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Fukuyama disiente de los neoconservadores

Escribe: Perry Anderson

Tres años de guerra en Irak, sin fin a la vista. La introspección del alma parece abrirse paso entre la camarilla que dirige la política exterior. Las meditaciones a toro pasado sobre la invasión son ahora legión. Entre ellas, pocas han recibido una atención más amplia que la de Francis Fukuyama. Huelga decir que la fama del autor de El fin de la historia y el último hombre  tiene ahí su peso. No ofrece dudas que el frisson [escalofrío] provocado por una defección ilustre cuenta también, y es una razón más inmediata. Pero tomar America at the Crossroads [América en la encrucijada] por una simple paja traída por el viento –aunque no deje de serlo— es rebajar su interés intelectual. Radica éste, en substancia, en el vínculo que puede establecerse con la obra que lo hizo célebre.

El argumento de America at the Crossroads puede descomponerse en tres partes. En la primera, Fukuyama traza los orígenes del neoconservadurismo contemporáneo. Su historia comienza con una cohorte de intelectuales neoyorquinos, judíos los más, que fueron socialistas en su juventud pero acabaron alineándose en la guerra fría, para mantenerse luego firmes contra la nueva izquierda cuando los EEUU combatían contra el comunismo en Vietnam. A su debido tiempo, de su medio surgió también un programa de acción social: la crítica del liberalismo bienestarista de izquierda desarrollada en The Public Interest, la revista editada por Irving Kristol y Daniel Bell. Entretanto, la reacción moral contra la laxitud moral de los sesenta cobraba espesor filosófico en Chicago con Leo Strauss y vigor cultural con el pupilo de éste, Alan Bloom. Los conocimientos militares y la pericia tecnológica los aportó el estratega nuclear Albert Wohlstetter, teórico de los mísiles de contrafuerza y profeta de la conducción electrónica de las guerras. Fukuyama explica que, de uno u otro modo, él estuvo personalmente implicado en todas esas empresas. Pero su descripción de las mismas es serena y equilibrada, y si acaso, más bien tiende a rebajar el potencial del cóctel político por ellas representado. Pone sobre todo énfasis en su confluencia final con corrientes conservadoras, más amplias y populares (la creencia en un gobierno de limitada dimensión, la piedad religiosa, el nacionalismo), que estaban en la base del partido republicano. Todo sumado, originó el torrente político cuya fuerza llevó a Reagan a la presidencia.

Pero el mayor triunfo del ascendiente conservador –la victoria en la guerra fría—, sugiere Fukuyama, traía consigo la semilla de lo que habría de convertirse en el fracaso del neoconservadurismo. Porque la caída de la Unión Soviética alimentó una confianza exacerbada en la capacidad americana para reconfigurar el mundo a gran escala. Al exagerar el papel de la presión económica y militar estadounidense en el repentino colapso de una URSS que, en realidad, se hallaba ya en franca decadencia, una joven leva de pensadores –entre los que destaca a William Bristol y a Robert Kagan— dio en creer que la tiranía podía ser derrocada y que la libertad podía ser sembrada a igual velocidad por doquier. Fue esa ilusión, de acuerdo con Fukuyama, lo que propició el ataque a Irak. Ignorando no solo el paisaje político harto diferente del Oriente Medio, sino también las prevenciones de los neoconservadores veteranos contra los esquemas voluntaristas de ingeniería social, quienes proyectaron la invasión metieron a los EEUU en un desastre del que costará años recobrarse. El innecesario recurso a la fuerza unilateral ha aislado a América de la opinión pública mundial, sobre todo de sus aliados europeos, debilitando más que fortaleciendo la posición de los EEUU en el mundo.

