domingo 25 de octubre, 2020

El lenguaje de un presidente

Publicado el 21/09/09 a las 2:40 am

Por Jorge Majfud

En los últimos días estalló la polémica en Uruguay por una entrevista que el candidato a la presidencia, el senador José Mujica, dio al diario argentino La Nación el 13 de septiembre. La discusión se centró en la afirmación de que el senador usó abruptos como “la Justicia tiene un hedor a venganza de la puta madre que lo parió” y “en la Justicia no creo un carajo”.

Ante los posibles réditos electorales que suelen derivar de los escándalos lingüísticos, los candidatos conservadores de la oposición no perdieron tiempo y salieron a las tribunas a mostrar su orgullosa indignación.

El doctor Alberto Lacalle, el ex presidente que puede disputarle la presidencia al Frente Amplio en el gobierno, dramatizó sobre el uso lingüístico de su adversario. Apelando a la ternura infantil, presentó el uso de las palabras obscenas de Mujica como un mal ejemplo para los niños y una desautorización ante las correctas maestras de escuela.

Escuchando los discursos del senador Mujica, siempre me asaltan dos reacciones contradictorias. Una, de respeto ante sus habilidades intelectuales a las que suma una cultura ilustrada que deliberadamente oculta detrás de una fachada tipo Diógenes. Otra, cierto rechazo ante el abuso, a veces populista –como cuando presentó el titulo universitario de alguien no como un mérito sino como un defecto, como si se tratase de un titulo nobiliario–, del “chorizazo”, de la simplificación extrema de los medios de expresión que en el pasado y hasta ahora le han dado mucha popularidad.

No creo que un país se pueda sacar adelante a los chorizazos. No obstante, al mismo tiempo creo que el lenguaje del chorizazo no se traducirá, una vez en la presidencia, en la inteligencia del chorizo. Para pensar en los pobres es necesario sentir como los pobres pero no necesariamente implica pensar como un pobre.

En Uruguay como en Estados Unidos, un lugar común, una vaca sagrada declara que uno debe elegir un presidente “como uno”. Pero ese narcisismo, propio de nuestra cultura del siglo XXI, no me sirve. Prefiero elegir a alguien que sea mejor que yo. Creo que el senador Mujica sería, por lejos, mejor presidente que yo y que muchos “hombres comunes”. Por eso debería ser presidente, no por ser “como cualquiera”. Es lo menos que podemos pedirle al obsoleto y contradictorio sistema de democracia representativa.

Ahora, vamos a suponer, por un momento de delirio lingüístico, que el idioma es lo más importante en la vida de una sociedad. Aun así, en lingüística los prescriptivistas han perdido casi todo el terreno que poseían desde que en 1492 Nebrija escribió la primera gramática castellana para, como el mismo autor lo reconoció, apoyar las fuerzas del imperio que nació de la intolerancia, de la limpieza étnica, religiosa y lingüística. Es decir, de la exclusión, de la exclusividad.

En los países latinoamericanos, los prescriptivistas se convirtieron en policías del lenguaje. Durante la dictadura, en Uruguay se invirtieron inmensos recursos del Estado en una campaña nacional conocida por el lema “hablemos correctamente nuestro idioma” que simplemente consistía en “así no se dice; se dice así”. Y punto. Lo paradójico es que en nuestras escuelas los maestros privilegiaban e incluso imponían una gramática y hasta una pronunciación peninsular en desmedro del más antiguo y castellano voceo, asociado a las clases populares. Ni qué hablar que estas “prescripciones” van en sustitución de la crítica abierta y suelen ser obra de regímenes dictatoriales (régimen del dictado) donde los seres humanos son tratados como errores ortográficos: se los corrige o se los elimina.

Personalmente, ni siquiera como escritor de novelas suelo recurrir al “puteo” como estilo. No me interesa, no le encuentro ventajas. Dejo a mis personajes libres de putear, pero yo sólo lo uso en mi casa cuando me martillo un dedo. Según estudios en Estados Unidos, putear ayuda a resistir el dolor.

Pero tampoco me escandalizo por escucharlo de boca de un presidente. De un presidente me escandalizan más sus silencios.

