viernes 15 de noviembre, 2019

El 68 uruguayo. Segunda Parte. Capítulo 1. El Uruguay en un mundo bipolar y convulsionado.

Publicado el 26/08/08 a las 12:00 am

LAS PUGNAS SE AGUDIZAN

«Este Tercer Mundo del que somos parte, esta Latinoamérica en la que representamos un pequeño sumando, este Uruguay de hoy estancado, desorientado, desalentado, empobrecido, metódicamente envilecido, merece tener entre sus fuerzas de promoción y liberación un socialismo ágil, remozado, joven. Las últimas disidencias lo desembarazaron de esa aberración europeizante y anacrónica que hubiera representado seguir siendo una minúscula sucursal de esas grandes estructuras de poder de las metrópolis capitalistas. Enflaquecido pero aligerado, con una nueva perspectiva y una nueva postura va a echarse a andar de nuevo; las elecciones no lo son todo, ni siquiera lo más importante, pero importan un esfuerzo y una congregación para la presencia y el recuento.
¿Qué tarea más valiosa que alumbrar una fuerza semejante se ofrece a la participación de la ciudadanía: independiente, a la de quienes no van a negociar su voto por alguna menguada ventaja individual, a la de todos aquellos que rehúsan preferir – por pálpito, capricho, ilusión o complicidad – a cualquiera de los carceleros disponibles (lo quieran ellos o no, lo piensen ahora o no) entre los que el país deberá escoger?
Carlos Real de Azúa, «Marcha», 25 de noviembre de 1966.

CAPITULO 1

El Uruguay en un mundo bipolar y convulsionado

Hoy nadie duda de que el insigne filósofo británico Bertrand Russell constituye una de las grandes referencias morales de este siglo. Su pensamiento y su acción en defensa de los derechos humanos y de los pueblos le han generado un enorme reconocimiento en todas partes del mundo,
Significativos de cómo veía Russell ese momento son estos fragmentos tomados de su «Mensaje a los Pueblos del Tercer Mundo», enviado a «Marcha», a solicitud de esta, el 18 de noviembre de 1966:
«Los pueblos de América Latina, Asia y Africa no deben forjarse ilusiones sobre la política de los Estados Unidos. El cúmulo de pruebas es tan grande que me veo obligado a concluir que es necesario prepararse contra despiadadas guerras de exterminio. El gobierno de Estados Unidos está decidido a mantener sin alimentos al pueblo hambriento y sin medicinas a los enfermos, lo cual es una consecuencia necesaria de su política. Cuando surgen movimientos que procuran cambiar el orden social, con vistas a la eliminación del hambre y la enfermedad, Estados Unidos responde a esos movimientos con la fuerza brutal. El gobierno norteamericano no tiene otra alternativa, ya que de no recurrir a esos procedimientos la riqueza de los pueblos del Tercer Mundo escaparía del control de los capitalistas estadounidenses.
Debe extraerse una lección fundamental del heroísmo vietnamita. Espero que su ejemplo será emulado. Dondequiera que sea posible resistir al imperialismo norteamericano como lo han hecho los vietnamitas, es necesario hacerlo. Es éste el único modo practico de ayudar al pueblo vietnamita y de hacer avanzar los ideales por los que éste se ha sacrificado tanto. La lección de la lucha de Vietnam es aplicable en muchos lados: desde Angola, Guinea «Portuguesa» y Sudáfrica hasta Guatemala, Perú y Bolivia, sólo la lucha militante y la resistencia acabarán con el dominio de los rapaces capitalistas que controlan Washington. El desarrollo de esta resistencia en el Tercer Mundo permitirá que el pueblo norteamericano, a su debido tiempo, ajuste cuentas con los capitalistas que degradan a su país.
En Perú se han usado el napalm y los productos químicos desarrollados en Corea y Viet Nam. En Irak, ese mismo napalm, esos mismos gases se emplean actualmente contra los kurdos. El gobierno de Estados Unidos, es de una evidencia absoluta, considera la revolución vietnamita como parte de una revolución mundial contra el hambre y la .enfermedad, por el socialismo y el bienestar humano. Los gobernantes norteamericanos comprenden que no se pueden encarar las luchas en términos nacionales. Los pueblos de América Latina, Asia y Africa pueden tener éxito, y lo lograrán, si tratan cada lucha aislada como parte de una resistencia global, y si las luchas populares en Vietnam o Angola son consideradas tan nuestras como si los padecimientos y la resistencia tuvieran lugar en nuestro propio suelo.
La violencia existente en el mundo es fundamentalmente la violencia del explotador; que primero impone el hambre y la miseria y hace chocar a los pueblos entre sí, y luego procura suprimir el descontento que la víctima siente por el opresor Esta línea de conducta es seguida inexorablemente, por lo que si la violencia inunda al planeta, la culpa recae en el capitalismo norteamericano, que la impone. A las víctimas de explotación no se les ofrece más alternativa que la resistencia.
La respuesta efectiva al imperialismo norteamericano es un Vietnam en cada continente. Sólo entonces el último soldado norteamericano retornará a su patria y el pueblo de los Estados Unidos se volverá contra los gobernantes que lo utilizan tan inmoralmente.
He convocado a un Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra, que funcionará como comisión investigadora, para establecer la evidencia de las acciones norteamericanas en Vietnam. Este tribunal internacional no dispone de ejércitos ni de fuerza estatal alguna. Su aspiración es reflejar las opiniones e intereses de los pueblos oprimidos. Considero ese tribunal como parte de la lucha para superar la opresión y la crueldad en el mundo. El tribunal necesita vuestra solidaridad y apoyo. Pido a todos que firmen declaraciones solidarias con el tribunal y que realicen actos contra los crímenes de guerra en Vietnam. La justicia que surge de los derechos del pueblo oprimido será más duradera que las estratagemas de todos los tribunales que recurren a argucias legales para perseguir a los revolucionarios y a los defensores del pueblo. El Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra desprecia la justicia de los fuertes. Es una réplica a quienes han ensalzado a la opresión y la injusticia en el mundo entero».
La década del 60, en el campo internacional, será escenario de una intensificación de la lucha anticolonialista y antiimperialista. Simultáneamente se asiste a un fortalecimiento del campo «socialista» liderado por la Unión Soviética, al surgimiento de China Popular como potencia mundial y las divergencias del maoísmo con la línea predominante en la Unión Soviética y en el movimiento comunista internacional.
Los puntos más salientes de la situación mundial desde el ángulo del Tercer Mundo son, a lo largo de la década, la lucha del pueblo vietnamita contra la intervención militar norteamericana, el desarrollo de las guerras anticolonialistas en África, la «revolución cultural» china y el surgimiento de movimientos contestatarios y de solidaridad con el Tercer Mundo en los Estados Unidos, Francia, Alemania y otros países centrales.
En América Latina, las tesis maoístas encuentran un eco que va más allá de los P. Comunistas, en algunos de los cuales se producen escisiones importantes.
Será sobre todo la profundización de la Revolución Cubana que adquiere resonancia popular. La solidaridad con ella frente al asedio norteamericano es particularmente intensa en nuestro país. Las ideas y las luchas del «Che» marcan, en el plano político e ideológico, los puntos más altos en este auge revolucionario de la década.
Los sindicatos uruguayos, enfrentados durante todo el período a la defensa de sus salarios, sus derechos sindicales y sus fuentes de trabajo, no estarán ajenos a esta situación y tenderán a convertirse no sólo en instrumento de defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores sino que participarán, de manera creciente, en la defensa de las libertades públicas, en la denuncia del imperialismo y en los primeros esbozos de un proyecto de país de signo popular, democrático y soberano.

