargo, y paradojalmente, se logra sin intención política, porque el desencanto de los partidos es parte de un proceso destinado a despolitizar las sociedades y, por consiguiente, despolitizar sus conflictos, sus luchas, sus debates.

La llegada del Frente Amplio al gobierno alteró un equilibrio ya consolidado durante décadas entre «gobierno» y «oposición» y marcó el inicio de una política de la izquierda «desde arriba», desde el gobierno. En ese proceso, todas las debilidades del Frente Amplio salieron a la luz. Pero no porque no estuvieran desde antes, sino porque recién con el «descreme» de una parte del partido hacia los cargos ejecutivos del gobierno se pusieron en juego todas las dificultades para reproducir una política desde el llano.

Claro era que llegarían tiempos electorales y el Frente Amplio sería convocado nuevamente a convocar a la política «desde abajo». ¿Por qué? Porque se hicieron perceptibles para muchos las limitaciones que conlleva construir una política «desde arriba», al menos para los partidos de izquierda, o más específicamente aún, para nuestra izquierda uruguaya.

Como ejemplo, baste citar la diferencia entre la aprobación del gobierno y la intención de voto al FA. Es evidente que la popularidad de Vázquez no «derrama» hacia abajo completamente. La intención de voto al Frente Amplio está estancada en un 45% en los últimos meses; diez o quince puntos por debajo del porcentaje de aprobación del gobierno. Eso sólo significa una cosa y es que el gobierno merece buena evaluación por parte de aquellos que, aun aprobándolo, no lo votarían de nuevo. Puede que haya una explicación adicional, y es que a la gente Mujica y Astori no le parecen la mejor garantía de continuidad del gobierno, y que si Tabaré Vázquez fuera el candidato, mejorarían las probabilidades de que el Frente Amplio ganara. Tal vez. No tenemos, a ciencia cierta, modo de saberlo. Pero para la inmensa mayoría de los uruguayos, se vota antes al partido que a los candidatos. Ello deja sobre la mesa una pregunta sustancial que debe ser contestada: ¿Es el gobierno el que atrae los votos? ¿Es el hacer un buen gobierno lo que gana una elección?

Los datos disponibles indican que la gente juzga bien o mal al gobierno según sus preferencias políticas, en mucho mayor medida que a partir de juicios «objetivos» sobre sus logros. Las evaluaciones de la gente sobre lo que hacen o no hacen los gobiernos están moldeadas por sus preferencias políticas y por su ideología. Los logros del gobierno del Frente Amplio deberían, a juzgar por los resultados, haber sido más que suficiente para convencer a la gente de que debía votar al FA otra vez. Los números no se cansan de mostrarlo, y aparecen permanentemente en la publicidad: la reducción del desempleo, la pobreza, el aumento del salario, de la cobertura de salud, entre otros.

Pero a la vista están las limitaciones de una política «desde arriba» para convocar a las grandes masas. Los logros sociales y económicos del gobierno argentino han sido indudables y sin embargo, esto no ha asegurado la continuidad de los «K» en la política argentina. Antes bien, el duro embate sufrido en la pasada elección, muestra la enorme dificultad de transformar logros sociales y económicos en votos, o en perspectivas de continuidad de un proyecto.

El Frente Amplio ha salido en estas últimas semanas a convocar «desde abajo», con sus actos, sus manifestaciones, sus marchas. Pero también ha aprendido a dividir su protagonismo con otros, que siendo de izquierda, no son de «la orgánica» del Frente Amplio; esos muchos grupos que llaman a través de mensajes de texto en el celular, o a través de emails, a diversas actividades «espontáneas». Eso también es política «desde abajo» y eso también es izquierda. A no olvidarlo.

Tomado de La República, 12/10/09

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