No hay, stricto sensu, formas incorrectas, sino formas pobres de hablar. Esto queda demostrado con los mismos discursos críticos que escuchamos horas después de la entrevista de Mujica en La Nación. Los candidatos que le disputan la presidencia se burlaron del lenguaje y de las ideas del senador Mujica sin ninguna idea y sin hacer gala de ninguna riqueza en el lenguaje. Porque normalmente la riqueza en el lenguaje y las ideas van juntas, se retroalimentan. Por el contrario, escuchamos una plétora de lugares comunes, apelaciones a la patria, al futuro y a la decencia. Es decir, gastadas cantinfladas en sus correctas versiones de caudillos rioplatenses, con el mentón levantado y el recurso infaltable de la anáfora poética, del sentimentalismo romántico, del nacionalismo reciclado. Otros ejemplos gráficos de la decadencia lingüística y social podemos verlos en películas como La vendedora de rosas (1998) o Cidade de Deus (2002).

Por si fuese poco, no podían dejar de recurrir al más común de los lugares comunes: lo “políticamente correcto”. Un defecto que no es exclusivo de América latina, sino también de los políticos europeos y norteamericanos.

Cuando Mujica dice que no cree en la Justicia, ¿de qué nos escandalizamos? La contradicción sería que diga, como el ex presidente Juan María Bordaberry, que no cree en la democracia, ya que Mujica no es candidato a la Suprema Corte sino a la presidencia. Las críticas, siempre vestidas de escándalo e indignación, se centraron en la pureza celestial del Poder Judicial, tal como lo manifestó poco después el candidato a la presidencia Pedro Bordaberry, acérrimo defensor del pasado político de su padre, el dictador Juan María Bordaberry.

¿Quién seriamente cree que hay un cuerpo del Estado que sea infalible, divino o por lo menos incuestionable? Hasta la democracia toda es cuestionable. Empezando por la falacia de representabilidad que, sabemos, antes que nada representa a los sectores más fuertes de cualquier sociedad, empezando por los lobbies financieros.

El problema no radica en la crítica y desacralización de un sistema imperfecto y frecuentemente corrupto. Radica en que defendemos este sistema sólo porque aún no tenemos en la práctica un modelo mejor para organizar una sociedad. Como entendieron los mismos fundadores de Estados Unidos, aquel puñado de filósofos, con sus contradicciones, pero aun así una especie rara hoy en día, “todo gobierno es un mal necesario”. El Estado Moderno se creó para garantizar una igualdad de derechos que no existía en etapas anteriores, cuando la igualdad y la libertad no eran valores positivos sino inventos del demonio, según el pensamiento religioso que dominó Europa hasta bien entrado el siglo XX. Y así como se creó para defender la igualdad de derechos se lo adaptó para legitimar las desigualdades de hecho.

Reconocer que no se cree en la Justicia no es un pecado. El pecado es la demagogia de exigir un acto de fe ante cualquier creación humana. Bastaría con ver los interminables volúmenes de historia que hablan de la injusticia humana administrada por la Justicia estatal para reconocer que el abrupto del senador Mujica fue apolíticamente inoportuno pero filosóficamente irrefutable. Si a veces criticamos al senador Mujica de abuso demagógico del método, nada más demagógico que escandalizarse por estos momentos de sinceridad filosófica. Algo que también suele ser común en Mujica y un acto rarísimo en la demagogia de los caudillos tradicionales que se sienten más cómodos en los lugares comunes del discurso social, de escuela primaria.

Ahora, cuando Mujica dice que el reclamo de justicia contra los dictadores tiene “hedor a venganza” y que él no quiere presos ancianos, está en parte de acuerdo con las leyes y la justicias de muchos países.

No obstante, llámese justicia o venganza, lo importante es que se apliquen las mismas leyes a todos por igual, sean obreros, doctores o dictadores. ¿Por qué esas excepciones? Y si un pobre viejito que ha secuestrado, torturado y asesinado puede manejar un auto y puede votar un presidente y hasta puede asustar a un pueblo, ¿por qué no puede ir preso por sus crímenes? ¿Porque es viejito? ¿Por qué ese recurso fácil de bajar la edad de imputabilidad para resolver las debilidades de una sociedad toda?

Tomado de http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-131958-2009-09-18.html, Viernes, 18 de septiembre de 2009

Un Comentario para “El lenguaje de un presidente”

  1. admin

    Sep 27th, 2009

    De Alberto Melgarejo sobre el lenguaje del Pepe.

    para Alberto y Marcelo, para hacer lo que se les cante con esto.

    DE LA LENGUA Y LOS QUE HABLAN

    La naturaleza nos favoreció con el lenguaje verbal, diferenciándonos del resto de las especies.

