martes 27 de octubre, 2020

Corrupción y capitalismo

Publicado el 09/09/08 a las 12:00 am

Por Pablo González Casanova

En un artículo para el Historisch-Kritischen Wörterbuchs des Marxismus tuve inmensas dificultades para precisar la definición de la corrupción. Me fue casi imposible atar cabos con la plusvalía, hasta que me di cuenta que me encontraba en una situación parecida a la de un autor que al empezar a escribir un cuento policiaco no supiera en qué consiste «la diferencia específica» del crimen ni quién es el criminal. Mi sorpresa fue aun más grande cuando descubrí que no debía buscar al criminal, sino a quien define el crimen y al criminal. Esta es una exposición breve de lo que he alcanzado a saber.

La definición por excelencia.

Son tres los autores principales que permiten definir la dialéctica de la corrupción. En primer lugar se encuentran quienes definen la corrupción desde la perspectiva del sistema hegemónico. En segundo lugar los que la definen desde un pensamiento crítico sistémico, esto es, que no «deslegitima» al capitalismo. En tercer lugar los que la definen desde el pensamiento crítico que tiene su origen en Marx.

La definición neoliberal es la definición hegemónica. Corresponde a un «pensamiento único» muy sofisticado que difunde el discurso «políticamente correcto» («politically correct»), y aplica las más sutiles técnicas al «conocimiento prohibido» («forbiden knowledge»). Los especialistas y publicistas señalan los límites de las discusiones atendibles, serias, objetivas, y de las categorías y términos dignos de tomarse en consideración.

El «pensamiento único» dominante desaparece en una pluralidad teórica que no rompe el paradigma de la ciencia ni cuestiona el modo de dominación y acumulación capitalista. Dentro del pensamiento «científicamente correcto» pone todos los faros y el «zoom» en la definición más funcional. La considera válida, confiable, y la combina con proposiciones empíricamente comprobadas, con «engaños virtuales» y con «mentiras documentadas». Tecnócratas y científicos «de excelencia» (como con pompa se les califica) se encargan de la consagración laica de las tesis «elegidas». Contribuyen a aceptar un pensamiento único que domina entre muchos, «con el dulce encanto de la libertad» académica.

La definición dominante de la corrupción es la que viene de Aristóteles, quien en La política se refería a la corrupción como un delito de los gobernantes «que se reparten entre sí la fortuna pública contra toda justicia». Aristóteles limita la corrupción a los gobernantes en nombre de los ciudadanos poseedores de esclavos, posición invisible para él y hasta para muchos de sus admiradores y críticos.

Hoy, la definición hegemónica, se encuentra por todos lados. En la Vickipendia o Enciclopedia libre, por corrupción se entiende «el conjunto de actitudes y actividades de los funcionarios que en vez de buscar el «bien común» para el que han sido elegidos o nombrados se aprovechan de sus cargos y usan los recursos del Estado en el enriquecimiento propio».

El sentido de la definición hegemónica actual corresponde a las políticas de «des-estructuración» o «adelgazamiento»del Estado Social y del Estado Nacional. La política neoliberal que las grandes potencias y las grandes empresas imponen en su nuevo proceso de expansión global, geográfica y estructural, tiende a caracterizar a los gobiernos y los estados como instituciones corrompidas.

Al mismo tiempo tolera y desdeña el pensamiento crítico cuando éste sostiene que tanto los funcionarios como los empresarios son agentes activos en la corrupción. Y si las críticas a los empresarios se agudizan, las fuerzas hegemónicas siguen imponiendo con tesonera tenacidad su definición de la corrupción. Para eso utilizan todos los medios, mientras desestiman o ningunean cualquier evidencia o argumentación que los contraríe en las palabras y discursos.

En la mayoría de los casos recurren a la filosofía del «They say, what do they say, let them say» («Dicen…, ¿qué dicen?, ¡Que digan!»). La violencia abierta contra los críticos «descalificados» sólo estalla cuando las crisis se agudizan, y cuando sus críticas se generalizan en formas nos controlables, no mediatizables.

La definición neoliberal de la corrupción es un instrumento activo de racionalización o justificación de las políticas globalizadoras. Forma parte de las críticas abstractas y polisémicas al Poder y al Estado. Esas críticas originalmente estuvieron destinadas a ganar a la opinión pública en favor del sector privado y en contra del sector público social y nacional, que ya de por sí se había desprestigiado desde los años cincuentas y sesentas del siglo XX.

La definición hegemónica de la corrupción tiene fechas. Corresponde a la crisis del Estado de bienestar, del estado populista, y del socialismo de Estado. Como definición neoliberal de la corrupción no sólo encuentra eco en los movimientos democráticos de la periferia sino en los del centro del sistema capitalista mundial. Redefine el liberalismo de la época de Adam Smith con el pensamiento neoliberal del siglo XX. No sólo retiene y redefine lo que le es útil del liberalismo de Adam Smith; también contribuye con una crítica neoconservadora de las contradicciones crecientes de los estados de bienestar, desarrollistas, populistas o comunistas. Sin carecer de evidencias pone en tela de juicio los actos de corrupción «realmente existentes»que otros critican desde posiciones revolucionarias, o que reconocen desde posiciones cínicas y cómplices. La crítica neoliberal y neoconservadora crea empatías con muchas corrientes alternativas. En una forma casi onírica llega a convertirse en el sentido común de pensar durante la gran crisis de las ideologías socialdemócratas, nacionalistas–revolucionarias y comunistas.

Desde el neoliberalismo mundial de los años ochenta proliferan los expertos en corrupción, y las «fundaciones» contra la corrupción como «Transparencia Internacional». Muchos de ellos son respaldados por el Banco Mundial, por las Naciones Unidas y por los gobiernos imperialistas. En la academia proliferan los «pobrólogos» y los «especialistas en derechos humanos». En la sociedad civil, crecen, como hongos, numerosas «organizaciones no gubernamentales» que se ocupan de la corrupción. En los aparatos estatales, destacados legisladores, fiscales y jueces –algunos de fama internacional— persiguen y sancionan a quienes incurren en actos de corrupción. Todo ocurre para beneplácito de quienes ven en la corrupción un acto atribuible a delincuentes del orden común, organizados y no organizados a los que la «autoridad» persigue al margen de las ideologías, portadora de la razón del estado y de la sociedad civil, de ambas. Los «valores e intereses universales» logran que el pensamiento que se autocalifica de izquierda desdeñe, descuide o abandone cualquier intento de lucha contra la corrupción como parte de una lucha contra el capital monopólico y el imperialismo, a favor de los derechos efectivos de los trabajadores y los pueblos, y de las políticas sociales y nacionales, o los proyectos de construcción socialista.

