President Trump

por en 23/01/17 a 5:07 am

Ante la asunción de Trump parece oportuno un nuevo dossier sobre las perspectivas abiertas. Esta vez desde enfoques predominantemente geopolíticos, considerando los anuncios rupturistas, las determinaciones estructurales y los personajes al mando. Las lecturas de Atilio Borón, Ignacio Ramonet y Gabriela Simon esbozan el sistema de contradicciones del orden imperial, sus posibles desequilibrios e incluso sugieren algunas situaciones paradójicas.  2017 nos revelará los desvaríos de la declinante gran potencia en un mundo en crisis.

Trump presidente: las palabras y los hechos

Por Atilio A. Boron

Este viernes Donald Trump se convertirá en el 45ª presidente de Estados Unidos. El consenso entre los analistas, salvo pocas excepciones, es que durante su gestión “veremos cosas terribles”, como asegura Immanuel Wallerstein refiriéndose al primer año de su gestión. También dice, y lo subraya con razón el especialista panameño en asuntos estadounidenses, Marco Gandásegui, que el magnate neoyorquino es un personaje “totalmente impredecible”. [1] De ningún presidente estadounidense podemos esperar nada bueno. No porque sean malvados sino porque su condición de jefes del imperio les impone ciertas decisiones que en la soledad de su escritorio probablemente no tomarían. Jimmy Carter es un ejemplo de ello; un buen hombre, como tantas veces lo recordara Fidel. Y Raúl más de una vez se encargó de decir que el bloqueo contra Cuba y la invasión de Bahía Cochinos comenzaron cuando Obama ni había nacido, y apenas contaba un año cuando se produjo la crisis de los misiles en Octubre de 1962.

¿Adónde voy con esta reflexión? A señalar que no sería para nada extraño que bien pronto la inflamada retórica de DT deje de tener un correlato concreto en el plano más proteico de los hechos políticos, económicos y militares. Trump es lo que en la jerga popular norteamericana se llama “un bocón”. Por eso habrá que ver qué es lo que logra concretar de sus flamígeras amenazas una vez que deje de vociferar desde el llano y se inserte en los gigantescos y complicadísimos engranajes administrativos del imperio. No cabe la menor duda de que el personaje es un hábil demagogo, que agita con maestría un discurso reaccionario, racista, homófobo, belicista, transgresor y “políticamente incorrecto” por designio propio. Pero su irresistible ascenso no sólo es un efecto de su habilidad como publicista y la eficacia de su interpelación demagógica. Es síntoma de dos procesos de fondo que están socavando la primacía de Estados Unidos en el sistema internacional: uno, la ruptura en la unidad política-programática de la “burguesía imperial” norteamericana, dividida por primera vez en más de medio siglo en torno a cuál debería ser la estrategia más apropiada para salvaguardar la primacía norteamericana. Dos, los devastadores efectos de las políticas neoliberales con sus secuelas de exclusión social, explotación económica y analfabetismo político inducido por las elites dominantes y que arrojó a grandes sectores de la población en brazos de un outsider político como Trump que en épocas más felices para el imperio hubiera sido barrido de la escena pública en las primarias de New Hampshire.

Trump dijo, e hizo, antes de entrar a la Casa Blanca, cosas terribles: desde acusar a los mexicanos (y por extensión a todos los “latinos”) de ser violadores seriales, narcotraficantes y asesinos hasta declarar públicamente, para horror de los alemanes, que era “germanofóbico”. O de provocar al dragón chino llamando por teléfono a la presidenta de Taiwán, lo que motivó una inusualmente dura protesta de Beijing; decirles a los europeos que la OTAN es una organización obsoleta y que lo del Brexit fue una buena decisión. Pero como aseguran los más incisivos analistas de la vida política norteamericana, por debajo de la figura presidencial (o, según se lo mire, por encima de ella) está aquello que Peter Dale Scott denominó como “estado profundo”: el entramado de agencias federales, comisiones del Congreso, lobbies multimillonarios que por años y años han financiado a políticos, jueces y periodistas, el complejo militar-industrial-financiero, las dieciséis agencias que conforman la “comunidad de inteligencia” , tanques de pensamiento del establishment y las distintas ramas de las fuerzas armadas, todas las cuales son las que tendrán que llevar a la práctica –o “vender” política o diplomáticamente- las bravuconadas de Trump. Pero esos actores, a quienes nadie elige y que ante nadie deben rendir cuentas, tienen una agenda de largo plazo que sólo en parte coincide con la de los presidentes. Ocurrió con Kennedy, después con Carter y Obama, y seguramente volverá a pasar ahora. Dos ejemplos: el jefe del Pentágono James “Perro Rabioso” Mattis puede hacer honor a su apodo pero difícilmente sea un idiota y por buenas razones -desde el punto de vista de la seguridad del imperio- no quiere saber nada con debilitar a la OTAN. Y va a ser difícil que Stephen Mnuchin, el Secretario del Tesoro designado, un hombre surgido de las entrañas de Goldman Sachs, vaya a presidir una cruzada proteccionista y auspiciar el “populismo económico” contra el cual combatió sin resuello durante décadas desde Wall Street.

