martes 27 de octubre, 2020

MAS CAMBIOS MAS MEMORIA

Publicado el 17/03/09 a las 10:49 pm

Por Pablo Anzalone


Un debate cruzado se desarrolla actualmente sobre las precandidaturas del Frente Amplio. Digamos de primera que nos gustan los debates y que preferimos eso a las unanimidades y aplanadoras. También importa la honestidad intelectual respecto a los argumentos y el rescate de la unidad de la fuerza política. El riesgo real de un triunfo de la derecha en octubre debe obligar a todos a valorar las cosas que están en juego.

M’hijo, el doctor

Dentro de los múltiples argumentos para descalificar a Pepe Mujica que se esgrimen, hay dos que vale la pena analizar. Su aspecto no presidenciable, impresentable para la investidura, nos lleva directamente a los estereotipos sobre la imagen del poder en nuestra sociedad. Durante mucho tiempo para acceder a un cargo de esa relevancia había que ser abogado, «doctor», y hacer «carrera política». Miremos la historia de los partidos tradicionales, la lista de los presidentes de la República, y es abrumador el predominio de los «doctores». En dicotomía y/o alianza con los caudillos rurales pero siempre arriba. Como en el cuplé de la Mojigata, «un abogado se balanceaba sobre un país con poca plata» y luego dos, tres, hasta que necesitaron a los generales, y luego a los economistas. Admitamos que este fenómeno no es privativo de Uruguay. El estereotipo del poder incluye otros componentes: la condición masculina, la tez blanca y la edad, mayor de 40. El Frente Amplio rompió con algunos de estos rasgos con Seregni, y luego con Tabaré. Recordemos los cuestionamientos a Tabaré por ser un «outsider» de la política. Es cierto también que médicos y economistas incrementaron su poder en la sociedad. La medicalización de la sociedad ha sido analizada por Barrán como parte de la construcción ideológica y cultural del Uruguay moderno. A su vez, desde la década de los 90 la política pareció someterse a la economía, y la subordinación a las leyes del mercado se convirtió en el quid de la labor del Estado. El avance de la izquierda en América Latina golpeó duro contra esta imagen del poder político. Un obrero metalúrgico brasileño, un indígena boliviano, un mestizo venezolano, una mujer chilena y otra argentina, lideran, procesos de cambios amplios y heterogéneos desde la presidencia de sus países. Puede ser el momento para que Uruguay también rompa con alguno de estos estereotipos y elija un viejo luchador sin traje ni corbata y sin título universitario.

Y aún más, deberíamos encarar con mayor fuerza el cambio de las relaciones de poder, la inequidad existente y abrir espacios mucho mayores a mujeres y a jóvenes. Esas inequidades se cruzan con las económicas y sociales, para conformar una sociedad desigual, fragmentada, penetrada por relaciones autoritarias desde las dimensiones nacionales a los ámbitos más pequeños, en el núcleo familiar. Los estereotipos refuerzan la desigualdad existente.

Programa, fuerza política y candidato

El otro argumento fuerte es la imprevisibilidad de su gestión como presidente. A diferencia de Danilo, repiten varios compañeros, no se sabe lo que podría hacer Pepe. Está implícita en este cuestionamiento una valoración sobre el rol de la fuerza política y quienes la representan en cargos de gobierno. Para este razonamiento los lineamientos programáticos fundamentales los define el candidato o sobre todo el mandatario electo. Sería absurdo negar la influencia de quién encabeza una campaña o una gestión. La «influencia directriz» que preconizaba Julio Herrera y Obes, ya en el siglo XIX, ha sido norma en muchas experiencias de gobierno. Pero también es cierto que cuando la fuerza política y la fuerza social quedan de lado, los resultados son, a la corta o a la larga, desastrosos. Por lo menos mirados desde el ángulo de los intereses populares. La larga experiencia del «campo socialista» donde el Partido se mimetizó con el Estado, y la vida democrática de la fuerza política fue sometida a las razones de Estado, es un ejemplo. En nuestro país, la historia del Partido Colorado es otro.

El Programa ha tenido en el Frente Amplio un rol importante. Es una característica de nuestra fuerza política. Tal vez por ser resultado de la confluencia de vertientes ideológicas muy distintas, se gestó una identidad propia sobre la base del programa acordado. El programa frenteamplista es el resultado de un proceso participativo. No son cuatro técnicos con el candidato quienes establecen la oferta electoral, con las encuestas en la mano, o con manuales de algún organismo internacional. En el FA la propuesta inicial es elaborada desde una única Comisión Nacional de Programa, con representación de sectores y bases, con participación de Unidades Temáticas abiertas y talleres de acuerdo a los grandes ejes. Esa propuesta pasa por una discusión en comités de base y coordinadoras, para culminar en las instancias del Congreso frenteamplista. Se genera así un producto colectivo, imperfecto, porque los niveles de elaboración programática son desiguales en las diferentes áreas, pero con esa fuerza que surge de la resolución orgánica, del pronunciamiento y el compromiso colectivo. Y se convierte, de esta forma, en un poderoso constructor de ciudadanías.

En el último Congreso se saldaron algunos debates que atravesaron a la izquierda y al gobierno en este período. Como, por ejemplo, la integración regional, los acuerdos comerciales con Estados Unidos, las políticas activas de desarrollo sectorial, la promoción de la inversión condicionada a la creación de puestos de trabajo genuinos y dignos, el rol de la inversión extranjera, las formas de propiedad social a impulsar, las políticas educativas y de salud, las políticas tributarias, la descentralización participativa. Por consenso, o por amplísimas mayorías.

Es lógico que exista una tensión entre el programa y las políticas concretas que se desarrollan. Pero incluso Tabaré, que sostuvo la ruptura del cordón umbilical del gobierno con la fuerza política, reafirmó muchas veces al programa como la «biblia» para los frenteamplistas. Lo distribuyó a sus directores en la Intendencia y a sus ministros en el gobierno nacional y realizó balances de su gestión desde los parámetros definidos en el programa.

Grandes lineamientos programáticos son una cosa, plan de gobierno otra, y gestión concreta de gobierno otra. Tienen lógicas distintas. Pero los ejes fundamentales y las prioridades generales están definidos en los grandes lineamientos programáticos y ese compromiso debe ser profundo para todos los representantes del Frente Amplio en el Estado. Por eso sonó mal cuando Danilo descalificó al Congreso Zelmar Michelini y tomó distancia de algunas de sus resoluciones.

Entonces quizás el argumento esgrimido contra Pepe Mujica pueda darse vuelta. El Frente Amplio, a través del Congreso Zelmar Michelini, resolvió un programa y un candidato para que lo lleve adelante. No dos cosas divorciadas. Y la respuesta a quienes reclaman definiciones al Pepe Mujica, podría ser que leyéramos los lineamientos sobre Uruguay productivo, social, democrático, integrado, innovador, cultural, adoptados por el Frente Amplio.

Tomado de La República, 7/3/09.

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