Las definiciones hegemónicas se expresan con argumentaciones éticas y jurídicas, religiosas y empíricas. Algunas se precisan en hipótesis y variables detalladas; se desglosan en formas enumerativas, y hasta son avaladas con supuestos indicadores estadísticos que se emplean para diseñar una especie de «corruptómetros».

La definición liberal de la corrupción ya tuvo un gran auge en la Inglaterra Victoriana. Desde entonces sirvió para establecer sistemas de eficiencia y disciplina entre los empleados públicos o del «servicio civil» de la metrópoli. También sirvió para criticar la corrupción de las administraciones coloniales, generalmente atribuida a la falta de ética de los nativos. Desde entonces se aplicó –como lo harían otras ideologías colonialistas e imperialistas—para enjuiciar, domesticar o derrocar a los gobiernos de la periferia mundial y a los rebeldes o insurgentes. Hoy, a más de cumplir esas funciones se usa sistemáticamente como instrumento de cooptación y colusión con las burguesías nacionales públicas y privadas de los países neocoloniales (esto es con los gobiernos de los países que son formalmente independientes).

En los hechos la corrupción –como complicidad y como inculpación- es particularmente útil para las políticas de privatización del sector social y nacional de la economía, y para su mayor sujeción neo-colonial o para su recolonización, o para la des-estructuración de las construcciones socialistas. También se usa contra los gobiernos metropolitanos de los países metropolitanos y de sus ciudades para que colaboren en la rendición del sector público al sector privado.

En una perspectiva incluyente o «comprensiva», la política hegemónica contra la corrupción se asocia a otras políticas que tienden a acabar con los derechos sociales y nacionales que los trabajadores y los pueblos lograron en etapas anteriores. Forma parte de una política de «desregulación» y «apertura» al libre mercado del capital.

Los «complejos empresariales-militares» y las «mega-empresas integradas», o que articulan en redes asociadas y subordinadas desde su propio financiamiento hasta el comercio al menudeo, pasando por la producción, distribución y transporte de bienes y servicios, redefinen la corrupción para una reestructuración del poder del Estado, de la sociedad, la cultura y la economía. Forjan sistemas que no pongan límites al logro de sus metas, de su poder y sus acciones. Para construirlos, la corrupción es un instrumento esencial y de usos múltiples.

Dentro de las tendencias y proyectos del capital hegemónico y sus complejos de poder político, militar, mediático, cultural, tecnológico, social, la corrupción reaparece en las teorías del «neo-institucionalismo» y sus redes conceptuales. Corresponden éstas a la última moda intelectual de las ciencias de la organización hegemónica y sus variantes flexibles, funcionales, adaptativas y creadoras de contextos favorable para el logro de sus fines.

El neo-institucionalismo se propone fortalecer y articular, sistemáticamente, lo que ya existe como conjunto de tendencias y proyectos hegemónicos. Se propone llevar a un nivel superior la des-estructuración del conjunto del Estado anterior y la estructuración de un nuevo Estado que en el todo y sus partes sirva «para garantizar las redes privadas», para «protegerlas de los riesgos políticos» y para «asegurar que funcionen todos los aparatos estatales, sociales y educativos…a fin de que aumenten la tasa de ganancias del capital físico» y de que «defiendan los intereses de las grandes compañías».

El neo-institucionalismo diseña los «modelos» y formaliza los «sistemas» más eficientes para alcanzar propósitos abiertamente expresados por sus autores: abatir costos y aumentar utilidades. (vid. Przeworski, Adam)

En última instancia el neoinstitucionalismo corresponde al sueño actualizado de los «estados-compañía». Sus autores se proponen que éstos sustituyan o integren a los estados –nación como subsistemas funcionalmente autónomos, subordinados y coordinados por propietarios y gerentes. Samuel Huntington –el agresivo y escuchado ideólogo del consenso de intereses y valores de «Washington» —es el precursor de la nueva teoría empresarial-militar. En 1965, Huntington alertó a los suyos sobre las graves consecuencias de «los altos niveles de participación política y social, particularmente negativos para los países de «desarrollo intermedio». Sus palabras fueron el anuncio de la ofensiva político-militar neoconservadora, que inauguraría Pinochet en Chile (1973). La ofensiva fue encabezada abiertamente por Estados Unidos e Inglaterra, y abarcaría al mundo entero con otra obra precursora del propio Huntington sobre «El choque de las Civilizaciones» (1993), «choque» que hoy ronda los campos de la guerra contra Palestina, Irak e Irán con el trasfondo de Rusia y China, y del propio patio trasero y delantero de las Américas.

En realidad, las alertas de Huntington, y del neoinstitucionalismo lanzado por J.G.March y J.P. Olson en 1978, formulan demandas y proyectos que tienen base en el gran consenso mental y moral de «quienes mandan en Washington». La contribución de los teóricos e ideólogos neo-institucionales consiste en formular y en «formalizar» los consensos del poder empresarial-militar para frenar y quitar influencia al pensamiento timorato o «democratoide» que subsiste en su propio seno. Son contribuciones intelectuales muy valiosas para precisar los objetivos reales del sistema dominante y los modos de alcanzarlos.

Según el neoinstitucionalismo, en materia de corrupción, funcionarios y empleados públicos, ya sujetos institucionalmente al nuevo modelo de dominar y acumular, quedarán directamente bajo el control de las empresas y de los aparatos estatales funcionales de las mismas. Las políticas de incentivos con altos sueldos y privilegios a gerentes y funcionarios de los antiguos poderes ejecutivos, legislativos y judiciales, asegurarán su lealtad sin necesidad de «arreglos oscuros», de cohechos o peculados. Además, habrá la posibilidad de castigos muy duros y no declinables a los infidentes o insensatos que usen para fines personales el poder que en ellos delegan los propietarios y accionistas ya sea directamente, o a través de sus gerentes, también bajo la mira.

