miércoles 28 de octubre, 2020

POLITICA Y COMUNIDAD

Publicado el 25/08/09 a las 1:24 am

Por Constanza Moreira.

Desde la antigüedad hasta nuestros días, a la pregunta sobre ¿cuál es el mejor gobierno? muchos se han respondido: «el mejor gobierno es el gobierno de los mejores». Hasta el día de hoy, si alguien pregunta qué condiciones debe tener un gobernante, la mayoría de las personas se referirá a su «inteligencia», a su «preparación», y también, aunque más marginalmente, a sus cualidades morales, a su honestidad, a su honradez. Pero esa respuesta a la pregunta sobre el mejor gobierno, aunque formulada con la mejor de las intenciones, encierra una premisa antidemocrática, elitista, y últimamente, desconfiada de las grandes mayorías.

La respuesta democrática es que el mejor gobierno es el gobierno de todos: de los que saben y de los que no saben, de los que tienen y de los que no tienen, de los hombres y las mujeres, de los agricultores, de los comerciantes, de los obreros, de los jóvenes y de los viejos. El ideal de un gobierno «representativo» viene de ahí: un gobierno que nos represente a todos. Sin embargo, a nadie se le oculta que el gobierno de todos es un ideal difícil de poner en práctica. ¿Cómo llevar a cabo un gobierno de todos, o aunque más no sea, de las inmensas mayorías?

De las tres grandes formas de organizar el poder que se conocen, todas se han puesto en práctica en la política, sin que el ideal de la democracia haya sido realizado. Las tres formas de organizar a las personas han sido el mercado, el Estado y la comunidad. En el mercado, el poder se organiza a través de la competencia: competencia entre empresas, entre consumidores, entre proveedores. En el Estado, la sociedad se organiza a través de un principio de autoridad: hay reglas, procedimientos, normativas. ¿Y en la comunidad? En la comunidad las personas se organizan a través de la solidaridad, del sentido de pertenencia y del reconocimiento recíproco. O eso, al menos, dice la teoría.

En la política se han visto también estas tres formas. Existe un modo de concebir a la política y una práctica política que se asemeja al mercado. Así, hablamos de «competencia» política entre partidos, entre líderes, entre candidatos. Quién «gana» un debate, o quién va «ganando» una elección, como si de una carrera se tratara. También hablamos de la «conquista» del espacio político: conquistar, por ejemplo, al electorado de centro. Hablamos de los electores, de los ciudadanos, como si fueran un mercado. En este mercado, hay consumidores propios de un partido y de otro. Se habla de electorado «cautivo», de la «oferta» política. Todos estos términos son utilizados desde un marco conceptual y desde una práctica donde la política se entiende como un mercado. Hay competencia entre «ofertantes» de política (los partidos) y hay unos consumidores más o menos informados, abúlicos, o interesados. El mercado es más o menos competitivo u oligopólico. En este modo de entender la política la democracia es el gobierno de los políticos, y los políticos, son avezados profesionales del oficio, que priorizan su propia carrera política. Esta concepción de la política no va directamente de la mano con la de una política «de todos». Porque en todos los mercados, como se sabe, hay consumidores ricos y consumidores pobres, y además, no son perfectos, así que lo más probable es que los grandes proveedores nos den una suerte de oferta oligopólica que no satisfaga a nadie (en el «que se vayan todos» está la idea de que los políticos son todos iguales). Una parte de las ideas de la democracia liberal abreva en la teoría de la democracia como un mercado. Aun así, lo que le debemos a esta forma de hacer la política es que, al menos, la política no se reserva para unos pocos elegidos, para los mejores de nosotros, sino que, en efecto, hay un mercado. Todos pueden entrar. Todos pueden consumir. Pero lo que deja de importar en la política son las grandes ideas, los principios públicos, el destino de los pueblos. En el mercado hay que «vender» política, y la política que se compra será la que alguien (los medios, por ejemplo), dictamine qué es la mejor política. Una parte de la política del mercado es la que se pone en juego en las campañas. ¿Cuánto rinde un tema? ¿Y cuánto cuesta? ¿Se puede problematizar sobre las cosas, o lo mejor es ofrecer certezas (aun cuando no se las tenga)? ¿Qué es lo que quiere la gente? Las encuestas y los medios dirán, por ejemplo, seguridad. Pero ¿cuán compatible es ofrecer seguridad a toda costa, y cuánto de libertad sacrificaremos? Estos grandes debates estarán ausentes en la política, porque de lo que se trata es de ganar, y si se quiere convencer a la mayoría de la población se sacrificarán las posiciones más complejas.

Una segunda forma de organizar a la política es a través de una burocracia. Si bien es cierto que hay burocracia en todos los partidos, los grandes inventores de la burocracia política han sido los partidos socialistas y comunistas. La burocracia es una forma de organizar la actividad humana a través de principios de autoridad, normas establecidas, procedimientos fijos y estándares de conducta fijados desde afuera. Los individuos que están adentro deben adaptarse a esos criterios. La burocracia tiene algo bueno: es predecible. Y cuando funciona bien, también elimina (debería) los favoritismos, el personalismo, el poder arbitrario de unos sobre otros. Pero la política burocrática es una política sin alma: no convence, no seduce, no entusiasma. Una parte de la vida de los partidos descansa en estas burocracias (los famosos «aparatos»): éstas sostienen a los partidos cuando el entusiasmo electoral ha pasado, y son en buena medida las responsables de la reproducción de los mismos.

La tercera forma de concebir la organización de la sociedad humana es la comunidad. La comunidad es anterior al Estado y a la burocracia, y es la forma «natural» en que se organizan los seres humanos. En la comunidad hay redes de personas que se conectan a través de la solidaridad, el afecto, el reconocimiento mutuo. La pertenencia a una comunidad es lo que le da sentido a la vida individual, y es por eso que en muchas culturas (incluyendo la nuestra) el «destierro» (el exilio) de las personas es uno de los castigos más extremos. Es separarlos de la comunidad. Esta también entraña comunidad de afectos, de valores, de cultura. La comunidad precisa algo que ni el mercado ni el Estado necesitan: la cultura, los valores compartidos, una visión del mundo, y también, el placer de estar juntos. Hay algo en la política que se parece a la comunidad, y buena parte de la vida partidaria no podría entenderse si no se recurre a un sentido que hizo a los blancos, blancos, a los colorados, colorados, y a la izquierda, «frentista». Los partidos se crearon como comunidades: de afecto, de sangre, y últimamente de ideas o intereses. Es cierto que la adhesión a un partido puede tener el mismo efecto que la adhesión absoluta a un grupo, antes que a la comunidad toda. Antes importa el partido que la adhesión a la comunidad toda. Pero todo partido sabe que lo que importa es la comunidad como tal, y por esa razón, los símbolos que nos unen o que son «de todos», todos los partidos se lo quieren apropiar (como Artigas), porque saben que sin apelar a los símbolos compartidos no podrán arrogarse el derecho de «representar a todos».

Cuando pensamos cómo realizar un gobierno de todos, algo de la ética comunitaria debería estar más presente, o al menos tan presente como lo están los principios de autoridad y competencia que priman, especialmente este último, en las campañas electorales.

Además de «ofertar» soluciones, programas, ideas, proyectos (reducir el desempleo, la deserción estudiantil, aumentar la seguridad, reducir la pobreza o mejorar el bienestar de todos), debería ofrecerse también algo intangible: una política que nos represente a todos. Una forma de la política que nos haga sentir a todos y cada uno parte de la comunidad.

Tomado el 24/8/09 de http://www.larepublica.com.uy/contratapa/377811-politica-y-comunidad

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