Fukuyama dedica el resto de su libro a esbozar una política exterior alternativa que devuelva a los EEUU a su adecuado lugar en el mundo. Un "wilsonismo realista" que atemperara lo mejor de las convicciones neoconservadoras con un sentido más informado de la inmoldeablidad de otras culturas y de los límites del poder americano sería capaz de mantener la necesidad de la guerra preventiva como último recurso y la promoción planetaria de la democracia como objetivo permanente. Pero dialogaría con los aliados, confiaría más en la fuerza blanda que en la fuerza bruta, se libraría a la construcción de estados a la luz de la ciencia social y estimularía la difusión de formas solapantes de multiculuralismo, capaces de esquivar las vías muertas de las Naciones Unidas. "La vía más importante por la que puede ejercerse el poder americano", concluye, "no pasa por el ejercicio del poder militar, sino por la capacidad de los EEUU para moldear las instituciones internacionales". Pues la función de éstas debe ser la de "reducir los costes de transacción que trae consigo el logro del consenso" en torno de las acciones de los EEUU. En la estructura tripartita de America at the Crossroads –breve historia del neoconservadurismo; crítica de su naufragio en Irak; propuestas de rectificación—, el paso crucial de la argumentación está en la sección intermedia. La descripción que hace Fukuyama del medio del que procede y del papel de ese medio en el desencadenamiento de la guerra tiene nivel y resulta informativa. Pero es una visión desde dentro, que padece de una ilusión óptica supremamente reveladora. Todo ocurre como si los neoconservadores fueran la fuerza impelente básica que estuvo tras la marcha sobre Irak: así pues, lo que precisaría cura y enmienda para que América volviera por sus derroteros serían las ideas neoconservadoras.

En realidad, el frente de opinión que urgió al asalto de Irak fue harto más amplio que el de una particular facción republicana. Incluyó a más de un liberal y a bastantes demócratas. No es sólo que la argumentación más detallada a favor de atacar a Saddam Hussein procediera de Kenneth Pollack, un funcionario de la Administración Clinton. Es que la teorización  más contundente que se haya hecho nunca de un programa de intervención militar americana para destruir los regímenes canallescos e instituir los derechos humanos en el mundo se halla en la obra de Philip Bobbitt, un sobrino de Lyndon Johnson que, más maduro, fue otra de las joyas del aparato de seguridad nacional bajo Clinton. Al lado de las 900 páginas de su opus mágnum The Shield of Achiles [El escudo de Aquiles]—, una obra de vasta erudición histórica que culmina en una serie de escenarios de dramática espectacularidad, con guerras venideras para las que América debe estar preparada, los escritores de The Weekly Standard son pesos pluma. Ningún neocoservador ha producido nada que, ni por remota aproximación, pueda comparársele. Ni faltaron tampoco trompetistas y tamborileros menores del extremo liberal del abanico –los Ignatieffs y los Bermans— a favor de una expedición al Oriente Próximo. No había en ello ilogismo alguno. La guerra de los Demócratas en los Balcanes, que despreció la soberanía nacional como un anacronismo, fue la condición inmediata y el campo de pruebas para la guerra de los Republicanos en Mesopotamia –con un genocidio en Kosovo algo menos exagerado que las armas de destrucción masiva en Irak—. Las operaciones de lo que Fukuyama, en un raro lapsus, se permite llamar "imperio americano ultramarino" han sido históricamente bipartidistas, y siguen siéndolo. Además, en el campo republicano los intelectuales neoconservadores fueron sólo un elemento –y ni siquiera el más significativo— de la constelación que empujó a la Administración Bush hacia Irak. De los seis "volcanes" que, de acuerdo con el autorizado estudio de James Mann, allanaron el camino hacia Irak, sólo Paul Wolfowitz –de origen Demócrata— entra en la retrospectiva de Fukuyama. Ninguna de las tres figuras capitales en el diseño y la justificación de la guerra de Irak –Rumsfeld, Cheney y Rice— habían tenido particulares vínculos neoconservadores. Fukuyama es consciente de eso, pero no ofrece explicación alguna, limitándose a observar que "no sabemos en este momento el origen de sus puntos de vista". ¿Y qué decir de su propia posición en la galaxia que describe? Aquí –y hay que decir que excepcionalmente— se escabulle. Como al desgaire, deja caer que aunque empezó "más bien como halcón en la guerra de Irak" cuando la invasión no estaba aún en el punto de mira, en cuanto empezó la guerra, se puso en contra.

