miércoles 28 de octubre, 2020

Marx y el modernismo

Publicado el 28/12/08 a las 12:00 am

El teórico de la cultura Marshall Berman pasó por Montevideo

Por Leandro Delgado y  JG Lagos

Llegó sorpresivamente. Invitado para festejar los 40 años de la Ley de Vivienda por el ministerio del área, pronunció el viernes pasado en el Palacio Legislativo un discurso sobre la modernidad en el siglo XXI, luciendo una camiseta de la banda mexicana Maldita Vecindad. Al otro día, cuando lo entrevistamos, tenía el rostro de Bob Dylan estampado en una remera de los años 80. La descripción del aspecto de Marshall Berman (Nueva York, 1940) se justifica porque está conectada de manera evidente con su postura académica: la experiencia personal anuda gran parte de las reflexiones de este pensador de filiación marxista, tanto en su obra fundamental (Todo lo sólido se desvanece en el aire, 1982) como en la charla que mantuvimos. En ésta habló de su visión de la ciudad, de su concepción de la modernidad y de los cambios políticos que atraviesa su país.

-¿Cómo es la relación de Barack Obama con la izquierda de EEUU?

-No sé si la izquierda ha reaccionado bien ante Obama. Se ha escrito mucho pronosticando que no va a poder lograr nada en su gobierno, e incluso que lo que efectivamente consiga representará una traición profunda. Yo digo que hay que darle cinco minutos. Denle la oportunidad de actuar y después, sí, vemos qué es lo que no nos gusta. Pero ya hay muchos prejuicios antes de que siquiera haya empezado. Esa actitud puede darnos una idea sobre por qué la izquierda en EEUU es tan marginal. Por otra parte, también es verdad que algunos antiguos políticos liberales, incluyendo a Obama, cooptaron a gran parte de la izquierda. Uno de los aspectos más fascinantes de Obama a nivel inconsciente es que, por un lado, lo abarca todo, y a la vez, todo le resbala. Nunca había visto a un político así, por lo menos en mucho tiempo. El antecedente es Léon Blum, el primer judío en llegar a primer ministro de Francia y creador del Frente Popular en los años 30. Blum no se preocupaba por asuntos étnicos, aunque había crecido en un hogar judío dentro de un barrio judío. Era completamente abierto respecto a su judaísmo, y era un tema que no lo hería. Ésa era una de las bases de su atractivo. Por otro lado, había gente enojada con eso, le criticaban que tenía que ser más duro, más amargo. En todo caso, no fue eso lo que lo sacó del poder. La conexión con Obama se da porque ambos son los primeros de un grupo en acceder a las altas esferas. Ese tipo de personalidades no suelen ser amargas, resentidas. Son gente que tiene la capacidad de incorporar distintos elementos. Creo que ésa es una gran herramienta para un político demócrata. Normalmente, quienes adquieren esta habilidad son nihilistas totales, gente que no está comprometida con nada. Así que la combinación de esa capacidad de atraer distintos elementos con la creencia en valores profundos es muy interesante, así como la falta de resentimiento en Obama.

-En su campaña Obama se mostró preocupado acerca de la vida urbana y usted ha escrito sobre la ciudad como lugar donde se desarrolla la modernidad. Luego de un período en el que crecieron los llamados suburbios, ¿está volviendo la gente de EEUU a las ciudades?

