viernes 15 de noviembre, 2019

El 68 uruguayo: Capítulo 5

Publicado el 10/08/08 a las 6:18 pm

Malestar y efervescencia intelectual

«La realidad americana, claro está, ofrece al escritor un verdadero festín de razones para ser un insumiso y vivir descontento. Sociedades donde la injusticia es ley; paraísos de ignorancia, de explotación, de desigualdades cegadoras, de miseria, de alienación económica, cultural y moral, nuestras tierras tumultuosas nos suministran materiales suntuosos, ejemplares, para mostrar en ficciones, de manera directa o indirecta, a través de hechos, sueños, testimonios, alegorías, pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la vida debe cambiar Pero dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado, como ahora a Cuba, a todos nuestros países la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea, de las castas que la explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro anacronismo y nuestro horror».
Mario Vargas Llosa, agosto 1967.

¿En qué clima intelectual se gestaron las grandes luchas del año 68? ¿Cómo se preparó en el terreno de las ideas y de los sentimientos de aquel período de represión y rebeldía?
Por lo menos desde medio siglo atrás en Uruguay, a diferencia de la mayoría de las repúblicas de América Latina, de un modo u otro, todo habitante se sentía ciudadano, sujeto no sólo de derechos civiles y políticos sino también sociales, se definía como colorado o blanco, socialista o comunista, cristiano o anarquista.
Ahora bien, a partir de las nuevas relaciones de fuerza y la nueva inserción en el campo internacional, el sistema político bajo su forma tradicional gestó instrumentos de coerción estatal más fuertes para imponerle a la sociedad la reestructura que procuraba el sector financiero hegemónico.
La decadencia del llamado «Estado de compromiso» había instalado en el país la preocupación por la búsqueda de alternativas políticas, de nuevas propuestas y transformaciones de fondo.
Los resultados electorales, si los tomamos como indicadores del estado de ánimo popular, muestran que en las cuatro elecciones de 1954 a 1966, triunfaron los partidos o fracciones que se presentaban como «opositores».
En veinte años, todas las representaciones políticas de las distintas fracciones de la burguesía rotaron en el gobierno. En vísperas de cada elección, cada una de esas fracciones se presentaba como la «alternativa real» que anunciaba la inminente llegada de un «nuevo tiempo», de un «nuevo Uruguay», etc.
Durante esos veinte años hubo algunos intentos, inspirados en el batllismo primero y luego en las ideas «desarrollistas» de la CEPAL, en boga por entonces en América Latina (el Plan Agropecuario impulsado por Wilson Ferreira en 1961, que naufragó en el Parlamento por la falta de apoyo de su propio partido, la reforma educativa iniciada con el Plan Piloto en 1963, el Informe y las Recomendaciones de la CIDE, etc.). No obstante estas iniciativas, poco o nada duradero se logró para modificar las estructuras básicas que mantenían al país en el estancamiento económico y la dependencia.
A principios de la década del 60, al tiempo que crecía y se unificaba el movimiento obrero, que sus luchas se hacían más profundas y combativas, en nuestro país empezó a cuestionarse el espíritu conformista, la autoindulgencia que tanto favorecía a los defensores del orden conservador. Estos a su vez se fueron alejando cada vez más de las invocaciones democráticas que se hacían desde el país oficial.
Un número creciente de intelectuales, dirigentes políticos y militantes sindicales comenzó a cuestionar, con más rigor y con más coraje, los fundamentos y la viabilidad del estado paternalista y «benefactor» del «Uruguay batllista».
A comienzos de la década del 60, junto con la extensión de los teatros independientes, los cines clubes y otras formas artísticas populares, se va conformando un público bastante amplio para los escritores uruguayos. A partir de entonces se incrementarán las ediciones.
En 1966 se publicaron 430 nuevos títulos con 2.022.690 ejemplares. En 1967 son 647 títulos y alrededor de 3 millones de ejemplares («El País», 2 de enero, 1968). No era poco para un país económicamente en crisis y con poco más de 2 millones y medio de habitantes.
Simultáneamente al gran debate latinoamericano de los primeros años de la revolución cubana (proceso que desde el Uruguay se vivió y con el que se simpatizó, como quizás desde ningún otro lugar de América Latina), el país tranquilo, donde «nunca pasaba nada», comenzó a inquietarse.
En ese período hay un gran desarrollo de las obras de tipo ensayístico o histórico que tienden a hurgar en la realidad nacional tratando de ver más allá de la fraseología del Uruguay conformista.
Lucía Sala, Julio Rodríguez y Nelson de la Torre abordan con criterios marxistas la significación social de la revolución artiguista, en los primeros años del siglo pasado. La dimensión de nuestra principal figura histórica se vuelve comprensible; la concepción socialmente avanzada de su pensamiento, más vigente.
José Pedro Barrán y Benjamín Nahum inician su monumental obra sobre la evolución económica del campo uruguayo que se continuará luego en una mirada desmistificadora a las guerras civiles y luego de un profundo análisis del nacionalismo reformista impulsada por Batlle en las primeras décadas del siglo XX.
En literatura, por ejemplo, las obras más significativas, con independencia de su valor literario, de aquella época, como «El Paredón» de Carlos Martínez Moreno, empiezan a reflejar una visión crítica de la realidad moral del país cuyos habitantes se describen con los tonos grises de la mediocridad y la falta de coraje.
La mayor parte de la narrativa del período está interesada por situaciones o personajes de un modo u otro ligados a la crisis de conciencia y al compromiso político.
La obra más editada y leída del período, un ensayo de Mario Benedetti, «El país de la cola de paja» (8 ediciones en 10 años, más de 50.000 ejemplares vendidos), es también una requisitoria moral al «modo de ser» de los uruguayos, particularmente en su influyente pequeña burguesía que daba, en cierto sentido, el tono nacional.