Le falla la memoria. En junio de 1997, Fukuyama fundó, junto con Rumsfeld, Cheney, Dan Quayle, Wolfowitz, Scooter Libby, Zalmay Khalilzad, Norman Podhoretz, Elliott Abrams y Jeb Bush el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, cuya declaración de principios llamaba a una "política reaganista de fuerza militar y claridad moral" para "promover por doquier la causa de la libertad política y económica".En enero de 1998 fue uno de los dieciocho firmantes de una carta abierta a Clinton que insistía en la necesidad de que hubiera "voluntad para emprender una acción militar" para asegurar "el derrocamiento de régimen de Saddam Hussein", declarando que "los EEUU tienen la autoridad que les confieren las resoluciones de la ONU para emprender las acciones oportunas" al respecto. Cuatro meses después, se contaba entre quienes denunciaban la falta de acción habida como una "capitulación ante Saddam" y un "incalculable daño al liderazgo y a la credibilidad de los EEUU", sin privarse de manifestar las medidas que deberían tomarse contra el régimen baazista: "Deberíamos contribuir a instituir y dar apoyo (con medios económicos, políticos y militares) a un gobierno provisional representativo y libre" en "áreas liberadas en el norte y en el sur de Irak" bajo la protección de las "fuerzas militares norteamericanas y aliadas". En otras palabras: una invasión para instalar un régimen Chalabi en Basra o en Naiaf para derribar a Saddam desde allí.

Bajo Bush, el proyecto –tragadas ahora sus bases por guardianes de hierro como el veterano demócrata Stephen Solarz y Marshall Wittmann, ahora miembro de la dirección de los Demócratas— volvió por sus fueros, y Fukuyama estaba de nuevo allí, presionando a favor de un ataque a Irak. El 20 de septiembre de 2001, poco más de una semana tras el 11/9, estampó su firma bajo una estólida petición de guerra que dejaba de lado la posible relevancia de los vínculos con Al Qaeda y ni siquiera se molestaba en levantar el fantasma de las Armas de Destrucción Masiva:

"Es posible que el gobierno Iraquí suministrara algún tipo de asistencia al reciente ataque sufrido por los EEUU. Pero aun si las pruebas no acabaran vinculando directamente a  Irak con el ataque, toda estrategia tendente a la erradicación del terrorismo y de sus patrocinadores tiene que incluir un resuelto esfuerzo por derrocar a Saddam Hussein en Irak. Fracasar en ese esfuerzo significaría una temprana y tal vez decisiva rendición en la Guerra contra el terrorismo internacional. Por eso los EEUU deben proporcionar pleno apoyo militar y financiero a la oposición iraquí. La fuerza militar americana debería usarse para lograr una 'zona segura' en Irak, una zona desde la que la oposición pudiera operar. Y las fuerzas americanas deben estar preparadas para respaldar nuestro compromiso con la oposición iraquí con todos los medios necesarios."

Para completar la cosa, los firmantes añadían que "cualquier guerra contra el terrorismo debe tener a Hezbollah por objetivo" y preparase para adoptar las "medidas adecuadas de represalia" contra Siria e Irán como sus patrocinadores.

Recordar aquí esta campaña de sangre y hierro en el Oriente Medio venía a cuento no para incriminar particularmente a Fukuyama. El Congreso, después de todo, dio luz verde a la guerra de Irak con una práctica unanimidad bipartidista. Pero el hecho de que Fukuyama anduviera más profundamente implicado en la marcha sobre Bagdad de lo que él mismo da a entender ahora plantea una cuestión importante: si originalmente estuvo tan comprometido con la aventura en Irak, ¿qué le hizo luego romper con sus aliados intelectuales iniciales? La razón más obvia, evidentemente, son los desastres de la ocupación: todo tipo de criaturas, grandes y pequeñas, saltan del barco a medida que se hunde. Pero no puede ser esa la explicación principal del cambio de perspectiva de Fukuyama. Él mismo dice que dejó de creer en la invasión antes de que ésta se produjera, y no hay razón para no creerle. Además, el desencanto con la falta de éxito práctico de una empresa considerada loable al principio ha sido suficientemente frecuente entre los conservadores, sin que la decepción les haya llevado al tipo de crítica histórica y de disenso en los que se ha embarcado Fukuyama. Habría sido de todo punto posible decir que la Operación Libertad Iraquí ha ido mal, incluso que, vista retrospectivamente, fue un error desde el comienzo mismo, sin necesidad de escribir el obituario del neoconservadurismo. ¿Qué hizo que Fukuyama se distanciara tan drásticamente de de sus allegados espirituales?

