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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

 

Pensando en José Martí: imperialismos, acuerdos comerciales y desarrollo latinoamericano
Escribe: Luciano Vasapollo

1. Introducción

En 1889, en Washington, tuvo lugar una reunión, organizada por el Senado de los Estados Unidos de América, que se recordaría como la primera conferencia panamericana.  El tema principal fue cuestiones monetarias.  Al proponer la reunión, el objetivo del gobierno estadounidense era hacer un pacto monetario; por entonces, como hoy día, los gobernantes eran bien conscientes de los efectos benéficos de una unión monetaria con países con poder económico más débil.  Mientras en aquella época, en Europa una unión parecía impracticable, en América, la idea parecía más realizable.  En aquellos días, de hecho, los Estados Unidos ya eran la principal potencia de la región, y desde 1845 habían intervenido mucho en la política latinoamericana. 

A esa conferencia también asistió Jose Martì quien en esa época era corresponsal en los Estados Unidos de varios periódicos [1] latinoamericanos.  Su discurso fue el que con más lucidez reveló los objetivos de los Estados Unidos de controlar la realidad social y económica de todo el continente, y mostró las repercusiones financieras que ello tendría para los países más débiles de la región.  Hoy día, el nombre de Martí se ha asociado de nuevo al debate sobre los problemas económicos, políticos y monetarios de América Latina, y del “Tercer Mundo” en general, en muchas reuniones internacionales sobre globalización, en Cuba y en todo el mundo.

Con esta memoria intento presentar, a modo de introducción, las ideas de Martí acerca del imperialismo, los acuerdos de comercio y los obstáculos al desarrollo que resultan de la interacción entre estas dos variables.  Examinaré la solución de Martí:  un partido revolucionario.

En la sección 2, se presenta el pensamiento de José Martí y se relaciona con Marx y Lenin.

La sección 3 trata la globalización neoliberal y el tercer mundo, poniendo de relieve los principales cambios ocurridos en el proceso capitalista en los pasados 25 años.

En la sección 4 se examinan las consecuencias imperialistas de lo que se describe en la sección precedente.

En la sección 5 se analiza el papel de los acuerdos de comercio en América Latina en la actual coyuntura internacional. 

En las conclusiones se aborda la importancia de las ideas de Martí en la concepción de soluciones de izquierda para los problemas examinados.

2. José Martí y el Partido Revolucionario

José Martí no era un marxista, aunque hay razones para creer que había leído al menos algunos trabajos de Marx, particularmente el Manifiesto.  Encontramos referencias a Marx (“ese alemán con alma de seda y puño de hierro”, según lo expresó Martí) y su obra en tres de los escritos periodísticos de Martí.  Sin embargo, en esos artículos, el nombre de Marx se suele encontrar junto al de los socialistas utópicos o al de Bakunin.  Esto, además de revelar falta de interés o superficialidad, irritaría mucho a los marxistas y al propio Marx.  En consecuencia, no podemos evaluar la importancia que para José Martí tenía el pensamiento de Marx, pero no podemos dejar de observar paralelismos y elementos comunes a los dos pensadores, resultantes de lo que ambos sentían por las masas trabajadoras y los pueblos oprimidos. No obstante, lo más importante es que se encontrarán elementos comunes y semejanzas con el marxismo-leninismo y con revolucionarios marxista-leninistas.

Es lógico plantearse la hipótesis de que el reproche que se ha hecho a Marx, aludido con frecuencia (e inexacto), de que su obra no contempló al Tercer Mundo, en esto la clase revolucionaria fundamental, el proletariado, estuvo ausente, sirve para explicar de manera parcial, aunque sólida, la falta de atención de Martí al pensamiento de Marx.  Lamentablemente, Martí murió demasiado pronto, y no pudo ver cómo, de modo natural y fácilmente, sus “discípulos” de América Latina y el resto del Tercer Mundo, solo cincuenta años después de su muerte, adaptaron las obras de Marx y de Engels (vale la pena subrayar que recibieron esa influencia principalmente por la interpretación de Lenin) a la causa de la independencia y el desarrollo.  Ché Guevara y Ho Chi Minh son los nombres más obvios que podemos dar como ejemplo.

El aspecto en común más importante (y es muy triste que esto siga siendo válido hasta nuestros días) entre el marxismo y el pensamiento de Martí es el tema del imperialismo.  La importancia de Lenin como lazo de unión entre Martí y Marx es crucial en este caso. Debemos reconocer a Martí como la primera persona que entendió, no solo la importancia del imperialismo y el colonialismo, sino el papel que en esos dos campos los Estados Unidos iban a desempeñar, a pesar de algunos cambios, desde el decenio de 1850.  Martí vivió en los Estados Unidos en sus años de exilio, aprovechando bien sus estancias y su trabajo como corresponsal extranjero de varios periódicos.  Así fue que estudió el papel que este país iba a tener en América Latina, la que, por aquellos días, ya estaba en vías de ser el “traspatio” de la potencia militar y comercial estadounidense.

Como consecuencia de ello, Martí tenía muy clara la importancia de oponer resistencia al poder y la arrogancia de las potencies imperialistas y colonialistas, en general, y al expansionismo estadounidense, en particular.  No solo tenía muy claro, y esto se observa en todos sus escritos, y en todas las etapas de su vida y de su desarrollo político e intelectual, que Cuba ocupaba un lugar especial en la lucha contra el imperialismo estadounidense.  Las razones políticas, económicas, militares y geográficas de ello son todavía más claras hoy día, y no nos detendremos en ellas en este trabajo.  En 1953, la declaración de Castro de que el autor intelectual del ataque al Moncada era Martí está lejos de ser una boutade teatral. 

En la obra de Martí encontramos también referencias explícitas a África y Asia, y a la lucha común que tenían por delante.

La preocupación de Martí por el imperialismo será analizada y desarrollada por Hobson pronto después de la muerte de Martí, y, después de Hobson, por Lenin, en su “El Imperialismo, etapa superior del capitalismo”.

Vale la pena subrayar también que Martí se refería a lo que brillantemente llamó “Nuestra América multirracial”, un mundo nuevo no determinado por las razas.  En este sentido, es triste observar que las desigualdades originadas por la distribución de la riqueza, determinada por la raza en América Latina e incluso en los propios Estados Unidos de América, todavía existen en nuestros días.  El sueño de Martí de una América aborigen todavía no ha sido descubierto ni explotadas sus potencialidades.