En cuanto a los empleados y trabajadores de alto nivel, el Estado neoinstitucionalista les dará los sueldos adecuados para impulsar la demanda de artículos de consumo y producción y la prestación de servicios eficientes, mientras a los estratos inferiores se les hará vivir en la angustia de la inestabilidad en su trabajo, para que se conformen con los sueldos y salarios que reciban, para que se entreguen a sus labores con el número de horas y la intensidad requeridas, y para que no protesten ni hagan desórdenes, siempre bajo el temor –nocturno y doméstico—frente a los peligros de ser expulsados del mercado o de ser privados de las «garantías individuales» y los «derechos humanos»,ya sin capacidad de ganar ni de comprar algo, por poco que sea, y sin futuro alguno ni país a donde ir, ni abogado u organización que luche por ellos.

Desde el siglo XIX, con la East Indian Company, y tal vez antes, ya se soñó al mundo entero como una gran empresa multinacional. Hoy, los neoconservadores vuelven a soñar en ese mundo de empresas dominado cabalmente por los complejos empresariales-militares y los oligopolios que tienen el poder de realizar sus sueños, o creen tenerlo. Por lo pronto, sus protagonistas no sólo despliegan y amenazan con nuevas bases y armas militares, ni sólo aumentan su control directo o indirecto sobre los organismos internacionales y los gobiernos de numerosos países de la Tierra. También aumentan su inmensa capacidad de influir en proyectos y programas económico-políticos-culturales—y—sociales de los distintos países bajo su pragmático y mutante control. De una manera cada vez más «objetiva» o cínica designan o «legitiman» a «jefes de estado supuestamente elegidos por sus pueblos»; imponen a los gobiernos programas y presupuestos, dictan y «compran» legislaciones para las políticas de ingresos y egresos públicos que más les convienen, y aplican medidas de evaluación y fiscalización a los gobiernos formalmente soberanos articulados o sometidos una vasta red de fiscales, policías, jueces y prisiones desplegados en el conjunto de la biosfera terrestre.

La luchas de las naciones por la independencia y las luchas de los pueblos por la libertad, la democracia y la justicia social se libran en esas condiciones. En todas ellas el virus mutante de la corrupción adquiere nuevas definiciones y perspectivas, sin que por ello abandone la vieja cultura del colonialismo y el capitalismo primitivo, original.

La definición del pensamiento alternativo.

Hay dos tipos de críticos al neoliberalismo. Unos critican el «modelo» de política económica y al régimen político sin criticar o cuestionar al capitalismo; otros critican además el «modo» de dominación y producción capitalista. A unos se les identifica con la crítica «sistémica», a otros con la crítica «anti-sistémica». Y así como el pensamiento hegemónico estadounidense prevalece en el imperialismo colectivo de nuestro tiempo y es el más atendible para analizar la definición dominante de la corrupción, así destaca el pensamiento sistémico y antisistémico de los radicales estadounidenses. No sólo es el más preciso al analizar numerosos problemas, sino el más útil para luchar contra el modelo neoliberal y para desentrañar la estructura y funcionamiento de las organizaciones que se encuentran bajo el actual modo de dominación y producción capitalista.

Incluso cuando los investigadores de la izquierda socialdemócrata o laborista, y los herederos del liberalismo social del siglo XIX se limitan sólo a criticar el modelo de la política neoliberal y a las fuerzas que lo apoyan, sin plantear los problemas más profundos del modo de dominación y producción capitalista, son ellos quienes realizan los hallazgos más esclarecedores sobre las prácticas de la corrupción y el poder hegemónico mundial. Esto no es del todo nuevo. En la propia Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, los clásicos del liberalismo y los críticos del capitalismo que más admiraron y criticaron las ideas de Adam Smith y las nuevas formas de explotación laboral y colonial que entrañaba, veían en Estados Unidos un caso particularmente admirable y criticable del modelo de «libre mercado» y del modo de producción y dominación capitalista

El pensamiento crítico sistémico incluye en la corrupción a los dos actores de la misma: el gobierno y los particulares. Entre éstos destaca a «los poderosos y los ricos», a los empresarios. La crítica sistémica no acepta reducir sus enfoques a los funcionarios corrompidos. Tampoco se queda en las definiciones jurídicas; recurre a definiciones éticas y políticas. Se libera así del derecho positivo como dogma. Busca tras las definiciones hegemónicas la presencia del poder, y la fuerza de la riqueza. Descubre así la creciente legitimidad que deja fuera del mundo delictuoso lo que antes está excluido de éste . Critica los métodos de ocultamiento de la corrupción, como la sobrefacturación y sub-facturación de las empresas, y otras formas de evadir al fisco. Critica la falta de control del capital financiero que da rienda suelta a los especuladores, y que con el llamado «secreto bancario» encubre a los propios banqueros delincuentes y a sus socios menores. Critica el «lavado de dinero», y hasta sin saberlo, descosifica el crimen al denunciar que el verdadero lavado es el de los delincuentes. Critica los eufemismos contables y tramposos que registran bajo el concepto de «gastos de instalación» lo que en realidad corresponden a «gastos de corrupción». Hace ver que los llamados «gastos de instalación» contribuyen a iniciar las actividades de una empresa con el apoyo de las autoridades del lugar, y sin las exigencias relacionadas con «el medio ambiente», con la «seguridad de los trabajadores» y con otros requerimientos legales. Critica, en fin, a quienes sostienen con un cinismo técnico y realista que «cierta corrupción es necesaria para un sistema eficiente».

En términos más comprehensivos, el pensamiento crítico sistémico se opone a la dominación del «sector público» por el «sector privado». «Semejante aberración: que lo privado domine a lo público, —afirma Etzioni —hace imposible al gobierno atender objetivos comunes como el de «seguridad nacional», o satisfacer intereses públicos, como el de desarrollo económico con baja inflación y bajo desempleo». (Vid. Etzioni, Amitai. Capital Corruption. The New Attack on American Democracy.).

El pensamiento crítico sistémico no sólo pone en tela de juicio al modelo neoliberal. En un plano más profundo incluye la crítica al gobierno y al Estado, o a la «política de poder», esto es, pone en tela de juicio a la «power policy»,como es conocida en Estados Unidos. Analiza la corrupción en relación al «sistema político» que sirve a «oligarquías», «élites» y «grupos de interés». Confirma que gobierno y empresarios no practican la «ética protestante» a que Weber atribuyó el éxito del capitalismo, ni atienden a la «regulación burocrática» o política para que éstos actúen «sine ira et studio», «sin consideraciones emotivas o particulares». Exige el apego a las reglas de administración y gobierno y denuncia las consideraciones personales o colegiadas, en que «los grupos de poder» y de interés se reservan la legalidad y la legitimidad del «derecho a matar», a «masacrar» o a «robar» y «depredar», en formas directas o por interpósitas personas jurídicas e informales.