De America at the Crossroads y del ensayo precedente publicado en The Nacional Interest ("The Neoconservative Moment") pueden inferirse dos factores de división. Fukuyama no compartía con sus colegas judíos el mismo grado de compromiso con Israel. En The National Interest se quejaba, no tanto de una subordinación americana a los objetivos israelíes, cuanto de una actitud mimética de la de Israel en la visión que el grueso de sus amigos tenía del mundo árabe. Aplicar un puño de hierro a la región puede ser racional para Tel Aviv, observaba, pero no necesariamente para Washington. Sus críticas no carecían de tacto, pero se encontró con una réplica vehemente. Charles Krauthammer acusó a Fukuyama de inventarse "una nueva manera de judaizar al neoconservadurismo", menos cruda ciertamente que la de Pat Buchanan y Mhathir Mhamad, pero igualmente ridícula. Fukuyama se vio así obligado a defenderse de la imputación de antisemitismo. Trasquilado como salió de ese debate y consciente de lo delicado del asunto, Fukuyama no volvió sobre el mismo en America at the Crossroads, limitándose a aclarar que el dispositivo mental por él criticado "aunque puede predicarse de ciertos individuos, no puede atribuirse de modo más amplio al conjunto de los neoconservadores", y ofreciendo la rama de olivo de su apoyo general a la política de la Administración respecto de Palestina. Politesse aparte, se puede dudar de que sus reservas hayan desaparecido.

De lo que no se puede dudar es de la importancia de otro elemento. Fue un viaje a Europa en el verano de 2003, cuenta Fukuyama, lo que le abrió los ojos: incluso muchos de los más ardientes admiradores de América estaban desmoralizados ante el unilateralismo de la Presidencia de Bush. La decepción manifestada por ese pilar del atlantismo que es el editor del Financial Times era tan serena como sombría. ¿Valía realmente la pena una política exterior que se alienaba de tal modo a los mejores aliados? A diferencia de Israel, que tras las iniciales aclaraciones de Fukuyama apenas aparece en America at the Crossroads, Europa tiene un papel capital. Fukuyama manifiesta un alarma extrema ante las reacciones europeas a la Administración Bush. El desgarro causado por la guerra de Irak no es una rebatiña pasajera, cree. Es un "desplazamiento tectónico" en el seno de la alianza occidental. Con millones de personas en la calle, "nunca antes Europa había aparecido tan espontáneamente unida como ahora en torno de un asunto, motivo por el cual el anterior ministro francés de finanzas, Dominique Strauss-Kahn dijo que las manifestaciones eran 'el nacimiento de la nación europea'". El antiamericanismo crece de manera rampante del otro lado del Atlántico, lo que pone en riesgo la unidad de Occidente".