Maggi quiere un «hombre nuevo», pero «antes deben doler los huesos del alma».

Carlos Maggi, en una obra también muy leída (4 ediciones entre 1963 y 1968), «El Uruguay y su gente» (Editorial Alfa), es un fiscal implacable del estilo moral prevaleciente en el país: «el uruguayo es subsidiario de una ética de facilidad, conformista, cómplice de la mediocridad y de las mentiras ajenas «.
Dice allí: «La sociedad está postrada, envejecida. En el Uruguay no hay lugar para lo nuevo. Los viejos infectan el país con su retraso. No hay lugar para los jóvenes a quienes los viejos solo les ofrecen emporcarse como ellos».
Maggi cita a Vaz Ferreira: «La humanidad se humaniza, por excitación y el progreso se hace castigando a la especie».
Reclama para el país «una regeneración necesaria durante la cual se sentirán doler los huesos del alma «. «Y de ese ejercicio «, agrega, «saldrá un hombre nuevo «.
Significativas resultan también las expresiones del senador Luis Hierro Gambardella en la edición del libro de Kurken Didizian, «Julio Cesar Grauert, discípulo de Batlle». (Diciembre de 1967. pág 15).
Hierro Gambardella destaca de Grauert: » (…) Batlle fue el más grande realizador socialista de América (…). Desde que Batlle careció de poder en el gobierno – decía en 1930 – aquella obra se detuvo. El problema social subsiste sin solución, y así permanecerá mientras no se ataque a fondo la estructura misma de orden económico existente (…). La riqueza es el resultado exclusivo del trabajo humano, en el que está incluido el del propio capitalista, pero éste retiene para sí, en el reparto, una porción infinitamente mayor de la correspondiente a su trabajo, por alto que éste aprecie (…). Al servicio de la total destrucción de la injusticia que encierra esa verdad, ha estado siempre el esfuerzo del Partido, y nosotros queremos mantenerlo en ese empeño, inflexiblemente» («Avanzar», N° 1, 12 de julio de 1930).
Más adelante dice el entonces senador del partido en el gobierno, refiriéndose a un titular de primera plana del diario «Avanzar»: «Batlle figura eje del proletariado americano»: «Lo estoy viendo digo porque fue uno de los acicates intelectuales y emocionales de mi adolescencia, de mi primera juventud. Véase cómo veía Grauert a Batlle como yo deseo que se vea a Batlle: como el gran inductor de las grandes revoluciones que tiene que hacer la juventud uruguaya «. (Pág. 24).
En febrero del 68, José Manuel Quijano entrevista a Juan García Elorrio, argentino, director de la revista «Cristianismo y Revolución» que se define como «camilista» o «cristiano revolucionario». Preguntado sobre «¿Cual es la posición de ustedes, como cristianos, con respecto a OLAS?», contesta: «Hay dos estrategias en juego en América Latina: una, la del Pentágono, la OEA, la de las fronteras ideológicas de Onganía y Costa e Silva. Otra, orientada por el marxismo, la que surgió de la conferencia de la OLAS «.
«En el seno de la misma se reflejaron dos líneas: la castrista y la de los PC latinoamericanos, partidarios de la coexistencia pacífica. En las resoluciones predominó la primera línea y nosotros adherimos a la misma interpretándola como un reto a los revolucionarios de cada país para que elaboren un plan de lucha a partir de la realidad nacional. Nada debe ser copiado. La revolución es también una obra de creación » (1).

