sábado 24 de octubre, 2020

Los dispositivos de la desarticulación social

Publicado el 03/07/08 a las 11:49 pm

Foto de REL UITAEscribe: Pablo Anzalone

Se acercan velozmente tiempos electorales. No es poca cosa lo que está en juego y sería un grave error minimizarlo. Sin embargo ello no significa reducir el desafío  a cálculos  o presentaciones electorales.

El rumbo y el ritmo de las transformaciones planteadas para los próximos dos años  son un elemento clave de esta confrontación con la derecha que aspira a volver a controlar todos los resortes.

La elaboración del  programa a proponer a la ciudadanía es una gran oportunidad para reflexionar sobre el país que queremos. Aquí el análisis  debe tomar, como puntos de partida, los hallados cuando se asumió el gobierno, la herencia que todavía continua de fractura social, y desarrollar lo hecho por el  gobierno frenteamplista, que es mucho  pero también es  insuficiente. Cabe plantearse, desde allí, con  claridad, los grandes problemas que sigue teniendo nuestra sociedad. Estos deben ser los ejes de la propuesta para el próximo  período. No se trata  sólo de  continuar sino de profundizar aspectos sensibles del programa de transformaciones.

Algunos de esos problemas de fondo siguen siendo la desarticulación social, la  segregación, la exclusión, la fractura social y la infantilización de la pobreza. Los tiempos cuentan para impedir que se consolide una estructura social injusta y antidemocrática.  A pesar del gran crecimiento económico la desigualdad se mantiene.

En este plano opera  el debilitamiento histórico  de diversos mecanismos de integración social y la creación  o el fortalecimiento de otros dispositivos  con efectos de desarticulación social.

Vale la pena analizar estos mecanismos.

La inseguridad creciente es un  elemento multicausal que opera como dispositivo  de control social (pobres contra pobres) y de debilitamiento ciudadano.

El estudio sobre Percepción de Exclusión Social y Discriminación, realizado por el Observatorio Montevideo de Inclusión Social, cuyos resultados fueron divulgados a mediados del año 2007, arroja una serie de informaciones y conceptos importantes en este tema.

La sensación de inseguridad en diversos lugares oscila entre un 23% de inseguridad en los hogares de las personas hasta guarismos del 60% en espacios públicos del centro y 65% en las calles de noche[1]. Se trata de un elemento que contribuye a la retracción social, limitando la circulación social y la utilización del espacio público. Pero esto no opera en forma homogénea . Por el contrario la sensación de inseguridad barrial está muy  relacionada con el estrato socioeconómico del barrio. Son los barrios más pobres quienes se sienten más inseguros. Setenta por  ciento de las personas que viven en los barrios donde se concentran los mayores niveles de pobreza, aseguran que viven en barrios poco o nada seguro.

Por otro lado los habitantes de los barrios más ricos se  sienten tres veces más seguros en su casa que las personas que viven en barrios periféricos.[2]

Las consecuencias de desintegración social se van desplegando  desde diversos aspectos.

Por ejemplo esta situación  produce desconfianza hacia los vecinos.

Según este estudio  existen zonas donde el 75% de la población está de acuerdo con la idea que los robos en su barrio son de gente de la zona y zonas donde eso desciende al 19%. El promedio (engañoso como se ve) arroja  56%. Es en los barrios periféricos  donde la desconfianza hacia los vecinos es más alta.

Las limitaciones que las personas asumen en razón de este miedo son muy amplias y van desde reducir  sus vínculos personales, a disminuir  su participación social. En Montevideo unas 78.000 personas  aseguran que han dejado de participar en actividades  gremiales o comunales por esta razón.

La desigualdad  actúa también en relación con la distribución del espacio público. En los 11 barrios de Montevideo con  mayor poder adquisitivo, sólo un 7% consideró que no tenía espacios públicos cerca, mientras  en la periferia esa percepción subió a un 36%. Es decir que existe una  diferencia  de 5 a 1. Esto influye en la integración social y la socialización de estos sectores.

Dice el estudio de Percepción de exclusión social y discriminación: “Los más pobres son los que menos vínculos de confianza y solidaridad tienen y esperan del ámbito comunitario. En el otro extremo, los que más tienen, encuentran en sus comunidades cercanas espacios de confianza y relación fructíferas. La mitad  de la población más pobre tiene una participación cívica nula, mientras que los grupos sociales con mayor poder económico son quienes a su vez más participan, demandan y logran o ensanchar sus privilegios o mantener su status quo. La participación fuerte se concentra casi en un 70% en los sectores sociales más educados, particularmente en aquellos que tienen algún nivel de instrucción mayor a los 12 años de educación formal.”