El reajuste conservador exige cambios políticos

«La acción política se presenta cada vez más interferida por los grupos directamente conectados al propósito de debilitar el poder del Estado obstando al cumplimiento de sus fines «.
Diputado Julio María Sanguinetti.
Asamblea General. 18 de agosto 1966.

Los esfuerzos por terminar en el Uruguay con la supervivencia del modelo neo batllista, forma particular de keynesianismo que vivió el Uruguay desde mediados de la Segunda Guerra Mundial a 1958, se habían iniciado tiempo atrás. Pero con Gestido y Pacheco la ofensiva tomó nuevos bríos.
Ya, como vimos, el fracaso del proyecto neo-batllista y la derrota sufrida por la lista «15» liderada por Luis Batlle Berres en las elecciones de noviembre de 1958, había abierto el camino para el acceso al gobierno de una fracción burguesa que respondía básicamente a los intereses conservadores de los grandes estancieros, el alto comercio y la banca privada.
El bloque encabezado inicialmente por Benito Nardone y el herrerismo más conservador de Martín Echegoyen, encontró, no obstante, resistencias en el seno de los propios partidos tradicionales, donde las prácticas clientelistas, paternalistas y de compromiso, todavía condicionaban sus decisiones en materia económico-social y donde, junto a esto, subsistían en el pensamiento político algunas concepciones de tono liberal y democrático de un «Uruguay batllista» que no se resignaba a morir.
Con forcejeos, marchas y contramarchas entre 1959 y 1967 los gobiernos del Partido Nacional habían ido erosionado aristas importantes del modelo neo batllista: disminución del gasto público en salarios, salud y educación, acatamiento a las imposiciones del Fondo Monetario Internacional, desplazamiento de ingresos hacia el sector ganadero en perjuicio de la industria, agudización de las confrontaciones con el movimiento obrero, permisividad y aliento a la extrema derecha, promoción a puestos claves de militares de extrema derecha (como el Gral. Oscar Mario Aguerrondo).
La remodelación conservadora del Uruguay no marchaba al ritmo deseado por las clases dominantes. Los partidos tradicionales electoralmente recogían alrededor del 90% de los votos y contenían todavía en su seno incrustaciones de base popular que constituían un obstáculo a la unidad política necesaria para emprender un plan de reformas conservadoras tan profundas como se pretendían.
Incrustaciones populares que, por lo demás, les eran absolutamente imprescindibles a la hora de medir fuerzas en las instancias electorales.
A las dificultades de los partidos para llevar adelante el reajuste conservador habría que añadir las que imponía el orden constitucional vigente que establecía un sistema de Poder Ejecutivo Colegiado de 9 miembros, con rotación anual de la Presidencia.
En el marco de una situación de prolongado estancamiento económico, de fuerte resistencia obrera y popular y falta de coherencia de los partidos, el régimen colegiado contribuía a quitarle capacidad operativa a la ofensiva de las fracciones burguesas dominantes que se proponían cambiar a fondo el país y por lo tanto a actuar con unidad y eficacia.
El empuje inflacionario y la caída salarial, expresiones visibles del «reajuste conservador» que se desarrollaba en el país y la distancia entre el sistema de derechos y garantías, solidaridad social y protección que, en la letra, ofrecía el «estado de bienestar», y una realidad cada vez más marcada por el empobrecimiento, la desocupación y el estancamiento productivo hicieron de los años 1966 y 1967, un período rico en experiencias y debates políticos y sindicales.

Mayor participación de los trabajadores

La democracia interna en que funcionaba gran parte de los sindicatos, los debates internacionales nacidos de la radicalización de la Revolución Cubana, el incremento de la presión contrarrevolucionaria norteamericana, la controversia chino-soviética y las diferencias entre Fidel Castro y el P. Comunista de Cuba con la política de la URSS hacia Latinoamérica, alimentaron el debate interno y la existencia de más de una orientación en el movimiento obrero.
A esto se sumaba el estado de efervescencia intelectual que inundaba las páginas de diarios y semanarios; las reuniones de los partidos y los nucleamientos estudiantiles. Todos estos elementos tuvieron un campo de desarrollo en una clase obrera, política e ideológicamente ávida que se enfrentaba al despojo salarial y a la ofensiva de la derecha contra sus organizaciones.
Por estas razones será un período importante en el proceso de organización y desarrollo político del movimiento obrero. Particularmente en los sectores juveniles, estudiantes o egresados de la Universidad del Trabajo o en situación de inestabilidad laboral.
Cada elección sindical da cuenta de la existencia de distintas orientaciones y estas rivalizan en su intento de atraer a las nuevas generaciones que se incorporan a la vida gremial.