Dicho todo esto, y habiendo señalado, a modo de introducción, los paralelos y las semejanzas entre Martí y los revolucionarios marxista-leninistas del siglo XX, debemos abordar ahora otro de los aspectos que Martí previó  el del partido revolucionario, pieza central de la mayoría de las luchas anticolonialistas con sesgo marxista en el siglo XX.  A pesar de no ser un marxista-leninista, Martí tuvo muy clara la absoluta necesidad no solo de sacudirse el yugo colonial, sino también de emanciparse verdaderamente, de iniciar reformas políticas económicas y democráticas profundas.  En este contexto es que debemos entender su idea del partido revolucionario.  Martí, quien había sido testigo del funcionamiento de la política de partido en los países “desarrollados”, no se pudo contentar con simplemente replicar esa clase de organización.  Un partido “revolucionario” debe usar métodos diferentes, y no debe complacerse en solo conquistar el poder.  La idea era trabajar en pro de un cambio de la manera más efectiva, para ser un ejemplo para las otras luchas de liberación:  él veía la revolución como una misión internacionalista. 

El partido revolucionario de Martí fue concebido como un partido de miembros activos, verdaderos activistas revolucionarios dedicados a la causa.  Los miembros debían también apoyar al partido desde el punto de vista financiero, para demostrar su compromiso en la práctica.  Del mismo modo, y en cuanto a esto hoy día muchos se quedarían con razón perplejos, debía ser un partido para la lucha armada:  la insistencia en la organización y en la importancia de que los miembros obedecieran a los líderes indica precisamente esta tendencia de carácter militar.

Sin embargo, el partido también había sido concebido para que fuera una organización verdaderamente “popular”:  Martí creó su Partido Revolucionario Cubano con los trabajadores tabacaleros, los obreros inmigrantes y los artesanos cubanos.  En ese partido, la base tenía que saber que estaba integrada a una organización insurreccional, como claramente lo demuestra el Segundo de los Deberes de los Delegados:  “Una organización revolucionaria por fuera, y todavía más por dentro”.  Vale la pena citar también el Primero de esos Deberes:  “Tratar de concretar por todos los medios posibles y necesarios, sin concesiones ni vacilaciones, los objetivos del programa”.

En este caso, la semejanza con los partidos leninistas es sorprendente.  Tomemos la Resolución de Lenin sobre la Lucha Armada (1905), en la que declaró que solo el proletariado podía dirigir su revolución bajo las banderas del partido socialdemócrata, que encabezaba la lucha, no solo ideológicamente, sino también en la práctica.  Es en esto precisamente en lo que Martí pensaba cuando en enero de 1892 definió las bases del Partido Revolucionario Cubano, en Cayo Hueso.

Sin duda, hay tensión entre el sentimiento verdaderamente democrático y popular de Martí y la estricta organización militarista que trató de dar al partido.  No debemos sentir temor de explorar este aspecto, que gira en torno al alcance del apoyo popular dado a la causa revolucionaria.  Cuanto menor es el apoyo popular, más estricto y militarista el partido está obligado a ser para lograr sus objetivos.  De hecho, el enemigo está militarmente organizado y es despiadado:  no obstante, si el pueblo se une, no se necesita una organización militar, como en Portugal, en 1974, y como nos enseñó la Argentina recientemente. 

Martí era dolorosamente consciente del poderío militar de los Estados Unidos, y esto seguro justifica su postura militarista.  Y lo que es más importante aún, se mantenía inflexible en lo que respecta a que la lucha anticolonialista y antiimperialista era latinoamericana, no solamente cubana ni caribeña.  Por ultimo, vivió el periodo en que los Estados Unidos estaban afanosamente enfrascados en la conquista militar de nuevos territorios.  Esto distancia esencialmente a Martí de los marxista-leninistas, quienes presenciaron la importancia del aspecto económico del imperialismo, y pudieron producir análisis teóricos más claros y matizados.

Pero Martí también se dio cuenta de algo más importante, es decir, de que la lucha no se circunscribía de ninguna manera a un solo continente:  el Tercer Mundo todo estaba en las garras del imperialismo y del colonialismo.  El artículo que escribió en 1889, “Un Paseo por la Tierra de los Annamitas” examina la situación en Indochina y reflexiona sobre ella.  Esto también es importante, porque si en el siglo XX alguien se asemejó a Martí ese fue Ho Chi Minh, quien nació, así lo quiso el destino, el mismo año que Martí escribió su artículo.

3.  La globalización neoliberal y el “Tercer Mundo”

Para explicar el actual desarrollo del capitalismo, debemos analizar la gestión de la crisis del modelo fordista.  Las crisis están dirigidas a evitar una devaluación importante del capital y a mantener el predominio en todo el mundo. La globalización en el sentido de dominación geopolítica y geoeconómica y, por ende, de control del sistema competitivo, es parte de este juego. 

Contra este telón de fondo, Hong Kong, Singapur, Taiwán y los otros ex “Tigres asiáticos”, así como algunos países de América Latina, se han visto obligados a cambiar incorrectamente sus procesos de desarrollo económico.  Estos procesos están ahora directamente subordinados a las necesidades de los mercados europeo y estadounidense.  De hecho, la demanda externa de estos dos grandes polos occidentales es lo que determina la dimensión y orientación del proceso de acumulación de capital en Asia y América Latina que se ha convertido en una función del paradigma de “acumulación flexible” que rige a Occidente. 

Además, hay que tener en cuenta el poder de las empresas multinacionales estadounidenses, que expulsan de la actividad comercial a muchas pequeñas y medianas empresas industriales y agrícolas en América Latina, aumentando la necesidad de importar alimentos básicos de los Estados Unidos y debilitando la autarquía de América Latina. 

