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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

El camino de Chavez

Desviaciones de la izquierda: Alertas desde dentro de la Revolución

Escribe: Juan Carlos Monedero

 

“Bajo la dictadura del proletariado pueden existir dos, tres e incluso cuatro partidos, pero a condición de que uno de ellos se encuentre en el poder y los demás en la cárcel” Nicolás Bujarin (en 1927)

“El Partido en última instancia siempre tiene razón porque el Partido es el único instrumento histórico que le es dado al proletariado para el cumplimiento de sus tareas fundamentales (…) Sé que no debemos tener razón contra el Partido. Sólo podemos tener razón en el Partido y a través del Partido, pues la historia no ha creado otra vía para la realización de lo que es correcto” Leon Trotsky (en 1923)

“Aquí se viene sin charreteras de ningún tipo (…) Aquí somos todos iguales”
Presidente Chávez en la II Juramentación de los Propulsores del PSUV (abril de 2007)

“El 98% de los venezolanos ya hace tres comidas al día”
III Encuesta Nacional de Presupuestos Familiares realizada por el Banco Central de Venezuela (abril de 2007)
 

Bujarin y Trotsky, dos de los más preclaros pensadores y activistas revolucionarios de la Unión Soviética, entendieron a la perfección la necesidad que tienen las masas de dotarse de un instrumento revolucionario para construir las transformaciones. También los dos repararon en su error cuando vieron que ese aparato, en manos equivocadas, se convertía en un arma de doble filo. Pero fue demasiado tarde. Los dos perecieron bajo el terror de Stalin. De sus errores aprendemos. En el pasado están las preguntas, pero no las respuestas.

Acierta el presidente Chávez cuando, mirando hacia atrás, repite que no quiere un partido de masas sino de multitudes (en una línea que parte del Masa y poder de Canetti y desemboca en Negri y Hardt). Las masas están a merced de las grandes corrientes, no tienen criterio propio, son fácilmente maleables bajo influjos irracionales. Las multitudes, por el contrario, debieran marchar hacia el socialismo con criterio propio, leales y corresponsables con la construcción de la unidad, pero también críticas e incómodas. Las multitudes comparten el actuar de las aves que emigran: siempre hay una, esencial, marcando el rumbo. Pero no tiene que ser siempre la misma. Las multitudes se diferencian de las masas en que la dignidad de la persona, esa cualidad que radica en el hecho de que cada ser humano es único e irrepetible, sólo habita en las primeras.

No hay socialismo del siglo XXI sin una reflexión profunda sobre el socialismo del siglo XX. De lo contrario ¿por qué no hablar sin más de socialismo? Hay un hilo de oro entre ambos, pero allí donde las preguntas eran las mismas -–las de la emancipación-- las respuestas necesariamente tenían que diferir. El siglo XX, hijo de su época, fue una centuria terrible atravesada de guerras calientes y frías, de la falta de referentes para la construcción de gobiernos populares, de inexperiencia política de los representantes de obreros, campesinos, explotados, oprimidos. Las prácticas de los primeros socialismos gobernantes, como zapadores de un esfuerzo emancipador amenazado y cercado desde sus mismos inicios, nos han legado el mapa de los aciertos y de los errores, un listado con los riesgos que resultaron de querer construir atajos para pagar la deuda social de los pueblos, con los problemas que sobrevienen cuando la verdad deja de ser un diálogo y se convierte en un monólogo.

La magia de Venezuela está en su constante inventiva. Atrás quedan otros intentos sancionados como inútiles por la experiencia histórica. El de ahora, en todos sus ámbitos, es inédito para poder ser eficaz. Es su salvoconducto para el éxito.

