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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

 

 

Las encrucijadas de la izquierda latinoamericana

Escribe: Beatriz Stolowicz (1)

Mi reflexión tiene como punto de partida el celebrar qué distinta es América Latina hoy a la de hace 10 o 15 años: luchas populares intensas y extendidas, e importante crecimiento electoral de la izquierda. Y lo que este nuevo escenario latinoamericano representa también para Cuba.

Pero hay que decir que esta nueva realidad se mira en la región oscilando entre el optimismo y el pesimismo. Optimismo por lo que ocurre abajo, por el movimiento de los pueblos, y pesimismo frente al papel de las dirigencias de la izquierda, con honrosas excepciones, y en términos nacionales entre ellas Cuba y Venezuela. Lo de Bolivia es aún incipiente. La complejidad de la realidad latinoamericana está en que en buena medida la izquierda avanza a pesar de la izquierda. Porque la lucha por la sobrevivencia conduce a un anticapitalismo práctico –aunque sus protagonistas no siempre lo interpreten así-  que alimenta el movimiento hacia la izquierda. Mientras que en las organizaciones de izquierda, en sus dirigentes y muchos de sus intelectuales, los horizontes estratégicos no pasan por allí. Según desde dónde se mire aparecen valoraciones distintas. Esta dualidad debe ser constatada y la dialéctica de ambos fenómenos debe ser incorporada en el análisis.

El problema de los horizontes estratégicos y tácticos en la conducción de la izquierda remite a muchos asuntos, pero hay uno, que ya el tiempo nos permite observar, que es que buena parte de la izquierda ha transitado por las rutas, y con los ritmos, que le ha trazado la derecha, incluidos el lenguaje y los conceptos que la derecha impuso. La crítica de izquierda a la hegemonía dominante, sobre ella misma también (por eso es hegemonía), ha sido tardía, desfasada, mostrando enormes déficit analíticos tanto teóricos como políticos. Y esto aún sigue ocurriendo, desperdiciándose enormes energías sociales dispuestas a luchar por cambios profundos.

Veamos estas últimas décadas. Desde mediados de los años ochenta, mediante las transiciones la derecha impuso la idea de la autonomía de la política, y que podían disociarse los avances democráticos de los fenómenos económicos; lo que, salvo excepciones, facilitó los shocks neoliberales al tiempo que la izquierda comenzaba a conquistar espacios institucionales. Y por esto el desprestigio de la política y los políticos alcanzó a la izquierda en muchos países, siendo éste un primer momento de crisis de representación de la izquierda. Desde finales de los años ochenta la derecha impuso la idea de gobernabilidad como sinónimo de democracia. A mediados de los noventa todavía la izquierda hablaba de gobernabilidad pensándola de esa manera. Pero en ese mismo momento, 1996, 97, 98, la derecha ya estaba cambiando los ejes de su ofensiva ideológica precisamente porque percibía crisis de gobernabilidad y que se acelerarían las luchas contra el neoliberalismo, y comenzó a gestar el Consenso Posliberal para incidir sobre la formulación de alternativas. Desde comienzos de este siglo incidió en el movimiento altermundista y logró imponerle como su gurú al ideólogo posliberal Stiglitz y como referente teórico a Karl Polanyi. Durante todos los noventa, la derecha se montó sobre las experiencias de gobiernos locales de izquierda, induciendo a ver el presupuesto participativo por ejemplo, a esta importante experiencia en sus comienzos, como un mero asunto de good governance, despolitizado. Así lo promovió primero el BID y después fue oficializado en el 2000 por el Banco Mundial como el modelo a seguir, y con apoyos financieros. En muchas discusiones de izquierda el problema del gobierno de izquierda quedó reducido a ello, y por eso no se entendió por qué la good governance, es decir: una gestión eficaz aunque de objetivos limitados, con cierta transparencia y legitimada por cierta participación, no pudiera ser condición suficiente para mantener los triunfos del PT en Rio Grande do Sul. Y la lógica de la good governance mundial está desplazando el problema del imperialismo, bajo el supuesto de que ella se alcanzaría dizque democratizando las instituciones financieras internacionales sin cambiar las relaciones de poder.