A menos que se rompa de manera radical con la estructura de dependencia planteada anteriormente, los países que tengan un nivel medio de desarrollo, y los del llamado Tercer Mundo, se ven obligados a desarrollar su industria y su agricultura como convenga a los proyectos de dominación mundial de las potencias imperialistas, que no tienen escrúpulos y tratan de cosechar los mayores beneficios posibles de esa desigual relación. [2]

En el decenio de 1970, algunos países hicieron experimentos con formas de crecimiento económico en el sector industrial combinando capital financiero occidental y capital financiero controlado por sus burguesías nacionales.  El capital financiero occidental pudo ejercer su acción dominante con el fin de paralizar cualquier proceso económico conducente a una relativa autonomía y a la independencia económica y financiera.  Se dio un nuevo impulso a un tipo de industrialización que dependía sobremanera de las importaciones.  Este tipo de desarrollo también ha determinado que se mantenga un sistema de control total sobre la fuerza de trabajo. 

En el caso de países con importantes recursos financieros, como los países productores de petróleo (Venezuela, Colombia, México, Chile y otros), o que tienen gran abundancia de recursos naturales y están dotados de “capital humano” calificado, de bajo costo y preparado para la dinámica económica impuesta por las grandes potencias occidentales, los mercados internos se expanden de manera significativa.  Esto también favorece el tipo de industrialización que depende completamente del capital financiero de los Estados Unidos y la Unión Europea.

El crecimiento económico de estos países ha generado un nuevo y sólido modelo de dependencia financiera y tecnológica de estos dos grandes polos occidentales.  La reproducción en gran escala del moderno aparato industrial, agroindustrial y agrícola se ha basado, de hecho, en la importación de maquinaria, herramientas y, en general, de tecnologías, y en la más total dependencia financiera.  El alto nivel de exportaciones típico de este modelo de crecimiento, con el simultáneo escaso dinamismo del sector de las exportaciones en sí, las relaciones de intercambio desigual, las utilidades enviadas al extranjero a las casas matrices nacionales de las firmas extranjeras, el completo control debido a la codiciosa actitud de los acreedores en el tema de la deuda externa son algunos de los elementos que han causado, en solo unos pocos decenios, un desequilibrio macroeconómico.

La omnipresente tendencia al déficit en la balanza comercial, y que esto se combata, siempre y cada vez con más frecuencia, recurriendo a la deuda externa, junto con el constante deseo de aumentar la entrada de capital financiero extranjero, explican muy bien la dinámica de lo que podemos llamar una completa sumisión política y económica, disimulada alegando que se trata de equilibrar la balanza comercial. 

La liberalización del intercambio, junto con la desregulación y la eliminación de las leyes que solían proteger los salarios, ha permitido a las empresas multinacionales, en particular estadounidenses, explotar las ventajas tanto de la libre circulación de productos básicos como de la profunda división entre países.  Las políticas monetaristas y económicas neoliberales no cambian las profundas y verdaderas causas de los desequilibrios en la estructura productiva, y aumentan el déficit comercial a que nos hemos referido antes.

Muchos gobiernos de países dependientes (casos recientes son México, Brasil, Indonesia, Malasia, Rusia, Argentina), siguiendo las indicaciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, continúan aplicando esas políticas.  Esas preferencias no son meramente coyunturales, sino que revelan un carácter estructural.  Las consecuencias directas son reducción de salarios reales, aumento del desempleo, desindustrialización y falta de inversiones productivas financiadas por capital nacional y, por tanto, el acrecentamiento de la dependencia de los dos grandes bloques económicos de Occidente:  los Estados Unidos y la UE. 

Esta homogeneización de las políticas neoliberales DIVIDE el ex colonizado “Tercer Mundo”, con la misma celeridad que, al mismo tiempo, INHIBE e impide la lucha de clases en el “Primer Mundo” imperialista.  En los últimos 25 años, el modelo de democracia capitalista consolidado, surgido en los Estados Unidos con el fordismo, se esfumó, poniendo en entredicho el concepto de sociedad civil y de civilización en sí, y marcando el inicio de la modernidad capitalista, que causó el derrumbe de toda la estructura productiva antes existente, destruyendo así la coexistencia civil misma debido al modo de mediación social keynesiano.  Como consecuencia de esto, la hegemonía estadounidense fue destruida.  Pero no solo la hegemonía estadounidense:  en general, la hegemonía del capital encaró un serio reto.

4. Consecuencias Imperialistas

Como Hobson y Lenin plantearon, la historia del sistema imperialista continúa, en parte con formas nuevas, que sirven para los mismos fines y funciones.  Para mantener su papel hegemónico, en los decenios de 1960 y 1970, los Estados Unidos se trazaron tres objetivos económicos y militares principales:  el primero fue frenar el poder de la Unión Soviética; el segundo consistió en poner obstáculos a las transformaciones políticas y sociales de los países más pobres y con nivel de desarrollo medio, como la América Latina; el tercero ha sido mantener un control estricto sobre los aliados occidentales.

El primer objetivo se alcanzó con la caída del muro de Berlín, que, sin embargo, creó un nuevo tipo de problema.  Los países de Europa oriental, al liberarse de la dominación soviética, empezaron a desarrollar sus intercambios comerciales principalmente con la Unión Europea.  Esto trajo por consecuencia la presencia de una nueva zona monetaria dependiente del euro que podría ser una amenaza para el predominio internacional del dólar estadounidense. 

En cuanto al segundo objetivo, impedir el desarrollo de los países del Tercer Mundo, podemos decir, a primera vista, que ese objetivo ha sido alcanzado también, por la enorme carga de su deuda externa, estos países están, de hecho, bajo el control de los organismos internacionales, principalmente el FMI y el Banco Mundial, que, a su vez, están dominados por los Estados Unidos. 

Pero si está claro el papel que ha desempeñado el imperialismo estadounidense en estas zonas, también es cierto que, especialmente en América Latina, algunas contradicciones han llegado a un punto propicio para nuevos cambios.  Además de Cuba, algunos otros países latinoamericanos tienen gobiernos y movimientos de oposición marcadamente antiimperialistas (tomemos como ejemplo a Venezuela, Colombia, Brasil), y la oposición organizada crece en toda América Latina contra las políticas y los dictados de la economía estadounidense, prueba de la amplia base que sustenta el movimiento en contra del ALCA.  América Latina ha dejado de ser el tranquilo “traspatio” de los Estados Unidos.  Otra dificultad para los estadounidenses es que, en esa zona, el interés europeo imperialista es cada vez más insistente.

