miércoles 28 de octubre, 2020

LA POLITICA Y LAS PALABRAS

Publicado el 28/09/09 a las 10:47 pm

Por Constanza Moreira.

Los griegos decían que los hombres eran capaces de política porque tenían el logos. El logos era la razón, pero también eran las palabras. Esas que sirven para diferenciar lo que está bien de lo que está mal. Y también las que sirven para comunicarnos entre nosotros. El reino de la política, entonces, es el de las palabras, y la política existe porque existen las palabras.

Los griegos eran conscientes de que existe un mundo de poder que no reside en las palabras sino en la fuerza, en la violencia, en la obediencia al más fuerte. Pero para ellos, esto no constituía política. La violencia no era política. Era pre política. La política era lo que venía después, cuando la violencia se había superado.

El poder político no se ejerce con el garrote ni la espada, sino con las palabras. Para ser ejercido, precisa convencer. Y es por eso por lo que los griegos creían que los políticos debían dominar el arte de la retórica, antes que el arte de la guerra.

En estos días de campaña, las palabras lo son todo. Palabras para convencer, para seducir, pero también palabras para descalificar. El spot publicitario que se autodenomina «Mentiras verdaderas» y se ha lanzado repetidamente en la televisión desde que comenzó la campaña mediática este viernes, es el ejemplo de una política de las palabras puramente negativa. No convence, no seduce, sino que intenta descalificar. El Frente Amplio habría mentido, y el spot publicitario sirve para denunciarlo. Pero, ¿se convence a alguien de algo con esto? No, difícilmente un mensaje negativo convenza o seduzca. Está destinado a fomentar la imagen negativa del otro. Del Frente Amplio, del gobierno, o del propio Mujica.

En algunos países, la propaganda negativa del adversario está severamente limitada y existen tribunales electorales que juzgan al respecto e imponen normas de «buena conducta» para los contendores. Así, obliga a hacer propaganda positiva y elimina las referencias cruzadas entre candidatos y partidos. Cada uno hace campaña de sí mismo, y no por oposición al otro.

Pero no es éste el caso en nuestro país, y la campaña negativa campea, aprovechando algunos flancos débiles en las filas de la propia izquierda uruguaya. El libro «Pepe Coloquios» ha estado en el centro de la tormenta mediática de esta semana, y de lo que se trata, justamente, es de las palabras. Las palabras dichas, y las palabras escritas, las opiniones, discutibles, de nuestros candidatos. También el presidente Vázquez se ha referido a los dichos de Mujica, y sus palabras, duras, han evidenciado las propias dificultades de la izquierda para con sus propias contradicciones.

Decir, como solía decir Seregni, «los hermanos sean unidos, en cualquier tiempo que fuera, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera», es recordar lo más elemental de una política de la izquierda: porque a la izquierda la unen las convicciones, las ideas, el sentido de pertenencia, y la solidaridad y la simpatía recíproca. No la unen los intereses, sino algo bastante más inmaterial y afectivo. Y por ello tanto más frágil, y necesario de cuidar.

Las tradiciones de la izquierda, de todas las izquierdas, han sido las del debate, la discusión permanente, los congresos litigiosos, las asambleas interminables. Si algo caracteriza a la política de la izquierda, son las palabras.

Palabras que no significan nada para otros, como «revolución», «socialismo», «unidad», «solidaridad», son caras a la izquierda, y representan símbolos, ideales ­vigentes o perdidos­, imágenes convocantes de un mundo al que se aspira. La izquierda ha dado siempre una lucha por los conceptos, una batalla comunicacional y simbólica por construir una identidad propia, diferente al statu quo, y por ello ha vivido en pelea discursiva permanente con el discurso dominante. El propio sentir que se «es de izquierda» nombra una identidad, una pertenencia, un sentido positivo de la ideología. Nadie en la derecha se siente orgulloso de ser «de derecha» (con excepciones, claro). Más aún, la propia derecha se caracteriza por negar la diferencia entre izquierda y derecha. El llamado «fin de las ideologías»; es decir, un tiempo histórico en el que todas las ideologías hayan muerto, es una proposición clásica del pensamiento conservador.

Es la importancia de las palabras lo que hace que la propia izquierda, hoy, también enfrente las dificultades que enfrenta. En primer lugar, porque tiene un candidato que habla, que opina y que dice cosas permanentemente. Discutibles, sin duda, pero lo cierto es que él representa, más que ningún otro, a la política de las palabras. Y ha sido esa permanente conversación que ha sostenido con los uruguayos y consigo mismo a lo largo de este último cuarto de siglo, la que le ha valido el lugar en el que está. O sea que, controversial y discutible, no cabe duda que Mujica es un auténtico ejemplar de la política desde la palabra.

Y eso no está mal, porque Uruguay hereda desde la dictadura una política del silencio. De eso no se habla, eso no se dice. La discusión sobre la «historia reciente» que se ha dado en este país con el advenimiento del gobierno del Frente Amplio (aunque comenzara antes) muestra la difícil emergencia de interpretaciones distintas al discurso «oficial» sobre los años oscuros. Y quizás ahora pocos lo recuerden, pero a la dictadura, antes, no podíamos nombrarla. Le llamábamos el «régimen de facto», o simplemente, «el régimen». Nos costó mucho usar la palabra «dictadura», e incorporarla al lenguaje; en parte porque había sido expresamente prohibida y erradicada del uso público. Sí, la dictadura también fue eso: la prohibición de las palabras.

Mujica continuará hablando, y no sólo porque ésa es su principal virtud sino también porque hablará a través de todos los libros que se escriben sobre él, de los documentales que se filman, de las entrevistas que se le realizan. Por muchas razones, es él, al igual que Evo Morales, Lula, u Obama, el que concita una atención que trasciende, con mucho, su rol político específico. Pero habrá otras formas más amigables de escucharlo, como se lee en el reciente «Sueños del Pepe» de Blixen, donde otra vez aparecen las palabras. Dice Blixen, refiriéndose a la forma de hablar de Mujica: «Serán largos monólogos, con idas y vueltas, repitiendo, reforzando conceptos, en un movimiento en espiral, que bosqueja lo general, aterriza en lo particular y vuelve a subir para tocar utopías; golpeando la mesa para acentuar las afirmaciones, levantando la voz, cayendo en silencios que escogen las palabras, caminando agitado por la cocina, susurrando frases que no termina porque lo asaltan nuevas ideas, saltando de un tema a otro, en una dispersión que al final exhibe una coherencia robusta».

Tomado de http://www.larepublica.com.uy/contratapa/382136-la-politica-y-las-palabras, el 28/09/2009

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