La crítica sistémica desentraña en el gobierno mismo los intereses particulares que privan y privatizan los actos de gobernar. En ese terreno hay fuertes tradiciones en el pensamiento liberal estadounidense. Algunas son de tipo democrático y anti-imperialista. En 1897 Mark Twain escribió: «Posiblemente podría demostrarse con datos y cifras que la única clase criminal genuinamente americana es la formada por los miembros del gobierno de Estados Unidos». Los «demócratas jacksonianos» llamaron «la era de la corrupción» a los gobiernos que van de James Monroe a Quincy Adams (1916—1928). Numerosos críticos se refirieron a «La democracia del dólar» de los gobiernos norteamericanos que protegían (y protegen) los intereses de los inversionistas y financieros.

Más tarde vendrían las críticas al «crimen organizado» y las denuncias de sus estrechos vínculos con el poder gubernamental. En ellas, el precursor había nacido en otra parte del mundo: era Friederich Hegel. En un juicio sobre la colonización inglesa de la India, escribe irónicamente: «Pasó el tiempo de las conquistas; llegó el de la organización…Se vinculó la organización y la explotación; la buena administración y el cinismo; la modernización y el saqueo…» (Vid. Marc Ferry. Le livre noire de la colonization,2003)

En los años sesenta del siglo XX, Robert Merton, uno de los sociólogos más famosos del establishment, escribió «Quienes sostienen la maquinaria política son tanto los «respetables» elementos de la clase de los empresarios, «opuestos desde luego», a los criminales y extorsionistas, como los elementos no respetables del bajo mundo.» (Merton, 1967, p.132) (Subrayados y entrecomillados por nosotros para destacar el sentido irónico que su autor quiso dar a la expresión).

El lavado de los delincuentes permitió y permite a algunos de éstos formar parte de «la clase política» ; integrarse a ella con todos los derechos. Desde que los reyes daban la bienvenida a los conquistadores, a los piratas y a los burgueses, se otorga «carta de limpieza de sangre» a quienes se vuelven ricos entre los ricos y poderosos entre los poderosos. Su éxito se atribuye a la pericia que han mostrado en los negocios, a su eficiencia tecnocientífica, a la cultura práctica de que están dotados y que no todo el mundo tiene, a la ética que los indujo a guardar sus «ahorros». Unos son identificados como una «nueva clase» de millonarios, otros como herederos de una «aristocracia de negociantes» («business aristocracy»), o de «una aristocracia nacida en el Sur» («South born aristocracy»), o como hijos de padres y abuelos que estudiaron en Harvard, en Standford y otras universidades que ennoblecen y que los ricos entre los ricos dominan; o como personalidades que aparecen en el Social Register, revista de los multimillonarios y de aquéllos cuyos antepasados llegaron hace cuatro siglos en el «May Flower». Otros más, mutan de «genio y figura» mediante expertos en «public relations» ,como el viejo Rockefeller, que de ser conocido como «el pirata Rockefeller» cambió de piel (o de imagen) y apareció como «un noble anciano amante de los niños y de los perros».

Ya lo ha dicho Mark H. Moore: «el crimen organizado debería ser considerado como una empresa que hace negocios a fin de obtener utilidades con un portafolio (o responsabilidad) que implica actividades empresariales tanto ilícitas como lícitas y que constituye una amenaza muy grave para la sociedad» (Moore,1987). (Diríamos: para la humanidad).

La amenaza es aun mayor cuando el crimen organizado constituye parte de los negocios organizados y del gobierno organizado, y cuando «el sector público» se reduce cada vez más, mientras «el sector privado», entre procesos de cooptación, corrupción, privatización, desnacionalización y des-regulación, elimina derechos sociales y nacionales, derechos públicos y republicanos, y priva de sentido a las mediaciones jurídicas, electorales, legislativas, ejecutivas y judiciales, que al perder legitimidad y funcionalidad, son sustituidas por «inmediaciones» represivas, fascistas y colonialistas, «violentas», bajo una desfigurada máscara nacional, patriótica, democrática y republicana que funda gobiernos con apoyos militares y paramilitares, encabezados por tecnócratas serviles y criminales debidamente legitimados; e inicia al mismo tiempo la «Nueva era en que desaparecen las garantías individuales» y los derechos del hombre y de los pueblos, entre las máximas violencias y recursos a la constitución y a la verdad…

En nuestros días los estudios sobre el crimen organizado y el estado organizado, sobre «las maquinarias políticas», los «racketeers», los militares que se vuelven empresarios, los políticos–negociantes, y los grupos de lucha «formal» e «informal», «abierta» e «encubierta» revelan los estrechos lazos de los complejos militares-empresariales y de los «gangsters». Sus acciones articuladas, conjuntas y universales, no son características de «deviants» o «criminales natos»: se basan en el Consenso de Washington, que ellos mismos cumplen y que rigurosa y prácticamente aplican para construir el «imperio» de los Estados Unidos en el mundo.

A los muchos documentos, investigaciones y análisis de los Chomsky y los Chossudowsky, y de otros investigadores de merecida fama mundial, se añade una impresionante serie de películas de gran rodaje, y de videos en que aparece la colusión de los empresarios y los criminales organizados en el poder y el gobierno. Entre los documentales que sacan a luz y del silencio las imágenes y sonidos mentirosos de las fuerzas hegemónicas se encuentran «Las confesiones de una mente criminal», «La Tercera Ola», «Las mafias de nueva York», «Kissinger», «11 de septiembre», «La corporación», «Wall Mart, o el alto costo de los bajos precios», «Superengórdame» o «Eres lo que comes», «La verdad incómoda» de Algore y muchas más. Pruebas de todo tipo no faltan y algunas son tan valiosas para conocer la sociedad contemporánea como lo fueran las novelas de Balzac para conocer la sociedad de la naciente burguesía europea.

El carácter concreto de las luchas democráticas, de las luchas de clases y de las luchas por la independencia sólo se alcanza si se profundiza en estos estudios y documentales, y si se les vincula a las categorías del «sistema mundo» de Immanuel Wallernstein y del pensamiento crítico de origen y base marxista, que alienta por todo el mundo –como el de Samir Amin e István Mészáros– esto es, a las categorías del capitalismo y el imperialismo, así como a las luchas radicales y antisistémicas por otro mundo posible.