El tercer objetivo, mantener a los países aliados bajo control, está tropezando, de hecho, con la constitución del nuevo polo de la Unión Europea, que mediante la creación de la moneda única, el euro, constituye un desafío para el imperialismo estadounidense.  Los Estados Unidos se encuentran ante un nuevo y bien organizado polo con fuertes características imperialistas, aun cuando la falta de una  estructura política completa y de una fuerza militar central concreta y bien articulada en cierta forma lo ha debilitado. 

También en el terreno político-militar, los designios geopolíticos y geoeconómicos expansionistas de la Unión Europea hacen peligrar la hegemonía estadounidense (véase la situación en los Balcanes, la expansión económica de la UE en los países de Europa central y oriental (CEEC), la creación de un ejército de la UE independiente, las contradicciones operativas entre los países de la UE y los Estados Unidos en el seno de la OTAN).

Los Estados Unidos también han hecho frente a enormes dificultades políticas y económicas, ya que estaban atrapados en una verdadera recesión tras aproximadamente 10 años de desarrollo económico forzoso, basado en un gran gasto deficitario nacional, desequilibrio en la balanza de pagos, una gran deuda externa, la reducción de su participación en el comercio internacional y la disminución  de las inversiones extranjeras directas. 

Desde principios del decenio de 1990, la situación interna de los Estados Unidos dejó traslucir algunos problemas:  en 1992, la deuda nacional sobrepasaba los 4.000 trillones de dólares, la asistencia sanitaria era inadecuada y una gran parte del pueblo estadounidense carecía de suficiente protección social,[3] las inversiones y los ahorros eran más bajos comparados con los países de la UE, y la tasa de crecimiento de la producción era muy baja.  Si a esto se añade un fuerte endeudamiento externo, comparado con el resto del mundo, y déficit comerciales cada vez mayores, entendemos la importancia que adquirió la debilidad de la economía estadounidense en el decenio de 1990.[4]

Para mantener y, en verdad, fortalecer su posición predominante, los Estados Unidos han seguido adelante con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), eliminando derechos de aduana e integrando los diversos sectores industrial y agrícola bajo la hegemonía de los Estados Unidos, con lo que se reafirma su predominio sobre México y Canadá.  No obstante, el TLC no es respaldado por un verdadero y amplio proceso de consulta, mientras que existen también considerables desventajas comerciales y productivas para México:  la movilidad de la mano de obra se ha dejado fuera de las negociaciones, el control de los EE.UU. sobre el mercado agrícola mexicano aumentó, y los servicios nacionales financieros y de transporte están subordinados al control extranjero.  Por tanto, en general, el TLC tiene importantes limitaciones y el dilema está en si aumentará el crecimiento de América Latina.  Está claro que América Latina, en general, ha padecido las desventajas de políticas monetarias, privatización de empresas estatales, eliminación de derechos de aduana y tratados, y políticas para luchar contra la inflación, y el aumento de sectores de la población que se empobrecen.  Todos los países han sido testigos de la drástica reducción de salarios reales, la pérdida de muchos empleos y el agravamiento de la crisis agrícola. 

Aparte de los cambios que se están produciendo en América Latina, otro importante acontecimiento ocurrido en los últimos decenios fue el desplazamiento del centro de gravedad económico de Asia de Japón hacia China.  En los últimos 15 años, China ha mostrado extraordinarias tasas de crecimiento, el PIB indica un aumento medio anual del 9,7% comparado con el 2,9% de ciertos países del Tercer Mundo.

Dado este panorama, la construcción de la Europa de Maastricht ha sido considerada por algunos gobiernos continentales como una oportunidad para crear un poderoso polo geopolítico y geoeconómico con la finalidad de hacer frente a los Estados Unidos y Asia.  Sin embargo, para los estadounidenses, la mejor Europa debe estar suficientemente unida, pero bajo la dominación de los Estados Unidos.  De ahí que traten de mantenerla dividida solo lo suficiente para impedir que emerja como una superpotencia competidora.[5]

Pero las aspiraciones imperiales de la UE no son un tema del que los políticos estén dispuestos a hablar.  Prefieren hacer hincapié en el otro objetivo de la UEM: la estabilidad monetaria.  Esto ha dado la oportunidad de aplicar una política monetaria dirigida principalmente a mantener la tasa de inflación a raya y reducir el déficit público de los países de la Unión Europea.  Como se ha demostrado ampliamente en otros estudios[6] anteriores, esto ha conducido al desmantelamiento del estado benefactor y al aumento del desempleo (que oscila entre 10% y 15%).  Los empleos, salarios y, en general, las condiciones sociales se han hecho “flexibles” y precarias para ajustarse al tratado de Maastricht.

Las políticas neoliberales, y no contrarrestarlas, pueden tener substanciales consecuencias  políticas.  Se corre el riesgo real de que las democracias den un paso hacia atrás por la des-socialización y la propagación de la “cultura empresarial” en la que el afán de lucro y el egoísmo que trae aparejado son lo primordial[7]. En los países dependientes, ya se han iniciado procesos de inestabilidad política, social y económica y regiones enteras han sido desestabilizadas.  Las crisis en México, Brasil, Tailandia, Corea, Indonesia, Rusia y Argentina, pero también las ‘guerras étnicas’, el fundamentalismo religioso, la fragmentación de los Estados-naciones y tipos de delincuencia cada vez más complejos, todo al servicio del Nuevo Orden Mundial, son un signo de advertencia.  

Lo que más necesitan los países de América Latina y, en general, los países en desarrollo, es reducir o cancelar su deuda pública, reorganizar en su favor el proceso de adopción de decisiones de los organismos financieros internacionales (como el Banco Mundial, el Banco Panamericano y el FMI), y eliminar la condición de “nuevo colonialismo” impuesta por esas organizaciones.  Otras medidas son: regular y controlar el capital extranjero, establecer nuevas reglas para la protección del medio ambiente, realizar inversiones socialmente útiles, gravar las transferencias internacionales de capital, en especial los movimientos especulativos.  Asimismo, es indispensable que negocien tratados para la migración internacional de trabajadores a fin de impedir la violación de los derechos humanos, sociales y económicos de los trabajadores migratorios quienes de manera sistemática son sometidos a formas cada vez más crueles y retorcidas de explotación en los países desarrollados.[8]

En lo que a la Izquierda respecta, transformaciones tan trascendentales como esas deben forzosamente conducirla a reevaluar sus categorías socioeconómicas de análisis, reanalizar políticas económicas y reconsiderar modelos de democracia política y económica.  La pertinencia de las ideas de Martí para esos objetivos es fundamental en este caso. 