La derecha no pudo impedir por todos los medios  el triunfo electoral de varias izquierdas o centroizquierdas, pero les impuso el posliberalismo como programa gubernamental. Desdramatizando sus derrotas electorales la derecha difundió la idea de que los nuevos signos electorales eran un movimiento natural del péndulo ante los excesos del neoliberalismo. Y en la izquierda se empezó a hablar de la oscilación del péndulo, que es una cómoda justificación de la esperanza, sin saber que la idea del péndulo tiene implicaciones muy serias. Muchos izquierdistas asumieron que en ese movimiento pendular los tiempos serían mínimo de 15 o 20 años, ése sería el margen temporal para hacer cambios graduales, y que por graduales serían aceptados con menor resistencia. Y en ese margen del tiempo pendular se inscribirían los tiempos de la acción, los tiempos prácticos, que serían los tiempos electorales de entre 4 y 6 años según los países. Así que apenas iniciado un gobierno de izquierda o centro-izquierda  –nacional, provincial o municipal-  ya habría que pensar en el candidato posible siguiente y en las alianzas para hacerlo triunfar, y la gestión de gobierno condicionada prudentemente en proyección electoral. Esos eran los ritmos y el escenario pensados por varias fuerzas de izquierda. 

Pero la verdadera fundamentación del péndulo es otra. Es la forma en que la burguesía explica la historia del capitalismo: como sucesivos movimientos de corrección de anomalías o excesos, que lo devuelven a sus equilibrios y a su normalidad como “progreso”. En esta lógica, las oscilaciones pendulares siempre son cambio para regresar, es decir, siempre se está dentro del capitalismo. Así, los excesos del neoliberalismo deberían ser corregidos, pero nada puede hacerse fuera o contra el capitalismo. La izquierda sólo podría ser posliberal. Lo que la teoría del péndulo no dice, por supuesto, es que en la historia del capitalismo cada movimiento de ajuste y corrección generado por el propio sistema (siempre presionado por las contradicciones sociales), se hizo para lograr mayores ganancias –ése es el progreso-  y que con cada cambio de mecanismos de reproducción hubo un cambio cualitativo en una mayor concentración y centralización del capital, no un punto de retorno. El neoliberalismo fue exitoso en aumentar ganancias pero los grados de concentración y centralización a que condujo hace que las contradicciones sean de tal magnitud que el capitalismo no puede absorberlas. Ya no puede ofrecer nuevos equilibrios.

Pero la explicación pendular tuvo la eficacia de hacer creer que las correcciones graduales al neoliberalismo llevados a cabo por una izquierda “moderna”, “responsable”, “prudente”, “realista”, conversa a la “globalización”,  transitarían pacíficamente entre tiempos electorales.

Y de pronto nos encontramos con que la derecha altera el escenario, que nuevamente está  cambiando las rutas que construyó para que transitara la izquierda, y que una buena parte de ésta no lo percibe.

Por un lado, la derecha está cambiando la estrategia política dirigida a neutralizar a la izquierda en el terreno de la política sistémica. Las reglas del juego de la democracia gobernable que impuso durante 15 años son desechadas por la propia derecha con guerras sucias electorales, fraudes, campañas electorales con persecución de luchadores sociales y políticos. En todos los países los grandes medios de comunicación y las corporaciones empresariales actúan como fuerzas de choque antidemocráticas desplazando el papel de los partidos de la burguesía. En las elecciones intervienen Estados Unidos y los operadores políticos de las transnacionales europeas, sobre todo las españolas (como Aznar y Felipe González), para asegurar la imposición de los candidatos de la derecha. Este cambio de ruta, desechando la institucionalidad de la democracia gobernable lo hemos visto en los procesos electorales recientes en  El Salvador, Costa Rica, Perú, México, Ecuador, y también en el referéndum en Panamá del 22 de octubre. 