-Por lo menos los neoyorquinos. En los 70 Nueva York pasó por una crisis financiera enorme, casi da quiebra, y ésa fue la única vez en la historia en que bajó su población (perdió cerca de un millón de habitantes). Sin embargo, después de esa crisis, Nueva York salió adelante y se volvió atractiva nuevamente, de una forma que no lo era antes. Uno de los capítulos de la lectura que di se llama El precio del amor. Una de las características de la vida en Nueva York hace algunas décadas era la tremenda cantidad de abuso mediático contra la ciudad y el sentimiento de que todo lo malo sólo pasaba o se originaba allí. Yo trabajo en Dissent, una revista de socialismo democrático; una vez nos visitó un asistente social que trabajaba en los barrios pobres de Londres y nos acusó -a nosotros, que éramos gente extremadamente marginal de clase media, que apenas nos las arreglábamos para sacar la revista- de permitir que los sin techo durmieran en la calle, como si fuéramos la estructura de poder de la ciudad. Bizarro, pero así se nos veía a los neoyorquinos. Hace veinte o treinta años, parte de la cultura norteamericana consistía en la idea de que Nueva York era basura y arruinaba todo. Después de la crisis, sin embargo, todo el mundo pasó a querernos y dejaron de abusar de nosotros.
Todos querían venir a vivir a Nueva York, lo que la volvió enormemente cara: el 90% de la gente de mi barrio no podría haber comprado su casa con los precios actuales. En cinco años Manhattan pasó a la estratósfera. Pero fue distinto durante mucho tiempo. Los sociólogos le dicen white flight [vuelo de blancos]: durante dos décadas los blancos se mudaban, no sólo de Nueva York, sino de ciudades en todo el país. Como resultado, uno podía conseguir un apartamento en Nueva York, no exactamente barato, pero tampoco exorbitante. De hecho, mi familia se mudó del Bronx al Upper West Side [en Manhattan], que pasó a ser más barato que el Bronx, y yo me las arreglé para criar a mis hijos allí; tengo mucha suerte. Pero el barrio ha cambiado, en el sentido de que la mayoría de los que viven actualmente difícilmente podría haberse mudado allí ahora, por lo que nadie deja el barrio y se termina la idea de movimiento. Es una situación extraña, pero es menos sórdida. Hace treinta años había edificios de viviendas de un solo cuarto (monoambientes), reciclados a partir de casas abandonadas. Ahora muchos han sido transformados en estudios, en la clase de lugares que muchachos como ustedes alquilarían si vinieran a estudiar a Nueva York (si sus padres pudieran pagarlos). Pero hay una cosa que recuerdo sobre esos monoambientes.
Mi primer hijo murió cuando tenía cinco años; Todo lo sólido… está dedicado a él. Un año antes de que muriera, él y yo íbamos caminando por un camino entre edificios y de pronto cayó una botella grande de cerveza. Miramos hacia arriba y escuchamos risas. Después tiraron cigarros prendidos. Me fui a quejar a la policía y me dijeron que a cinco cuadras una niña pequeña había muerto así, le habían pegado en la cabeza con una botella arrojada desde un edificio. Cuesta ponerse sentimental sobre los buenos viejos tiempos. Por otro lado, no me gusta que ninguno de los que vive allí pueda pagar lo que vale el barrio.

– ¿La crisis inmobiliaria está haciendo reconsiderar la idea de la ciudad con su centro?

-Sí, está ocurriendo. En los 70 muchos edificios de Nueva York se incendiaron, y eso fue parte del despoblamiento de la ciudad. Barrios muy densos se vaciaron. En mi lectura hablé del rap “The Message” [“El mensaje”, de Grandmaster Flash, 1982]. Describe un bloque de edificios del Bronx completamente abandonado. La gente discutía si hablaba de tal calle o tal otra, pero era imposible saberlo porque había demasiados lugares así. Edificios enteros se vaciaban y derrumbaban cuando pocos días atrás estaban habitados. El mensaje en cuestión era “somos algo que viene de la nada”.

-Ésa es una de las ideas de Todo lo sólido…: que la experiencia de la modernidad es la toma de conciencia de que todo cambia rápidamente…

-… y de que la verdad, la belleza y la creatividad pueden salir de allí, sí. Y nueva vida también. Pero en el Bronx ese cambio fue tan dramático que… bueno, me forzó a escribir sobre ello. La izquierda insistía en que eran los propietarios los que quemaban los edificios para cobrar el seguro. No era una tomada en cuenta; el consenso era que la gente le estaba haciendo daño a sus propios barrios debido a alguna locura que parecía aquejarlos.
Se escribió mucho sobre la naturaleza de esa locura que los llevaba a destruir su entorno, mientras la izquierda decía “¡no, es muy simple!”. Pero se produjo una sorpresiva y extraña alianza entre la izquierda y las compañías de seguros.
El municipio creó una organización de expertos (químicos y biólogos) para analizar y combatir la naturaleza de los incendios. Llegaron a la conclusión de que la izquierda tenía razón. Al poco tiempo, las aseguradoras decidieron que no pagaban más pólizas por incendio en edificios de apartamentos. Instantáneamente se terminaron los incendios. En el Bronx se habían llegado a incendiar 1.200 edificios en un año; después de que se dejó de pagar, se incendiaron sólo once.
Ahora, yo crecí en el Bronx y para nosotros ir a Manhattan, como finalmente hicimos, era un gran paso adelante. A mis alumnos y a mis hijos -que saben que les será difícil poder comprarse una vivienda en Manhattan- el Bronx, Queens y otras zonas exteriores les resultan atractivas, cosa que a mí nunca me parecieron. Las zonas alrededor de los lugares que fueron destruidos siguen siendo baratas. La rehabilitación de Williamsburg, en Brooklyn, es un buen ejemplo, se ha vuelto un barrio de galerías y artistas. Mis estudiantes han colonizado esos barrios de forma antes inimaginable y les han dado una vida increíble a los barrios exteriores a Manhattan, que no tenían cuando yo era joven. El nombre legal desde 1898 es Gran Nueva York, pero ahora realmente es una gran Nueva York, porque esos chicos la han animado.

