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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

 

Israel, Líbano y la solución final
Escribe: Marcos Roitman Rosenmann

El juicio de Nüremberg se considera un punto de inflexión en los horrores de la guerra. Lo visto en los campos de concentración nazis abre los ojos a la comunidad internacional para juzgar crímenes de lesa humanidad. La ofensa no se cometió contra una etnia, un grupo social, una clase, un grupo político, un pueblo. Quien sufre la ignominia es la condición humana. La forma de actuar del Tercer Reich buscó aniquilar cuanto consideraba obstáculo a su proyecto. Homosexuales, lesbianas, comunistas, enfermos mentales, deformes, gitanos, socialistas, socialdemócratas, demócratas, defensores de las libertades civiles, entre ellos judíos.

No distinguió nacionalidades. Rumanos, polacos, rusos, franceses, españoles. Tampoco le preocupó el sexo o la edad. Mujeres, niños y hombres murieron en las cámaras de gas o fueron utilizados como conejillos de indias en los experimentos. Otros trabajaron en las fábricas para los industriales y empresarios en condición de presos. Hubo amantes e informadores al servicio de la Gestapo, no lo olvidemos también judíos. Los horrores de Trevinka o Auschwitz nos sitúan ante una pesadilla. Las imágenes de la Segunda Guerra Mundial unen liberación con trajes a rayas de cientos de personas demacradas y esqueléticas con los ojos ahuecados incrédulas con la llegada de los ejércitos aliados más atónitos al descubrir su existencia. Esquizofrenia unida con los fotogramas de palas mecánicas sin compasión empujando cadáveres en fosas abiertas para recibir los cuerpos en cal viva.

Muchos aceptamos la historia oficial del Holocausto. Por consiguiente, reducimos el problema a Hitler, a su proyecto y a un espacio, el alemán, y a su ideología: el antisemitismo. Dos Hitler no podrán sucederse en el tiempo. Además, el sentimiento de culpa empapó las almas de Occidente. Hay que redimir a los judíos, sus víctimas. Hananh Arendt, dirá que el antisemitismo despertó la bestia, el peor totalitarismo en la faz de la Tierra, el nazi. Había que restituir el equilibrio ante el sufrimiento. El Estado de Israel se crea para dar satisfacción a los tiempos difíciles del Holocausto y ocultar la mala conciencia de Occidente. ¿Quizás su antisemitismo?

Empieza otro calvario y peregrinar, el del pueblo palestino. En nombre del antisemitismo y el Holocausto, se impondrá una versión interesada y maniquea del Tercer Reich, del nazismo y del fascismo. En él, sólo los judíos emergen como las víctimas, desaparecen "los otro". Los igualmente perseguidos, torturados y asesinados por el Tercer Reich. En tiempos de guerra fría, los nazis son útiles en la lucha contra el comunismo y el marxismo. Occidente medita una salida negociada. Los enemigos de ayer, son los amigos de hoy. Nuevas identidades, pasaportes. La Iglesia católica los protege. Ocultados en el Vaticano, Londres, París, Chile, Argentina, España o Estados Unidos. Ahora son defensores de los valores tradicionales, el orden, Dios, el Estado y la familia.

¿Fue el antisemitismo la causa del problema? ¿Un hecho alemán? Zygmunt Bauman, en uno de los libros más destacados del siglo XX, Modernidad y Holocausto, perseguido por el lobby judío internacional, premio europeo Amalfi de Sociología, en 1989, y sólo publicado en castellano por Sequitur, apunta el peligro de esta concepción: "el ejercicio de centrarse en la alemanidad del crimen considerándola como un aspecto en el que reside la explicación de lo sucedido es al mismo tiempo un ejercicio que exonera a todos los demás y especialmente todo lo demás. Suponer que los autores del Holocausto fueron una herida o una enfermedad de nuestra civilización y no uno de sus productos, genuino aunque terrorífico, trae consigo no sólo un consuelo moral de la autoexculpación sino también la amenaza del desarme moral y político. Todo sucedió 'allí', en otro tiempo, en otro país. Cuanto más culpable sean 'ellos', más a salvo estará el resto de 'nosotros' y menos tendremos que defender esa seguridad. Y si la atribución de culpa se considera equivalente a la localización de las causas, ya no cabe poner en duda la inocencia y rectitud del sistema social del que nos sentimos tan orgullosos. El efecto final consiste, paradójicamente, en quitar el aguijón del recuerdo del Holocausto".

Este párrafo condensa la realidad. El Holocausto no es una irracionalidad, ni producto del antisemitismo. El Reich nunca creyó en dicha práctica. Por el contrario, resulto contraproducente. Todos los estudios lo dicen. La razón para perseguir a los judíos era otra: "Hitler creía que los judíos, al no tener Estado territorial, no podían participar de la lucha universal en su forma habitual, es decir, en una guerra por conquistar tierras, y por lo tanto tenían que utilizar métodos indecentes y turbios. Esto los convertía en un enemigo formidable y siniestro".

Hoy, el Estado de Israel práctica la solución final en tanto es parte de la modernidad. Resultado del encuentro, dirá Bauman, de "factores corrientes y vulgares... posibles por la emancipación del Estado político -de su monopolio de la violencia y de sus audaces ambiciones de ingeniería social- del control social, como consecuencia del progresivo desmantelamiento de las fuentes de poder y de las instituciones no políticas de la autorregulación social".

El Holocausto es el crimen del Estado de Israel contra Líbano y Palestina. Bombas de racimo, armas químicas y sobre todo la emergencia del sionismo, fundado en el falso antisemitismo, como excusa para justificar la muerte de cientos de civiles en Beirut y la solución final. El exterminio. La lógica de Occidente obliga hoy más que nunca a revisar de qué forma se construyó la explicación del Holocausto. De lo contrario las matanzas en nombre de la civilización judío-cristiana seguirán produciendose y exculpando a estados criminales como Israel, ante la pasividad y complicidad de sus aliados. Los bombardeos contra Líbano y los territorios palestinos son crímenes contra la humanidad. Deben ser juzgados. Nüremberg abrió el camino. El Holocausto se repite.

 

Tomado de La Jornada, 12/8/06

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