La Iglesia Católica

«Los jóvenes se adelantan a emplear la palabra revolución y a explicar su sentido: cambio profundo de las estructuras mentales y materiales. Preguntados sobre si la oligarquía les cerrara el paso por la fuerza, ¿aceptarían la revolución violenta? Responden: «Sí. Si no hubiera otro recurso».
César Aguiar y Raúl Bava, «Epoca», 3 de agosto de 1963.

Paralelamente, hay otro fenómeno interesante: la evolución de la Iglesia Católica. Esta «que a diferencia del protestantismo – estrechamente unido a la revolución industrial – se había quedado más anclada en las sociedades agrarias, había reaccionado a la secularización de las sociedades industriales con dogmas y prohibiciones.
A la muerte de Pío XII, en 1958, el Papa Juan XXIII (1958-1963) y Pablo VI (1963-1978) iniciaron una reforma que supuso un cambio en el papel de la Iglesia. Para ello entraron las discusiones en las reformas internas, en la responsabilidad social de la Iglesia, sobre todo en el Tercer Mundo, subrayada en diversas encíclicas y en un nuevo debate abierto con el comunismo». («El Siglo XXI», Wolfgang Benz y Hermann Graml, I’ Siglo XXI, págs. 345 y 346).
El Concilio Vaticano II(1962-65) provocó la división entre tradicionalistas y progresistas. Estos, según los historiadores Dreyfus y Livet, «tendieron a hacer de Karl Marx un quinto evangelista». (Ob. cit., págs. 345 y 346).
A partir de entonces en nuestro país se abrió lo que Héctor Borrat denominara en los «Cuadernos de Marcha» (diciembre de 1967) la «inesperada primavera» de la Iglesia: «Como no admirarse, en efecto, cuando una insólita, novísima dinámica de cambios gana a un grupo social habitualmente tan cerrado y estático como aparecía el catolicismo uruguayo, precisamente ahora, cuando los otros cambios que el país reclama parecen detenidos o pospuestos, ahora cuando el Uruguay no sólo se encuentra estancado sino en franco proceso de involución» (2).
En ese período se editan, las nuevas revistas católicas «Víspera» y «Cuadernos para el diálogo» (Julio Barreiro, Eduardo Payssé González, Alberto Methol Ferré, César Aguiar, etc.).
En «Víspera» N° 4, de enero de 68, Alberto Methol Ferré escribe: «(…) Deseamos que Guevara no sea inmolado en la demasía del llanto, en la retórica, y que convoque lo suyo, lealtades severas (…)». Más adelante dice: «Guevara empuña una dignidad sobre-cogedora en su vocación latinoamericana rechazando de sí las mecánicas consabidas, pero fatalmente condicionado por ellas (…)». Finalmente expresa: «En fin, todo esto no es más que un conjunto de ideas a tomar en cuenta, a propósito de la muerte del Che Guevara, ni político ni pensador sino el más aguerrido soldado revolucionario latinoamericano. Y para nosotros, un gran legado y responsabilidad: su hermandad de sangre con Camilo, deja abierto horizontes de los grandes encuentros. Y deja también la dimensión exacta de ese horizonte: fue reconocido el «primer ciudadano latinoamericano (…)».
«La inesperada primavera» había empezado a florecer ya desde mayo de 1961 cuando se conoció por estas tierras la encíclica «Mater e Magistra» (Madre y Maestra).
Aquí Juan XXIII pone en el orden del día lo que él llamaba el mayor problema de la época moderna: «las relaciones entre las comunidades políticas económicamente desarrolladas y las comunidades políticas en vías de desarrollo económico. Las primeras consiguientemente con alto nivel de vida; las segundas, en condiciones de escasez y de miseria».
Esta encíclica fue seguida por otras cada vez más explícitas en lo relativo a los problemas sociales que afligen al mundo contemporáneo.
El 11 de abril de 1963 se difunde otro documento importante, la encíclica «Pacem in Terris (Paz en la tierra), seguida (7 de diciembre de 1965) por «Gaudium et Spes» (Constitución Pastoral de la Iglesia), que definen nuevos conceptos en torno a la misma problemática.
Las deliberaciones del Concilio Vaticano II provocaron un enorme impacto en la jerarquía eclesiástica latinoamericana. También en los laicos que la acompañaban. Como decía César Aguiar, «de nada sirve una iglesia libre en una sociedad de muertos», celebrando los textos de los nuevos obispos como «primicias de un nuevo tiempo». («Cuadernos de Marcha», enero 1968. pág. 5).
Las figuras de Hélder Cámara, arzobispo de Recife (Brasil) y de Antonio Fragoso, obispo de Crateus-Ceará, encuentran eco en las deliberaciones de la 10º asamblea extraordinaria de la CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana), desarrollada en Mar del Plata en octubre de 1966.