¿Significa esto que deben tenernos sin cuidado los exabruptos verbales de Trump? De ninguna manera. Será preciso, más que nunca, estar alertas ante cualquier tropelía que pretenda hacer en Nuestra América. Sin duda continuará con la agenda de Obama: desestabilizar a Venezuela, promover el “cambio de régimen” (vulgo: contrarrevolución) en Cuba, acabar con los gobiernos de Bolivia y Ecuador y encuadrar, una vez más, a los países del área como obedientes satélites de Washington. Para lograr este objetivo, ¿irá a escalar esta agresión, que Obama no quiso, o no pudo, detener? Es muy poco probable. Ronald Reagan, con quienes a veces torpemente se lo compara, intervino abiertamente en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y en la Guerra de las Malvinas. Pero era otro contexto internacional: había un fenomenal tridente reaccionario formado por el propio Reagan con Margaret Thatcher y Juan Pablo II empeñado en demoler los restos del Estado de Bienestar y los proyectos socialistas; el Muro de Berlín estaba agrietado y la URSS venía cayendo en picada, sepultando a Rusia; y China no era ni remotamente lo que es hoy. Estados Unidos estaba llegando al apogeo de su poderío internacional. Hoy, en cambio, ya comenzó su irreversible declinación y el equilibrio geopolítico mundial es mucho menos favorable para Washington. Difícil, por no decir imposible, que el descarado intervencionismo reaganiano pueda ser replicado por DT en esta parte del mundo. Y si lo hiciera tropezaría con una generalizada repulsa popular que, como lo advirtiera Rafael Correa, movilizaría en contra de Washington a grandes masas en toda la región.

Conclusión: el personaje es voluble, caprichoso e impredecible, pero el “estado profundo” que administra los negocios del imperio a largo plazo lo es mucho menos. Y en estos pasados quince años los pueblos de Nuestra América aprendieron varias lecciones.

Notas:

[1] Cf. “Donald Trump llega a la presidencia de EEUU”, en http://laestrella.com.pa/opinion/columnistas/donald-trump-llega-presidencia-eeuu/23981819

Tomado el 19/1/2017 de http://www.telesurtv.net/bloggers/Trump-presidente-las-palabras-y-los-hechos-20170119-0002.html

La recomposición del imperio. Empieza la era Trump

Por Ignacio Ramonet

Unos días después del acuerdo entre Rusia y Turquía que permitió acabar con la interminable batalla de Alepo, leí en un célebre semanario francés el comentario siguiente: “La permanente crisis de Oriente Medio está lejos de resolverse. Unos piensan que la solución pasa obligatoriamente por Rusia, mientras otros creen que todo depende de Turquía. Aunque lo que queda claro ahora es que, de nuevo y definitivamente –por lo menos cabe desearlo–, Rusia tiene en sus manos los argumentos decisivos para poner punto final a esa crisis”. ¿Qué tiene de particular este comentario? Pues que se publicó en la revista parisina L’Illustration… el 10 de septiembre de 1853.

O sea, hace 163 años la crisis de Oriente Medio ya era calificada de permanente. Y es probable que lo siga siendo… Aunque un parámetro importante cambia a partir de este 20 de enero: llega un nuevo presidente de Estados Unidos a la Casa Blanca: Donald Trump. ¿Puede esto modificar las cosas en esta turbulenta región? Sin ninguna duda porque, desde finales de los años 50, Estados Unidos es la potencia exterior que mayor influencia ejerce en esta area y porque, desde entonces, todos los presidentes estadunidenses, sin excepción, han intervenido en ella. Recordemos que el caos actual en esta zona es, en gran parte, la consecuencia de las intervenciones militares estadunidenses decididas, a partir de 1990, por los presidentes George H. Bush, Bill Clinton y George W. Bush, y por el (más reciente) azorado apoyo a las  primaveras árabes estímuladas por Barack Obama (y su secretaria de Estado Hillary Clinton).

