miércoles 28 de octubre, 2020

PERSPECTIVAS ELECTORALES Y DE GOBIERNO

Publicado el 09/09/09 a las 2:18 am

Por Constanza Moreira.

Estos últimos días hemos conocido resultados de dos de las encuestadoras más importantes que existen, sobre la intención de voto para las elecciones de octubre. Con algunas diferencias porcentuales entre ellas, las encuestas, sin embargo, coinciden básicamente en los grandes números, en las tendencias, y en la indeterminación del resultado de octubre.

La primera interrogante es cómo está evolucionando la intención de voto por partido. Luego de los coincidentes análisis sobre una mejor «resolución» pública de la fórmula en el Partido Nacional que en el Frente Amplio en las elecciones internas de junio, y en especial, luego de la altísima votación del Partido Nacional en esos comicios, los primeros resultados fueron más alentadores para el Partido Nacional que para el Frente Amplio. De hecho, la intención de voto al FA continuaba estancada en el orden del 43% a 45%, mientras la del Partido Nacional, ubicada unos diez puntos porcentuales por debajo, aparecía creciendo. Así, el Partido Nacional parecía acortar distancias con el Frente Amplio, mientras este, atrapado en la resolución de su elección interna, permanecía estancado.

Los resultados de Factum y Equipos divulgados la pasada semana muestran un crecimiento (muy leve) de la intención de voto del Frente Amplio y un estancamiento del Partido Nacional. Los resultados muestran, más allá de los números propiamente dichos (los incrementos del 1% o 2% siempre están dentro del margen de error muestral), una reacción de los electores a la afirmación de las fórmulas en cada uno de los partidos, y sin duda también, a la marcha de la campaña electoral, con los aciertos y errores de cada uno de los partidos.

Los grandes números, sin embargo, siguen siendo los mismos, y la incertidumbre de octubre sigue planteada. Desde fines del año pasado, las encuestas repiten el mismo mapa electoral, con algunas diferencias pequeñas en los porcentajes de intención de voto de cada partido. Veamos esas constantes.

El Frente Amplio es el favorito para ganar la elección, y lo separa una distancia considerable del resto de los partidos: de diez puntos con el Partido Nacional y de veinte con el Partido Colorado. Este mapa básicamente repite el de 2004, e indica más o menos el tipo de Parlamento que Uruguay tendrá, en el período 2010-2014. La principal bancada parlamentaria será la del Frente Amplio, aunque no sabemos aún si tendrá mayoría propia. El Partido Nacional tendrá más de un tercio del Parlamento y el Partido Colorado apenas un diez por ciento. Es un Parlamento fragmentado, y no lo es más por dos razones. Si el Frente Amplio obtiene mayoría parlamentaria, gobernará en la posición del «uno contra dos». Si el Partido Nacional y el Partido Colorado juntos obtienen mayoría parlamentaria, gobernarán con el «dos contra uno». Tal como se observa la dinámica electoral y parlamentaria de los últimos años, es éste el panorama y no se diferenciará sustancialmente en lo que sigue, con independencia del resultado de las elecciones.

La segunda constante es que el Frente Amplio enfrenta muchas dificultades para ganar en la primera vuelta, aunque eso no es imposible. Con los datos de estas encuestas recientes, y suponiendo que los indecisos se repartan por mitades (una suposición que no hubiera podido hacerse hace cinco o diez años, cuando los indecisos votaban en mayor proporción a los partidos tradicionales que al Frente Amplio), el Frente Amplio podría obtener en la primera vuelta entre el 48% y el 50% de los votos. Para que el Frente Amplio gane en la primera vuelta tiene que tener un porcentaje cercano al 52%, ya que se le exige la mayoría absoluta de los votos emitidos (esto es, los votos válidos más el 2% de los votos anulados y en blanco que existen en toda elección). Este dispositivo, emanado de la reforma constitucional de 1996, está especialmente creado para imponerle al Frente Amplio una barrera muy alta, ya que los partidos tradicionales no obtienen porcentajes cercanos al 50% desde antes de la dictadura. Este dispositivo está jugando especialmente ahora, y no antes (en 1999 el Frente Amplio obtuvo sólo el 40%) ni en la elección de 2004.

