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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

Las elecciones en los Estados Unidos
Escribe: José Luís Fiori

Con Bush o Kerry, seguirá en el poder el mismo proyecto imperial. No habrá un nuevo período de "hegemonía benevolente", como entre 1945 y 1973, ni una adhesión norteamericana a cualquier tipo de "gobernanza multilateral" del mundo.

La cuestión que exige urgente atención –la cuestión que los americanos no pueden más dejar de enfrentar– no es que los Estados Unidos se hayan transformado en un poder imperial, sino que tipo de imperio ellos quieren ser”
Andrew Bacevich, “American Empire”, 2002.

Existe un consenso en el análisis internacional: el poder global de Estados Unidos, al inicio del siglo XXI, es muy superior al de todos los Estados nacionales que consiguieron imponer su hegemonía regional o global, desde el siglo XVI. Se habla cada vez más de imperio, y se transformó en un lugar común comparar los EE.UU. con el Imperio Romano. Los EE.UU. salieron de la Guerra Fría en la condición de hiperpotencia victoriosa en el campo ideológico y económico y sin adversarios geopolíticos capaces de competir en el campo militar.

La Unión Soviética se desintegró junto con el proyecto socialista, y Rusia aún necesitará de muchos años para recomponer sus pedazos y alcanzar la condición de gran potencia económica; Japón y Alemania, la segunda y la tercera mayor economía del mundo, siguen estancadas y en condición de protectorados militares de Estados Unidos; la Unión Europea se mueve en cámara lenta rumbo a su unificación efectiva, contenida por sus divergencias y conflictos seculares, que impiden que ella se transforme en un verdadero Estado supranacional; China es la economía que más crece en el mundo y tiene un proyecto estratégico de largo plazo del cuál no se aleja, proyecto que la llevará a la condición de gran potencia, pero ella no parece dispuesta la enfrentamientos inmediatos, a no ser a causa de Taiwán.

El resto del mundo parece condenado a un conflicto prolongado, como en el Oriente Medio, o a una larga exclusión económica del sistema mundial, como en el caso de África, o aún a un crecimiento vegetativo y errático, pero sin ninguna relevancia geopolítica, como en el caso de América Latina. En síntesis, Estados Unidos ocupan una posición de poder absolutamente confortable e incuestionable, en el inicio del siglo XXI. Resultado de una estrategia continua y consecuente de conquista del poder global, que se delineó en el inicio del siglo XX, se expandió después de la II Guerra Mundial y alcanzó su pleno éxito después de 1991, cuando los  Estados Unidos llegaron más cerca que nunca a la posibilidad de constitución de un “sistema imperial mundial”.

Inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, el presidente Bush-padre hizo un pronunciamiento a la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1990, en un tono que recordaba el lenguaje y la propuesta liberal internacionalista del presidente Woodrow Wilson, en 1918: “Nosotros tenemos un proyecto de una nueva asociación entre las naciones que trasciende las divisiones de la Guerra Fría. Una asociación basada en la consulta mutua, en la cooperación y en la acción colectiva, especialmente a través de las organizaciones internacionales y regionales. Una asociación basada en el principio de la ley y fundada en un reparto  justo de los costos y de las responsabilidades. Una asociación cuyos objetivos sean aumentar la democracia, la prosperidad, y la paz, y reducir las armas” (cit. Kissinger, 1994; p: 805).

Sin embargo, el propio presidente Bush constituyó, en 1989, una fuerza ejecutiva encargada de delinear las bases de lo que debería ser la nueva estrategia mundial de los EE.UU. después de la Guerra Fría, que fue presidida por su secretario de defensa, Dick Cheney, e incluía Paul Wolfowitz y a varios otros miembros del gobierno posterior del segundo Bush, como Lewis Libby, Eric Edelman y Donald Rumsfeld, además de Colin Powell. En base al informe de este grupo de trabajo, el presidente Bush hizo un discurso absolutamente diferente al de las Naciones Unidas, frente al Congreso Americano –en agosto de 1990– defendiendo una política externa de contención activa de cualquier tipo de potencia regional competitiva con los EE.UU. y que pudiera aspirar algún día al poder global, como había sido el caso de la Unión Soviética.

En septiembre de 1993, el nuevo presidente demócrata, Bill Clinton, hablando frente a la misma Asamblea General de las Naciones Unidas, dijo casi lo mismo que George Bush tres años antes: “En una nueva era de peligros y oportunidades, nuestro propósito es expandir y fortalecer la comunidad mundial y las democracias basadas en el mercado. Ahora nosotros queremos ensanchar el círculo de las naciones que viven bajo instituciones libres, porque nuestro sueño es un día en que las opiniones y energías de cada persona en el mundo tengan plena expresión dentro de democracias prósperas que cooperan entre sí y vivan en paz” (Ídem, p:805). Declaración que contiene todas las ideas claves del pensamiento político hegemónico, en la década de 1990: la ideología de la “globalización”, y el proyecto liberal de desregulación y apertura de todos los mercados y todas las fronteras, para promover la democracia y la paz.