En ese contexto se difunde también el mensaje de los obispos del Tercer Mundo, la carta de 300 sacerdotes brasileños a sus obispos.
La recepción de estos documentos por las clases dominantes latinoamericanas, se podría sintetizar en las expresiones del Cardenal Cardjin: «Si el Papa fuera a América del Sur lo detendrían por comunista» (3). O como dice Monseñor Cámara: «el problema número uno de América Latina no es la falta de sacerdotes sino el subdesarrollo».
La dramática evolución de la Iglesia latinoamericana se va a encarnar en las decisiones adoptadas por el sacerdote colombiano Camilo Torres, quien, en carta dirigida a sus superiores en la jerarquía eclesiástica, a principios de 1966, pide ser relevado de sus obligaciones sacerdotales para incorporarse a la guerrilla, pasando a integrar las filas del Ejército de Liberación Nacional.
Un salto en calidad en el proceso de definiciones del episcopado latinoamericano está constituido por la Conferencia de Medellín.
Como dice Héctor Borrat, Director de «Víspera», Un servicio para América Latina del Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos: «si las palabras claves de la CELAM de 1966 habían sido «desarrollo e integración», la palabra clave de Medellín será «liberación», que implica una situación de servidumbre que hay que romper, un enemigo contra el cual combatir, una lucha, una acción política en procura de cambios rápidos y profundos. Para decirlo en una palabra: una revolución (…). Del lenguaje de los desarrollistas pasamos así, al lenguaje de los revolucionarios «. (Cuadernos de Marcha, N° 17, Pág.4).
En nuestro país el proceso es acompañado con elaboraciones propias de la Teología de la Liberación (particularmente de Juan Luis Segundo, S.J.) y pronunciamientos oficiales como la «Carta Pastoral de Adviento», del 1° de diciembre de 1967, firmada por la mayoría del obispado uruguayo.
A partir de entonces, pronunciamientos muy claros del Arzobispo Coadjutor de Montevideo. Monseñor Carlos Partelli, y de Haroldo Ponce de León, Arnaldo Spadachino y Uberfil Monzón, entre otros, van a marcar los lineamientos de una Iglesia Católica, o por menos una parte considerable de su jerarquía, comprometida con la lucha popular, atenta al acontecer obrero y estudiantil que emite opinión sobre los grandes problemas y se hace presente en circunstancias de fuerte conmoción popular. Nunca como en ese período la actividad de la Iglesia uruguaya tuvo tanta resonancia. Si bien en su seno subsistían las corrientes tradicionalistas, el liderazgo, en esos años, mantuvieron los obispos de concepciones políticas más avanzadas.
Esto explica también el compromiso que después adoptaran con la lucha obrera y popular curas y seminaristas católicos incorporándose algunos – incluso – a la acción guerrillera.
En julio de 1968, ya bajo la vigencia de las Medidas de Prontas Seguridad, el Presbítero Juan Carlos Zaffaroni, en una entrevista en TV había defendido la legitimidad de la violencia revolucionaria. Días después sostenía en «Marcha»: «el prejuicio de los cristianos contra la violencia es (…) en la mayoría de los casos, un prejuicio social, un prejuicio de clase. Es evidente que si el mensaje de Cristo hubiera estado presente y encarnado auténticamente en las clases humildes los cristianos del mundo no dudarían en levantarse en armas en estos momentos para combatir la esclavitud económica cultural a que lo someten el imperialismo y las oligarquías. Sucede, por el contrario, que la mayoría de los cristianos están tan lejos de sentirse proletarios que en muchos casos forman parte de esa misma oligarquía explotadora «.
Y más adelante agrega: «Tomar la cruz de Cristo puede ser muy bien lo mismo que tomar la metralleta para luchar. Camilo (Torres) muerto en las montañas de Colombia es una nueva imagen de Cristo crucificado.
El cristiano que no comprendo esta nueva forma de amor al prójimo que guarde al menos respetuoso silencio frente al inmenso sacrificio de amor que están realizando tantos hombres honestos en el mundo.
Que no obstaculicen con sus monsergas a los que luchan, ni oculten su cobardía con parloteos. Dejar hacer es también una forma de hacer Tal vez sea ésta la única manera de que algunos cristianos puedan ser revolucionarios «.