La definición en los críticos del capitalismo

La definición de la corrupción en los críticos del capitalismo y en los constructores de una alternativa antisistémica adquiere características distintas según se repare en las estructuras dialécticas de un sistema interactivo, regido por la ley del valor, o se analice el fenómeno sobre todo en «el área política» vinculada a las luchas de las clases trabajadoras y por la independencia de los pueblos. Si el primer análisis se enfoca a las relaciones de explotación como relaciones contradictorias interactivas, en que actores y relaciones se interdefinen; el segundo prioriza las luchas por las mediaciones ideológicas, políticas, económicas, sociales para desestructurar o derrocar al sistema capitalista y construir sistemas alternativos a la dominación y acumulación capitalista.

La construcción de sistemas alternativos puede ocurrir en el seno de un estado-nación en que el capitalismo es el modo de dominación predominante. También puede ocurrir en un estado-nación, o en un bloque de estados-nación, en que el modo de dominación y acumulación socialista es el proyecto central para la estructuración del estado y de la sociedad alternativa, liberadora, democrática, socialista.

En cuanto a la corrupción, ésta aparece ocupando un papel muy significativo tanto en los análisis estructurales de la ley del valor, como en los que privilegian las luchas de clases y las luchas por la independencia ( por la autonomía de los pueblos). La corrupción aparece en las mediaciones gubernamentales de los Estados capitalistas, y en la construcción de mediaciones por los trabajadores y los pueblos que luchan para estructurar el poder necesario a la liberación, la democracia y el socialismo.

Los fenómenos de «acumulación original o primitiva» están fuertemente asociados a los de asimilación, cooptación y corrupción de dirigentes y clientelas o de «clases políticas» y «burocráticas». Tanto la acumulación, como la lucha de clases y de pueblos revelan la importancia de la corrupción en el debilitamiento y eventual derrota de las fuerzas emancipadoras. La corrupción interfiere antes del derrocamiento del Estado dominado por el capital, y en las luchas por la construcción de un Estado dominado por trabajadores y pueblos, que en su emancipación logren también controlar a sus propios representantes, delegados y vanguardias, una contradicción interna tan difícilmente soluble y tan urgida de solución.

En cualquier caso las contradicciones en el interior de los pueblos y las clases rebeldes son tan importantes para la construcción de la alternativa como las que se dan entre el capital y el trabajo, o entre las empresas capitalistas y las comunidades, o entre las grandes potencias y las pequeñas naciones, o entre el Estado hegemónico y los pueblos y culturas subalternos que habitan dentro o fuera de sus fronteras. En todas ellas sale el arma de la corrupción; la necesidad de luchar contra la corrupción.

El impacto de la corrupción aparece en los movimientos por la socialdemocracia parlamentaria, por el nacionalismo revolucionario, por el socialismo de Estado, por la revolución mundial. Sus efectos perniciosos son desproporcionados (o como dicen los matemáticos «no lineales», lo que quiere significar que con muy poca corrupción las fuerzas conservadoras cosechan grandes beneficios ). Provocan –junto con otras armas como el engaño y el terror– la debilidad y derrota de las fuerzas emancipadoras, y el triunfo o restauración del modo de dominación y acumulación capitalista. Y como se vio a finales del siglo XX cuando regresan al poder no se conforma con reimplantar los «modelos» anteriores, «desarrollistas» y «socialdemócratas», sino que implantan otros más depredadores y represivos.

De hecho, la corrupción aparece en la acumulación primitiva y en la ampliada. Ambas forman un conjunto que se recompone. El modo de acumulación y dominación capitalista combina en forma constante la acumulación original con la acumulación ampliada. Muestra estrechas relaciones entre ciclos de dominación-acumulación que dan más o menos fuerza a la acumulación original o a la ampliada. Durante las crisis, la acumulación depredadora y la violencia represiva ocupan un primer lugar mientras la acumulación ampliada y los sistemas de mediación institucional de las luchas de clases y las luchas por la independencia entran en crisis.

Durante las crisis las propias empresas monopólicas, sus redes y complejos recurren en formas crecientes a la acumulación original y con ella equilibran las pérdidas que se dan en la acumulación ampliada. Son épocas de guerras internas, de invasiones extranjeras, de despojos, genocidios y exilios masivos de millones de trabajadores manuales e intelectuales. La acumulación original no sólo despoja de los medios de producción a los campesinos o a los habitantes más miserables de las periferias mundiales y nacionales, sino enriquece aún más a los que ya son extremadamente ricos y aumenta su poderío, así sea provisionalmente, y aunque a la larga vayan a caer en crisis incontrolables sus estados y sus mercados, sus políticas sociales, culturales, económicas, ecológicas.

Hoy la acumulación primitiva combinada con la acumulación ampliada ha realizado y realiza el mayor despojo de bienes, recursos, empresas y mercados en toda la historia humana. James Petras («Economic Empire Building: The Centrality of Corruption»,2006) ha hecho un cálculo monetario del impacto de la corrupción que apunta a billones de billones de dólares, y que se queda corta, pues corresponde a una inevitable subestimación del humanicidio en proceso. No sólo los daños monetarios pueden ser mayores si las falsas contabilidades logran superarse, sino que los daños a la humanidad y a la vida muestran ser desmedidos e incalculables.