El 19 de abril, en el Poliedro de Caracas, en la II Juramentación de los Propulsores del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), el Presidente Chávez alertó acerca de las desviaciones propias de los partidos de la izquierda revolucionaria en el siglo XX. No es menor el peligro y en ese acto se le dio un elevado rango. Aquellas desviaciones, mandaron al basurero de la historia, con mucha injusticia, el sueño de la revolución de octubre. Esas desviaciones, parapetadas en la exigencia de construir un arma invencible que terminara con una era terrible -–recuérdese que la revolución rusa nace en el entorno terrible de la Primer Guerra Mundial-- tenían detrás una urgencia más sentida que pensada. El socialismo del siglo XX, antes de ser heroico y terrible fue ingenuo. De ahí que todas ellas señalen problemas similares: el vanguardismo -–sólo la cúpula sabe--, el verticalismo y el autoritarismo -–un centralismo democrático que era centralista y nada democrático--, la copia de modelos foráneos, el teoricismo -–la teoría como realidad incontrovertible--, el dogmatismo -–aplicar la ideología como catecismo--, el estrategismo –-sacrificar la realidad concreta al gran plan--, el subjetivismo -– confundir los deseos y la situación personal con la realidad social--, la concepción de la revolución como asalto al poder, la insuficiente valoración de la democracia, la consideración de los movimientos sociales como simples correas de transmisión, el desprecio a los valores religiosos, el machismo o la gerontocracia. Creer un grupo, en definitiva, que el fin justifica los medios, que nadie como ellos, como vanguardia, puede identificar esos fines, y que quien no concuerde con este escenario es porque está errado o es malvado -– léase, contrarrevolucionario, oligarca, fascista—(1) .

Pero las revoluciones, o son diálogos permanentes entre el liderazgo y el pueblo o se convierten en una restauración del despotismo ilustrado, aquel que quería “todo para el pueblo sin el pueblo”. Ya lo habían adelantado Robespierre, Rosa Luxemburgo y Trotsky en momentos históricos donde el instrumento político aparecía como un requisito para el triunfo revolucionario: la organización del partido -–alertaba la Luxemburgo-- sustituye a la sociedad, el Comité Central sustituye a la organización política y un “dictador” (la expresión es de Trotsky) sustituye al Comité Central (2). Cuando el Partido se convierte en referente exclusivo de la verdad, cuando el Partido se entiende como la única herramienta para crear la emancipación, cuando Estado, revolución y partido se hacen sinónimos, cuando las diferentes miradas y propuestas del esfuerzo revolucionario se miden acríticamente con los lineamientos del partido, se están repitiendo las desviaciones del socialismo del siglo XX. No habría ahí inventiva alguna, sino repetición de, además, los principales errores.

Pero Venezuela ha mirado hacia atrás con astucia. El presidente Chávez lo dijo en el Poliedro con voz clara:

“Una maquinaria que debe crear espacios para el debate permanente, que debe aceptar distintas corrientes dentro de ella misma —dije corrientes, no dije sectas, ni dije fracciones caudillescas—, una organización que consulte permanentemente a las bases populares a las multitudes y a las masas populares, para que nunca pierda el impulso, el nervio y el palpitar del corazón, del pueblo y el corazón de las multitudes; una maquinaria que permanentemente esté haciendo elecciones de base para que sus autoridades locales, regionales, nacionales sean profundamente legítimas y practicantes todos de la democracia revolucionaria, de la democracia directa, de la democracia de multitudes. Una maquinaria en fin, que sea capaz de articularse con distintos movimientos, con distintos partidos y grupos en América Latina, en el Caribe y en el mundo”.

Esto es, una organización vacunada frente a las pretensiones de nadie de hacer del PSUV una organización al servicio de sus intereses particulares. Una advertencia, hizo ver, que era igualmente válida para el último ciudadano del país como para el Presidente de la República. Y si así es, es igualmente válida  para Ministros, Alcaldes, Gobernadores, servidores públicos de cualquier tipo. En el socialismo del siglo XXI, a diferencia del socialismo del siglo XX, se manda obedeciendo. La Constitución enmarcará las nuevas reglas del juego. Y ahí se alinearán, sin interpretaciones particulares, todos los sectores del país: ciudadanos, militares, empresarios, iglesia, partidos, universitarios o campesinos… Una eficaz división de poderes se encargará de evitar que los que ejecutan sean los mismos que los que sancionan (cuya independencia de cualquier partido es un requisito). Y un pueblo siempre atento será la principal garantía de que la democracia será realmente el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Rumbo al socialismo, no articular un partido unido sería una ingenuidad inexplicable. Una fuerza transformadora que quiere construir la emancipación a través de las elecciones necesita organizar una fuerza electoral. Pero Venezuela necesita algo más que una estructura de movilización en momento de elecciones.

