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El movimiento indígena ecuatoriano en su laberinto
Del error histórico a las "culpas" de los mestizos

Arturo Cano / Quito

Ausente de las protestas que propiciaron la caída del presidente Lucio Gutiérrez, el movimiento indígena del Ecuador se debate en una profunda crisis derivada de su apoyo electoral al ex coronel, a la que se añaden los daños que la "guerra de exterminio" del extinto régimen emprendió en su contra, y la batalla interna que incluye el surgimiento de una corriente que demanda expulsar a los mestizos de Pachakutik, su brazo electoral.

 

El tsunami clasemediero acaba de echar, con la bendición de los militares, al hombre que llevaron al poder. El ex coronel Lucio Gutiérrez aún está refugiado en la embajada del Brasil, las calles todavía gritan "que se vayan todos" y la sede del Congreso aún es vigilada por decenas de policías. Pero Salvador Quishpe, diputado indígena, se niega a reconocer al nuevo sujeto político que inundó esta ciudad y torea las preguntas sobre la ausencia del movimiento indígena en las protestas. Con la wipala ­la bandera arcoiris emblema de los indios­ a sus espaldas, el diputado Quishpe no mueve un músculo cuando dice: "La Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), con su gran masa, sigue siendo la reserva moral de este país".

No es lo que se dice en las calles. "La Conaie y Pachakutik son culpables de haber llevado al poder al cachetón. Ellos también traicionaron a los indios", dice Monserrat Fiallo, una economista rubia que se asume forajida y para quien el problema del Ecuador es que "al presidente lo elige un grupo de analfabetos".

Hay voces menos estridentes y sin aires de racismo. Una investigadora que ha trabajado largamente con los indígenas dice que entre la clase media quiteña hay cierto resentimiento hacia la Conaie, "porque siempre que los indios vinieron, Quito los apoyó y los recibió con los brazos abiertos, y ahora la dejaron sola". Claro que hay otro ingrediente: muchos quiteños, y esto incluye a los "progresistas", todavía no le perdonan al movimiento indígena ­a su organización la Conaie y a su partido Pachakutik­ haber llevado a un candidato que sólo tenía 6% de las preferencias al primer cargo del país.

Una "pugna interburguesa"

La Conaie, que en 1997 y 2000 tuvo un papel determinante en la caída de los presidentes Abdalá Bucaram y Jamil Mahuad, vio pasar la rebelión de la clase media (o de los forajidos) sin inmutarse.

El movimiento indígena todavía paga los platos rotos por su responsabilidad en el triunfo de Gutiérrez, y a eso se suma el desgaste de su breve participación en el gobierno del ex coronel y el desastre posterior que Pablo Dávalos, antes asesor de la Conaie y ahora viceministro de Economía, describe como "un proceso de destrucción sistemática".

Las razones anteriores explican quizá la debilidad del movimiento indígena, pero no su ausencia casi total en la "rebelión de los forajidos", como se conoce a los días en que miles de quiteños salieron a las calles, desafiaron el estado de excepción, soportaron las bombas lacrimógenas e invadieron las pistas del Aeropuerto Mariscal Sucre para impedir la huida del "dictócrata" Lucio Gutiérrez.

Más allá de su debilidad actual, el movimiento indio ­o, para ser más preciso, sus principales organizaciones con la excepción de su partido Pachakutik­ se mantuvo al margen porque decidió que el conflicto era "un problema de blancos".

"Hacemos un llamado a los ecuatorianos y ecuatorianas a que no nos dejemos tapar totalmente los ojos por esta cortina de humo... las oligarquías corruptas del país quieren desviar la atención del pueblo porque en el fondo lo que quieren es saquear al país... atropellando la soberanía, la dignidad y los recursos naturales", dijo, en un comunicado del 30 de marzo pasado, Ecuarunari, la principal organización de la Conaie en la zona serrana.

"Con todo este show, seguía el comunicado, organizado por Lucio Gutiérrez y el presidente del Congreso Nacional, Omar Quintana, simplemente están ganando tiempo, desviando la atención..."