5. Acuerdos comerciales en América Latina.

La mayoría de los países de América Central y del Sur tienen aparatos políticos, económicos y productivos débiles.  Debido a la despiadada brutalidad del colonialismo y el imperialismo, nunca han estado en condiciones de impulsar procesos de industrialización autónomos y avanzados, dirigidos a asegurar una independencia económica efectiva.  En consecuencia, estas esferas son completamente funcionales para los procesos de verdadera “nueva colonización” promovidos por los dos polos occidentales, Europa y los Estados Unidos de América. 

Los países latinoamericanos de nivel de desarrollo medio y bajo tienen en muchos casos grandes potencialidades económicas en sus territorios y poblaciones.  Poseen tanto recursos naturales como valioso capital humano, a pesar de las grandes desigualdades sociales y económicas que existen dentro de cada país y entre sí. Sin embargo, han aceptado sobrecargarse de deudas con los países desarrollados.  Es precisamente la dependencia causada por la enorme carga de la deuda la que permite a las potencias imperialistas explotar los recursos de estas regiones, manteniéndolas bajo control.

Examinaremos ahora, con una visión idealmente cercana a la visión de José Martí, las consecuencias que tienen los acuerdos comerciales para América Latina, y la relación con la UE.[9]

Los positivos resultados económicos obtenidos por la UE han motivado la imitación en el resto del mundo.  Los diversos tipos de asociaciones internacionales regionales creadas en los últimos decenios tienen el objetivo explícito de hacer realidad la integración económica.  Esto es una manifestación concreta de la llamada globalización:  entidades comerciales regionales ayudan a hacer frente a la apertura y expansión de mercados.  Existen distintos niveles de integración que van desde “zonas de libre comercio” hasta “uniones aduaneras” y formas complejas de integración económica que acaban creando “mercados comunes” y uniones económicas y monetarias. 

José Martí nos enseñó que para que funcionaran, ese tipo de uniones debían crearse entre países con nivel de desarrollo y potencialidades económicas semejantes.  En América Latina, toda forma de asociación en que los Estados Unidos participen, igual que toda forma de asociación que los excluya, está condenada en gran medida a estar condicionada a los intereses y al poder económico de los Estados Unidos, la única potencia regional sin rival

Existen diversas asociaciones y acuerdos regionales: (TLC, ALCA, Mercosur, Pacto Andino, el Mercado Común Centroamericano, CARICOM y AEC).  Analizaremos con alguna profundidad el TLC, el Mercosur y el ALCA, que son los más importantes para las posibilidades de desarrollo de América Latina en su conjunto.

El TLC es un acuerdo de libre comercio firmado en 1992 entre Canadá, EE.UU. y México, ratificado in 1993, y puesto en marcha en 1994. Su objetivo principal es eliminar, de manera progresiva, durante los siguientes 15 años, los aranceles de importación y reducir los controles aduaneros entre los Estados miembros.  El acuerdo regula la reducción de los aranceles aduaneros, la disminución de los obstáculos no arancelarios, las certificaciones de origen, la solución de controversias, las condiciones de competitividad, inversiones extranjeras directas y derechos de financiación y de propiedad intelectual.  No incluye ninguna forma de preparación para la entrada de los países atrasados, ni tampoco incluye ninguna forma de unión política, esta es una diferencia importante con la UE.  En el marco del TLC encontramos disposiciones relativas a la contaminación ambiental y la protección de los trabajadores (Protocolo Naal).  A diferencia de la UE, el TLC no contiene disposiciones para aranceles comunes respecto del mundo exterior. 

El volumen de actividades del TLC puede evaluarse en unos 250.000 millones de dólares anuales.  En la época en que se ratificó el acuerdo, se habrá pensado que el país que tendría más ventajas sería México.  De hecho, contaba con una fuerza de trabajo de bajo costo y tenía numerosas medidas fiscales y no fiscales para atraer a los inversores extranjeros.  No obstante, en los nueve años que tiene el TLC, el crecimiento económico de México ha sido de 0,95%, y el costo ambiental del daño ocasionado por actividades relacionadas con el TLC de un 10%.  En otras palabras, ha habido una disminución de la riqueza del 9%.  La explotación laboral ha aumentado, y el poder adquisitivo de los salarios ha mermado.  Muchas empresas locales pequeñas y medianas han quebrado, lo que ha favorecido a las empresas multinacionales. 

El TLC ha traído a México un progresivo aumento de las inversiones, originado por bajos costos de producción y la reducción de salarios, ventajas que han sido disfrutadas, principalmente, por las empresas multinacionales.  La agricultura mexicana ha sufrido un rudo golpe, pues los agricultores estadounidenses tienen un alto nivel de subvención y emplean avanzadas tecnologías.  México, antiguo exportador neto de productos agrícolas, hoy día importa de los Estados Unidos el 50% de lo que consume. Seis millones de campesinos han perdido sus tierras y viven en las favelas de la capital.

La experiencia mexicana demuestra que la apertura del comercio con un país que tiene mayor nivel de desarrollo causa desindustrialización, pérdida de todos los sectores de la agricultura tradicional y aumento de injusticias sociales.  México no ha podido explotar los aspectos de esos tratados y uniones que han sido beneficiosos para otros países, ni ha podido contrarrestar el empobrecimiento de su economía.  Todo esto ha sucedido porque la abolición de las barreras arancelarias ha tenido lugar de forma desequilibrada.  Las empresas estadounidenses pudieron contar con su subvención nacional, y, por tanto, reducir los aranceles externos de los productos exportados fuera del TLC.  Las firmas mexicanas no eran suficientemente competitivas, y no pudieron exportar sus productos, y hasta se vieron obligados a importar de sus socios comerciales. 

Mientras en Europa todo el sistema fue concebido para beneficiar al consumidor final, el TLC se ha convertido en otra red comercial para mercados que ya eran ricos, vulnerando la única economía que ya era incapaz de crecer. 

