viernes 30 de octubre, 2020

LOS QUE MANDAN

Publicado el 12/08/08 a las 12:05 am

Por Constanza Moreira


Este domingo tuvieron lugar en Bolivia los comicios para decidir si derogar o no el mandato del presidente, Evo Morales, del vicepresidente, García Linera, y de ocho de los prefectos. El referéndum revocatorio, un tipo de mecanismo de «democracia directa» que está en boga en América Latina y que sirve en algunos casos (claramente en el caso de Chávez, en Venezuela), como un instrumento de re legitimación de las figuras del Ejecutivo, está causando una enorme conmoción en Bolivia. De hecho, denuncias sobre golpes de Estado «encubiertos» han sido frecuentes en el proceso y el clima político está al rojo vivo.

Las manifestaciones en Tarija contra el presidente Morales han ocasionado la cancelación de la visita de al menos dos presidentes que comparecerían en Bolivia en estos días: Cristina Fernández y Hugo Chávez. Tres prefectos se declararon en huelga de hambre. Una de las caras más manifiestas del conflicto es la protesta contra la reducción de la porción del impuesto a los hidrocarburos que es repasada a las provincias, y constituye una de sus principales fuentes de financiamiento. La reducción de este impuesto iría a financiar una transferencia monetaria directa a los ancianos en situación de pobreza extrema. Sin embargo, a nadie se le oculta que no es por este subsidio que el clima político está enrarecido. El problema es con la nueva clase política boliviana. El problema es «con los que mandan», por usar el título de un libro que en su momento fue una obra de referencia en los estudios de elites, de José Luis Imaz. Y, desde que los gobiernos progresistas han asumido el comando en buena parte de los países de la región, se está produciendo una inflexión en el estrato social, étnico, y de género, de la llamada «clase política».

Tradicionalmente, los llamados partidos «oligárquicos», o partidos «de notables», estaban guiados por una elite política cuyos vínculos con la elite económica eran de sangre. Eran los hijos de las familias oligárquicas quienes gobernaban los destinos de los países: quienes estaban llamados al mismo tiempo a ser los jefes militares y los líderes de las grandes divisas políticas. En Europa, los sectores populares entran a la escena política con la aparición de los primeros partidos socialistas. Es el momento en que los partidos no son creados y reproducidos desde la escena parlamentaria, sino que cuentan con bases «desde abajo». De hecho, los primeros partidos políticos de masa, en Europa, son los partidos socialistas. La razón es simple. Los partidos socialistas extraían sus líderes de, entre otros, los militantes sindicales. Con la aparición de los partidos «clasistas», en Europa, se dijo que «el trabajo entra a la política». Con ello, se consumaba la separación y la autonomía entre la esfera económica y la esfera política. Aparecieron, también, los llamados políticos profesionales.

Este proceso en América Latina está retrasado por el mismo retraso con que la región consolida sus regímenes democráticos. Los sucesivos golpes de Estado en la mayoría de ellos, van de la mano con «revoluciones oligárquicas» que tienden a desplazar a las nuevas elites, para recobrar el control del sistema. Un caso ejemplar lo constituye el dispositivo, en Chile, de impedir presentarse como candidatos políticos a los líderes gremiales. Más aún, están impedidos de participar como candidatos líderes de cualquier asociación gremial, sindical o civil. La medida es producto de la dictadura de Pinochet y aún no fue derogada.

El caso de Bolivia es el más paradigmático de los casos de recambio de elites en el poder, pero Brasil y Uruguay siguen una trayectoria similar. En el sitio web de la Presidencia de Bolivia se describe a Evo Morales como «nacido en una comunidad pobre y extraviada en el territorio nacional y descendiente de una familia aymara». Fiel a sus orígenes, Evo Morales nombró como ministra de Justicia a una ex trabajadora doméstica y a una dirigente campesina como ministra de Producción y a un líder vecinal como responsable del Ministerio de Aguas.