Después de años a la defensiva, la Revolución Bolivariana tomó la iniciativa. Tarde o temprano, tenía que enfrentar el reto del instrumento político. Venezuela, en 1998, se acostó Adeca y se levantó chavista. Sin una reordenación política profunda, las herencias del pasado siempre serán una amenaza constante para el intento revolucionario. El minifundismo tradicional heredado de la IV República; la inexistencia de un aparato estatal organizado sobre la base de principios meritocráticos, jerárquicos y profesionales; la necesidad de reforzar ideológicamente y coordinar políticamente a las fuerzas que defienden la revolución bolivariana (entre otras razones, con el fin de descargar la responsabilidad total que a día de hoy descansa cuasi en exclusiva en el presidente Chávez); la exigencia de formar cuadros capaces de ocupar con honestidad y provecho colectivo espacios de administración pública; las ventajas de articular en todo el país un flujo vivo de información y ejecución; el beneficio de dotarse de una estructura eficaz y eficiente que pueda sobreponerse a la falta de conciencia, los vicios clientelares, la corrupción normalizada y la falta de compromiso público heredados históricamente en Venezuela… Todos estos son elementos que reclamaban con urgencia una reorganización política. Cierto es que la importancia del empeño hubiera ameritado algo más de calma y mayores definiciones previas. Pero los ritmos que los pueblos adoptan difícilmente pueden medirse con metros de prudencia académica. (3)

Es ente este contexto, por tanto, donde se ubica la discusión acerca del Partido Socialista Unido de Venezuela. El mismo contexto es el que nos recuerda que sería igualmente ingenuo pensar que ese impulso no iba a venir acompañado de todo tipo de apoyos y ruidos, exaltaciones y advertencias, entusiasmos y descalificaciones. Una vez más, la trinchera que cavan los medios de comunicación -–verdadero partido de oposición en Venezuela-  evita diferenciar el trigo de la paja. Si la oposición carga sus baterías para descalificar la creación del PSUV, cualquier alerta que se haga desde las propias filas revolucionarias puede ser fácilmente descalificada echándose en el mismo saco de la reacción (¿Qué hubiera ocurrido si en vez de el Presidente Chávez hubiera sido cualquier otra persona la que hubiera advertido de los riesgos de desviación dentro del PSUV?). Esto sería un triunfo de la oposición, pues conseguirían de hecho parte de sus fines: limitar la capacidad de análisis del partido. Sin crítica, el PSUV se convierte en ciego. Y mal debate se podría crear en Venezuela si las posiciones críticas tienen que empezar pidiendo disculpas o están atenazadas por el miedo a la descalificación desde las propias filas.

No se trata, por tanto, de las advertencias de la oposición, deseosa de que las fuerzas revolucionarias no se doten de un instrumento capaz de ganar elección tras elección (y que enmascarará este deseo en cualquier argumento más o menos elegante); tampoco se trata de aquellos que pretenden reproducir las formas antiguas de minifundismo partidista, manteniendo pequeñas estructuras de poder, convencidos de que tendrán más futuro político intentando ser cabeza de ratón que cola de león. Se trata de una lectura crítica de los partidos políticos, incluido el PSUV, que debe entenderse dentro de una mirada que se quiere revolucionaria. Es misión de los intelectuales ser incómodos. Lenin siempre encontró tiempo para discutir los argumentos de los que le adversaban (aunque las urgencias de la guerra civil lo echaron en no pocas ocasiones en brazos del autoritarismo). Stalin, menos cuidadoso, prefirió proscribirlos directamente. Las reservas del autoritarismo hay que hacerlas pensando más en los Stalin que en los Lenin. En la jungla, los pequeños animales cuentan con que nunca el león firmará un protocolo de entendimiento.

Al menos desde 1911 (fecha de publicación del libro de Robert Michels Los partidos políticos), sabemos que todo partido político siempre tiende a la oligarquización. Toda estructura política, nos dice la evidencia histórica (por tanto, es una realidad contrastada y podemos entenderla como un insumo de la ciencia política), cae bajo el mandato de una oligarquía, que constriñe, con una ley de hierro el debate, hurta la democracia interna y concentra en una élite las decisiones de la organización. Es por eso que las fuerzas socialistas del siglo XXI manifiestan reservas hacia cualquier repetición de las formas partidistas que tan malos resultados han dado durante el siglo XX -– recordemos que no fue hasta el Foro Social Mundial de Caracas, en 2005, que no se abrió un espacio amplio a los partidos políticos--. El PSUV, sujeto a la necesidad de inventiva que alimenta a la revolución bolivariana, tendrá que hacer cierto que será un partido diferente o, en breve, repetirá las desviaciones conocidas. Con el problema añadido de que Venezuela, ahora mismo, es la conciencia crítica de América Latina.