El Mercosur (Mercado Común del Sur) fue creado en 1991 mediante el Tratado de Asunción, firmado por Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, suscrito más tarde por Chile y Bolivia.  Desde el punto de vista del PNB y población, el Mercosur constituye el cuarto mercado mundial, después de la UE, los Estados Unidos y Japón.  Los objetivos de este acuerdo son libre circulación de productos, servicios y factores entre los Estados miembros, establecimiento de un arancel externo común, coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales para asegurar la competencia regular entre los sistemas económicos de los Estados miembros y modificación de las legislaciones internas que obstruyan la integración.  El objetivo final es la integración progresiva de las legislaciones nacionales de sus miembros. 

En 1994, con el Protocolo firmado en la Conferencia de Ouro Preto, en Brasil, la estructura institucional del Mercosur se ha fortalecido; los cuatro países miembros han decidido adoptar una estructura intergubernamental y no supranacional, como la de la UE.  Los objetivos a largo plazo son similares a los de la UE:  la creación de un mercado común y el futuro nacimiento de una unión económica y monetaria. 

La organización jurídica del Mercosur, a diferencia de la UE, no tiene un sistema normativo autónomo ni un sistema jurisdiccional supranacional efectivo; además, no hay señales de políticas de coordinación económica y social, con medidas que apoyen las regiones atrasadas y pobres.

Entre la UE y el Mercosur se han establecido Importantes relaciones comerciales.  La UE es el principal socio comercial del Mercosur (33% de todas las importaciones y 30% de todas las exportaciones en 1997).  En 1994, se concertó un acuerdo de asociación interregional que incluye la cooperación política entre las dos organizaciones, la progresiva liberalización del comercio y el aumento de la colaboración en diversos sectores económicos.  Las negociaciones para dar seguimiento a este acuerdo se iniciaron en 2000 y ya en 2006 Mercosur recibirá de la UE importantes intervenciones financieras. 

El ALCA es un acuerdo comercial propuesto en 2003 a 34 países de América y el Caribe, excluida Cuba.  Está dirigido a crear una zona de libre circulación de productos básicos; inversiones y capital, sin obstáculos ni derechos aduaneros.  Las negociaciones deben terminar en enero de 2005 para dar tiempo a que cada parlamento ratifique el acuerdo el 31 de diciembre de ese mismo año.  El ALCA fue concebido para crear la zona de libre comercio más grande del mundo. 

En la actualidad 9 grupos coordinados trabajan en las negociaciones, en los temas siguientes:  abolición de derechos arancelarios, exportación y agro-exportación, libertad de inversión, privatización de servicios públicos, oportunidades para inversores privados extranjeros en ofertas públicas, protección de la propiedad intelectual, perfeccionamiento de la legislación sobre vertimiento y asuntos similares, desarrollo de mecanismos que favorezcan el libre comercio en todo el mundo, regulaciones sobre controversias entre estados e inversores.  Tres comités se ocupan de las pequeñas economías, comercio por correo-e y sociedad cívica.  No existe ningún grupo que se ocupe de los temas relacionados con derechos humanos, medio ambiente, género y asuntos laborales.

        La superioridad económica y política de los Estados Unidos y sus bien conocidos fines imperialistas determinan una importante asimetría en las negociaciones, igual que en el caso del TLC.  En consecuencia, el proyecto del ALCA es muy criticado, especialmente porque permite el predominio estadounidense. 

Los economistas y activistas del continente que se reunieron en La Habana para asistir a la segunda reunión de lucha contra el ALCA han elaborado una lista de los mayores peligros que éste podría entrañar:  la liberalización del comercio y los servicios, incluidos los servicios sanitarios, sociales y de educación, y el fin del control gubernamental sobre sectores clave de la economía, libertad para los inversores para moverse sin control ni injerencia gubernamental; liberalización de contratos de suministro gubernamental en las administraciones públicas; imposibilidad de aplicar medidas de protección en favor de producciones tradicionales y el sector de la exportación, total garantía de la propiedad intelectual sobre patentes de ingeniería genética, limitada soberanía de los estados en controversias internacionales.

Los sectores más severamente afectados por este básico desequilibrio serán la agricultura, servicios, inversiones y propiedad intelectual.  La apertura del mercado agrícola sudamericano significará que la agricultura tradicional dependerá cada vez más de las empresas multinacionales, tanto para cultivos tradicionales como para producciones genéticamente modificadas, y que la agroindustria progresivamente predominará. 

La liberalización de los servicios afectará a diversos sectores como la salud, suministro de agua y energía, transporte, telecomunicaciones y medio ambiente.  Con toda probabilidad los sectores que pronto tendrán problemas serán los de abastecimiento de agua y energía.  Estos sectores tienen el mayor margen potencial de utilidades.

Y llegamos al tema de la propiedad intelectual y las inversiones, el propósito que se persigue con el ALCA es la extensión de las regulaciones del TLC; estas comprenden el reconocimiento por empresas comerciales de derechos exclusivos sobre productos patentados, la posibilidad de invertir grandes cantidades de capital extranjero en el mercado latinoamericano, la posibilidad de que inversores extranjeros demanden a un estado en caso de pérdidas debidas a la aplicación de leyes de protección ambiental. 

Las intenciones que se tienen con los diversos tipos de uniones analizadas en el presente trabajo son evidentes.  Debemos prestar atención a la advertencia de Martí. 

Si dos naciones no tienen intereses comunes, es probable que los elementos peligrosos de la nación que convida se desarrollen al unirse, con gran peligro para el convidado”. 

Sin salirnos del marco inspirado por José Martí hace más de cien años, es instructivo comparar la UE y América Latina desde el punto de vista del desarrollo económico, lo que explica las sustanciales diferencias económicas, históricas, geográficas y sociales existentes entre las dos regiones.  Además de los países del Mercosur, también analizaremos a Colombia y Venezuela.  Los datos fueron tomados de “Indicadores del Desarrollo Mundial para 2003”. Los datos corresponden al año 2001, y para las comparaciones con el pasado hemos seleccionado el año 1990, a fin de estudiar un periodo que comprenda los tratados comerciales examinados anteriormente, y sus efectos en las economías de los países estudiados. 