A su modo, Ecuarunari rechazaba las movilizaciones que ya por entonces ocurrían, animadas por varios partidos políticos y organizaciones ciudadanas. La organización indígena decía que sí había que moverse, pero no por el tema de la Corte, sino "en defensa de nuestros derechos, de la dignidad y soberanía y los recursos naturales y las áreas estratégicas del país".

Pero ese discurso que todo lo abarca terminaba, en el mismo comunicado, reducido a la protesta de Ecuarunari por algunos cambios en la dirección de educación bilingüe.

Pocos días más tarde de la publicación del comunicado, miles de quiteños salían a las calles para protestar por las maniobras de Lucio Gutiérrez, quien primero propició el relevo casi completo de los jueces de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y luego, quiso echar atrás. Claro, antes, una de las primeras acciones de la nueva CSJ había sido cancelar los procesos judiciales contra los ex presidentes Gustavo Noboa y Abdalá Bucaram, este último encarnación misma de la corrupción para muchos serranos.

Finalmente, el tema de la Corte fue la gota que derramó el vaso, el motivo final para el estallido, pero debajo había un hartazgo de la clase política y un rechazo a "la corrupción, el nepotismo y el entreguismo" del gobierno de Gutiérrez.

Eso no era lo que veían muchos de los dirigentes indios ­comenzando por Luis Macas, actual presidente de la Conaie­, quienes se mantuvieron en la idea de que debían evitar involucrarse en el conflicto, porque era una "pugna interburguesa".

"La cuestión estaba por reventar, pero la dirección de la Conaie no lo entendió así", dice Nina Pacari, la abogada quichua que fue canciller los primeros seis meses del gobierno de Gutiérrez.

Cuatro mestizos

La Conaie nació en 1986, como resultado de la unión de Ecuarunari y la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (Confenaie). Diez años más tarde, con aliados de otros sectores no indígenas, se creó el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik-Nuevo País, que en su primera incursión electoral ganó seis diputados (el parlamento está formado por 100 legisladores).

En 2002, los votos de Pachakutik permitieron que Gutiérrez pasara a la segunda vuelta electoral y que "el partido de los indios" ­que en realidad es más votado entre las clases medias urbanas­ se hiciera de 11 diputados.

En los seis primeros meses del gobierno gutierrista, dirigentes de la Conaie y de Pachakutik ocuparon cinco ministerios, aunque la luna de miel con el ex coronel había terminado desde la campaña electoral.

Gutiérrez se había deshecho del discurso izquierdista y antiestadunidense, y los choques con los ministros "pachakutes" fueron inevitables. La ruptura con el gobierno no estuvo exenta de jaloneos en las filas de la Conaie y su brazo político.

"Los mestizos tuvimos que forzar la ruptura con el gobierno de Gutiérrez", dice Augusto Barrera, quien fuera secretario de Planificación del Estado y hoy es concejal en la alcaldía de Quito.

Nina Pacari confirma las resistencias y dice que ella tenía lista la entrega de su oficina un mes y medio antes, pero debió demorarla porque otros ministros y dirigentes le pidieron esperar.

"Todavía el día que se daba la ruptura en Quito, Luis Macas en el interior hacía declaraciones conciliadoras", cuenta Barrera. Apenas salieron los ministros, Gutiérrez emprendió su "guerra de exterminio".

Aún así, un sector de dirigentes indios se quedó en sus cargos, especialmente en las provincias, donde hubo funcionarios miembros de la Conaie hasta septiembre pasado, dice Barrera.

En su guerra contra el movimiento indígena, el ex coronel Gutiérrez tuvo como inestimable aliado a Antonio Vargas, ex dirigente máximo de la Conaie y ministro de Bienestar Social. Desde su ministerio salieron los recursos para comprar dirigentes y organizaciones hasta casi acabar con la Conaie en el Amazonas. Desde su oficina también se organizaron las "contramarchas" con las que Gutiérrez intentó defenderse.