De ahí que haya que celebrar que sea la estructura de los batallones, quizá la principal red nacional de carácter popular, la que, inicialmente, esté detrás del impulso originario del PSUV. Al igual que el hecho de que los propulsores, como recordó Alberto Müller en ese mismo encuentro, no deban tener militancia política previa. Y no es menor el recuerdo de que sean los militantes los que sostengan con sus cuotas el partido, evitando caer en manos de los que traen la nómina a la organización (4). Los requisitos se han puesto. Los resultados se verán en breve. En unos meses sabremos si los rostros del nuevo partido son realmente rostros nuevos o se repiten viejas caras. Si así fuera, tendremos que concluir que un procedimiento democrático devino en un resultado no deseado. La novedad de los dirigentes, cierto es, no es garantía de nada (¡Cuántos jóvenes viejos existen, como recordaba el poeta Miguel Hernández!). Pero es señal de que se está intentando algo diferente. Cuando las cocinas están a pleno fuego, los cocineros deben estar especialmente atentos con tan altas temperaturas.

La experiencia del siglo XX marca las desviaciones respecto de las cuales los revolucionarios deben estar muy alertas. Son los que señaló el presidente Chávez en el acto del Poliedro basándose en las críticas que realizó Marta Harnecker a las experiencias del socialismo realmente existente. Estas desviaciones, pese a las décadas transcurridas, son las mismas que amenazan hoy al PSUV. Son las que, con una especial alerta revolucionaria, deben conjurarse para no malograr el tan necesario instrumento que está reclamando la revolución bolivariana. Son los errores que cometió el socialismo del siglo XX (especialmente el partido bolchevique de la URSS, pero también la izquierda europea o latinoamericana) y que terminaron por anegar las esperanzas iniciales. Son desviaciones que nos importan a quienes nos hemos comprometido, personal e intelectualmente, con este proceso de transformación social y política radical que hoy representa Venezuela. En un listado de urgencia, una mirada a lo que fue la experiencia del socialismo realmente existente nos presenta el siguiente saldo (5) :

 1. El partido se situó, como instrumento político por excelencia, por encima de los soviets (los consejos), a los que exigió sometimiento. Cualquier discrepancia entre ciudadanos o grupos de ciudadanos y órganos del partido se zanjaba a favor de las estructuras partidistas. En ese sentido, la división de poderes se convirtió en una farsa, al igual que los Comités de conflictos a la interna del partido o las cartas de derechos y deberes de los afiliados. Otro tanto ocurrió con el derecho administrativo, que desapareció de facto (no se podía litigar contra el Estado porque era como litigar contra el propio pueblo). Como los bolcheviques identificaron al poder con el Estado, centraron su concepción política en el aparato administrativo y la sociedad sólo existía en relación con el mismo. En este sentido, la sociedad sólo existía a través del único instrumento para relacionar sociedad y Estado: el partido.

 2. Tras la revolución, una incorporación masiva de afiliados al nuevo partido, carecientes de experiencia política y muy influidos por la fuerza del equipo revolucionario, puso la renovación de los cuadros en manos de los más experimentados, que terminaron haciendo del partido un instrumento para su uso particular (pasadas las primeras hornadas revolucionarias, el aparato devino en un lugar de privilegio y corrupción).

 3. Al pretenderse que sólo el partido representaba la verdad, que expresaba la única línea correcta, se construyó un referente político monolítico que terminó por dejar de aprehender el discurrir real de la vida. La cotidianidad y el análisis del partido iban por caminos diferentes, pero la única lectura correcta era la que lanzaban los órganos políticos, obligando a la ciudadanía a hacer y pensar una cosa y decir otra. El debate cultural fue sustituido por el adoctrinamiento.

