miércoles 28 de octubre, 2020

La anulación de la ley de impunidad es una cuestión de salud pública

Publicado el 26/09/09 a las 5:32 pm

Palabras de Alba Gonzalez en la presentación del libro “Las Palabras que llegaron” el 24 de setiembre pasado.

La oportunidad de hablar ante tantos jóvenes es una tarea difícil pero grata. Hace más de 30 años que nos toca a las Madres hablar en público, eso tan ajeno a nuestra vida cotidiana de antes. De antes-antes, cuando las familias estaban completas.
Al principio hablábamos en voz baja y con sumo cuidado. Después empezamos a hablar para quienes quisieran oírnos, que eran muy pocos. Luego seguimos hablando también para los que no querían oír y nos consideraban locas, para los que negaban lo que había pasado, para los que no hablaban de dictadura y mucho menos de muertos o desaparecidos. Y esos negadores eran muchos. Algunos eran sólo ignorantes, pero  otros eran gobernantes.
No voy a rememorar todo lo que pasó a lo largo de estas décadas, pero sí aquellas cosas que no se terminaron todavía. Dos preguntas básicas: una, ¿cómo fue posible que pasaron  cosas como las que pasaron, cómo fue posible la tortura y las muertes y desapariciones?, dos, ¿qué nos queda hoy de todo aquello que llamamos terrorismo de Estado, qué secuelas, qué semillas?
Por eso decía que hablar ante tantos jóvenes es difícil. Siempre fue difícil. La gente sencilla, poco politizada como éramos muchos de nosotros, acusó recibo como pudo de lo que pasaba con nuestros familiares. No fue fácil racionalizar y explicar a los demás, especialmente a los niños y adolescentes, qué era lo que pasaba, cómo era posible estar vivo pero tal vez muerto o vivos pero no se sabe dónde. Ni fue fácil entender las huellas de la tortura en las rarezas de los que volvían. ¡Cómo íbamos a explicar a los más jóvenes si nosotras mismas no entendíamos! Si no había palabras adecuadas. Si apenas lográbamos mantener la suficiente entereza como para seguir buscando.
Durante muchos, demasiados años, ese mundo de búsquedas, de ilusiones de regreso, de desesperación, se desarrolló contra el muro de silencio y de negación que levantaron los sucesivos gobiernos posteriores a la dictadura. Un muro que  hacía que nuestra búsqueda apareciera como un asunto de locura personal y no como un problema de todos.
Esa tremenda responsabilidad tienen los gobiernos post dictadura: haber negado, haber perdido un tiempo valioso para la salud política y moral de todo el país, haber incumplido su responsabilidad como garante de los derechos de todos los ciudadanos. Ése es un daño causado a los adultos, que se trasmite de generación en generación, que desborda las familias concernidas y se traslada a la convivencia social. ¿Hay algo más desmoralizante que la impunidad de los crímenes cometidos por los poderosos? Algo más desmoralizante que saber que todo lo que amamos, todo lo que buscamos a lo largo de décadas está en conocimiento de un grupo de personas que se niegan a decirlo y que hasta hace muy poco, hasta que llegó este gobierno, estaban sueltos, cobraban sus sueldos o pensiones y hasta recibían premios.
Pero dije que no iba a hablar de todo lo que pasó, no quiero insistir en lo que hizo la dictadura sino en lo que no hizo la democracia, lo que no hicieron los gobiernos blancos ni colorados y lo que siguen haciendo todavía hoy oponiéndose a que después de tantos años alcancemos la verdad y la justicia.
Es eso lo único que exigimos. Verdad y justicia. Nunca transitamos el camino de la revancha ni planteamos el ojo por ojo… Que los responsables sean juzgados por la justicia como iguales, como cualquier uruguayo. Ni siquiera como ellos trataron a nuestros hijos, ni con sus métodos de interrogatorio ni las condiciones del castigo que les impusieron. Pero el silencio que guardaron todos estos años es la peor complicidad con los crímenes cometidos, el silencio que siguen guardando es criminal porque es la condición para mantener a decenas de ciudadanos uruguayos secuestrados hasta hoy. Es un crimen sobre los hijos y los padres de esos uruguayos secuestrados o asesinados; sobre sus pares sobrevivientes; sobre los hijos de los hijos… La tortura generalizada y los asesinatos fueron, además, la forma más brutal de amordazar y paralizar a todo el país por el miedo. Y durante tanto tiempo que es imposible desconocer las huellas que dejaron.
Queremos pensar en una sociedad regida por la justicia no se puede admitir que haya áreas que escapen a su competencia. Ni áreas de guante blanco, ni áreas de sotana, ni áreas de sables. Para volver a confiar en los valores de igualdad que identificaron a Uruguay en todo el mundo, hay pasos que no se pueden eludir: primero tenemos que saber qué pasó, luego tiene que actuar la justicia, y recién entonces se habrá creado un ambiente propicio a la convivencia sin recelos entre todos los uruguayos. Ese orden no es caprichoso. Aquí pasaron cosas muy graves que se mantienen en la oscuridad. Algunas veces emergen, contra todas las previsiones de los oscurantistas, indicios indiscutibles. Huesos.
¿Cómo se puede tolerar el hallazgo de restos humanos en un cuartel, sin que algo dentro de cada uno se mueva y cambie? Esa demostración indiscutible del crimen negado es algo que pasa hoy, es algo que trae el pasado a la actualidad. La dificultad para reaccionar colectivamente es algo que pasa hoy. La pobreza en el ejercicio de la solidaridad está haciendo que hoy la gente sufra la soledad y la falta de sentido en forma crítica.
¿Es cierto que los jóvenes de hoy no tienen nada que ver y que no les importa el tema? ¿Es cierto que es cosa del pasado?
Es falso que si se anula la ley van a salir libres los que hoy están presos: ellos no están presos por la ley de caducidad sino al revés, están presos porque sus crímenes no están comprendidos en esa ley. Anular la ley permitirá a la justicia investigar, atar cabos, unir las pistas sueltas.
La anulación de la ley de impunidad es una cuestión de salud pública.

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