El ex coronel también aprovechó otra debilidad de sus ex aliados: la idea de un sector de sus dirigentes de que Pachakutik debe ser un partido exclusivo de indígenas.

Por ello acusó a los dirigentes no indígenas de ser los responsables de la ruptura. "Son cuatro mestizos de izquierda radical, porque el pueblo indígena quiere seguir con el gobierno", decía Gutiérrez.

La tendencia esencialista es especialmente fuerte en Ecuarunari, la organización más importante de la Conaie, por su presencia regional en la Sierra y porque fue a la que menos dañó el gobierno.

En una franja importante de Ecuarunari, admite Barrera, "hay la convicción de que Pachakutik debe ser un partido indígena, un planteamiento muy fuerte de sacar a los mestizos".

Las diferencias son de fondo y podrían llevar a la ruptura de Pachakutik y, en consecuencia, al fin de la organización "plurinacional".

En los días recientes las diferencias se expresan en la actitud frente al nuevo gobierno, encabezado por el médico Alfredo Palacio.

Según el concejal Barrera, la Conaie quiere forzar a Pachakutik a formar parte del gobierno. "Nos vamos a oponer, nosotros creemos en la necesidad de sintonizarnos con la gente que se movilizó".

Y la "gente que se movilizó" demandaba "que se vayan todos", pero también que el nuevo gobierno responda a las demandas de saneamiento de la vida pública y una agenda, aunque no compartida por todos, de independencia frente a la influencia estadunidense y en particular frente al Plan Colombia.

Desde la semana pasada, los fuertes rumores obligaron a Nina Pacari a declarar que ella no aceptaría formar parte del gobierno (se le mencionaba en la terna para la vicepresidencia).

Otra de las mencionadas fue Lourdes Tibán, ex subsecretaria de Bienestar Social, a quien antes le habían ofrecido la gobernación de Cotopaxi (en Ecuador, los gobernadores son una suerte de delegados del gobierno nacional y el mando local está a cargo de los prefectos).

La versión de Barrera es que Tibán sí quería ese cargo, pero no tuvo el respaldo de Ecuarunari. Esta semana, empero, fue nombrada secretaria ejecutiva del Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos del Ecuador.

Tibán no es la única que ha aceptado un cargo. Al menos cuatro miembros más de la Conaie han negociado gobernaciones, una de ellas en la provincia de Zamora Chinchipe, que fue pactada por el diputado Quishpe, el mismo que habla de la "reserva moral".

El choque que viene

La "plurinacionalidad" como el eje de la acción política de Pachakutik está en el centro de un debate interno que habrá de definir si el "partido de los indios" se mantiene unido o se parte.

Algunos dirigentes de Pachakutik sostienen, como Augusto Barrera, que "el tema étnico debe estar ahí pero no ser la piedra angular" y prefieren hablar de "liberación nacional", de soberanía y de "modernización democrática".

Para dirigentes como Barrera, el choque entre ambas posiciones no es inevitable, pero sí muy posible.

Según Barrera, uno de los pasos es que Pachakutik debe replantearse "profundamente" su proyecto y sus alianzas, por ejemplo las que sostiene con el Partido Socialista y particularmente con el maoísta Movimiento Popular Democrático, una organización que jugó doble, en apoyo a Gutiérrez en las alturas y sacando a sus huestes a la calle al grito de "gobierno popular".

En esa ruta de definiciones, el movimiento indígena debe también resolver esa suerte de dicotomía entre la organización social "de los buenos" (Conaie) y el partido "de los malos" (Pachakutik).

Si se siguen los argumentos de Barrera, la anterior imagen ha sido alentada por quienes romper la alianza de los indígenas con los mestizos que se ha dado en Pachakutik.

"Pareciera que Antonio Vargas se volvió 'malo' al lado de Gutiérrez", ríe Barrera, quien describe el enorme poder que tuvo el ex ministro por su conocimiento profundo de la Conaie desde abajo. "Vargas siempre tuvo un profundo sentido antiizquierda, un discurso etnicista con el que, por ejemplo, logró la unidad con los indígenas evangélicos, a partir de lo étnico y con gran pragmatismo político".