, Como ha señalado David Harvey, «tras una lectura cuidadosa de la descripción de Marx», la acumulación primitiva incluye hoy : «la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión forzada de las poblaciones campesinas; la conversión de varios derechos de propiedad (comunitaria, colectiva, estatal, etc.) en propiedad privada con derechos exclusivos; la supresión de los derechos de «la cosa pública» (de la Re-pública); la mercantilización de la fuerza de trabajo, y la supresión de las formas indígenas o alternativas de producción y consumo; la apropiación colonial, neocolonial e imperial de bienes y propiedades, incluyendo recursos naturales (y grandes empresas nacionales); la monetarización del intercambio y los impuestos; la trata de esclavos; la usura y la deuda nacional así como el dominio de los sistemas de crédito…». En todos esos pasos de sometimiento, despojo y explotación se ha empleado el arma de la corrupción y la represión, legitimadas, legalizadas y ocultadas por los Estados imperialistas y sus súbditos colonialistas, formales e informales, y se han integrado los recursos obtenidos mediante la acumulación original –mediante la depredación y el despojo—a los recursos de la acumulación ampliada, que también aumentan a favor de las megaempresas. Estas aprovechan en formas efectivas la debilidad de las empresas asociadas y subordinadas para sacar el mejor provecho en las transferencias de plusvalía, pero al mismo tiempo todas las empresas lucrativas, mercantiles, y «públicas» refuncionalizadas, aprovechan la debilidad de los trabajadores, que crece con la demanda masiva de trabajo, para explotarlos más y mejor. Y en todos y cada uno de sus pasos combinan la represión e intimidación con la corrupción y cooptación de líderes y clientelas, con la reestructuración de «sectores» de las clases trabajadoras y de los pueblos, con unos que siguen gozando de ciertos derechos y privilegios, y otros que pasan a formar parte del «lumpen» y de los transterrados.

El comportamiento de las clases dominantes no se limita a políticas de reequilibrio. Corresponde a políticas de expansión del capital y del modo de dominación y acumulación capitalista con «modelos de optimización» que sus expertos formalizan. En ellos, la asimilación, cooptación y corrupción no sólo sirven para debilitar a las clases y naciones enemigas sino para fortalecer el dominio de los grandes empresarios sobre los estados, los gobiernos, las poblaciones y los territorios que antes eran de repúblicas, y hasta «repúblicas socialistas»

Las diferencias de clases y sectores de clase en la formación de los grandes bloques se reformula integrando a una parte privilegiada de la clase trabajadora al desarrollo social e institucional, para dejar a la mayoría fuera de él. En esa gran reestructuración, la corrupción también juega un inmenso papel, tan grande como el que juega en los «sectores medios» que ayudan a someter y saquear a las naciones y las comunidades de excluidos y marginados, o que se desentienden y olvidan del saqueo.

El conocimiento y la conciencia de lo posible y lo imposible de la actual acumulación primitiva y ampliada, se oscurece por el papel que la corrupción y la represión, la asimilación y la violencia conceptual y verbal, la cooptación, la pérdida de identidad, de dignidad, y la complicidad pasiva o activa, desempeñan para desanimar, enceguecer y debilitar a las fuerzas insumisas y mantener a las conservadoras.

Que todo esto ocurra en situaciones de grave inestabilidad del sistema capitalista y de la globalización neoliberal permite pensar también en la posible recomposición de las fuerzas que se articulen a «los condenados de la tierra». Para eso, una de las luchas prioritarias tiene que incluir el control de la corrupción. La construcción del «hombre nuevo» es utópica si no interviene en un primer plano el protagonista revolucionario moral y político, que el «26 de Julio» y el Ché Guevara plantean como la estructuración y la práctica necesaria de relaciones sociales no lucrativas generalizables, y potencialmente unidas en la diversidad. En el logro y ejercicio de las mismas la moral aparece como política, y la política–moral como un arma para el triunfo en la lucha por la independencia y en la lucha de clases por la emancipación humana. Es mucho más de una mera lucha contra la corrupción, por perseverante y consecuente que ésta sea.

La corrupción y la construcción del socialismo.

La rica y variada experiencia de los movimientos socialdemócratas, comunistas y anticolonialistas ha mostrado, una y otra vez, que la corrupción es un serio obstáculo para el logro de sus fines. El fenómeno se inscribe en otro de mayor amplitud.

La historia mundial de la lucha de clases es una historia mediada de la lucha de clases. Entre las fuentes de mediación se encuentra la corrupción. Es tan importante como la enajenación en que se pierde la conciencia.

La lucha por la emancipación implica de manera necesaria la propagación acelerada de la ética colectiva y de la conciencia revolucionaria articuladas entre sí y con las estructuras en que no domina la lógica del mercado sino la de la producción y los servicios sociales no lucrativos. Los obstáculos a superar son colosales.

Marx observó que «las pasiones más violentas y miserables de los seres humanos son las furias del interés personal». Estudió «el interés personal» como un problema científico y ético que sólo puede ser resuelto si el capitalismo es destruido en el camino a una sociedad emancipada. Identificó ese camino con el socialismo. Engels analizó la moralidad como ideología de los señores feudales y de la burguesía. Sostuvo en el Antidüring que «la moralidad es una moralidad de la clase dominante». Comparó los distintos tipos de moral: la católica y la protestante que vienen del feudalismo; la liberal que viene de la burguesía, la socialista, que viene del proletariado. Consideró que la moralidad proletaria es «la verdadera moral» porque contiene «el máximo de elementos» para cambiar los modos de dominación y explotación actuales y pasados en un sistema que representa el futuro de la libertad y la justicia. En el cálculo de los ideales realizables, el marxismo clásico mostró tener razón al pensar en los trabajadores y proletarios como la clase más indicada para realizar la libertad humana. Pero sus progenitores no disponían aún de las ricas experiencias que mostraría el capitalismo en las mediaciones de la lucha de clases, y en la reestructuración de las propias fuerzas de la clase dominante para una lucha más efectiva contra los insumisos. Por otra parte las contradicciones de la racionalidad instrumental del capitalismo y su crisis terminal como un final posible, por sí solas no aseguraban para nada el fin de la enajenación humana. La creación de un sistema alternativo requeriría tanto la capacidad de enfrentar las represiones y mediaciones en crisis como la de construir nuevas mediaciones Crearía así los problemas paradójicos de los enajenados que buscan liberarse del sistema que los enajena y descubren que al mismo tiempo tienen que liberarse de su propia enajenación.