Enero de 1966: Asamblea Nacional de Sindicatos

El 17 de enero la Mesa Representativa de la CNT «convoca a todas la organizaciones sindicales del país, estén o no agrupadas en la CNT a participar en una asamblea que tendrá lugar los días 28 y 29 de enero en la ciudad de Montevideo».
La convocatoria tuvo un éxito significativo: participaron 198 delegados del interior y 178 de Montevideo. Retomando los avances del Congreso del Pueblo fijó prioridades en torno a «una plataforma de acción inmediata» (salarios y carestía, seguridad social, salud pública y seguros por enfermedad, libertades públicas y sindicales y lucha contra la desocupación).
La Asamblea Nacional de Sindicatos reiteró, por segunda vez en la historia del movimiento, «la decisión de mantener un estado de alerta permanente para oponerse a cualquier golpe de estado».
Resultó particularmente rica la discusión acerca de la necesidad de un plan de lucha común a todo el movimiento para el logro de esa plataforma. Una cosa quedó clara, comenta Héctor Rodríguez: «si todos los sindicatos actuamos sobre la misma realidad económica, política y social no podemos dar respuestas diversas a los problemas que esa realidad plantea (el programa tiene que ser común) ni podemos encarar por caminos encontrados la realización de ese programa el plan de lucha tiene que ser común «.
La Asamblea aprobó un documento sobre plan de lucha en el que, junto con la realización de distintos eventos (incluyendo manifestaciones y un paro general, para el 16 de marzo), se establecen criterios que muestran el proceso de elaboración de un pensamiento sindical vigoroso y abarcativo, basado en su propia experiencia y en su voluntad de superar los errores derivados de la dispersión de las luchas.
Así, por ejemplo, en el punto IV de la resolución sobre plan de lucha se establece: «en el caso particular de las reivindicaciones específicas [de cada gremio] las organizaciones se comprometen a evitar que los medios tácticos que crean conveniente aplicar interfieran negativamente con el plan de lucha aprobado».
La Asamblea dio pasos importantes, finalmente, para la culminación del proceso de unidad orgánica del movimiento que se materializará el 28 de setiembre con el llamado Congreso de Unificación Sindical.
Con ese fin se crea una comisión en la que están presentes las principales organizaciones sindicales de masas del país: la Central de Trabajadores del Uruguay (con decenas de miles de afiliados), AEBU, AUTE, COFE, frigoríficos (todas con más de 10.000 trabajadores). Junto a ellas dos organizaciones numéricamente más pequeñas: el Sindicato  de Artes Gráficas y el Sindicato de FUNSA, que agrupaba a los trabajadores de una fábrica.
Esta composición demuestra la voluntad política de las organizaciones mayoritarias de elegir una conducción para el conjunto del movimiento, donde estuvieran representa todas las tendencias que actuaban en el movimiento obrero, con independencia de la amplitud numérica de sus organizaciones.

Proyectan reformar la Constitución

Ya desde los primeros meses de 1966, los sectores dominantes lanzan la iniciativa de una reforma constitucional destinada a dotar de medios más eficaces la acción del P. Ejecutivo y se dan pasos importantes para centralizar la gestión económica del Estado y ponerla cada vez más bajo el control de la Presidencia de la República, en perjuicio de la descentralización y la autonomía de los Entes y el papel jugado hasta entonces por los partidos y el Poder Legislativo.
El estancamiento y sus consecuencias sociales y económicas, la obturación de los canales políticos para el encauzamiento legal y formal de las aspiraciones populares (el «vaciamiento del contenido democrático de las instituciones», al decir de Zelmar Michelini), el reflejo represivo que desde las patronales, el estado y la presión norteamericana se cernía sobre las organizaciones sindicales y de izquierda fueron factores que precipitaron definiciones en el movimiento obrero.

El contexto regional

En América latina se vivía un período de acentuada polarización. En Brasil los militares en el poder desde abril de 1964 asumían resueltamente su rol de gendarmes en el subcontinente. Obsérvese la agudeza de este diagnóstico:
«(…) En Uruguay el comunismo no tiene posibilidades inmediatas de conquistar el poder por el voto, ni por las armas; en consecuencia, procura alcanzarlo, sobre todo, por la infiltración en los medios obreros, estudiantiles, intelectuales y del funcionariado, favorecido por las graves condiciones de la actual situación socioeconómica (…)».
» (…) El comunismo tiene actualmente mayores posibilidades de alcanzar el poder en Guatemala, Guayana, Chile y Uruguay; (…) el éxito del comunismo en cualquier país de América del Sur tendrá gran «efecto de resonancia» en el Brasil y significa amenaza a la seguridad de los EE. UU. y del Brasil (…)»
. (Memorándum de la Escuela Superior de Guerra del Brasil. Noviembre de 1966).
En ese período influyó significativamente la opinión del P. Comunista de Cuba en los debates que se desarrollaban en el movimiento comunista internacional.
En julio decía Fidel Castro: «(…) gente que en pose de sensatos (…) predican el camino del electoralismo (…) siendo que los movimientos guerrilleros eran el único y verdadero camino revolucionario que la mayor parte de los pueblos de América Latina pueden tomar hoy».
Celebrando el décimo aniversario del Asalto al cuartel de Moncada decía Fidel Castro: «Cualquiera puede apellidarse «Aguila» y no tener una sola pluma sobre las espaldas. De la misma manera, hay quienes se apellidan comunistas y no tienen un pelo de comunistas. El movimiento comunista internacional, tal como lo concebimos nosotros, no es una iglesia, no es una secta religiosa o masónica que nos obligue a santificar cualquier desviación, que nos obligue a seguir una política de compadreo con todo tipo de reformistas y seudorrevolucionarios «. (Discurso del 26 de julio de 1966).
En octubre del 66, en homenaje a la revolución rusa decía el diario Granma: «La cuestión de la insurrección como un método de lucha para la toma del poder no fue en Lenin la consigna pasajera de un día, sino una línea y una trayectoria que recorre toda la vida del genial luchador. La insurrección para Lenin constituyó un punto clave en el trabajo de los comunistas (…) En la mayoría de los países de América Latina donde existen condiciones para el desarrollo de la lucha armada, consideramos que los marxistas-leninistas verdaderos tienen que mantener en alto las banderas de la insurrección».
En la intersección de esos dos factores, uno, el básico, nacional y otro latinoamericano es donde nace «la tendencia». (1)

