domingo 25 de octubre, 2020

El Estado y sus enemigos

Publicado el 08/10/08 a las 12:00 am

Por Jorge Majfud


En la gran política, no sólo hay dos partidos para alternar entre el bando de los buenos y los malos, sino incluso, como en el caso norteamericano, se le puede echar la culpa a un individuo –el presidente fracasado– y salvar así no sólo a un sistema sino a un partido político que está a pocos días de una elección nacional.

Como ejemplo, ésa ha sido hasta ahora la narrativa del candidato republicano John McCain, según el cual todo se solucionará cuando él, el rebelde solitario (The maverick) y un pequeño grupo de disidentes conservadores reemplacen a los hombres y mujeres que hoy están en la Casa Blanca, todos integrantes de su propio partido, a los que ahora se castiga como incompetentes y corruptos. Esta narrativa no es tan difícil de digerir por un público conservador acostumbrado al pensamiento y la feroz arenga de pastores y ansiosos locutores de radio que cada día nos recuerdan que el mundo está en peligro a causa de los chicos malos (bad guys).

En esta crisis financiera se saldrá con el mismo recurso que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión de los ’30: suspendiendo momentáneamente la ideología dominante y dejando que otro individuo y otro partido haga el trabajo sucio, dejándolo ejercitar su propia coherencia por un tiempo determinado. Lo que de paso demuestra que la democracia representativa funciona. Es como decir que uno no cree en Dios salvo en momentos en que nuestra vida peligra o nos amenaza un sufrimiento.

Sin embargo, aunque volvamos a los tiempos de la ortodoxia antiestatal, todavía encontraremos una cínica contradicción enmendada cada día por la narrativa dominante. La intervención del Estado en los regímenes del capitalismo dominante es más significativa que en muchos Estados socialistas cuya influencia geopolítica es marginal. Para bien y para mal, todavía es el Estado el que monopoliza la violencia que mantiene a salvo un sistema permanentemente amenazado no sólo por sus adversarios ideológicos o por sus desplazados, sino por su propia actividad, donde el alto riesgo de la inversión es uno de sus componentes principales. Es el Estado el que sostiene, mueve y promueve las intervenciones policiales y militares para garantizar la continuidad de un sistema y de una ideología. Es el Estado, a través del ejército, el que garantiza el control de la geopolítica en beneficio de determinados grupos y en perjuicio de otros, aunque lo haga siempre en nombre de todos. Es el Estado el que garantiza las diferencias y los poderes de las elites de muchas formas. Primero, empezando por el aparato represor u ofensivo. Segundo, a través del aparato ideológico. Tercero, a través de la garantía de sus clases cerradas, casi castas, donde se garantizan la estabilidad y permanencia de determinados gestores que son funcionales al sistema, como las entidades financieras. Es el Estado capitalista el que previene de cualquier movimiento hacia la anarquía de una sociedad o de la sociedad global, no sólo promoviendo una sociedad incapaz de administrarse por sí sola en una democracia directa sino estigmatizando la tendencia histórica de la sociedad desobediente con el ideoléxico anarquía, harto asociado al caos, el desorden y la violencia callejera.

No hace más de un par de siglos las sociedades estamentales en algunos países de Europa aplicaban diferentes leyes para diferentes clases sociales. Cuando un artesano no podía pagar sus deudas iba preso. Cuando un noble aristócrata no podía hacerlo iba a su casa. Durante al menos dos años aquellos que en Estados Unidos no podían pagar sus casas eran castigados con el desalojo y el remate. Cuando los millonarios de Wall Street se vieron en apuros, asustaron al mundo entero con quiebras –en muchos casos sólo significó un cambio de nombre, una compraventa de un lobby por el otro– y se movió todo el peso del Estado, no para penalizar la mala práctica sino para darles un crédito fácil de 700 billones de dólares.

Desde la Inglaterra del siglo XVIII surgió y se consolidó la idea de que la igualdad y la libertad eran incompatibles. No obstante, esta conclusión paradigmática ha sido refutada silenciosamente por una larga historia que comienza por lo menos en el siglo XV. El incremento de las libertades a través de la rebelión de las masas, es decir a través del reclamo y la posesión de los beneficios de la civilización y de la historia –a la educación, a la cultura y al poder político–, no ha favorecido las diferencias sociales de poder sino todo lo contrario: progresivamente las ha atenuado. Desde la Era Moderna (1775-1950) y pasando por la edad de las revoluciones (1776-1918), los partidarios de la igualdad desconfiaron tanto de la libertad de los individuos como sus adversarios, los partidarios de la libertad, desconfiaron de la igualdad. Así surge el auge del poder del Estado moderno, representativo, como forma de resolver el conflicto: la igualdad estaba amenazada por la libertad desmedida de sus individuos.

No obstante, podemos reconocer una paradoja: el Estado con más frecuencia que excepciones ha favorecido a los poderosos de una sociedad porque ha estado dominado por éstos. Es decir, la igualdad ha estado protegida por los Estados tanto como ha estado protegida la desigualdad, y quizá la protección de la igualdad por parte del Estado haya sido una excusa para justificar la existencia de un Estado que ha protegido sistemáticamente, y sobre todo en última instancia, la desigualdad.

Tomado de www.pagina12.com.ar, 7/9/2008.

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