Aunque esos temores están muy difundidos, guardan poca relación con la realidad. La hostilidad europea a la guerra es amplia, pero no profunda. Hubo gran oposición a la invasión de Irak, pero una vez consumada la misma, no levantó luego mucha más protesta. Las manifestaciones contra la ocupación fueron pocas y espaciadas, en vivo contraste con la ola global de protestas que la levantó en su día la guerra en Vietnam. El gobierno británico que se unió al ataque de los americanos no recibió castigo en las encuestas. El gobierno alemán, que se opuso a la invasión, no se privó de colaborar entre bastidores proporcionando información sobre objetivos en Bagdad y asistencia a las operaciones de la CIA. El gobierno francés, que según Fukuyama cortocircuitó a los EEUU en el Consejo de Seguridad de la ONU, ayudó de hecho a la Casa Blanca a sacar una nueva resolución y trabajó estrechamente con Washington en la instalación de regímenes adecuados en Haití y en el Líbano. Todos se mantuvieron unidos frente a Irán. La hostilidad europea a la Presidencia actual es más pique que berrinche. Lo que resultó irritante fue el descuido de las sutilezas diplomáticas y la insuficiencia del homenaje que el vicio aceptable ha de rendir siempre a la virtud pretendida. Elites y masas se sienten ligadas por igual a los velos que han cubierto tradicionalmente el asentimiento a la voluntad americana y expresan resentimiento hacia un gobierno que ha prescindido de ellos. Agravios de ese tipo, una cuestión de estilo más que de substancia, pasarán cuando regrese el decoro. Una restauración clintoniana generaría sin duda una rauda y arrebatada reconciliación entre el Viejo y el Nuevo mundo. Aquí, Krauthammer fue más perspicaz que su crítico. Desechando la ansiedad de Fukuyama, niega que la política exterior norteamericana haya sido puesta en riesgo por la pérdida de legitimidad internacional y observa con justicia que lo amenazante no es la falta de certificados de la Unión Europea o de resoluciones de la ONU –hay una muchedumbre de sellos y rúbricas de este tipo, advierte—, sino la insurgencia iraquí. Es su voluntad de resistencia lo que constituye una amenaza para la Doctrina Bush. Lo demás: débil eco de murmullos. Sin los maquis, la opinión europea no estaría más turbada por la toma de Irak que lo estuvo por la de Panamá. La falsa interpretación que hace Fukuyama de los sentimientos europeos es ahora convencional. Su visión del fundamentalismo islámico es, en cambio, nada convencional, apartándose aquí tanto de su propio medio de procedencia como de las concepciones al uso. Comparados con los grandes antagonistas históricos de la democracia capitalista, el fascismo y el comunismo, Al Qaeda y sus afiliados son una fuerza minúscula. Aparte de hacerse de uno u otro modo con armas de destrucción masiva, no tienen la menor posibilidad de infligir daños graves a la sociedad americana, y no digamos de convertirse en una amenaza global para la civilización liberal. Proclamar una "guerra contra el terrorismo" generalizada es un inútil hipérbole de las concretas operaciones necesarias para desactivar al puñado de fanáticos que sueñan con un nuevo Califato. Entrar en pánico ante esta amenaza menor es correr el riesgo de efectuar malos cálculos, y debe evitarse, sobre todo deben evitarlo los americanos, que desde el 11 de septiembre tienen menos peligro de ataques que una Europa que cuenta con grandes encaves de inmigrantes musulmanes. 

Tardía lucidez, tras tanta chillería y alarma proclamada en las cartas abiertas; pero resulta más característica de los acordes tocados en la obra escrita de Fukuyama, cuyo tono es por lo general frío y sereno. Su juicio nos retrotrae a la lógica del conjunto de su obra. El celebrado argumento de The End of History and the Last Man era que con la derrota del comunismo, que seguía a la del fascismo, no podía imaginarse ya ninguna mejora del capitalismo liberal como forma de sociedad. El mundo seguía henchido de conflictos que seguirían generando acontecimientos imprevisibles, pero incapaces de alterar el veredicto. No había garantía alguna de un rápido viaje de la humanidad desde cualquier rincón del planeta hasta la estación de destino de una democracia próspera y pacífica fundada en la propiedad privada, los mercados libres y las elecciones regulares, pero esas instituciones eran el final de trayecto del desarrollo histórico. El visible fin de la evolución social no podia ser considerado ni mucho menos una bendición. Pues con él vendría inevitablemente una mitigación de la tensión ideal, tal vez incluso cierto tedium vitae. Podía pronosticarse cierta nostalgia por tiempos más azarientos y heroicos.