Empobrecimiento y represión

En un contexto inflacionario acelerado el curso del año 66 estará jalonado por movilizaciones sindicales que procuran mantener el poder adquisitivo de los salarios. Es significativo en ese terreno que, hacia diciembre, las gremiales de la Administración Central y los entes autónomos estén reclamando un ajuste salarial que oscila entre el 70 y 90%.
Con una inflación anual para 1966 del 49.4%, el salario real, tomando como base 100% 1957, va a caer a un 52.6 en el sector público, a un 94.5 en el privado y a un 73.8 considerado globalmente (todos los sectores). («El Proceso Económico». Págs. 314 y 369).
Se denuncia también, sobre todo en el sector público, el atraso de los pagos de los sueldos en la Administración Central y en los organismos de enseñanza.
En el caso de la coordinadora de la enseñanza pública, todavía en mayo de 1967, estarán movilizándose por la rendición de cuentas de 1965. (2)
Los sindicatos tuvieron que enfrentar también las diversas formas que asumió la ofensiva norteamericana.
Actúan en el país agencias financiadas desde los EE.UU., como el IUES (Instituto Uruguayo de Educación Sindical), con sede en la calle 19 de abril 3333, dirigido por un funcionario norteamericano, John Caldwell, en cuyas aulas se adiestraba para la formación de sindicatos anticomunistas y se otorgaba becas para «ampliar» la capacitación en el exterior.
También opera en el país el Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre (IADSL) que, además de apoyar proyectos de educación laboral, dispone de fondos para «acción comunitaria».
Estas organizaciones aparecen ligadas internacionalmente a la CIOLS (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la ORJT (Organización Regional Interamericana de Trabajadores).
El IUES no se limita a aportes educativos, apareciendo vinculado a una serie de acciones violentas. El Congreso Obrero Textil denuncia, en octubre, la agresión a balazos a trabajadores de Alpargatas, entre ellos el Secretario General del gremio, Ignacio Huguet.
Agresiones similares se producen contra trabajadores de La Mundial y de Cuopar.
Aunque los trabajadores hacen las denuncias ante la policía, señalando con nombre y apellido a los responsables de las agresiones armadas, estos permanecen impunes.
Ante la situación que se vive, el sindicato de los textiles resuelve entonces «Reiterar la decisión del COT de recurrir en todos los terrenos a todas las formas de la legítima defensa para impedir que los asalariados del IUES perturben el ejercicio normal de los derechos sindicales «.
Ni las becas internacionales ni las acciones de matonismo sindical, a la vista y paciencia de las autoridades policiales, consiguieron detener la rápida decadencia del sindicalismo amarillo en el país.
A mediados de junio del 66, reconociendo su falta de representatividad, se autodisuelve la Confederación Sindical del Uruguay (la CSU, fundada en enero de 1951. constituyó el más largo intento de división orgánica del movimiento obrero en los últimos 40 años).
Factor clave en el desfibramiento de la CSU fueron su connivencia con las patronales y las denuncias públicas del sindicalismo clasista acerca de los vínculos que los dirigentes de esa central mantenían con la Embajada y distintas agencias del Estado norteamericano.

Contra las libertades públicas

«Debe terminarse de una vez por todas con el excesos de libertad que existen en el país y que han determinado la actual situación «.
Ministro de Defensa Nacional, General Hugo Moratorio. Diciembre de 1966.

Los últimos meses del gobierno de Alberto «Titito» Heber se caracterizan por el endurecimiento y el empleo de la violencia contra el movimiento sindical.
En ese momento, se retoman los esfuerzos del Gral. Mario Aguerrondo y del Gral. Ventura Rodríguez para modificar la Ley Orgánica para militarizar a la policía.

Incidentes en el puente del Pantanoso

El 7 de octubre, al medio día, los trabajadores del Frigorífico Nacional, que enfrentaban desde tiempo atrás el desmantelamiento de la empresa, fuente de trabajo para alrededor de 4.500 obreros, ocuparon la Planta del Cerro y organizaron una manifestación pacífica hacia el puente del Pantanoso.
Allí fueron violentamente detenidos por efectivos policiales y de la Metropolitana. Varios manifestantes fueron esposados a postes en los terrenos descampados de los alrededores del arroyo.
Con el apoyo de gente del barrio, los trabajadores levantaron barricadas en el puente. Los incidentes se prolongaron, al decir de «El Diario», cuyos fotógrafos registraron numerosas imágenes de los episodios que durante varias horas, se extendieron por Carlos M Ramírez, la Curva de Grecia y calles aledañas.
Desde la jefatura de la Guardia Metropolitana, el Mayor Alberto Ballestrino (posteriormente como General será uno de los protagonistas militares del golpe del 73) acompañaba al Gral. Aguerrondo que dirigió personalmente la acción.
Entre los trabajadores hubo 50 presos en la Seccional 24° y dos heridos de bala.
Ese mismo día «El Diario» publica las fotos y se reúne el Consejo Nacional de gobierno donde Alberto Heber justifica la represión acusando a los trabajadores de «asonada». Replicando, el Consejero Amilcar Vasconcellos denuncia la violencia policial exhibiendo las fotos del vespertino.
Otro consejero colorado, Alberto Abdala, señala que «no podemos seguir aceptando lo permanente cantilena que son los dirigentes sindicales los que están provocando estos episodios «.
El episodio, tres semanas antes de las elecciones nacionales, tuvo una honda repercusión No sólo en el Cerro, donde todavía el lunes 9 efectivos de la Metropolitana seguían patrullando, sino en todo el país.