-Dice que la izquierda es marginal en EEUU. ¿Y cómo es ser un marxista?

-Bueno, no somos exactamente íconos populares. Yo tengo suerte: tengo un puesto fijo en la universidad, me gano la vida enseñando. Lo bueno de ser profesor titular es que no pueden despedirte si no les gustan tus ideas políticas. Yo apenas logré conseguir el puesto. Cuando empecé a dar clase, mi jefe pensaba que yo era una combinación de agente comunista y distribuidor de droga; nunca entendió nada. Cuando uno aspira a ser profesor titular está a prueba dos años y si pasa, el resto de la carrera está casi asegurada.
Mientras estaba en ese trámite se publicó mi primer libro [The Politics of Authenticity: Radical Individualism and the Emergence of Modern Society, 1970] y tuvo muy buenas reseñas en los diarios. De no ser así, nunca hubiera obtenido la titularidad, porque había gente que me odiaba, en serio. El que me ayudó fue un checo, que aunque seguía políticas de la Guerra Fría, vio que yo era inteligente, imaginativo y especial e insistió en que eso era de lo que se trataba la universidad, por lo que yo merecía ser titular. Les dijo a los que se oponían a mi ingreso que yo había llegado ahí justamente para alejarme de otros sitios donde el empleo era determinado por la política, y que eso
no debía pasar en la universidad. El episodio es una manifestación de la libertad norteamericana; le debo la vida.

-Pero usted no se limita a trabajar dentro de la universidad. Es parte de la directiva de la revista Dissent, es decir, intenta comunicarse con la opinión pública de otra manera.

-Bueno, Dissent tiene una tirada de apenas 10.000 ejemplares.

-Aquí con esos números sería muy importante.

-Entiendo, pero EEUU tiene trescientos millones de habitantes. En todo caso, uno no se puede ganar la vida con una cosa así. Muchas revistas contratan escritores radicales, pero normalmente trabajan dos o tres años; luego las cosas cambian y se cuestionan “¿para qué le estamos pagando a este tipo (o a esta muchacha)?”.
A muchos colegas los despidieron por estos días. Es muy difícil ganarse la vida fuera de la universidad, pero las generaciones más jóvenes son muy inteligentes y tienen muchos recursos, así que espero que lo consigan. A mí me preocupa mucho el futuro de la imprenta. Trato de que mis estudiantes lean libros, y además me parece que Internet se ha vuelto más comercial.
Antes había mucha información gratis, ahora hay que registrarse o unirse a algo. Y aunque esto culturalmente es muy malo, tiene la ventaja de que obliga a volver a los libros.

-¿Cómo experimentan las personas la modernidad en tiempos posmodernos?

-Creo que la gente sigue sintiéndose moderna. Y no creo que los problemas que sigue teniendo la mayoría se hayan vuelto obsoletos, que es lo que sostiene la generación de pensadores posmodernos.
Reclamaban un lugar mejor, pero nunca nos lo mostraron. Esa tierra prometida nunca se volvió realidad. Eran inteligentes, pero no estaban haciendo algo sensato. Excepto en lo respectivo al pensamiento histórico, a la relación de las personas con la historia, que siempre me parece bueno. Aunque creo que lo hicieron de manera equivocada, le dieron un horizonte histórico a las personas, al menos en EEUU, donde esa perspectiva es exótica.

-Si pensamos en la modernidad como crisis y ruptura de tradiciones, entonces todavía estamos dentro de ella.