 4. Sólo los miembros del partido podían ocupar puestos en el Estado. Como el partido se definía como revolucionario, cualquier confrontación con un miembro del partido se convertía en una ofensa al Estado y a la revolución. Disentir del partido convertía en enemigo del pueblo (¿Qué pasaría en Venezuela si en una comunidad hubiera una confrontación entre un miembro activo de un consejo comunal y la estructura municipal del partido?)

 5. El partido se referenciaba casi exclusivamente con un momento histórico que funcionaba como epifanía, como lugar y hora del nacimiento de la nueva patria. Al ser el único referente constructor de legitimidad, las únicas personas que podían portar ese emblema eran los que lo habían protagonizado. Esto generaba una gerontocracia, un gobierno de ancianos (por lo general hombres) que eran los únicos que podían exhibir su presencia en ese nacimiento. Las generaciones posteriores, conforme pasaba el tiempo sentían menos la intensidad de ese momento, convertido, por el mero paso del tiempo, en una referencia mítica y lejana.

 6. Al ser el Partido una estructura no controlable sino desde dentro, y al convertirse en una jerarquía férrea, desaparecieron los mecanismos de ajuste, con lo que el partido se convirtió en un altavoz recurrente de logros vacíos y falsos avances que pretendían suplir con propaganda la falta de avances. Este problema se multiplicó cuando desaparecieron las fracciones (éstas se prohibieron en la URSS en 1921).

 7. El partido nunca consideró la posibilidad de que las masas le retiraran su confianza. Esto era así porque los bolcheviques siempre funcionaron con una idea mítica del proletariado, donde, por contagio, la dirección de ese proletariado gozaba igualmente de esa condición mítica. Criticar a la dirección bolchevique se presentaba como un ataque al pueblo, con todos los abusos que eso generó.

 8. Todos los canales de expresión fueron progresivamente acallados, de manera que los conflictos se trasladaban crecientemente al seno del partido (único lugar donde podía ejercerse influencia). Pero en el partido, por la jerarquía propia del centralismo democrático, el debate fue ahogándose. Lenin siempre tuvo clara la necesidad del debate interno. Pero sus seguidores no lo entendieron así.

 9. La falta de debate ideológico -–algo que se evitaba para que no emergieran las contradicciones-- se sustituía por las purgas y depuraciones. Después de cada expulsión, convenientemente ritualizadas, el partido se mostraba como más puro, más proletario, aún más cuando se conseguían las confesiones públicas de los depurados. Enemigos de clase, contrarrevolucionarios, derrotistas, conspiradores eran los adjetivos con los que el partido se encontraba con su pureza, con una mayor virginidad tras la descalificación y eliminación de unas excrecencias que solamente merecían ser destruidas (de ahí la feroz inhumanidad del estalinismo, que humillaba públicamente reproduciendo, varios siglos después, los actos de fe de la inquisición. Con la existencia de la televisión, los actos públicos de escarnio se trasladaron a la pequeña pantalla, metiendo la pira funeraria virtual en cada casa).

 10.Las necesidades de unidad y de disciplina, dos requisitos para cualquier fuerza política, anularon las no menores necesidades de debate y libertad de crítica, con la consiguiente asfixia del pluralismo que se había reclamado. Las reclamaciones de unidad, un sentimiento recurrente de las bases populares, se interpretaban como homogeneidad, ahogándose cualquier disidencia.

11. La misma falta de debate, y la necesidad de ajuste político permanente para poder sobrevivir en un entorno mundial hostil, llevaban a constantes reescrituras del pasado, reelaborando los hechos históricos y presentando a la ciudadanía el comportamiento de los líderes como constantes anticipaciones de la razón histórica. Este uso espurio del pasado impedía que la historia, en manos del pueblo y de su propia memoria, se convirtiera en un arsenal de construcción de democracia, especialmente cuando toda la disidencia actual se demonizaba hacia atrás --hasta prácticamente la cuna, cuando no se proyectaba sobre los antepasados--, inventando relaciones de los antaño revolucionarios con los enemigos históricos del proceso.

 12. El modelo que Lenin pensó para la realidad concreta de Rusia fue trasladado acríticamente a América Latina, ignorando aspectos de gran relevancia en el continente americano -–la cuestión indígena, la cuestión religiosa, la estructura social--,de manera que los partidos comunistas se convirtieron en rígidas carcasas que, al tiempo que se articulaban como el más potencial instrumento eficiente para el logro de avances sociales, cobraban un precio muy alto por el mismo, separándose crecientemente de las bases.