Culmina la unificación sindical: estatuto y programa

Junto con los conflictos parciales que libran los gremios el movimiento va consolidando su proceso de unificación.
Entre el 6 de agosto y el 28 de setiembre finaliza la aprobación del estatuto y del programa de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT).
Este proceso de unificación. la culminación del otro de larga duración que repasamos someramente antes, es de una gran importancia para la historia popular, la historia del pueblo trabajador, regiones olvidadas en la historiografía reciente ya bajo los efectos directos o indirectos de ideología neoliberal.
En un trabajo de Raúl Iván Acuña («¿A Dónde va el sindicalismo uruguayo?», Arca, marzo de 1967), el autor le pregunta a Gerardo Gatti: ¿Qué debe hacer el sindicalismo uruguayo para no caer en la vieja actitud de tendencias que tanto lo han dividido?
Gatti: (…) «primero, nuestra realidad histórica muestra con claridad que un sindicato o central sindical etiquetado con una tendencia resulta ahora negativo. El sindicato, en nuestro país y en nuestro tiempo, debe ser un organismo abierto a todas las opiniones, a todos los obreros, a todas las creencias, ideologías, religiones, etc.
Segundo: en el provecto de estatutos de la CNT que se elaboró para el Congreso de Unificación Sindical se estableció para la nueva etapa (…) que los sindicatos son independientes del estado y de los partidos políticos (…)».

Acuña: ¿El sindicalismo se puede autobastar?
Gatti: «No soy creyente del sindicalismo como doctrina. El sindicalismo no es una doctrina. Es un movimiento, que es algo muy distinto. Lo fundamental es que dentro de cada sindicato operen las tendencias, aparezcan como tales y se definan como tales. El sindicalismo no se puede autobastar ideológicamente. Pero sí debe definir un programa de clase y los medios para lograrlo.
El sindicato como organismo debe ser independiente. Pero para que resulte útil para el cambio social, para el tránsito hacia nuevas etapas sociales – justas, libres, imprescindibles – debe existir un juego intenso de tendencias definidas (en las bases del sindicato y en su dirección) operando abiertamente como tales) y respetándose mutuamente.
(…) La nueva estructura sindical podrá posibilitar una forma de acción de abajo hacia arriba. Pero no la asegurará. Eso depende de otra cosa. Lo que va a determinar que las estructuras que creen – que pueden ser buenas – sean vivas como realidad, es que desde abajo – desde los talleres, las fábricas, las oficinas, las plantaciones – se opere activamente en la lucha ideológica y sindical, Y así definir una política de la clase obrera, que nada tiene que ver con ilusiones electorales o reformistas «.

Acuña: Promover los cambios por qué medios?
Gatti: «Mediante amplitud y lucha a fondo. La unidad no es algo en sí mismo. El hecho de haber dado forma a la CNT y de mejorarla hasta darle una consolidación orgánica como centro único de dirección o coordinación sindical, no representa de por sí el desiderátum. Ello posibilita una acción unida de toda nuestra clase contra un enemigo interior y exterior; para derrotarlo. Por eso es importante. Esa unidad, para «funcionar» depende de la lucha. De una concepción de lucha que se tenga. Y le afirmo, Acuña, que por la vía sindical y popular; por la unión directa de los sindicatos – que no pueden ser furgón de cola de nadie – se debe actuar. «Utilizar» esa unidad para lograr los cambios que el país necesita, teniendo a los sindicatos como promotores y a los trabajadores como protagonistas, es tarea realista que debe convocar el esfuerzo permanente». (Ob. cit., pág. 13 y ss).
En el curso del año 1966, el movimiento no tendrá sin embargo la pujanza demostrada en el plan de lucha de 1965. No obstante, el 15 de setiembre se organiza un paro general, con gran respaldo de los trabajadores contra el proyecto de reforma constitucional, papeleta «naranja», impulsada por los sectores mayoritarios de los partidos tradicionales.

El movimiento visto desde afuera

Con divergencias internas el movimiento continuaba desarrollándose con fuerza. Es significativo en ese sentido que dos diarios conservadores europeos como el británico «The Economist» y el francés «Le Figaro» en su cobertura sobre los resultados electorales en los primeros días de diciembre del 66, se refieran especialmente al movimiento sindi cal.
«The Economist» habla de que Uruguay vive una «agitación laboral prolongada y por momentos violenta».
Por su parte «Le Figaro» expresa: «en un año, el índice de alza del costo de la vida alcanzó más de un 80%. El país atraviesa una inflación galopante y estuvo al borde, hace poco, de una bancarrota bancaria. Por último, las huelgas continúan amplificándose y la inquietud social acaba de manifestarse en las últimas elecciones por el crecimiento importante de la extrema izquierda «fidelista». Sin embargo no hay el menor peligro de «subversión  comunista» en este país».
En ese período uno de los principales diarios brasileños escribía: » la verdad es que los acontecimientos del Uruguay amenazan colocarnos, de un momento a otro, delante de una situación perfectamente idéntica a la que, en 1851, obligó al Brasil a cruzar las fronteras del Sur para que la república Oriental no fuese absorbida e integrada en la Argentina de Rosas. Hoy, la historia parece querer repetirse, tales son las  condiciones en que allí se procesa aceleradamente la revolución bolchevique. En los dos reportajes citados antes, nuestro enviado especial nos coloca delante de una coyuntura de la más excepcional gravedad, pues lo que relata en sus correspondencias no son ya los preparativos para la ocupación definitiva de la república por un gobierno comunista, sino la acción del comunismo en sí, determinando diariamente las tareas de sus adeptos. A tal punto han llegado las cosas que de esa maquinaria, y sólo de ella, depende que que la vida transcurra normalmente o que los servicios públicos sean paralizados, de acuerdo con los intereses dirigentes del Partido Comunista. Más explícitamente, el tránsito en las calles, los servicios de teléfonos y telégrafos, los frigoríficos, el comercio y de un modo general, la pequeña industria – que se esfuerza por sobrevivir en aquel ambiente terrible- funcionan o dejan de funcionar de un momento para otro, siempre de acuerdo al capricho de los sindicatos obreros que se hallan hoy, en una proporción del 98% en manos de los adeptos de Moscú o Pekín. Es dentro de ese desorden permanente que la cámara de Diputados legisla, siguiendo las determinaciones de los líderes de extrema izquierda. Así, la sociedad oriental vive sobre un inmenso pañol de explosivos, esperando que llegue desde Moscú la orden de arrimar la antorcha a la mecha. Tan lejos han ido las cosas que únicamente no ha sido proclamado allí un régimen idéntico al de Cuba solo porque en este momento es más interesante para Moscú y  Pekín que la tierra de Artigas continúe siendo la sede de sus respectivos estados mayores con jurisdicción sobre toda América del Sur; y más particularmente sobre la Argentina y el Brasil, que precipitar los acontecimientos, porque éstos – y los dirigentes rusos y chinos lo saben muy bien – tendrían como inevitable epílogo una acción conjunta sobre tierra uruguaya de Brasilia y de Buenos Aires. En eso la estrategia moscovita es inteligente y moderará sus propósitos hasta que los preparativos de la insurrección general por los Brizola et caterva determine la conflagración del Continente «. (O Estado de Sáo Paulo, agosto de 1967).