Vale la pena destacar los resultados de este estudio sobre la participación activa en asociaciones u organizaciones

•          “De mujeres” alcanza el 3,3% entre las mujeres.

•          “De grupos de jóvenes” representa el 6,5% entre los menores de 30 años.

•          “De la tercera edad” el 8,3% entre las personas de 60 años y más.

•          “De profesionales” el 37,4% entre las personas que tienen 16 o más años de estudio

•          “Sindicato” 10,5% entre los que trabajan.

El sector en el que se desempeñan incide fuertemente.

Sector público: 22,8%        Sector privado: 5,9%

Es decir que la participación social reviste todavía niveles muy bajos. En los sectores más vulnerables los niveles de participación son menores.

Sin embargo hay que  destacar también  que en los jóvenes el interés por la política llega al 45 % y los niveles de desinterés total son los menores. Probablemente su forma de participación social no pase principalmente por los ámbitos barriales.

No estamos hablando de situaciones estancadas. Existen en la misma sociedad procesos contradictorios  que desarrollan valores diferentes. Sabemos de procesos como el crecimiento del movimiento sindical en afiliaciones y en fortaleza social y política, que comienzan a revertir esta situación. Estamos  en un contexto de debilidad de los sectores populares y de deterioro acumulado en la calidad de la  democracia,  a pesar del triunfo electoral de la izquierda. Por ello, la lucha ideológica en estos espacios y las líneas de acumulación hacia el fortalecimiento de la trama social, deben ser jerarquizadas como fundamentales en  una estrategia de izquierda.

Los miedos juegan un rol importante en el modo de vida de las ciudades  debilitando los mecanismos gregarios, los lazos de pertenencia y de solidaridad. El ejercicio de los derechos ciudadanos  y la participación de las personas en los temas públicos se debilitan. En ese mismo contexto se generan discursos que refuerzan el miedo y el control,  acentúan la discriminación y segregación en relación con los jóvenes y los pobres.

La confianza interpersonal en los barrios, el relacionamiento vecinal, la solidaridad esperada por los hogares, son factores que van conformando elementos de vínculo social. Socialización  con grandes desigualdades entre los sectores pobres y ricos de la sociedad. Si concebimos el poder como la capacidad de realización de sus intereses que tienen las distintas clases y fuerzas sociales, tanto en el  plano económico, como ideológico o político, estamos hablando de desigualdades en la producción y distribución del poder. Hay que visibilizarlas, analizarlas, denunciarlas, incluir la lucha contra estos dispositivos en los programas y en las prácticas de la izquierda.

Así como se desarrollan procesos concentradores y antidemocráticos también existen transformaciones de las relaciones de poder hacia una democracia más plena. La prédica, las acciones sociales o políticas, institucionales o comunitarias  para operar en esta batalla ideológica, tienen un sustento real en múltiples experiencias del campo popular. La etapa actual de la vida del país, la conquista del gobierno nacional y varios gobiernos departamentales, exigen políticas, que recogiendo aquellas experiencias, superen el carácter aislado, local y fragmentado de las mismas. Esta concepción supone asimismo una forma de encarar las luchas en el campo popular, superando enfoques corporativos, fragmentados, economicistas, sectarios, aislacionistas y  apuntando a construir valores transformadores hacia la sociedad.

La izquierda , tanto desde su gran instrumento político, el Frente Amplio, como desde las fuerzas sociales y las expresiones culturales del campo popular, tienen una gran batalla planteada  hacia la construcción de un clima nacional donde predominen los valores de la solidaridad, el vínculo social, la participación social y política, la justicia y la equidad, la tolerancia ante lo diferente y el pleno ejercicio de la ciudadanía de todas las capas de la sociedad.

 

[1] La inseguridad en las calles de los barrios en la noche alcanza al 68% en Montevideo , en Canelones y Ciudad del Plata al 57% y en Florida al 25%.

[2] No se trata de sensaciones  sin base fáctica.  La mayor parte de los delitos se producen en estos barrios. Y como señala el estudio “Los que más tienen para perder son los más pobres, aunque esto suene contradictorio. Porque lo poco que tienen es fruto de un esfuerzo acumulado que una vez que desaparece tarda mucho tiempo y trabajo en volver a la situación de inicio.”

 

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