En el campo sindical también hay un proceso de radicalización en el sindicalismo cristiano. Por ejemplo, un dirigente de la CLASC (Confederación Latino Americana de Sindicalistas Cristianos), Miguel Cardozo, le dirá al periodista de «Marcha» Raúl Iván Acuña: «(…) queremos un cambio revolucionario. No queremos una promoción para fortalecer al régimen capitalista, ni menos una integración en el actual régimen económico, social, político y cultural, porque esto provocaría la consolidación definitiva de una sociedad que se basa en el privilegio y el poder de una minoría «.
Como decíamos, en la década del 60 irrumpe una nueva generación de médicos, economistas, cientistas sociales, historiadores, arquitectos, etc., con vocación de poner sus conocimientos y aptitudes al servicio del conjunto de la sociedad. De ahí surgirán renovaciones de los planes de estudio universitario, los trabajo académicos (cursos, investigaciones, seminarios, ediciones) que muestran desde un ángulo nuevo la realidad económica y social del país y así como la labor de asesoramiento a las organizaciones sociales y sindicales, la CNT, el Congreso del Pueblo, etc.
Cuando a fines de la década del 60 el fenómeno de la guerrilla comienza a desarrollarse una parte considerable de la intelectualidad lo ve con simpatía.
También desde el escenario político habrá aliento a la rebeldía: en octubre del 68, después de casi cuatro meses de duros enfrentamientos entre estudiantes y policías que habían costado la vida a Líber Arce, Susana Pintos y Hugo de los Santos, el senador blanco Juan Carlos Furest, dirá en el Parlamento: «Desde esta banca del Partido Nacional no aconsejo a los jóvenes mesura. Al contrario, que sean jóvenes, que no se vuelvan viejos y prudentes. Hay demasiados lomos agachados ante los dominadores «.

Artistas y escritores.

«Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del diablo. Pero entonces, a medida que comience a hacerse justicia al escritor latinoamericano, o más bien, a medida que comience a rectificarse la injusticia que ha pesado sobre él, una amenaza puede surgir, un peligro endiabladamente sutil. Las mismas sociedades que exiliaron y rechazaron al escritor pueden pensar ahora que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego; que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica.
Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad huana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor, o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras que irán de lo objetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista «.
Mario Vargas Llosa, agosto de 1967.