Divergencias ante la reforma constitucional

Como decíamos, en los meses que anteceden a las elecciones nacionales, se abre en el movimiento obrero un debate sobre la actitud a asumir en el campo electoral y particularmente si impulsar o no un proyecto de los sindicatos, en materia constitucional.
Se hacen públicas, a través del semanario «Marcha», distintas posiciones, como la de Héctor Rodríguez: » Se ha lanzado la idea de enfrentar las reformas reaccionarias con una reforma popular Parece una manera de entrar en el juego diversionista  (…) Los proyectos reformistas aíslan, confunden y dividen «.
El 30 de marzo de este año, Jacinto Ferreira, a nombre de la Unión de Obreros, Empleados y Supervisores de FUNSA, comunica a «las organizaciones sindicales y populares» la posición de la Comisión Directiva, el Congreso de Delegados y la Asamblea General sobre estos temas.
Refiriéndose a los proyectos constitucionales auspiciados desde el Partido Colorado, el Partido Nacional y el Partido Comunista decía: «Entrar en el juego de la lucha por uno u otro proyecto de reforma es confundir a los trabajadores; es entrar en el juego politiquero y divisionista de la burguesía.
Estamos, entonces, opuestos a todas las reformas constitucionales no por un apoliticismo torpe y negativo (lastre que se ha arrastrado en el pasado pero que felizmente se ha superado hace mucho tiempo).
Estamos contra dichas reformas porque no ayudan en el proceso de unificación, porque paralizan la lucha, porque, en última instancia, concuerdan y concilian con el capitalismo y el imperialismo.
El Sindicato de FUNSA postula, en cambio, el correcto camino del plan de lucha de la CNT que deberemos llevar adelante con fervorosa decisión. Esta es nuestra posición»
.
A su vez, Gerardo Gatti, dirigente del Sindicato de Artes Gráficas, escribía en «Marcha»: «La dictadura del Poder Ejecutivo es una derivación natural del régimen democrático burgués en un período de crisis. Esa dictadura puede ejercerse post-golpe de estado, a través de un «gorila» o sin golpe, por un ejecutivo «democrático», dotado constitucionalmente de amplios poderes.
Algo de esto último buscan los textos de la Reforma Constitucional («naranja» y «gris») de blancos y colorados. Mientras las intentonas golpistas tampoco pueden ser descartadas, los ideólogos de la «reforma popular» (amarrilla) frente a eso reivindican los fueros (…) del parlamento. Frente a la amenaza de ejecutivos fuertes y de hombres fuertes, es utópico plantear reformas para tener un imposible parlamento fuerte. Lo único posible y realista es consolidar, unir, nutrir sindicatos fuertes, combinando su lucha con las mil y una formas de acción, adecuadas a cada situación, de los demás organismos de poder popular»
.