La composición de la Asamblea Constituyente arroja un dato contundente en ese sentido: de sus 255 miembros, 52 se dedican a ocupaciones poco calificadas, y la casi totalidad de ellos pertenece al MAS (Movimiento al Socialismo), del presidente Morales. Lo mismo sucede con los que se autoidentifican como indígenas y que constituyen casi la tercera parte de los miembros de la Constituyente (27%). De hecho, sólo un 4% de los constituyentes se define como «blanco». Es evidente que es el triunfo del MAS, es que incluyó a los «pobres» y a los «indígenas» en la vida política como ciudadanos plenos (esto es, como aquellos que no sólo eligen sino que también son elegidos para desempeñar cargos políticos).

En Uruguay, los partidos políticos ya contaban con representaciones sociales diferenciadas. Un estudio de elites realizado en 1994 mostraba que el Partido Nacional era el principal reclutador de elites provenientes del sector agropecuario (un 30% de sus integrantes provenía de familias de agricultores y ganaderos) y el Partido Colorado tenía cuadros profesionales y técnicos (35%) y empleados de oficina (20%). El Frente Amplio era el único de los partidos cuyos miembros han venido de familias de artesanos u operarios. Los estudios recientes muestran que en el FA predominan líderes de gremios y asociaciones (algo que sería imposible en Chile, por ejemplo) en mucha mayor medida que en el resto de los partidos: profesores, líderes estudiantiles y líderes sindicales. El 38,4% de los legisladores del FA fueron «trabajadores», un porcentaje que es casi inexistente entre los parlamentarios blancos y colorados.

En Brasil, este fenómeno se ve reforzado por la misma característica del presidente Lula: el obrero que llegó a presidente. El propio Partido de los Trabajadores había nacido con la vocación de ser el «brazo político» del movimiento sindical. Aunque la proporción de legisladores identificados como «trabajadores» es menor en el PT que en el FA, en el resto de los partidos es casi inexistente. Un estudio que analiza el impacto de distintas variables sobre la probabilidad de acceder a un cargo político muestra que ser empresario, tener plata para hacer una campaña, ser médico o ingeniero, o ser productor agropecuario, entre otras, aumentan entre 3 y 10 veces la probabilidad de ingresar en política. Los partidos de derecha son los que en mayor medida reclutan empresarios. En cambio, los partidos de izquierda reclutan trabajadores de todo tipo, de cuello «azul» (obreros) y «blanco» (funcionarios públicos, profesores). Para un legislador de izquierda, lo más determinante de su acceso a la política es su inserción en la estructura del partido. Por eso los legisladores de la izquierda son infinitamente más dependientes del partido para subsistir como tales, que los de derecha.

El único que sigue una trayectoria distinta es Chile. La elite chilena, a diferencia de la de los otros países del «giro a la izquierda», es cada vez más elite. Los datos son concluyentes en este sentido: mientras en 1990, al inicio de la transición, un 20% tenía educación secundaria, este porcentaje cayó a 4% en 2006. Asimismo, el porcentaje de los que tenían educación superior subió de 54% a 68% en el mismo año. A ello se suma que mientras los miembros de los partidos de izquierda en Chile estudiaban en el sector público a inicios de la transición, en cada vez mayor medida son reclutados de universidades y colegios privados. Los que estudiaron en las universidades públicas caen del 50% al 33% entre 1990 y 2006, y los que asistieron a un centro de estudios católico subieron de 37% a 44% en el mismo período. Este padrón de formación superior y secundaria en centros privados ya era parte de los partidos de derecha (UDI) y aun de la Democracia Cristiana. Pero ahora, la izquierda reproduce el mismo patrón.

El caso de Bolivia es el más extremo en el sentido del recambio de elites, pero nadie puede dudar que la clase política de hoy se parezca mucho más a su gente que lo que era en el pasado. Lo mismo sucede con Brasil, y lo mismo puede decirse, a otra escala, de Uruguay. Cuando pensamos en trayectorias divergentes en el «giro a la izquierda» de América Latina, deberíamos también observar qué es lo que está sucediendo con nuestras elites: quiénes son, dónde se forman, de dónde vienen. Y sin duda, es la izquierda la que tiene una deuda de «representación» con los trabajadores, los pobres, las mujeres y con la mayoría de los excluidos de la política «tradicional».

Tomado de La República, 11/8/08.

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