En 1969, la ganadora del «Premio de los jóvenes 1968», Cristina Peri Rossi, dedica su libro, «Los museos abandonados» (Arca 1969): «A los guerrilleros. A sus héroes innominados. A sus mártires. A sus muertos. Al hombre nuevo que nace de ellos. Aunque este sea, en definitiva, el más torpe homenaje que se les puede hacer».
La obra de teatro más exitosa del año, la que tuvo más público, la que fue más aplaudida fue «Fuenteovejuna». Como es sabido, la obra de Lope de Vega es de por sí bastante «subversiva» (se trata del ajusticiamiento a manos del pueblo de un torturador).
Los que pusieron en escena la obra en Uruguay, hicieron aun más explícito el mensaje de Lope de Vega, agregándole estas líneas:
«Que basta que un hombre entienda/que para seguir viviendo
y seguir un hombre siendo/es fatal que se defienda.
Que es triste pero es preciso/tener un arma en la mano
para ser su soberano/y no un esclavo sumiso «.
Si en vísperas de la Nochebuena del 70, el Arzobispo de Montevideo, Monseñor Partelli, preguntado por un periodista acerca de «si la vía armada no sería el único camino para evitar una violencia mayor», responde: «Tengo dudas. Puede que sí puede que no, puede que quién sabe». Más significativas resultan las declaraciones de Juan C. Onetti publicadas en «Marcha» en el primer aniversario de la muerte del «Che»: «Pero la porfía del Che, profetizamos, es inmortal. Trepando, desembarazándose de tanta literatura, lágrimas y sentimentalismo arrojada encima de su pecho asesinado, Che Guevara está hoy otra vez – v van tantas – de pie, repartiendo rostros ymetralletas entre ansiosos resueltos checitos nacidos de su muerte y resurrección.

Atravesando palabras inútiles y diagnósticos torcidos Che Guevara va viniendo, va llegando». (11 de octubre de 1968).

Se podrían seguir acumulando las citas, los editoriales, los poemas, las canciones de protesta y los «cuplés» y despedidas de las murgas, para mostrar hasta qué punto hacia finales de los años 60 se extendía en amplios sectores del país un clima de rebeldía y profundos anhelos de cambio.

Y también hasta qué punto aparecían bloqueados los mecanismos políticos capaces de impulsar una renovación y de llevar a cabo los cambios que se veían como imprescindibles para sacar al país del estancamiento, de la desigualdad social creciente y del autoritarismo.

NOTAS

(1) Insólitamente, Juan García Elorrio fue secuestrado a la salida de «Marcha» el 17 de marzo de 1968, y trasladado a la Argentina por los funcionarios de Coordinación Federal de ese país. En Buenos Aires fue puesto en libertad a las pocas horas. Un tiempo después murió en un accidente de tránsito muy confuso no descartándose que se tratara de un asesinato político.

(2) El compromiso de la Iglesia con las causas populares dio lugar a uno de los libros más cuidadosos y coherentemente reaccionarios de esos tiempos: «Izquierdismo en la Iglesia», editado por la Sociedad uruguaya de defensa de la Tradición, Familia y Propiedad. 1976.

(3) León Joseph Cardjin, prelado belga (1882-1967), Vicario en una parroquia obrera en Bruselas, funda en 1925 la Juventud Obrera Católica (JOC).

Un Comentario para “El 68 uruguayo: Capítulo 5”

  1. ARLETTE

    Ago 13th, 2008

    CREO QUE TENDRIAMOS QUE VOLVER A RE-LEER LA VENAS ABIERTA DE AMERICA LATINA
    PATAS PARA ARRIBA EL MUNDO AL REVES
    Y ESPEJOS DE EL CIUDADANO ILUSTRE DEL MERCOSUR EDUARDO GALEANO

    ABRIRNOS CON TODA HONESTIDAD A UNA AUTOCRITA
    ELDEBATE HONESTO NO DEBILITA
    Y RECORDEMOS A LOS GRANDES FUNDADORES DEL F.A

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