El Partido Comunista y la reforma propuesta por algunos sindicatos

Por su parte, el Partido Comunista vio en su proyecto de Reforma Constitucional la utilización de un nuevo instrumento de lucha:
«Es un instrumento que se ha dado a sí mismo el pueblo trabajador a través de 200 sindicatos para expresar por medio de él no sólo el repudio a los proyectos (de reforma constitucional) reaccionarios y al pacto reformista regresivo que en potencia ya existía en el ambiente nacional, sino también para expresar el programa positivo de la clase obrera, de la intelectualidad revolucionaria, de las capas medias del campesinado (…) el  programa positivo que expresa además la protesta por todo lo que está pasando, por todo lo que está sufriendo el pueblo trabajador y el país.
Es decir, tenemos expresado en un proyecto de reforma constitucional, el programa positivo que coincide en gran parte con el levantado por nuestro Frente Izquierda y que como plataforma política inmediata hemos postulado nosotros desde 1957.
(…) La reforma popular permite (…) que la izquierda aparezca con su voto unido a una alternativa real, que podamos actuar aun en medio de la feroz polarización electoral, que la lucha por la reforma popular nos permita zafar del tenebroso «voto perdido», ese termino que en los días anteriores a las elecciones siempre nos resta miles de votos».
Enrique Rodríguez, Revista «Estudios», N° 42. julio-octubre, 1966, págs. 76, 77 y 78).
Por su parte. en su informe de balance al Comité Central, elevado al XIX Congreso del Partdo Comunista celebrado del 9 al 13 de agosto de 1966, Rodney Arismendi, expresa:
«(…) La relación dialéctica entre períodos de acumulación y fases más altas de la lucha, se promueve también en cuanto a otras posibilidades por ejemplo, cuando 200 sindicatos lanzan la idea de una reforma popular también procuran, esta vez en el plano de la acción legal, encontrar un precipitador del curso político, o sea, promover,  a partir de premisas objetivas ya maduras, un cambio en la conciencia política de los trabajadores».
Y más adelante polemizando con lo que él llama las «viejas ideas de anarquistas o semi anarquistas,  sean o no planteadas por estos, expresa:
«Esta batalla electoral no es una posibilidad de toma del poder por «vía pacífica», esto que, por otra parte, nadie maneja. Es, pues, absurdo, que tales grupos proclamen que «el camino de la revolución uruguaya no pasa por la reforma constitucional» como si alguien sostuviera que la Reforma Popular y la elección integran un plan táctico de tal alcance. No solo la toma del poder sino cualquier ley radical se logrará únicamente por la acción revolucionaria de las masas «.
Como se ve, las divergencias no eran solo acerca de la reforma constitucional.
Como surge de estos textos, el debate trascendía lo estrictamente sindical, concerniendo a opciones políticas globales en las que se enfrentaba la estrategia – evidentemente no solo más teorizada, sino también más afianzada como práctica global que lideraba el PC –  con las posiciones de organizaciones más heterogéneas, con alguna inserción real en el movimiento, que de un modo u otro intentaban un camino revolucionario, pero poco estructuradas en lo teórico y con una implantación e influencia más diseminada e intermitente.
Inspirados en el hálito de revolución que recorría América Latina y empujados por la aguda crisis social que sacudía al estado burgués-dependiente uruguayo, buscaban construir un camino propio para la transformación revolucionaria y socialista del Uruguay.
Cierta perspectiva indicaría que las posiciones sustentadas en 1966 por León Duarte, Washington Pérez, Jacinto Ferreira y sus compañeros de la lista 1 en FUNSA, restringían la búsqueda de una alternativa revolucionaria, en tanto propuesta de acción inmediata, al campo de acción exclusivamente sindical.
La visión político estratégica no estaba ausente – como veremos-  pero en ese momento no pasaba de ciertas formulaciones demasiado generales poco aptas para orientar una línea política para la acción inmediata, terreno en el que notoriamente los aventajaba la acción más estructurada, tanto en lo nacional como en lo internacional, que desplegaba el Partido Comunista.
Este, por lo demás, siguió acrecentando a paso firme su implantación en el movimiento obrero y, no obstante las posiciones a menudo «seguidistas» o «adaptativas» que le imprimía a su táctica, la constancia de su accionar le permitió cosechar simpatías e incorporar militantes no sólo de la clase obrera, sino también de los llamados «sectores medios», de la intelectualidad y del movimiento estudiantil.