La base filosófica de esa construcción venía, como explicó el propio Fukuyama, de la reelaboración de la dialéctica hegeliana del reconocimiento hecha por un exiliado ruso en Francia, Alexandre Kojève, para quien siglos de luchas entre amos y esclavos –clases sociales— estaban a punto de desembocar en una definitiva condición de igualdad, en un "estado universal y homogéneo" que pondría fin a la historia: una concepción que él identificó con el socialismo, y luego con el capitalismo, siempre, empero, con inescrutable ironía. Fukuyama adoptó esa estructura narrativa, pero la ancló en una ontología de la naturaleza humana –harto distinta de la de Kojève— que derivaba de Platón y procedía (junto con una perspectiva mucho más conservadora) de sus años de formación straussiana.  Kojève y Strauss se estimaban mutuamente como interlocutores y compartían muchos puntos de referencia intelectuales, pero políticamente –y metafísicamente— estaban muy distantes. Strauss,  un inconmovible pensador de la derecha, no perdía el tiempo con Hegel, por no hablar de Marx. A sus ojos, las deducciones que Kojève hacía a partir de las concepciones de éstos sobre la libertad y la igualdad no podían sino presagiar una tiranía planetaria niveladora. Él creía en regímenes particulares y en la jerarquía natural.

Siempre hubo, pues, una tensión entre la síntesis fukuyamesca entre ambas fuentes. En los últimos años de la guerra fría, cuando procedió a ensamblarlas, la tensión podía mantenerse subterránea porque los intereses universales del capitalismo democrático estaban consensuadamente defendidos si mayores complicación por una Pax Americana. Americana: no había contradicción significativa entre el mundo libre y la hegemonía estadounidense. Pero una vez que el comunismo fue erradicado en Rusia y neutralizado en China, apareció una nueva situación. Por una parte, dejó de haber un enemigo común que forzara a otros estados capitalistas a la disciplinada aceptación del mando norteamericano. Pero, al propio tiempo, la desaparición de la URSS incrementó enormemente el alcance global del estado americano. De modo que, precisamente cuando el hegemon era objetivamente menos necesario para el conjunto del sistema, se sentía subjetivamente apremiado a tornarse más ambicioso que nunca, ahora que era la única superpotencia mundial que quedaba. En tales circunstancias, resultaba inevitable que las necesidades generales del sistema acabaran divergiendo en algún punto de las operaciones del singular estado-nación que estaba en cabeza. Éste es el contexto en que ha de entenderse America at the Crossroads. Pues la ruptura de Fukuyama con el neoconservadurismo se ha producido en el hiato abierto por esas circunstancias. En el núcleo del libro está un ataque en toda regla al "excepcionalismo" americano, que para él es la doctrina según la cual "los EEUU son distintos de otros países y, a diferencia de éstos, resultan confiables en punto a una utilización justa y prudente de la fuerza militar". Tal es la pantalla ilusoria de Bristol y Kagan, arguye Fukuyama, que nos ha alienado aliados llevándonos a errores de arrogancia en la guerra de Irak.

Políticamente, las lealtades de Fukuyama se han formado en la matriz de Strauss. Pero, intelectualmente, la huella de Kojève es más honda, porque le suministra las líneas maestras de su narrativa. Forzado por las alteraciones ocurridas en el paisaje estratégico a elegir entre ambas lógicas, Fukuyama se permitido la prevalencia de su cabeza sobre su corazón. Si se ha alejado de la compañía de los neoconservadores es porque la guerra en Irak ha puesto de manifiesto la diferencia genealógica que le separaba de ellos. Sus ideas directrices eran de origen europeo; nunca lo fueron las de sus antiguos amigos. De hecho, Kojève llegó a contemplar la creación de una Europa supranacional como la razón decisiva para que, contrariamente a sus anteriores expectativas socialistas, fuera el capitalismo globalizador, y no un socialismo de cuño nacional, el destino común de la humanidad. En cambio, para Strauss, cuyos iniciales simpatías anduvieron del lado del sionismo, los regímenes eran por naturaleza peculiares: era alérgico a los esquemas universales.  Aunque nunca fue un gran admirador de la sociedad americana, respetaba a los Founders y fundó una escuela ardientemente nacionalista de constitucionalistas. Las opciones de los distintos herederos neoconservadores reflejan las de sus respectivos ancestros.