El viejo Lenin, como una suerte de Bolívar triunfante pero con la misma sensación de traicionado, lamentó en sus últimos años las desviaciones que sufrió su partido. Tanto fue así que llegó a equiparar a los militantes con los que no pertenecían al partido. De esta forma, el creador del partido bolchevique terminó negando ningún valor especial al hecho de formar parte del instrumento político por excelencia. (Dentro de unos meses, ¿alguien en Venezuela podrá presuponer más compromiso revolucionario a los militantes del PSUV --seguramente hombres en su mayoría--, que a los miembros de un Consejo Comunal –-seguramente mujeres en su mayoría-- que pese a no militar dedican buena parte de su esfuerzo a la comunidad, tanto en ese momento como a lo largo de su biografía? ¿Será más revolucionario un miembro del partido que cualquier ciudadana que entregue buena parte de su tarea a la mejora de su comunidad? ¿No pertenece al pueblo, organizado en su comunidad, el poder constituyente de cualquier república? Sólo una organización política flexible, nada rígida, poscolonial -–que vaya más allá del estatismo y de la Modernidad del pasado-- podrá evitar estas confrontaciones).

Una vanguardia que se separa de su pueblo es un comité de notables que, pese a aprenderse el discurso revolucionario -–o quizá por eso mismo-- representa el principal riesgo de la emancipación. Son, devolviendo sus palabras, el verdadero enemigo camuflado, vestido ostentosamente con el traje del ejército que realmente combate. ¿Y cómo denunciar su traición -– o simplemente su incongruencia-- si cualquier crítica cae bajo la acusación de contrarrevolución? Volviendo una vez más a la historia, fue Bujarin, en su recurrente duda, quien lo recogió en 1922 con gran amargura: “La historia está llena de ejemplos de la transformación de partidos de la revolución en partidos de orden. A veces, los únicos recuerdos de un partido revolucionario son los lemas que han inscrito en los edificios públicos” (6) .

Venezuela ha conquistado la simpatía del mundo. Ningún otro país con transformaciones en marcha ha logrado el apoyo que ha recibido la revolución bolivariana. La izquierda de los cinco continentes, la intelectualidad crítica, los movimientos sociales alternativos, todos ellos articulados en el Foro Social Mundial, han sido el principal altavoz fuera de Venezuela de los logros de este proceso, aún más cuando los intentos de descalificar a la V República, y en especial al presidente Chávez, arreciaban a través del monopolio de los medios de comunicación y de esa internacional del terror que gobierna el neoliberalismo global. El alejamiento de los viejos modelos es la principal baza de apoyo internacionalista que recibe en el mundo el proceso bolivariano. Y fue lo que estuvo en la base del apoyo popular a la propuesta novedosa que representaba Hugo Chávez.

En este nuevo paso, cuando Venezuela se dota de un instrumento político para avanzar en la revolución, las miradas vuelven a girarse hacia la patria de Bolívar. ¿Volverá Venezuela a dar una lección al mundo? ¿Una vez más ese lema brillante que propone inventar para no errar abrirá caminos en este país para que otros pueblos puedan andar después sobre esa experiencia? ¿Estará la creación del PSUV a la altura del ejemplo antiimperialista que ha dado Venezuela, a la par que el esfuerzo de integración latinoamericana, la genialidad del ALBA, la fuerza de Telesur, la vertiginosidad de las Misiones o haber conseguido que los venezolanos hagan en su mayoría tres comidas al día? ¿Estará, en definitiva, la reinvención de un nuevo instrumento político a la altura de la gloria que representó el pueblo en armas, rescatando un 13 de abril, ahora hace cinco años, a su Presidente constitucional, dejando claro al continente que quien manda es el poder constituyente hecho multitud? Una vez más, el reto es enorme. Sabemos que el único antídoto a las desviaciones políticas del siglo XX es pueblo, pueblo y más pueblo. Los hombres y mujeres de Venezuela tienen el instrumento en sus manos. Y aquí es importante entender algo. El presidente Chávez no es un catalizador, pues los catalizadores permanecen invariables mientras crean la reacción. Su genio, que incorpora la sabiduría de los indígenas callados durante 500 años, está en la comunión con su pueblo. Mandar obedeciendo. El presidente Chávez es un reactivo que cambia con las señales de su pueblo. Después de cinco años de echarse a la calle a recuperar la esperanza, es otra vez un momento estelar del pueblo en armas. Su aportación ahora no debe ser simplemente demostrar su apoyo al Presidente (algo esencial en estos años, cuando todos los enemigos de fuera y de adentro tenían a Chávez como principal objetivo). Ahora se trata de volver a definir los insumos de esta revolución.