    Nos dio un cerebro más complejo y una capacidad más amplia de comunicación y lo fundamental de ello es entendernos, más allá de las formas en que cada uno haga el ejercicio de comunicar. Lo que importa es la comprensión de los contenidos vitales del hoy y del mañana en boca de los hablantes. Creyendo en esa visión de la herramienta lengua, conectada íntimamente al cerebro para expresar ideas, me introduzco en el lenguaje de los candidatos a presidente.

    Lacalle pronuncia la palabra “halla” con ye; Mujica se comunica diciendo “haiga” y otros, la pronuncian con doble ll. En todo caso, todos entendemos que se quiere decir y esto es lo fundamental.

    Algunos candidatos “bien hablados” dirán orinar y otros “mal hablados” dirán mear. Qué horrible, qué feo es decir mear (aunque el término provenga de “meato”, palabra que se le ha dado, científicamente, a una parte de nuestro sistema urinario. O sea que dígase mingitorio en vez de meadero. Mujica no seas “groncho”, te conmino a que digas ¡¡¡mingitorio!!! para no herir los finos oídos del Luis Alberto, del Pedro y del Pablo y demás “chetos” del coro.

    Estoy revisando el diccionario español para clasificar palabras que puedan herir oídos y susceptibilidades. El objetivo es pedirle a la Real Academia que las borre así todos nos quedamos tranquilos con los discursos públicos y decires entre amigos, familiares y vecinos. Eso sí, después hay que ceñirse al diccionario, y “ta”.

    Según un proverbio chino “la lengua es el mejor y el peor plato” y que razón tiene. Cuanta paradoja hay en la historia entre el discurso con gusto a dulce y los hechos amargos y dramáticos como por ejemplo, del gobierno de Lacalle. No me olvido cuando abrió las tranqueras, puertas, ventanas y agujeros en el techo del país al mercado “libre” internacional, que de libre tiene muy poco, entrando en una competencia desleal contraria a nuestros intereses. Para esta “panacea” aperturista, usó el sesudo y fino lenguaje neoliberal gestado en la Escuela Austríaca y seguida por Harvard (qué fino che) y asumidos por De Posadas, asesor ideológico, económico y vocero “enjuto, elegante” de Luis Alberto.

    Cuánto banco fundido por mafiosos, por los cuales tuvimos que ¡¡¡pagar para que nos los compraran!!!. Cuánta industria se cerró (no me digas que no, Luis Alberto, yo era textil) y cuanto nos rebajaste los salarios, cuando De Posadas dictaminó, con lenguaje conveniente, que el Convenio AITU – COT ya no era posible porque nuestro salario debía emparejarse con el de los chinos, o sea, la tercera parte de lo que ganábamos. Una macabra manera de competir a lomos del trabajador (no digas laburante Pepe, trabajador u operario suena mejor.)

    Que “desprolijidad inocente” (no digas joda Pepe) la creación de las SAFI (Sociedades Anónimas Financieras de Inversión ¡¡¡Que hermosa sigla y su desarrollo!!!), idea o copia de De Posadas, que dio pié a estafas financieras tras estafas. Podríamos seguir con ejemplos de corrección verbal algunas, y otras escritas caso Ramón Díaz, otro pope del neoliberalismo.

    A esta altura de mi vida para que me hablen del ayer, el hoy y el futuro, prefiero que me hablen sencillito y claro, con palabras que se entiendan por su contenido y me generen confianza.

    Además hay otro elemento imprescindible para quien quiera ser Presidente: es el carisma de los conductores, entendido como la capacidad de agregar a la verdad de sus ideas, la fuerza de los sentimientos profundos y comprometidos, porque sólo así, se llega a lo hondo del sentir, de las esperanzas, de las aspiraciones, del querer y de las necesidades sentidas y reales del pueblo y actuar en consecuencia. Hay pocos como “Pepe” con este atributo, pero no corren en estas elecciones.

    Está bien, arrepentite de los dichos y tratá de cambiar las formas del lenguaje, me parece fenómeno hasta para mis oídos, pero lo que en el fondo sirve a los pueblos, es lo sencillo, la honestidad y la voluntad firme para seguir ahondando los cambios para que la democracia sea tal en lo político, económico y social.

    Por todo eso, y no por disciplina, TE VOTO

    19. 09 .09
    Alberto Melgarejo

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