Aunque globalmente la línea que defendió el candidato republicano durante su campaña electoral fue calificada de aislacionista, Donald Trump ha declarado en repetidas ocasiones que la organización Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) es el enemigo principal de su país y que, por consiguiente, su primera preocupación será destruirlo militarmente. Para alcanzar ese objetivo Trump está dispuesto a establecer una alianza táctica con Rusia, potencia militarmente presente en la región desde 2015 como aliada principal del gobierno de Bashar Al Assad. Esta decisión de Donald Trump, si se confirma, representaría un cambio de alianzas espectacular que desconcierta a los propios aliados tradicionales de Washington. En particular a Francia, por ejemplo, cuyo gobierno socialista –por extrañas razones de amistad y negocios con estados teocráticos ultrarreaccionarios como Arabia Saudita y Qatar– ha hecho del derrocamiento de Bashar Al Assad, y por consiguiente de la hostilidad hacia el presidente ruso Vladimir Putin, el alfa y el omega de su política exterior(1).

Donald Trump tiene razón: las dos grandes batallas para derrotar definitivamente a los yihadistas de ISIS –la de Mosul en Irak, y la de Raqqa en Siria– aún están por ganar. Y van a ser feroces. Una alianza militar con Rusia es, sin duda, una buena opción. Pero Moscú tiene aliados importantes en esa guerra. El principal de ellos es Irán, que participa directamente en el conflicto sirio con hombres y armamento. E indirectamente pertrechando a las milicias de voluntarios libaneses chiítas del Hezbollah.

El problema para Trump es que también repitió, durante su campaña electoral, que el pacto con Irán y seis potencias mundiales sobre el programa nuclear iraní, que entró en vigor el 15 de julio de 2015, y al que se habían opuesto duramente los republicanos en el Congreso, era un desastre, el peor acuerdo que se ha negociado. Y anunció que otra de sus prioridades al llegar a la Casa Blanca sería desmantelar ese pacto que garantiza la puesta bajo control del programa nuclear iraní durante más de 10 años, a la vez que levanta la mayoría de las sanciones económicas impuestas por la ONU contra Teherán.

Romper ese pacto con Irán no será sencillo, pues se firmó con el resto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Francia, Reino Unido, Rusia) y Alemania, a los que Washington tendría que enfrentarse. Pero es que, además, como se ha dicho, el aporte de Irán en la batalla contra ISIS, tanto en Irak como en Siria, resulta fundamental. No es el momento de enemistarse de nuevo con Teherán. Moscú, que ve con buenos ojos el acercamiento de Washington, no aceptará que esto se haga a costa de su alianza estratégica con Teherán.

Uno de los primeros dilemas del presidente Donald Trump consistirá pues en resolver esa contradicción. No le resultará fácil. Entre otras cosas porque su propio equipo de halcones, que acaba de nombrar, parece poco flexible en lo que concierne las relaciones con Irán(2).

Por ejemplo, el general Michael Flynn, su asesor de Seguridad Nacional (lo que Henry Kissinger fue para Ronald Reagan), está obsesionado con Irán. Sus detractores le definen como islamófobo porque ha publicado opiniones que muchos consideran abiertamente racistas. Como cuando escribió en su cuenta de Twitter: El temor a los musulmanes es perfectamente racional. Flynn participó en las campañas para desmantelar las redes insurgentes en Afganistán e Irak. Asegura que la militancia islamista es una amenaza existencial a escala global. Igual que Trump, sostiene que la organización Estado Islámico es la mayor amenaza que enfrenta Estados Unidos. Cuando fue director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (AID), de 2012 a 2014, dirigió la investigación sobre el asalto al consulado estadunidense de Bengasí, en Libia, el 11 de septiembre de 2012, en el que murieron varios marines y el embajador estadunidense Christopher Stevens. En aquella ocasión, Michael Flynn insistió en que el objetivo de su agencia, como el de la CIA, era demostrar el papel de Irán en ese asalto(3). Aunque jamás haya habido evidencia de que Teherán tuviera cualquier participación en ese ataque. Curiosamente, a pesar de su hostilidad a Irán, Michael Flynn está a favor de trabajar de manera más estrecha con Rusia. Incluso en 2015 el general viajó a Moscú, donde fue fotografiado sentado al lado de Vladimir Putin en una cena de gala para el canal estatal de televisión Russia Today (RT), donde ha aparecido regularmente como analista. Posteriormente, Flynn admitió que se le pagó por hacer ese viaje y defendió al canal ruso diciendo que no veía ninguna diferencia entre RT y el canal estadunidense CNN.