Las armas hoy son diferentes, pero no menos eficaces. Como recuerda Marta Harnecker, se trata de “pasar de la conducción militar a la pedagogía popular” (7). No olvidemos que el proceso de construcción del PSUV arranca cuando aún no está siquiera perfilado su programa político. Se trata en este momento, por tanto, de ayudar a crear la forma y el contenido de este nuevo instrumento político, dotándolo de la pluralidad que siempre encierra el pueblo vivo, de la flexibilidad que siempre acompaña a una realidad que nadie puede encorsetar, de la alegría que reclama un socialismo que merezca ese nombre (recuérdese que un socialismo triste es un triste socialismo). Un partido, como diría Cortázar, que se estará armando y desarmando constantemente, pues las ideologías nunca se están quietas cuando reflejan la cambiante realidad social; un partido al cual Alí Primera se afiliaría mil veces y mil se daría de baja; un partido que recibiría todos los días la crítica acerada del Che, quien sería su primer militante y, al tiempo, uno de los más indisciplinados; un partido en donde Maneiro y Rodríguez verían parte de sus sueños cumplidos. Un partido del cual, desde su enorme estatura, dirían con cierta conmiseración, unos a otros: “es como nosotros, nada más ni nada menos. Cometerá aciertos, cometerá errores, pero lo hará siempre con tanta vida, con nuestro ritmo, con nuestra sonrisa, con nuestra humildad… Estábamos en lo cierto: mira que esta revolución es realmente bonita…”

Notas

(1)  Véase Marta Harnecker, La izquierda en el umbral del siglo XXI, haciendo posible lo imposible, Madrid, Siglo XXI, 1999. Reeditado y actualizado como Reconstruyendo la izquierda, Caracas, Centro Internacional Miranda/Viejo Topo, 2006.

(2) Las palabras de Robespierre, mas elusivas, fueron: “Así una nación de veinticinco millones de hombres será gobernada por la Asamblea representativa, ésta por un pequeño número de diestros oradores, y, ¿por quién terminarán siendo gobernados esos oradores alguna vez? … No oso decirlo, pero fácilmente podréis adivinarlo vosotros”.

(3)  En los inicios del debate sobre el Partido Unido, analicé las dificultades que un empeño de estas características supone para América Latina, así como los réditos que se obtendrían de multiplicar los debates antes de enfrentar concretamente la organización de la nueva fuerza. Evidentemente, los tiempos históricos han adelantado a los tiempos universitarios. Véase Juan Carlos Monedero, “En donde está el peligro”, Question, diciembre de 2006.

(4) Este es uno de los rasgos que caracterizan la cartelización de los partidos que apuntaron Katz y Mair en un artículo ya clásico. Sin embargo, el gasto principal de un partido no es el sostenimiento de la organización, sino el financiamiento de las campañas electorales. De no clarificarse estos dos aspectos, la maquinaria del partido caerá presa de las personas que traigan los recursos, convirtiendo al final al partido en una empresa electoral donde los dirigentes tendrán consideración de managers y el tesorero pasará por el gran hacedor.

(5)  Buena parte de estas reflexiones surgen de mi tesis doctoral, Causas de la disolución de la República Democrática Alemana. La ausencia de legitimidad 1949-1989, desarrollada como un postrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania) y leída en la Universidad Complutense de Madrid en 1996.

(6) Citado en Cesáreo A. de Prat, La teoría bolchevique del Estado socialista, Madrid, Tecnos, 2006. En este trabajo se analizan, con la distancia que da el tiempo, buena parte de los errores cometidos por los partidos socialistas durante el siglo XX.

(7)  Op.cit., epígrafe 365 10

 

Tomado de alainet.org, 27/04/07

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