No que cada parte repudie las preocupaciones de la otra; las preocupaciones son comunes. Lo que les separa es el modo de combinarlas, el balance que se hace de la mismas. Bristol y Krauthammer son patriotas americanos, pero no le andan a la zaga a nadie en su compromiso con la difusión planetaria de la democracia capitalista: en este respecto, pocos universalismo serán tan agresivos como el suyo. Al revés: ya puede Fukuyama criticar el excepcionalismo, que no por ello renegará de la porción nacional de su herencia. No por casualidad, su nuevo periódico se llama The American Interest [El interés americano]. Krauthammer ha puesto a su concepción el nombre de "Realismo democrático", mientras que Fukuyama llama su visión "Wilsonismo realista". ¿Una distinción que no responde a una diferencia? No exactamente: mas bien una inversión en la que los nombres apuntan a lo primario y los adjetivos a lo secundario. Para el núcleo neoconservador, el poder americano es el motor de la libertad del mundo: no puede haber aquí discrepancia alguna entre ellos. Para Fukuyama, la coincidencia no es automática. Ambas cosas –poder americano y libertad mundial— pueden emprender derivas separadas, y nada es más propicio a separarlas que las declaraciones en contrario, hechas en nombre de una virtud americana excepcional que no logra persuadir a nadie. Según él mismo dice: "La idea de que EEUU se comporta desinteresadamente a escala internacional no recibe amplio crédito porque en gran medida es falsa, y en verdad no puede sino ser falsa, si los dirigentes norteamericanos han de cumplir con sus responsabilidades para con el pueblo Americano. EEUU es capaz de actuar generosamente en el suministro de bienes públicos globales, y ha sido supremamente generoso cuando han coincidido sus ideales y sus intereses. Pero EEUU es también una gran potencia con intereses que nada tienen que ver con los bienes públicos globales." Negar esa obvia verdad lleva  a políticas que dañan los intereses americanos y no proporcionan bienes globales: véase Bagdad.

¿Cómo se pueden reconciliar ambas cosas? Fukuyama sigue plenamente comprometido con la misión americana de difundir por doquier la democracia y de emplear en ello todos los medios efectivos de que Washington pueda disponer. Critica a la Administración Bush porque su política en Oriente Medio no sólo ha sido ineficaz, sino contraproducente. Una cosa es promover un cambio interno de régimen sirviéndose de una adecuada mezcla de presiones  económicas y políticas. Otra muy distinta, que acaba mal, es la acción militar tendente a robustecerlo externamente. Fukuyama se olvida del exitoso derrocamiento de los sandinistas en Nicaragua, del que Rober Kagan ha sido el mejor historiador (un verdadero triunfo de la voluntad, todo hay que decirlo). Fukuyama lo aplaudió en su día. Hoy, tras la experiencia de Irak, se muestra expresamente distanciado de esas formas de activismo. Ahora explica que no hay cosa tal como un anhelo universal de libertad que asegure que la democracia aparecerá espontáneamente allí donde una sociedad sea liberada de la tiranía. La libertad moderna necesita por lo común determinados niveles de desarrollo económico y social que sienten las bases de los hábitos de conducta en que se apoya.  Y éstos no pueden crearse de la noche a la mañana, sino que han de ser cuidadosamente nutridos por años. Tampoco las recetas neoliberales, fundadas únicamente en incentivos de Mercado, bastan para traer el orden y la prosperidad necesarios. Para éstos últimos, es esencial la existencia de un estado fuerte capaz de asegurar una "Buena gobernanza", y una política americana sensible tendría que ser capaz de dar prioridad a la promoción de esa estatalidad, anteponiéndola a la construcción de la democracia, al menos en las partes más peligrosas del mundo.