La tercera constante es que los votos colorados irán a los blancos, si hay segunda vuelta. Aunque el Partido Colorado de hoy es muy diferente de lo que fue en el último cuarto de siglo, y la propia elección del candidato a vicepresidente lo muestra, presumiblemente sus electores tienen un perfil político mucho más parecido al de los electores del Partido Nacional y la opción de Lacalle les resulte más cercana que la opción de Mujica. Sin embargo estos corrimientos nunca son perfectos, y el propio desdibujamiento del electorado colorado, sumado a los que prefirieron el Partido Independiente o Asamblea Popular, le permitiría al Frente Amplio descontar esos dos o tres puntos porcentuales que le faltarían para obtener la mayoría en segunda vuelta.

Claro está que sería muy distinta la situación si el Frente Amplio no obtuviera en la primera vuelta de octubre un porcentaje cercano a la mayoría absoluta de los votos válidos, esto es, si obtuviera 48% o menos. En ese caso, no sólo es incierto el resultado de noviembre, sino también la propia composición del gobierno. Y este es el segundo centro de análisis que debe realizarse.

Si el Frente Amplio obtuviera la mayoría de los votos válidos, pero no de los absolutos (esto es, si obtuviera más del 48% de los votos emitidos), tendría ya mayoría parlamentaria propia. Probablemente ganaría en noviembre, pero si no lo hiciera, y todo el resto de los electores votara «contra» el Frente Amplio, tendríamos una situación de «gobierno dividido»: con una mayoría parlamentaria de un partido y un Ejecutivo en manos de otro partido. Estas situaciones se dan en otros países, pero su efecto es bastante explosivo y no habilita a la formación de buenos gobiernos, en general.

Si el Partido Nacional ganara la elección y el Frente Amplio no obtuviera mayoría de bancas parlamentarias, la situación también es muy compleja, porque el Partido Nacional tendría que hacer coalición con el Partido Colorado, para poder gobernar, y gobernaría contra un Parlamento adverso, dado que la bancada parlamentaria mayor sería la del Frente Amplio. Esta situación se dio en 1999, pero en ese entonces el FA tenía el 40% de las bancas parlamentarias y no había sido nunca gobierno nacional. Ahora el FA tendría bastante más que eso y la experiencia de un gobierno nacional. Difícilmente el Partido Nacional pudiera llevar a cabo su programa de gobierno sin más, con esa ecuación política.

Puestas así las cosas, está claro que al Frente Amplio le resultaría mucho más gobernable el país que al Partido Nacional o a una coalición de Partido Nacional con Partido Colorado. Pero tampoco esto es nuevo. Buena parte del éxito del Frente Amplio en el gobierno deviene de esta ecuación política. El Frente Amplio ha tenido mayoría parlamentaria propia, que además ha resultado extremadamente disciplinada. No sólo ha tenido eso, sino que ha contado con el apoyo de la mayor parte de los movimientos sociales, especialmente el movimiento sindical. Esto también ha jugado a favor de su gobernabilidad. Y si uno examina la conflictividad social, que ha sido alta en el período, también puede llegar a la conclusión de que esta conflictividad muchas veces ha jugado a favor del gobierno en su conjunto y no en contra: porque es del conflicto que salen las buenas leyes y no (sólo) de la inteligencia de los legisladores. Pero tampoco a nadie se le oculta que la llegada al gobierno ha sido, después de la dictadura, la primera «prueba de fuego» para el Frente Amplio y las fuerzas sociales que lo acompañan. La elección de octubre será un test de cómo le fue.

Tomado el 7/9/09 de http://www.larepublica.com.uy/contratapa/379544-perspectivas-electorales-y-de-gobierno

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