Ni los clásicos ni la mayoría de sus sucesores (hasta años recientes) dieron mayor importancia a la moralidad y a la forma sistemática en que el capitalismo utiliza la corrupción y la cooptación en sus políticas de mediaciones. Por aquí y por allá aparecieron reflexiones sobre la «clase moral» y los daños que la violación de la moral revolucionaria inflinge a la unidad de los trabajadores y al logro de sus fines. En un discurso a los jóvenes, Lenin sostuvo que «por supuesto existe una moral comunista» y, –con ese «por supuesto»–, pareció responder a quienes dudaban de la existencia de la moral comunista y de la necesidad de practicarla. También aclaró, con pertinencia y en coincidencia con sus antecesores, que repudiaba cualquier moral derivada de conceptos que no vincularan el humanismo y la lucha de clases. «Nuestra Moralidad —dijo—sirve al propósito de ayudar a la sociedad humana a levantarse a un nivel más alto y a deshacerse de la explotación del trabajo humano». Cualquier moralidad no sólo resultaría insuficiente, sino inaceptable al no incluir de manera central la lucha contra la explotación de unos hombres por otros. (Cuando no se le incluye, hasta Tartufo puede tener creencias morales.) Pero ni quienes luchaban con Lenin ni quienes perdieron con él, al triunfo de la mediación burocrática y autoritaria conocida como el estalinismo, heredaron legado alguno de las luchas revolucionarias como luchas a la vez morales y políticas. No recibieron, –o no pudieron recibir–, como memoria colectiva, las experiencias que dejarían después las mediaciones burocráticas de quienes, apropiándose de la «dictadura del proletariado» y de otros conceptos y resortes distorsionados a su gusto, impondrían el autoritarismo y el totalitarismo en el ejercicio del gobierno y del pensamiento, y sentarían las bases de una cooptación y una corrupción contaminantes, que llevarían crecientemente al regreso del capitalismo.

En Astrakán, el 6 de agosto de l928, Christian Rakovski, años más tarde fusilado en Siberia, envió una carta al camarada Valentinov. Denunciaba la corrupción del poder tanto en el PCUS, como en el proletariado, en el Estado y en la sociedad de la reciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se refería a robos, prevaricaciones, violencias, «garrafas de vino». Rakovski denunció increíbles abusos del poder, despotismo sin límites, ebriedad, desocupación, escándalos, «hechos todos conocidos» –aclaró– «y que todo el mundo tolera sin saber por qué». Rakovki consideró que el más grave peligro de todos era la indiferencia creciente de las masas trabajadoras hacia el destino de la dictadura del proletariado y del Estado Soviético, y su falta de actividad, su falta de participación en el proceso» (efectos parecidos a los que la corrupción de las «democracias de mercado» tienen en la inmensa abstención para votar que muestran los electores ante un sistema que les ha sido enajenado). Rakovsky señaló el mal que causan las mediaciones contrarias a la participación activa de los trabajadores: «Cuando una clase toma el poder –dijo– un sector de ella se convierte en el agente del poder» No alcanzó a pensar que el problema no era acabar con el agente del poder, sino en extender y articular a los agentes de la emancipación moral y revolucionaria hasta incluir en ellos a la inmensa mayoría de pueblos y trabajadores liberados de sí mismos, de sus concupiscencias y sus miedos, y que al mismo tiempo aprendieran y enseñaran a organizar sus conocimientos y sus fuerzas contra los opresores de clase internos y extranjeros, y contribuyeran activamente a generalizar la constitución de un nuevo modo de pensar en lo que se quiere y de lograr lo que se quiere. Rakovski señaló un problema moral y político hasta hoy vigente: si una clase toma el poder (o construye el poder) tiene que controlar a los agentes del poder, y éstos tienen que controlarse y que organizar las relaciones sociales para el control de sus pasos. Como dirían los zapatistas mayas muchos años después: los agentes –en todos sus niveles– tienen que aprender a mandar obedeciendo y a obedecer mandando. Y eso es válido en el mundo entero por muchas variaciones de saberes y haceres que se den.

Pero volviendo a la URSS: hacia 1977 la antropóloga Larissa Adler Lommitz realizó un trabajo de campo que la llevó a descubrir la existencia de una Rusia formal y una Rusia informal. Su valiosa contribución cayó en el mundo de las investigaciones descuidadas, e incluso vistas con recelo por aquella ideología oficial que prohibía el pensamiento crítico y descalificaba a sus opositores con los recursos de la violencia y de la ignorancia. Análisis como los de un país formal y un país real eran descalificados automáticamente como «distraccionistas» y dignos de ir al basurero de las ciencias sociales. Así, hasta sin quererlo, se impedía enfrentar gravísimos problemas que aparecen en todas las revoluciones, que se reproducen y extienden a la manera de las epidemias y que hasta llegan a matar a sus protagonistas pudiendo ser «enfermedades curables».

En 1980 Jacques Sapir publicó en una editorial de provincia, –en Lyon–un libro que tituló Los países del Este. ¿Hacia una crisis generalizada? Sapir hizo ver que desde 1976 «la burguesía de Estado» de la futura Rusia y de los países del resto del bloque soviético, se volvió tributaria de las economías capitalistas hegemónicas. Reafirmó que cualquier verdadera reforma implicaba «acabar con la explotación», con los «intercambios desiguales» y con las «distribuciones inequitativas»; pero que aplicar esas medidas resultaba tan peligroso para los agentes del poder como no aplicarlas y que había demasiados intereses para no aplicarlas. De hecho, en la sociedad informal se habían desarrollado numerosos espacios de relaciones capitalistas que estaban en proceso de contaminazión generalizada. Los «sectores de la clase trabajadora» que tras la Revolución se habían convertido en «agentes del poder» con el pretexto de ejercer «la dictadura del proletariado», con el tiempo se convirtieron en agentes de la restauración del capitalismo. Como una nueva burguesía burocrática, o como una «nueva clase» depredadora, llegó un momento en que abiertamente decidieron privatizar la economía socialista en su beneficio, esta vez con el pretexto de crear una economía libre, competitiva y democrática.

La corrupción fue un factor fundamental en el dramático cambio. Boris Kagarlinsky la destaca como uno de los problemas principales que llevaron al sometimiento de la URSS: «la corrupción creciente –escribe– no sólo se dio en la cúspide sino en las bases de la sociedad». Mucho de lo que ocurrió en el terreno del dogmatismo, del autoritarismo y del totalitarismo, se explica por las políticas de ocultamiento de la corrupción y de la existencia de una Rusia informal que participaba en la corrupción en pequeño y en muchos otros tipos de enajenación del pensamiento crítico y revolucionario.