-Creo que mi libro describe bien que la modernidad no es algo reciente. Se la puede retrotraer doscientos años, e incluso más, pero el Fausto de Goethe es un buen mojón. Y ha venido sucediendo desde entonces. Mucho del lenguaje posmoderno se debe a la ignorancia de este proceso. Entiendo que estudiantes que llegan de la calle sean ignorantes, pero no lo entiendo en profesores universitarios.
¿Cómo podía Foucault desconocer a Jean-Jacques Rousseau y encima, escribir sobre él como si estuviera superado?
Puede haber sido una broma que nunca capté, una ironía en la que actuamos como si el Sol fuera la Luna o algo así, y todos lo diéramos por supuesto pero no lo escribiéramos. Como si fuera un juego, pero nunca me lo explicaron y nunca encontré la explicación impresa.

-Antes de venir a entrevistarlo estábamos discutiendo si el estilo de Todo lo sólido… es moderno o posmoderno, en tanto encaja en una tradición ensayística, pero también es un cruce de disciplinas.

-Si uno lee a los grandes pensadores modernos, eso es lo que hacen. Una novela como Ulises, de James Joyce -que es la gran novela moderna y sobre la que ojalá tenga tiempo de escribir más- trata sobre un día de vida en la ciudad: viajar en ómnibus, encontrarse con gente, fantasear sobre desconocidos. Y una idea enorme detrás: la gente vive una vida en la que la mayor parte la ocupa la fantasía. Joyce era amigo de Wyndham Lewis, el pintor cubista que se volvió fascista. Lewis acusó a la obra de Joyce de plainmanism, con lo que quería decir que Joyce pensaba que había verdad y belleza en la vida del hombre común [plain man]. Ahora, Lewis era antidemocrático; para él, el hombre común significaba democracia, significaba que el hombre de la calle tenía los mismos derechos que él, y se disgustó mucho porque Joyce pensaba eso y podía convencer a otros de lo mismo.
Sin embargo, definió muy bien lo que era especial en la obra de Joyce. Que aunque era parte de un entorno vanguardista, estaba glorificando a la gente común. O sea, que estaba haciendo lo que los medios masivos tratan de hacer hoy, excepto que lo hacía con una profundidad que los medios rara vez demuestran. Ahora, tal vez si ustedes y yo dirigiéramos las cadenas de televisión…

-Pero usted es una influencia mayor en los estudios culturales.

-Bueno, muchos estudiantes me dicen eso, pero sus profesores no. Tal vez sí, no sé. Es bueno saber que lo que uno hace tiene alcance. En EEUU no tiene mucho, a decir verdad.

-Usted ha dicho que el leninismo es uno de los mayores errores del siglo XX.

-Sí, la idea de que ustedes dos y yo podemos formar un grupo capaz de gobernar el país y transformar el mundo… Ése es sólo uno de varios leninismos posibles, el más siniestro, y por lejos el más popular. Si uno lee El Estado y la revolución, aparece otro Lenin. Pero la idea de que gente que puede fácilmente arruinar las cosas tenga el control total… Por eso la democracia es el camino. El pueblo necesita decidir quiénes van a ser sus gobernantes.

-¿Cree que hay conexión entre el marxismo y la democracia?

-Absolutamente. Lo dice Marx en el Manifiesto comunista: “hay que ganar la batalla de la democracia”. No es una asociación mía, está ahí. Lenin trabajaba en una cultura donde no había Constitución ni derechos civiles ni participación ciudadana, nada, ni una pizca de democracia. Se puede acusar a Lenin de antidemocrático, pero hay que tener en cuenta que no tenía ninguna democracia a la que oponerse. Y El Estado y la revolución, escrito en 1917, es un manifiesto por una democracia radical. A veces se lo estudia en cursos de teoría de la democracia. Plantea por lo menos dos modelos básicos sobre lo que hay que hacer: uno dice que los trabajadores son incapaces de tener ideas, que los intelectuales tienen que proveérselas y que esos intelectuales representan a la burguesía. Describe a Marx de esta manera, pero Marx mismo recuerda cómo trataba de vender su fuerza de trabajo al capital sin encontrar compradores. Era un clásico miembro de la clase trabajadora, pero no tenía un sindicato, tenía que pelear solo contra el patrón. En Lenin, Marx aparece como burgués; sus padres lo eran, pero él se desclasó a sí mismo. En algunos aspectos relevantes, sus escritos están a la sombra de ese desclasamiento. De un día para otro no podía pagar el alquiler, era un reconocido corresponsal político para varios diarios europeos, pero le pagaban la mitad de las veces. No tenía sindicato, estaba solo.