Al servicio de esa revisión, Fukuyama desfigura su construcción original. The End of History and the Last Man, asegura ahora, no fue en realidad sino un ejercicio de teoría de la modernización. Todo lo que dijo fue que el deseo de mejorar los niveles de vida –no de libertad— era universal, y que esos niveles de bienestar creaban una clase media ansiosa de participación política, un proceso que traía consigo, como producto lateral, la democracia. Esa banalización de un complejo argumento de filosofía de la historia no se deriva sólo de un esfuerzo de simplificación tendente a ganar una amplia audiencia; tiene una motivación expurgadora. En la obra que hizo a Fukuyama célebre, la búsqueda de reconocimiento y las incitaciones del deseo –que llevaban, respectivamente, a la lucha por la igualdad y al progreso de la ciencia— eran los dos motores de la historia. La concatenación entre ambos nunca acabó de perfilarse en la teoría, lo que ocasionaba notables desajustes visibles hacia el final del libro. Pero en el conjunto de la estructura narrativa, la relevancia que Fukuyama confería a cada uno resultaba inequívoca: "el deseo que anda por detrás del deseo" del hombre económico era "un impulso totalmente no-económico, la lucha por el reconocimiento". Y era la dialéctica política así desencadenada que constituía "el motor primario de la historia humana". El universo mental de Alexandre Kojève estaba muy lejos del de teóricos de la modernización como Daniel Lerner y Gabriel Almond.

Y si esa visión originaria parecería ahora dar cierto lustre a Fukuyama, quizá sea porque se fundaba en una teoría del conflicto mortal. Hegel y Kojève fueron, cada quién en su época (Jena, Stalingrado), filósofos de la guerra. Su legado es demasiado agonístico para el propósito de trazar una línea entre la redescubierta cautela estatalista que Fukuyama recomienda ahora y la hypomanía democrática de sus antiguos amigos del Standard. Las perogrulladas de la teoría de la modernización son harto más inocuas. Pero hay que pagar un precio por el desplome del nivel intelectual al nivel del "Nation-Building 101" –el título, sin excesiva ironía, de uno de los últimos ensayos de Fukuyama—. Como científico social corriente y moliente, nunca deja de ser competente. Incluso en su crítica de las recetas de libre mercado para el desarrollo de los países pobres, y en su defensa de una robusta autoridad pública, hay algo que podría leerse como un rastro mnemónico de su formación hegeliana: la idea del estado como portador de la libertad racional. Pero la miscelánea de propuestas con que concluye America at the Crossroads –mayor confianza en el poder blando, más consultas con los aliados, respecto por las instituciones internacionales— es de una desoladora predictiblidad, un puñado de trivialidades dignas de cualquier editorialista bienpensante de un periódico local. Lo más que puede decirse de ellas es que, al ofrecer un recetario bipartidista para la cúpula dirigente de la política exterior americana, confirman un bien publicitado voto por Kerry y un entendimiento con Brzezinski, quien coedita The American Interest con Fukuyama. No hay la menor sugerencia en estas páginas de un cambio básico en la vertiginosa acumulación de bases militares por todo el mundo, de un aflojamiento de la garra estadounidense sobre Oriente Medio, por no hablar de la simbiosis con Israel. Todo lo que llevó al país al 11/9 sigue en su sitio.

Basta echar un vistazo al devastador ensayo sobre el lobby israelí publicado por John Mearsheimer y Stephen Walt en la London Review of Books —significativamente, una publicación extranjera— para percatarse del enorme hiato que separa esa facilona y superficial música estratégica de una reflexión genuinamente crítica sobre la política exterior americana realizada por pensadores que se han ganado a justo título el nombre de "realistas". Tras abrir su libro bajo la égida de Wilson, que predicó el evangelio de la democracia por los pueblos de la tierra, Fukuyama lo termina apuntándose a Bismarck –que sabía practicar la autocontención en la hora de la victoria— como inspiración de su "vía alternativa para la relación de EEUU con el resto del mundo". Lo que el Canciller de Hierro, que tenía un sombrío sentido del humor, habría dicho de su emparejamiento con los 14 puntos de Wilson no es difícil de imaginar. A la vista de este tipo de prescripciones de Fukuyama y de tantos otros, América no está en la encrucijada. Está dónde siempre estuvo: cuadrando el círculo de la filantropía y el Imperio a su buen placer.

 

Traducción para sinpermiso.info de Amaranta Süss.

Fuente original: The Nation, 6 abril 2006.

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