La restauración del capitalismo revirtió los procesos del bloque soviético y de la República Popular China, envuelta en parecidas contradicciones. Alteró dramáticamente todos los procesos revolucionarios, desde Vietnam hasta Nicaragua, con concesiones y corrupciones que movían a sorpresa y a rabia, al recordar la inmensa cantidad de héroes que perdieron su vida seguros de estar luchando por un mundo mejor. Como observa Adolfo Sánchez Vázquez, el desenlace de los países socialistas encabezados por la URSS «dio lugar a una desmoralización en la más amplia franja de la militancia, que veía en ese tipo de «socialismo» la encarnación de los principios morales de la izquierda. La desmoralización –aclara el filósofo y viejo militante del partido comunista español– no alcanza a quienes dentro de la izquierda, denunciaron la usurpación de los principios morales de la izquierda.» Él mismo había sido cada vez más crítico de la URSS desde la invasión a Hungría, y, sobre todo, desde la invasión a Checoeslovaquia. Hoy ocupa un lugar entre los más respetados innovadores del pensamiento crítico revolucionario.

En la gran hecatombe, el caso Cuba resulta incomprensible, si se piensa que sigue siendo un bastión del socialismo, al que el imperialismo norteamericano no ha podido vencer a pesar de haber recurrido a sus más agresivos métodos de asedio y bloqueo –económico, mediático, social, político, cultural, intelectual, militar, naval, terrorista– con múltiples intentos fallidos de movilizar, a las fuerzas «populares» y «democráticas» cubanas para que derrocaran al gobierno de la pequeña Isla del Caribe. Los cuarenta intentos de asesinar a Fidel Castro, que le fallaron, sólo revelan cómo quienes se oponen al imperialismo tienen que aprender a defender su vida y a mantener la cabeza clara y la voluntad de lucha frente a cualquier tipo de ataques por inescrupulosos y persistentes que sean.

A menos de cincuenta millas de Miami, y con una población de diez millones de habitantes, el gobierno y pueblo de Cuba han resistido la ofensiva por casi cincuenta años. La fortaleza del proyecto socialista se confirma al ver que Cuba ha podido sobrevivir más de una década después de que cesó la ayuda considerable que durante años le prestó la URSS, y que contribuyó al desarrollo de sus industrias y sus defensas militares. Desde los años 90 del siglo XX toda esa ayuda cesó y muchos auguraron que era el final del socialismo en Cuba. Pero, lejos de serlo, fue el inicio de un período muy duro para el pueblo Cubano y que éste pudo enfrentar porque también pudo liberarse de la creciente influencia ideológica de un «marxismo-leninismo» burocrático cada vez más incapaz de pensar y actuar para avanzar en la construcción del socialismo. «Cuba –escribe Fernando Martínez-pudo liberarse de aquella influencia y sujetarla al predominio de la cultura revolucionaria». En circunstancias históricas imprevistas, la Revolución Cubana volvió a su método original de «ventilar las cuestiones prácticas al calor de las divergencias concretas». Se salió de las «trágicas discusiones» de la interpretación de los textos sacralizados, ritualizados, considerados como base de autocensura, y de las inculpaciones inquisitoriales a los competidores o a los adversarios. Durante la influencia soviética en Cuba «se invitaba al seguidísimo, al unanimismo, a la simulación, que aseguraba beneficios y privilegios, que impedía descalificaciones y sanciones…y que también ocultaba obstáculos, problemas y soluciones a enfrentar en lo concreto, sobre todo las atribuibles a los privatizadores del «marxismo leninismo». (Martínez, 218).

Cuba volvió a la semilla de su revolución. «Recuperó su originalidad creadora». En ella, la moral, como instrumento necesario para construir el socialismo, adquirió un papel central y práctico mucho mayor al de los grandes pensadores marxistas que, como Gramsci, habían advertido que «la honestidad es necesaria para alcanzar los objetivos del socialismo.» Más que de objetivos a alcanzar en un proceso histórico, se pensó en «¿Cómo alcanzar los objetivos? mediante la construcción del proceso histórico.

Se pensó en las mejores formas de lucha para lograr los objetivos en las acciones que es necesario practicar para ser consecuente con objetivos por los que se lucha y por los que se dice que se lucha. Se puso especial atención en la manera necesaria para lograrlos. En esa condición necesaria destacó la honestidad dentro de la moral, y la moral dentro de la Revolución, como parte de la Revolución y para la Revolución. El problema se planteó en amplios horizontes como «la construcción del hombre nuevo», y también a escalas menores y medianas de la lucha, que se dan en la producción, los servicios y el consumo.

No fue moral ni de prédica ni de púlpito sino de práctica. No fue exhortación ilusoria que se acomoda el pecado con la confesión. No ocultó ni se ocultó las contradicciones de las relaciones sociales a cambiar. El pueblo cubano –o una proporción inmensa del mismo–hizo una revolución en la propia ética: priorizó la construcción y expansión de estructuras que escapen a la «ley del valor». En la Obra resultó necesaria la mediación de todo el pueblo trabajador para las decisiones sobre lo que se consume y se acumula; de donde también resultó necesaria la educación y organización de todo el pueblo en agrupamientos masivos y dialogales para tomar decisiones de economía y gobierno; de donde resultó ineludible abandonar la creencia de que «quienes son un dechado de virtudes» (Ché) van a construir una sociedad más libre y más justa. De donde no resultó necesaria la desaparición de las vanguardias sino un comportamiento ejemplar de las vanguardias, que lejos de limitarse o reservarse a ellas, se trasmitiera y contagiara a todos los habitantes y con los habitantes en el afán de saber, saber hacer y saber luchar para que la ley del valor se achique y desaparezca, todo a sabiendas de que los beneficiarios del sistema de explotación emplearán cuanto recurso tengan a su alcance para impedir que no los priven de los recursos con que explotan el trabajo humano. Enfrentar con la educación, la democracia, la liberación y el socialismo el ídolo del capitalismo y la fetichización de las mercancías y no idolatrar ni fetichizar al socialismo en el proceso de construcción de las nuevas relaciones sociales consistía en hacer exactamente lo contrario de lo que se había hecho en el bloque soviético, donde cada vez más «se daba rienda suelta a la ley del valor, es decir, a la vuelta al capitalismo».

Las contribuciones de Ernesto Ché Guevara fueron muy importantes; se inscribieron en el gran movimiento Revolucionario iniciado por el «26 de Julio». Con él, Guevara desarrolló la práctica de mirar a lo lejos y de cerca. Advirtió los obstáculos del camino y las posibilidades de superarlos. Cuando fue responsable del Banco Central, y de otros cargos directamente vinculados a las finanzas y la economía, su talento práctico y filosófico y su inflexible honestidad le permitieron hacer afirmaciones puntuales.

Tomado de El Economista de Cuba, www.eleconomista.cubaweb.cu, visto el 7/9/08.

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