-También ha afirmado que el futuro del marxismo reside en la capacidad de comunicación entre los trabajadores, que se ha visto incrementada por la tecnología.

-No es que yo diga que los trabajadores industriales no estén en un entorno marxista, lo que digo es que en la realidad, las industrias se están reduciendo y cerrando. Hace veinte años muchos militantes pensaban que la clase trabajadora estaba desapareciendo, pero ahora lo que piensan es que la clase trabajadora está cambiando. En lugar de “hombres de botas haciendo cosas”, de
“hombres yendo a fábricas a hacer cosas”, el asunto ahora es más bien “niños, de cualquier sexo o raza, sentados en cubículos o en sus casas manipulando información, a cualquier hora del día o
la noche”. Ésa es la actual clase trabajadora.
Es mucho más universal que antes, lo que abre la posibilidad marxista de que los trabajadores representen a todo el mundo, porque más que nunca son todo el mundo. A largo plazo, esto
es optimista.

Otro mayo

-¿Qué estaba haciendo en 1968?

-Para empezar, protestando contra la guerra de Vietnam, siendo arrestado. Cuando los estudiantes ocuparon la Universidad de Columbia me impactó mucho.
Yo daba clase en el City College, que está a una milla de ahí, e iba seguido a hablar con mis viejos profesores; algunos estaban contentos, otros espantados. No podían ver la conexión entre lo que estudiábamos y lo que estaba pasando. Uno de ellos lo captó bien: dijo que la ocupación y las marchas eran el modernismo volcado a la calle.

Tres colegas

Roberto Bolaño. Berman estaba leyendo la versión en inglés de Los detectives salvajes durante su visita a Uruguay y demostró ser un gran admirador de la obra del escritor chileno, que en este año se ha convertido en EEUU en un éxito de crítica y ventas similar al que representa en el mundo hispano.
“Es muy triste que esté muerto, que ya no esté por aquí. Uno lo quiere felicitar, pero no está
más. De alguna manera, siempre supo que iba a ganar toda clase de premios, y eso es interesante, porque da la impresión de que nunca sintió o temió la falta de reconocimiento; eso le da una cierta inocencia a su escritura. Y lo hace diferente a nosotros, que nos preocupamos por lo que sea que son nuestras vidas, por salir adelante y por no ser ignorados. Eso no está en Bolaño, pero no lo he leído todo; tal vez en otros libros emerja esa ansiedad subjetiva. Pero esa falta es lo que lo vuelve fascinante”.

Susan Sontag. La ensayista norteamericana fallecida en 2003 (un año después que Bolaño)
fue formada, al igual que Berman, en la Universidad de Columbia y era parte de un grupo
intergeneracional (en el que Berman incluye a Margaret Mead, Meyer Schapiro, C Wright
Mills y Daniel Bell) que se ocupaba de definir a la modernidad.
“Ella era diez años mayor que yo. Daba clase cuando era muy joven, pero rápidamente consiguió atención gracias a su trabajo y dedicarse a escribir. Es una de las pocas personas que conozco que pudo ganarse la vida firmando ensayos serios. ¿Tengo celos? Claro; yo nunca pude encontrarle la vuelta. Pero, por otro lado, me encanta dar clase y tuve una carrera maravillosa.
Siento que después de cuarenta años en el sector público he llegado a conocer a todo el universo que ha pasado por la City University of New York.
Mis estudiantes me han inspirado, hay mucho en lo que no hubiera podido pensar sin ellos.
Así que tengo celos de ella por todo el dinero que ganó, pero por otra parte, aunque a ella nunca le gustó dar clase, yo soy feliz en el aula. No puedo quejarme. Y tengo amigos espirituales en todo el mundo, es de lo mejor de mi vida”.

Fredric Jameson. El autor de El posmodernismo, o la lógica cultural del capitalismo tardío
es el otro referente norteamericano al tratarse de estudios culturales de raíz marxista. Berman admite no llevarse bien con él.
“Creo que ha usado mi trabajo, pero ha construido un personaje que no puede deberle nada
a otros. Tengo algunos problemas. No creo que la vida moderna sea tan rica como él cree. Se podría discutir, pero nunca ha reconocido mi trabajo.
Ha sido siempre muy hábil para funcionar en el sistema académico, mucho más que yo. Es un emprendedor, un empresario, en asuntos en los que yo no lo soy”.

Tomado de La Diaria, 26/12/08

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