Permítasenos empezar por los principales indicadores del desarrollo.  En los años 1990-2001, la UE experimentó un aumento de su PNB a una tasa de 9,4%, mientras la cifra de Brasil era de 7,4%. Todos los demás países latinoamericanos duplicaron su PNB en esos once años (Venezuela realmente lo triplicó).  Las economías de ambas regiones están experimentando un crecimiento del sector de los servicios, aunque, en los PNB de América Latina, la participación de la agricultura es mayor que en los países de la UE.  Sin embargo, en Paraguay, miembro del Mercosur, el 75% de su PNB corresponde al sector de los servicios, a pesar de que su ingreso per cápita es muy bajo.

Los países latinoamericanos tienen un crecimiento demográfico más rápido que la UE.  El aumento de la fuerza de trabajo es más rápido que el crecimiento demográfico en sí, mientras en la UE estas dos cifras están parejas. Esto se resume obviamente en un grave problema de empleo.  En los años que se examinan el desempleo aumentó solo en 0,3 en la UE, mientras, por ejemplo, la cifra de Brasil aumentó del 3,9% al 9,6%.  Parte de este aumento generalizado en el desempleo en América Latina se puede explicar por los problemas que estos países tienen en la transición de una economía agrícola a una economía de servicios.  Esto reviste particular importancia en Colombia, pues es una formidable limitación desde el punto de vista de las políticas macroeconómicas.  El desempleo, si no se toman medidas, podría acabar constituyendo una amenaza para la estabilidad política.  Sus causas deben buscarse no solo en el crecimiento demográfico, sino también en la transición de una economía agrícola a una economía basada en los servicios (en este caso la cuestión de capacidad es primordial), y en lo inadecuado de la legislación en el campo de la administración laboral y la protección respecto de la apertura de la economía brasileña. 

En cuanto a la relación de intercambio de las dos regiones, lo más importante es que la UE puede ostentar cifras no negativas en los años comprendidos entre 1990 y 2001, mientras los resultados en América Latina empeoran, y las importaciones crecen más rápido que las exportaciones.  Paraguay, Brasil y Venezuela han experimentado una reducción de sus exportaciones.  Las inversiones extranjeras directas se han incrementado en Brasil, igual que en toda la región de la UE, aunque a un ritmo mucho más rápido en esta última.  En general, en América Latina, ha habido un aumento de la presencia de capital extranjero, en ocasiones, ese aumento ha sido marcado.  Al analizar la estructura de intercambio con la UE y los Estados Unidos, la UE parece convenir mucho más a la América Latina.  Las empresas multinacionales estadounidenses han demostrado que pueden asfixiar a la industria y la agricultura locales, como lo experimentó México y también Argentina, Paraguay y Uruguay.

En el periodo que se analiza tanto Brasil como la UE aumentaron sus importaciones en 7%, mientras las exportaciones aumentaron en 9% en la UE y solo el 5% en Brasil.  Este es un importante indicador de una diferencia en las posibilidades de desarrollo de las dos regiones, y de la capacidad de éstas para hacer frente a las fuerzas predominantes de la globalización.  Ambos países han podido atraer inversiones extranjeras directas, pero mientras Brasil pasó del 0,4% al 5,1% como porcentaje del PNB, la UE ha pasado del 2,9% al 14,8%. 

Desde 1994, con la puesta en marcha del Mercosur, los países miembros experimentaron un cambio en el patrón de actividades comerciales respecto de otras zonas geográficas, como, por ejemplo, los Estados Unidos.  En los años 2000 y 2001, Brasil invirtió realmente la balanza de exportaciones-importaciones con los Estados Unidos:  mientras antes solía exportar más que lo que importaba, ahora sucede lo contrario, lo que indica que el comercio con la UE parece ser más conveniente para los intereses económicos de Brasil.  El flujo del comercio con la UE siempre ha sido mayor que con los Estados Unidos. 

Ese es un sólido argumento contra la integración en el ALCA.  De hecho, esta aumentaría más las perjudiciales relaciones económicas con los Estados Unidos, mientras reduciría las lucrativas con la UE. 

La apertura al libre mercado y la globalización ha producido un cambio en la relación de intercambio que de positiva ha pasado a negativa.  El desempleo también ha aumentado.  Varios países no han podido impedir los problemas ocasionados por el tránsito de una economía rural a una economía de servicios.  La continua pérdida de empleos se puede explicar por el proceso de reestructuración industrial provocado por el aumento de la competencia internacional originado por la apertura de la economía.  La apertura de Brasil ha tenido lugar sin preparación desde el punto de vista de la adopción de disposiciones jurídicas para la reorganización del mercado laboral.

No obstante, de alguna manera, la crisis económica de 1995 no ha afectado a los países del Mercosur, que han adoptado una política comercial similar a la de la UE  Los países que no eran partes en ningún tratado o unión comercial experimentaron, en ese periodo, una reducción de su ingreso per cápita, y de los empleos.  En Colombia, por ejemplo, una quinta parte de los trabajadores están desempleados.  Mientras todos los principales datos macroeconómicos muestran un empeoramiento en toda América Latina, los países del Mercosur se las han arreglado mejor que los otros, lo que demuestra que el camino que han emprendido es el correcto.  Esto ha ocurrido a pesar de una aplicación extremadamente rápida de los objetivos del Mercosur de abrir las economías, con todas las consecuencias negativas que trae la ejecución acelerada de reformas. 

Al Mercosur le ha llegado gran ayuda de la propia UE, y el intenso intercambio comercial que ha tenido lugar ha traído beneficios económicos y financieros.  El ingreso per cápita de los países del Mercosur es 40% mayor que el promedio latinoamericano.  Entre los países miembros, en los últimos seis años, el comercio ha aumentado a una tasa media de 27%.  El PNB ha crecido en 3,5% anual.  El impacto negativo de la crisis mexicana de 1995 (provocada por la ausencia de beneficios derivados de la entrada de México en el TLC) surgió y desapareció.

El surgimiento del ALCA ralentizaría el natural desarrollo del Mercosur, interrumpiendo un proceso que no solo ha demostrado que puede promover el crecimiento económico equilibrado y la colaboración internacional con otras zonas, sino que también contiene la semilla de un proceso a largo plazo de unificación política y monetaria similar al de la UE.  Asimismo, impediría la incorporación al MERCOSUR de otros países latinoamericanos.  La aceptación del ALCA también traería todas las consecuencias negativas de una indiscriminada apertura del mercado. 