El discurso "antipartido" de algunos dirigentes indígenas se topa con realidades como el hecho de que "Rafael Pandam, que fue ministro de Bucaram es ahora el tercero de a bordo con Macas en la Conaie".Un sector de los dirigentes de la Conaie han querido vender la idea, y se sigue aquí con las líneas argumentales de Barrera, de que los tropiezos del movimiento indígena son responsabilidad de Pachakutik y particularmente de los mestizos del partido, como si la candidatura del ex coronel no hubiera sido una decisión colectiva. "Un error histórico", dice Lourdes Tibán, y con ella todos los dirigentes indígenas o mestizos.

Un "error histórico" al que se suma el abandono de muchas de las causas centrales del movimiento indio. Y el surgimiento de nuevas desigualdades.

La pobreza en las zonas indígenas se mantiene prácticamente igual que hace 19 años, cuando surgió la Conaie. Pero algo ha cambiado, según explica una antropóloga conocedora de esas regiones: ha surgido una elite económica de indígenas, formada por muchos de quienes han ocupado cargos públicos.

A esa dura realidad se añade, dice Barrera, que "desde el propio pueblo indígena la agenda agraria está archivada". La Conaie presentó su último proyecto para el campo en 1998.

El despertar y el poncho

"El movimiento indígena despertó en los ecuatorianos la conciencia de que si un gobernante no cumple se tiene que ir", dice Nina Pacari.

¿Pero ya dejó esa conciencia en manos de los forajidos?

Nina Pacari rechaza que el movimiento indígena pague todos los platos rotos del ex coronel Gutiérrez: "¿Sólo nosotros votamos por él?"

El movimiento indígena estuvo a punto de desaparecer y ahora participa en el nuevo gobierno y en la alianza mayoritaria en el Congreso, al lado de Izquierda Democrática y el Partido Socialcristiano.

El 20 de abril, en medio de la tormenta forajida contra todos los políticos, incluso uno de sus diputados, Miguel López, fue golpeado por la turba que gritaba "que se vayan todos". El costo de formar parte de la clase política. O un daño colateral aceptable si se atiende a lo que pregunta la ex canciller Nina Pacari: "¿Quién cruza el río y no se moja el poncho?"

Si se escucha a los forajidos la pregunta debería formularse de otra manera: "¿Encontrará el movimiento indígena ecuatoriano el poncho que perdió al cruzar el río?"

¿A dónde van los forajidos?

Augusto Barrera se pregunta, como muchos aquí, dónde terminará la energía social desatada por el reciente movimiento, es decir, cómo lograr que la caída de Gutiérrez ­"uno de esos triunfos simbólicos que tanto nos encantan a los de izquierda"­, no acabe en una "disputa ridícula" por puestos en el nuevo gobierno, por ejemplo.

Otro riesgo es que las organizaciones "ciudadanas" surgidas del movimiento forajido mantengan la consigna de "que se vayan todos". Según Barrera, concejal de la alcaldía de Quito y dirigente de Pachakutik, la más interesada en que así ocurra es la derecha quiteña, "que no ha podido levantar la cabeza en muchos años". Por ello a sus organizaciones les interesa sostener esa consigna, dice. "Pero si el discurso es antiorgánico y antipolítico se va todo al carajo".

Se requiere, dice Barrera, que los forajidos sepan construir una fuerza que no sólo mantenga la "vigilancia" sobre el nuevo gobierno, sino que lo obligue a realizar cambios.

"Si no articulamos vamos a tener lo de Argentina pero no en 18, sino en dos meses: reuniones de barrio a las que asistían 200, luego 40 y después nadie".

El problema es la dispersión de las fuerzas que tratan de capitalizar la energía forajida: al menos "diez puntos" diferentes y hasta enfrentados, que van desde los grupos civiles ligados a la derecha hasta los anarcos.

 

Tomado del suplemento Masiosare de La Jornada de México, 8/05/2005.

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