Por otro lado, después de inducir la moderación posliberal de los gobiernos de izquierda para que no tocaran los cimientos de la acumulación de capital y tan sólo administraran la crisis con reducción de la pobreza extrema, la derecha tampoco acepta que se “administre” la crisis. Lula era el ejemplo elogiado a seguir y lo golpearon sin miramientos. También Tabaré fue elogiado por su moderación posliberal y le organizaron un paro patronal de transportistas que evoca el Chile de 1972. El capital va por todo y rápido. Por las privatizaciones que todavía no se han hecho o que se hicieron parcialmente, sobre todo en energéticos, agua, biodiversidad y minería, y mucho menos acepta que se inicien re-nacionalizaciones aunque parciales, como en Bolivia. Va por firmar todos los TLC con Estados Unidos que están pendientes. No acepta modestos aumentos al salario mínimo y ni siquiera las políticas de asistencia a la extrema pobreza. Nada de legitimaciones democráticas con sanciones a violadores de derechos humanos y de nuevo es reactivada la ultraderecha militar, como en Argentina y Paraguay. La derecha latinoamericana se somete gustosa al intervencionismo militar norteamericano desde los Comandos Norte y Sur bajo la excusa cínica del terrorismo o de las acciones humanitarias. Refuerza la pinza estratégica con la fusión del Plan Puebla Panamá y el Plan Colombia extendido regionalmente. Con bases militares incrustadas en Paraguay y ampliando la Operación Nuevos Horizontes ahora también a Perú. Y ya se gestan nuevas alianzas ultraconservadoras, operadas por el nuevo empleado Felipe Calderón por ejemplo con la derecha chilena, y mediante la Internacional Demócrata Cristiana de América que ahora es presidida por el neo-fascista Manuel Espino, presidente del PAN. Un dato relevante al respecto es el notorio protagonismo del integrismo en los partidos de derecha y centroderecha.

Es decir, que mientras la izquierda hace suyo el tercerismo posliberal y las equidistancias, la derecha está desechando al centro como su propia herramienta político-ideológica para neutralizar a la izquierda, polariza la confrontación, y acelera sus ritmos. Y de nuevo la izquierda es sorprendida, está desfasada y debilitada en su respuesta.

Ahora bien: esta aceleración de los tiempos políticos por la derecha no es proporcional a los riesgos reales o supuestos que puedan representarle los gobiernos de izquierda o centroizquierda a los intereses capitalistas. Va más allá, es proporcionalmente mayor a la fuerza de la izquierda en varios países. Creo que en el cambio de estrategia son factores de peso la desaceleración económica de Estados Unidos y su concomitante reforzamiento militar. Así como los problemas en el funcionamiento general del sistema capitalista con las amenazantes burbujas prontas a estallar –como advierten alarmados los europeos- en el cuadro general de los nuevos desafíos de la reproducción capitalista, en la cual América Latina cumple un papel fundamental, lo que creará en la región nuevas contradicciones que el sistema no puede absorber bajo las estrategias políticas anteriores.

El nuevo escenario coloca a la izquierda en una encrucijada. La vía electoral ha sido un medio importante para recomponer fuerzas y para conquistar espacios institucionales para promover algunos cambios. Y hay que decir que aunque los gobiernos de izquierda no hayan colmado las expectativas con que se los votó, los pueblos no están peor que antes. Por mínimos que hayan sido los cambios son significativos para pueblos en la miseria, históricamente humillados y reprimidos, y que saben que retrocederán con gobiernos de la derecha. Esto no significa que estén dispuestos a aceptar siempre el mal menor o acepten indefinidamente que la izquierda no cumpla con sus objetivos y responsabilidades transformadores, porque en esto les va la vida. Pero todavía para los pueblos la vía electoral no está cancelada como opción. Es la derecha la que pone en cuestión su legitimidad y legalidad. Es la derecha la que está desenmascarando las elecciones como momentos cada vez más intensos de la lucha de clases.