Lucha sindical y acción político electoral

Después del plebiscito, decía Héctor Rodríguez en «Marcha»:
«Que la Reforma Popular no ha constituido la esperada «defensa frente a las maniobras de las clases dominantes» – de que habló «El Popular» – los hechos lo han probado el 27 de noviembre con los resultados del plebiscito que aprobó la reforma naranja; que los diversos movimientos pro-reforma sirvieron finalmente a la creación «de un gobierno constitucional más fuerte» surge también de las cifras: más de 250 mil ciudadanos firmaron la reforma popular; pero menos de 100 mil la votaron; más de 400 mil firmaron la reforma colorada y casi todos fueron transferidos, como votantes, a la reforma naranja.
Si sólo se tratara de probar la inoperancia de la táctica de «reforma y contrarreforma» – que era lo que discutíamos con «El Popular» –  este artículo podría terminar aquí, porque las cifras electorales han probado que las campañas de firmas no esclarecen conciencias si no van seguidas por luchas para lograr el programa a cuyo pie se firmó».
Más adelante agrega: «La aceptación como dilema, por parte de la izquierda, de las trampas constitucionales con las que se buscaba (y se consiguió) en vísperas electorales eludir el dilema real, tenía que desquiciar – y desquició –  todo el planteo político de la izquierda y del país (…).
Concebida en términos puramente electorales la acción política de la izquierda necesitaba apoyarse sobre un proyecto de reforma diferente a todos los demás, que la salvase de la polarización – también electoral –  que podía producirse entre un proyecto colorado y un proyecto blanco, el día de las elecciones; pero ese proyecto diferente no resultó eficaz, fue absolutamente incapaz de salvar al país de un proyecto bipartidario (o intersectorial) que ahora será Constitución desde el 1° de marzo.
Ocurre que la polarización política real – la que se da todos los días durante 4, ahora 5, años – no coincide siempre con la polarización electoral, y esto es algo que no se advierte bastante en la izquierda a pesar del entusiasmo con que se habla – con razón – contra la ley de lemas. Los «enemigos» más atacados durante la campaña electoral (o el año electoral) son los que disputan votos de la izquierda dentro o fuera de los partidos tradicionales; pero con esos «enemigos», aliados a ellos se votan leyes, se firman llamamientos, se condenan abusos policiales, etc. durante todo el período no electoral (y a veces durante éste también)» (..).
Finalmente dice: » (…)  para la izquierda que no sabe o no puede expresarse electoralmente (pero que sabe luchar y quiere llevar al país hacia adelante); para la izquierda que está en los sindicatos, en los lugares de trabajo o de estudio, este no es el fin ni mucho menos: tal vez sólo la ocasión para un comienzo»
.
Hacia final del año entre varios sindicalistas que realizan un balance con R. I. Acuña en «Marcha», G.Gatti señala: «el año 1966 (aparece) en alguna medida, como de conservación de posiciones. No ha habido un avance en la planificación de las luchas por parte  de la clase trabajadora.
«Este ha sido un año, si se me permite una expresión muy usada en boxeo, en que hubo un cierto medirse de fuerzas. Salvo en algunos casos (…) en que se ha debido enfrentar la penetración extranjera en los sindicatos, comparado con el 65, el 66 ha sida un año en el cual el balance de nuestras luchas no es de avance (…) como sindicatos y como movimiento obrero estamos  formalmente enteros y hemos logrado formalmente la unificación, que antes  existía en los hechos y ahora está plasmada en un organismo».
(…) En cuanto a las metas que nos hemos trazado en la Asamblea Nacional de Sindicatos de enero y en el programa de la CNT entendemos que no se ha dado este año una batalla planificada y programada en cuanto a su conquista. Lo que se ha hecho sí, es detener los intentos de liquidarnos por parte del enemigo de clase. He aquí lo de «conservación».
(…) Las insuficiencias registradas – que han sido en materia organizativa y fundamentalmente de orientación –  y la existencia de factores internos disgregantes en el movimiento sindical (disgregantes en cuanto a la acción común), se vincula a la pregunta que hace Acuña (¿Existe una línea negociadora en los sindicatos?»].
(…) Precisemos una cosa: hasta tanto la situación social se decida en un sentido o en otro, con el triunfo definitivo de una clase o el triunfo de la otra, todo conflicto termina en una negociación. Esa es una salida prácticamente forzosa. La negociación podrá ser más favorable o menos favorable a cada una de las partes, pero se termina negociando un acuerdo o, aun, una derrota.
(…) Puntualizo que cualquier dirección sindical con la orientación o la situación objetiva que tenga, termina un conflicto o una lucha negociando. Salvo que se capitule totalmente con el triunfo de una clase, lo que no está planteado en este momento, es correcto la negociación.
(…) Hay tendencias que priman en algunas direcciones sindicales que parecen creer que la solución de los problemas se puede lograr por la habilidad en los contactos en la cúspide. Así dejan como enseñanza a los trabajadores que por esa vía conciliadora el movimiento sindical debe transitar.
Rehuyendo profundizar los métodos de lucha, que es la forma fundamental de crear conciencia, de dinamizar y dar sentido a la unidad.
La pregunta de Acuña formulada en cuanto a si es cierto que en la mentalidad de los trabajadores existe la creencia en la majestad del Parlamento, cabe contestarla negativamente. Esa creencia existe si en dirigentes políticos que actúan en diferentes planos, y no en la mentalidad del común de la gente.
(…) El Parlamento está desprestigiado en cuanto a su eficacia, en cuanto a su situación de corrupción – 383, autos baratos, etc.,- (…) Lo que la gente quiere es algo efectivo. La burguesía ha aprovechado eso, sosteniendo que para solucionar la crisis se precisa un gobierno fuerte, ejecutivo frene: la solución «naranja».
Pero en el pueblo oriental el afán de libertad alienta y los sindicatos lo han tomado en su lucha, por eso han logrado libertades y han impedido retrocesos. Esta sí que es una «majestad» posible, potencial: es la posibilidad de otra cosa fuerte que es el pueblo fuerte organizado, directamente en los sindicatos y en las entidades que el propio pueblo se sepa dar No en un utópico Parlamento fuerte.
(…) El éxito de una movilización no se mide por la habilidad de ningún parlamentario, ni por la sensibilidad del parlamento; el éxito de una movilización es la consecuencia de la lucha que en la calle hagan los trabajadores frente a la patronal, el Ejecutivo o el Parlamento.
(…) Hubo un hecho primordial en la ola reformista: la trampa, el fraude político que implica el pretender volcar hacia la Constitución, hacia su texto escrito los problemas reales que el país tenía y tiene. Habilidosamente los dirigentes políticos comprometidos en la actual situación, y que no deseaban un cambio verdadero, referían a la Constitución lo que era realmente un problema de estructuras.
De ahí que calificamos de cortina de humo al reformismo constitucional gris, naranja, amarillo, rosado.
«Lo más grave de todo es que esa cortina de humo cuajó, y se confundió a la gente. El primer rubro autocrítico. No fuimos capaces de disipar el humo a través de un plan de lucha consecuente y profundo mostrando a la gente que sólo por la lucha, podíamos y podemos resolver los problemas. Y no por la vía de un cambio constitucional.
«Además en medio del humo, como siempre ocurre cuando se largan bombas lacrimógenas se aprovecha para dar palos. Y en medio del humo, nos metieron la reforma naranja analizada adecuadamente por el movimiento sindical con los elementos negativos ya apuntados. De haber mediado un enfrentamiento unitario del movimiento obrero en lo político y sindical reivindicando todos, no otra reforma sino un plan de lucha a fondo, estamos seguros que la reforma naranja hubiera sido derrotada.
(…) La política de la CNT ante el nuevo gobierno debe ser la misma que ante el viejo (…) delineada en 1965. Puede cambiar la envoltura del régimen, pero sigue vigente el contenido. Tampoco cambiamos nosotros. En la medida que el movimiento sindical – frente a este tema como frente a otros – en los hechos aplique su programa, será «el escudo de los débiles» y la fuerza que en torno a sí pueda nuclear vastos sectores del pueblo. Es la unidad para la lucha.
El lema esencial en cuanto a salarios no está referido, paradojalmente, al salario. En un período de inflación y carestía, referir la acción sindical a una política de salarios puede ser una aparente habilidad de planteo. Nada más que eso.
Se ha dicho que mientras suben en ascensor los precios, los salarios suben en escalera. En este caso podemos poner a la escalera peldaños más lustrosos, pero lo importante  es tomar el ascensor e impedir que suba».
(3)
Lo importante es que el movimiento sindical base o relacione su política de salarios con la lucha por la tierra, el desarrollo de la industria, la seguridad en el trabajo, la resistencia a la especulación, por medio de una lucha adecuada y profunda que posibilite la unificación de los trabajadores».

NOTAS

(1) Real de Azúa. “Uruguay hoy”, pág. 267. “ (…) la consigna de la revolución ahora que imanta a los grupos más peculiares del conglomerado conocido comúnmente como «la tendencia»”.

(2) Con menos extensión, el atraso en los pagos también aparece en el sector empresarial privado. En el caso del periódico “Clarín”, propiedad del Presidente del Consejo Nacional de Gobierno, Alberto Heber, se llega a cuatro meses de atraso.

(3) “Tomar” debe entenderse aquí, de acuerdo al contexto, como apoderarse de los centros de decisión que generan el alza de precios. (H.C.)

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