6. Conclusiones

La contradicción entre el centro y la periferia se produce en gran escala al nivel del sistema mundial.  De hecho, en el sistema mundial, los países que no pertenecen al grupo dominante son mantenidos en las funciones económicas, geográficas y políticas que se les ha asignado, y esto limita sus posibilidades de desarrollo.  La elemental elección para el desarrollo entre la autosuficiencia y el crecimiento orientado hacia la exportación es, en otras palabras, tergiversada por la influencia de las necesidades y los dictados del sistema internacional.  Esta situación contribuye a conformar y mantener una estructura mundial que permite a los países desarrollados desempeñar una función dominante en los sectores agrícola, industrial, financiero, militar y tecnológico.  Esto se agudiza debido a la lucha que los mercados de capital libran contra (en particular, aunque no exclusivamente) América Latina y gran parte de Asia.   Como resultado de todo esto, la periferia entera, el Tercer y Cuarto mundos, padecen hambre, subdesarrollo y guerras de todo tipo que suelen ser de carácter militar, pero que también pueden ser de naturaleza económica, comercial y financiera.  Eso significa que millones de vidas son destruidas cada año de diferente manera.

Los temores de Martí parecen haber sido confirmados.

Martí, como ya dije anteriormente, no se consideraba solo el paladín de la liberación de Cuba y Puerto Rico, su punto de vista era verdaderamente internacionalista:  se sentía responsable por toda “Nuestra América”, esta nueva entidad con la que él soñaba.  Ho Chi Minh también tenía un vivo interés en toda Indochina, en los países coloniales, en general, y en las clases populares de las metrópolis.  Ambos hombres perseguían el objetivo de liberar también a las clases pobres y oprimidas de las metrópolis: la lucha antiimperialista y anticolonialista no fue más que un paso hacia ese fin.  Para mostrar el persistente papel desempeñado por los Estados Unidos en la historia moderna del colonialismo y el imperialismo, debemos señalar también que ambos hombres tuvieron precisamente que luchar contra ejércitos e intereses económicos y políticos estadounidenses. 

La vida de Martí es aleccionadora para los que participamos en el mismo tipo de lucha.  Nunca debemos olvidar que Martí era la clase de hombre, como inteligentemente señaló Bertrand Russell, que pensaba que presenciar un crimen sin sentir la necesidad de actuar contra él es como cometerlo.  Las características reservadas y militaristas del concepto de Martí de un partido revolucionario son solo una de las posibles formas de inducir cambios determinados por las necesidades de la lucha revolucionaria.  La táctica de Martí era adecuada a un conjunto de circunstancias históricas.   Todos debemos meditar sobre la necesidad de organizarnos contra el imperialismo, y analizar las ideas de Martí y el tipo de acción política, sus aciertos y sus errores, es, sin duda, útil  Sin embargo, sobre todo, deberíamos reconocer, a través de sus ideas y acciones, su inquebrantable compromiso con la causa de la libertad, la democracia y la justicia social.

Hay pues rezones para esperar que un cambio en la triste situación presente tal vez no esté tan lejos. 

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*Profesor, Facultad de Ciencias Estadísticas,  Univ.”La Sapienza”, Director Científico de CESTES y de la revista PROTEO. Este ensayo obtuvo el primer premio del concurso Pensar a Contracorriente (2006).

Tomado de La Jiribilla N° 279.


 

[1] José Martí nació en La Habana, Cuba, en 1853, y fue muerto en combate, en Cuba, en 1895.  Su familia era de origen español, y él pasó parte de su vida en España cuando niño.  Pronto se sumó a la causa de la revolución por la justicia, el desarrollo y la independencia de América Latina, y pasó largos periodos en el exilio, incluso en los Estados Unidos de América.  Cuando regresó fundó el Partido Revolucionario Cubano, luchando por sus ideas hasta su desaparición física.

[2] La penosa situación descrita antes, y los sufrimientos que acarrea, tienen consecuencias paradójicas que empeoran el mutuo entendimiento entre las culturas del mundo.  Tomemos como ejemplo el desastre del 11 de septiembre, considerado con justeza por los occidentales como un acto de barbarie.  Por el contrario, los pueblos de los países explotados y muy heridos por Occidente lo podrían interpretar como un desastre menor.  De hecho, la atrocidad que tuvo lugar en Nueva York parece nimia comparada con las atrocidades que han venido ocurriendo diariamente en el Tercer Mundo durante más de doscientos años.

[3] La diferencia entre ricos y pobres en los EE.UU. aumentó mucho en los pasados 30 años; si en 1969 el 1% de toda la población poseía el 25% de la riqueza nacional, en 1999 el porcentaje aumentó a un 40%.  El inventario de desequilibrio financiero nacional aumentó de 12 a 22 billones de dólares entre 1995 y 2000.

[4] En los EE.UU. el desempleo registró un enorme aumento.  Se ha observado una disminución del consumo de más de 0,5%.  El PIB en el segundo semestre de 2001 aumentó solo en 0,2% mientras que fue negativo (-0,4%) en el tercer trimestre, lo que indica la fase recesiva.

[5] La subordinación de la UE a los EE.UU. fue patente durante la Guerra de la OTAN en Yugoslavia. El impacto negativo que tuvo en el euro, que cayó, comparado con el dólar en ese periodo, cerca de un 12%, y en las economías de los 15 países de la UEM.

[6] Véase: R.Martufi, L.Vasapollo, "EuroBang…..", Op. cit.

[7] Véase: R.Murray, "Flexible Specialization In The <Third Italy>", Capital and Class, 34, 1988.

[8] Véase: R. Martufi, L. Vasapollo, "EuroBang…", Op. cit.;  D. Harvey, "The Geopolitics Of Capitalism", en D. Gregory, J. Urry, "Social Relations and Spatial Structures", Londres, 1985.

[9] Que muchos de los fenómenos que aquí se examinan llevan la firma del imperialismo no hay que decirlo.  Para otros análisis del tema del imperialismo, véase Arriola/Vasapollo (2004), Vasapollo/Casadio/Petras/Veltmeyer (2004), Casadio/Petras/Vasapollo (2004).

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