“En un mundo globalizado, los conceptos de esfera de influencia y equilibrio de poder, perderían su validez y la propia guerra quedaría anacrónica. En vez de esto, una trama de redes eficientes y bien reguladas mantendría las naciones unidas, en la búsqueda común de la prosperidad. El comercio y la inversión florecerían, en beneficio de todos y el desarrollo económico, promovería los ideales y los gobiernos democráticos” (Bacevich, 2002; p: 42).

Esa fue la imagen que quedó en casi todo mundo de la “era Clinton”, como si hubiera sido un periodo donde el gobierno americano creyó de hecho en el poder pacífico de los mercados, y en la fuerza económica convergente de la globalización. Pero, en la práctica, la administración Clinton siguió las mismas ideas básicas del gobierno Bush-padre, los dos igualmente convencidos de que el siglo XXI sería un “siglo americano”, como dijo Bush, y de que el “mundo necesitaba de los Estados Unidos”, como solía repetir Magdeleine Albright, la Secretaria de Estado de Clinton.

La verdad es que el gobierno Clinton mantuvo un activismo militar sin precedentes, durante sus dos mandatos. Según informe de la U.S. Comission on National Security, de 1999, durante a era Clinton  “los Estados Unidos se envolvieron en 48 intervenciones militares, mucho más que en toda la Guerra Fría, periodo en que ocurrieron 16 intervenciones militares” (Washington DC. 1999; p: 128). Incluyendo los ataques a Somalia en 1992/1993; el bombardeo de Bosnia, en los Balcanes en 1995; el bombardeo de Sudán, en 1998; la guerra de Kosovo, en Yugoslavia, en 1999; y el bombardeo casi constante de Irak, entre 1993 y 2003. Siendo necesario recordar que fue también el presidente Bill Clinton quien anunció, en febrero de 1998, junto al  primer ministro inglés Tony Blair, la nueva Guerra del Golfo o de Irak, que acabó siendo postergada hasta el año de 2003.

En este mismo periodo, los EE.UU. consolidaron y  expandieron sus acuerdos y bases militares, incluyendo ahora la región de Europa Central y con una presencia militar efectiva en cerca de 90 países, distribuidas por todos los continentes, menos en la Antártica. Por eso, Chalmers Johnson –profesor emérito de la Universidad de California– concluyó que “entre 1989 y 2002 ocurrió una revolución en las relaciones de América con el resto del mundo. En el inicio de este periodo, la conducción de la política externa norteamericana era básicamente una operación civil. Alrededor de 2002, todo esto cambió. Estados Unidos no tiene más una política externa, tiene un imperio militar. Durante este periodo de poco más de una década, nació un vasto complejo de intereses y proyectos que yo llamo de imperio y que consiste de bases navales permanentes, guarniciones, bases aéreas, puestos de espionaje y enclaves estratégicos en todos los continentes del globo” (Johnson, 2004; p: 22 y 23).

Pero, además de esto, a pesar de su retórica multilateralista, el gobierno Clinton mantuvo la misma reticencia del gobierno de Bush-hijo con relación a cualquier de tipo de acuerdo, compromiso o régimen internacional que pudiera afectar la capacidad de acción unilateral de los EE.UU. Después de 2001, la administración Bush cambió la retórica dominante de la política externa americana, trajo el enemigo externo y la guerra para su primer plan, y pasó a defender de forma explícita el derecho unilateral de los EE.UU. de intervención en cualquier lugar del mundo. Pero en ningún momento el gobierno Bush abandonó la ideología y la defensa activa de la apertura y desregulación de todos los mercados y de los sistemas de comunicación, energía y transportes en todo mundo.

En este sentido, parece cada vez más claro que después del fin de la Guerra Fría, se constituyó un gran consenso en torno a la estrategia de largo plazo de los EE.UU. Desde el punto de vista estrictamente retórico, es posible identificar dos grandes grupos dentro de la política externa americana, como dice Chalmers Johnson: “Aquellos que abogan la dominación americana irrestricta y unilateral del mundo, y aquellos que defienden un imperialismo con objetivos ‘humanitarios’” (Johnson, 2004, Pág. 67). Pero en el esencial el proyecto imperial es el mismo, y no es probable que ocurra ningún cambio significativo en un futuro próximo. En este sentido, desde el punto de vista de las expectativas de los demás países, pueden tener la certeza de que no habrá un nuevo periodo de “hegemonía benevolente” –como entre 1945 y 1973– ni tampoco una adhesión norteamericana a cualquier tipo de “gobernanza multilateral” del mundo, sea quién sea el que venza las próximas elecciones presidenciales norteamericanas.

Bacevich, A. (2002), American Empire, Harvard University Press, Cambridge
Kissinger, H. (1994), Diplomacy, Simon&Schuster, New York
Johnson, C. (2004), The Soorows of Impire, Metropolitan Books, New York
U.S. Comission on National Security/21 st Century (1999), New World Coming, Washington, D.C.

 

Tomado de Carta Maior, 8/9/2004.

Traducido por Angel Vera para www.pvp.org.uy .

 

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