lunes 26 de octubre, 2020

LA POLITICA DE LA CALLE

Publicado el 22/06/09 a las 10:07 pm

Por Constanza Moreira

Es cierto que a muchos puede parecerles larguísima una campaña electoral, y más la nuestra. Con sus tres etapas bien marcadas: la interna, la nacional, y la municipal, insume un año entero de la vida política del país. Sin embargo, es el momento en que las expectativas de la gente renacen, y aumenta el interés en la política en toda la población.

Tampoco es poca cosa que los políticos deban convencer a la gente, y para ello exponerse a la opinión pública: ir a actos, recorrer el país, responder entrevistas, explicarse sobre sus intenciones, sus ideas o su programa. En estos días, las preferencias de la gente son más decisivas que las de los gobernantes. Y mucho más decisivas que en los años que pasan de una elección a la otra, donde sólo las encuestas revelan, de tanto en tanto, si a la gente le gusta o no lo que hacen sus gobernantes. Y es el momento cuando las preferencias de «los de abajo», que brillan por su ausencia la mayor parte del tiempo, son tenidas en cuenta. No es poca cosa.

Las políticas de cooptación partidaria de los electorados más pobres, a través de la compra de votos, el clientelismo de estado, o la provisión de políticas asistenciales, fueron siempre moneda corriente en América Latina, y todavía existen. En las últimas elecciones paraguayas se compraban votos a plena luz del día, y se amedrentaba a la población con total impunidad. Pero, a pesar de eso, ganó Lugo. Porque hace ya mucho tiempo que la política ha cambiado. Y el proceso del cambio es más largo de lo que percibimos, a primera vista.

Los llamados «populismos» de la posguerra instauraron un nuevo modo de hacer política para las clases populares. Eran «populismos» porque apelaban al pueblo. Y tenían como base electoral esa «masa disponible para la política» que invadía las ciudades como resultado del proceso de migración del campo a la ciudad, y se organizaba, como resultado del proceso de industrialización.

Para los viejos partidos oligárquicos, el populismo fue temible. Alteró todas las bases paternalistas, clientelistas y de cooptación que se habían practicado para conquistar el favor «de los de abajo». En muchos casos, además, la propia política populista generó una ventana de oportunidad para la organización de sindicatos y movimientos de muy diversa índole. Finalmente, las dictaduras borraron a sangre y fuego ­pero no extinguieron- los gérmenes de una política nueva, que venía a desplazar a la vieja.

En el Uruguay, el Frente Amplio vino a cuestionar las viejas formas de la política tradicional, hace ya cuarenta años. Hace cinco años triunfó en las elecciones, y ahora, debe recrear, siendo gobierno, esa mística que no puede faltar en la campaña electoral, y que se revela, sobre todo, en los grandes actos de masa. Eso no lo precisan los otros partidos. Ellos tienen formas distintas de hacer política. Pero el Frente Amplio todavía debe lucir sus credenciales en la calle, con la gente, con los de más abajo, movilizando.

La izquierda se ha lamentado varias veces de tener una interna complicada, con más de un candidato. Ha vivido con desasosiego el hecho de que las preferencias del Presidente no hayan sido las del Congreso, y que el Congreso fuera incapaz de decidirse por un candidato, sino que resolviera votar a varios. Todo eso, para una vieja tradición de la izquierda, altera el principio de unidad. Pero, como dijo Mujica en el acto de cierre de su campaña el sábado 20, los viejos partidos de izquierda, pequeños y organizados, eran muy perfectos, pero no desafiaban a nadie. Esa interna complicada, hoy está salvando al FA de su propio estancamiento electoral o partidario. Despierta curiosidades, debates, expectativas, arrastra a la política a otros (y no a los mismos de siempre), suma sensibilidades y perspectivas de muchos y diferentes. Se abren nuevos comités de base, se arman grupos de discusión más allá de la Comisión de Programa, se elaboran propuestas. Se discute, se habla, se disiente, se trata de construir. El FA de ahora no será tan organizado ni tan orgánico, pero está vivo. Y como dijo Mujica, no será perfecto, pero continuará haciendo la diferencia.

Tomado de La República, 22/6/09.

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