El punto es cómo la izquierda puede avanzar electoralmente con partidos convertidos en maquinarias electorales tras haberse sometido a las reglas del juego de la democracia gobernable, partidos que han desorganizado y desmovilizado a sus bases sociales y políticas, cuando ahora para transitar la ruta electoral se necesitan pueblos informados, organizados e intensamente movilizados. Cómo avanzar en esa organización y movilización con partidos de izquierda que adoptaron la concepción de la política como marketing, para la que sólo es política lo que está en la televisión; lo que ahora es además un contrasentido por el bloqueo de los grandes medios, que no se rompe siquiera pagando los millones que cobran.

En este nuevo escenario de una ofensiva capitalista que no concede, la izquierda tiene que asumir que ni siquiera la lógica gradualista funciona si no se afectan los pilares de la reproducción del gran capital, lo que exige un intenso antiimperialismo. Tiene que asumir que los tiempos se han acortado. Y que si aspira a gobernar tiene que apelar a la fuerza social y política popular para enfrentar al capital. Pero muchos de los partidos no están en esta lógica, no convocan a las masas. E incluso ejercen control sobre ellas, pretendiendo que reduzcan su independencia en función de sus acciones gubernamentales u objetivos electorales. Estamos viendo nuevamente crisis de representación de los partidos respecto a sus bases sociales naturales. Porque no representan sus intereses adecuadamente, porque no interpretan el alcance de sus demandas. Porque no interpretan que en los pueblos hay mayor voluntad de lucha de la que suponen muchos dirigentes de la izquierda, que atribuyen conservadurismo en la sociedad por lo que son sus propias concepciones o limitaciones.

Y eso explica que las carencias sean llenadas en distintos casos por liderazgos individuales. Que en rigor no son populistas, calificarlos así es un reduccionismo formal. Pero estos liderazgos deben sostenerse en una sólida organización popular, independiente y crítica, si es que se quieren superar las prácticas contestatarias y los estallidos ocasionales.

También está en una encrucijada la llamada izquierda social. Su oposición a la izquierda “moderna” se funda en críticas válidas, pero por momentos parece que ve en ella un enemigo mayor que la derecha. Y además no logra entender la compleja dialéctica política por la que amplios sectores populares siguen votando por los partidos que se critican, y actúa frente a esos sectores populares con sectarismo y aislándose. La llamada izquierda social reivindica la organización horizontal como garantía contra las manipulaciones partidarias o caudillistas. Hay que reconocer que las formas moleculares de organización son una de las bases fundamentales de la potenciación de la lucha de masas, que por cierto no son multitudes anónimas. Pero la horizontalidad molecular no siempre, o muy pocas veces, muestra eficacia para condensar las fuerzas. Y la condensación de fuerzas es imprescindible para enfrentar la fuerza concentrada del bloque de poder, que usa cada vez más al Estado para golpear a los dominados. Y que hay que disputar ese Estado. También esta izquierda llamada social tiene desajustes, no logra ver el nuevo escenario.

No creo que tengamos que sacar conclusiones pesimistas porque en América Latina, como dije, la izquierda avanza a pesar de la izquierda, porque es un asunto de sobrevivencia. Pero los márgenes para las deficiencias, para los análisis autorreferidos o testimoniales, se están achicando. La crisis del capitalismo no garantiza de antemano un resultado favorable a los pueblos ni al planeta mismo, el devenir de la crisis está en disputa. Y creo que estamos en un momento de desajuste entre lo que llamábamos condiciones objetivas y subjetivas, y creo que los intelectuales tenemos una gran responsabilidad en esto. También tenemos que repensar nuestro trabajo. Gracias.

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[1] Esta intervención oral es síntesis de un texto que será publicado con el título: “La izquierda latinoamericana y las encrucijadas del presente”. Profesora-Investigadora del Departamento de Política y Cultura, Área Problemas de América Latina, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, México.

Seminario regional América Latina hoy: Procesos sociopolíticos y espacios de integración regional. Asociación para la Unidad de Nuestra América (AUNA), La Habana, Cuba, 15 al 17 de noviembre de 2006.

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