Otro anti iraní convencido es Mike Pompeo, el nuevo director de la CIA, ex militar graduado de la Academia de West Point y miembro del ultraconservador Tea Party. Tras su formación militar fue destinado a un lugar de extrema tensión durante la guerra fría: patrulló el Telón de Acero hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. En su carrera como político, Mike Pompeo formó parte del Comité de Inteligencia del Congreso, y se destacó en una investigación que puso contra las cuerdas a la candidata demócrata Hillary Clinton por su pretendido papel durante el asalto de Bengasi. Ultraconservador, Pompeo es hostil al cierre de la base de Guantánamo (Cuba), y ha criticado a los líderes musulmanes de Estados Unidos. Es un partidario decidido de dar marcha atrás al tratado nuclear firmado con Irán, al que califica de Estado promotor del terrorismo.

Pero quizás el más rabioso enemigo de Irán, en el entorno de Donald Trump, es el general James Mattis, apodado Perro Loco, que estará a cargo del Pentágono(4), o sea, ministro de Defensa. Este general retirado, de 66 años, demostró su liderazgo militar al mando de un batallón de asalto durante la primera guerra del Golfo en 1991; luego dirigió una fuerza especial en el sur de Afganistán en 2001; después comandó la Primera División de la Infantería de Marina que incursionó en Bagdad para derrocar a Sadam Husein en 2003; y, en 2004, lideró la toma de Faluya en Irak, bastión de la insurgencia sunita. Hombre culto y lector de los clásicos griegos es también apodado el Monje Guerrero, alusión a que jamás se casó ni tuvo hijos. James Mattis ha repetido infinitas veces que Irán es la principal amenaza para la estabilidad de Oriente Medio, por encima de organizaciones terroristas como ISIS o Al Qaeda: Considero a ISIS como una excusa de Irán para continuar causando daño. Irán no es enemigo de ISIS. Teherán tiene mucho que ganar con la agitación que crea ISIS en la región.

En materia de geopolítica, como se ve, Donald Trump va a tener que salir pronto de esa contradicción. En el teatro de operaciones de Oriente Próximo, Washington no puede estar –a la vez– a favor de Moscú y contra Teherán. Habrá que clarificar las cosas. Con la esperanza de que se consiga un acuerdo. De lo contrario, hay que temer la entrada en escena del nuevo amo del Pentágono, James Mattis Perro Loco, de quien no debemos olvidar su amenaza más famosa, pronunciada ante una asamblea de notables bagdadíes durante la invasión de Irak: Vengo en paz. No traje artillería. Pero con lágrimas en los ojos, les digo esto: si me fastidian, ¡os mataré a todos!

Notas

(1) Aunque, como se sabe, hay eleciones en mayo próximo en Francia, a las cuales el actual presidente socialista François Hollande, muy impopular, ha decidido no representarse. El candidato conservador con mayores posibilidades de ganar, François Fillon, ha declarado por su parte que reorientará la política exterior francesa para normalizar de nuevo las relaciones con Moscú.

(2)  arrendamiento, Paul Pillar, ” ¿La Administración Trump iniciar una guerra con Irán?” , The National Interest, 7 de diciembre de 2016. http://nationalinterest.org/blog/paul-pillar/will-the-trump -Administración-Start-guerra-iran-18652

(3)  arrendamiento,  The New York Times, 3 de diciembre de 2016. www.nytimes.com/2016/12/03/us/politics/in-national-security-adviser-michael-flynn-experience-meets-a- espinoso-past.html? _r = 0

(4) James Mattis necesitará que el Congreso le conceda una excepción para esquivar la ley que exige que pasen siete años entre salir del ejército y acceder a la jefatura del Pentágono.

Tomado el 21/1/2017 de http://www.jornada.unam.mx/2017/01/21/opinion/004a1pol

Donald Trump y el nuevo orden mundial que se avecina

Por Gabriela Simon

Con su orientación nacionalista, Trump abandona las estrategias hegemonialistas de la política estadounidense y deja el camino expedito a quienes estén dispuestos a cargar con responsabilidades globales. Este texto versa sobre las oportunidades y los riesgos que ofrece el cambio que se avecina en la política mundial. 

Como muy tarde después de la desaparición de la Unión Soviética, quedó en el aire la cuestión sobre el modo en que los EEUU, la superpotencia sobreviviente, abdicaría y saldría de escena. Había al respecto diversas teorías. La mayoría se inclinaban por los desbordantes déficits económicos de los EEUU, el déficit comercial y el endeudamiento público. Podría ocurrir, según una tesis particularmente estimada, que un buen día esos déficits llevaran a un desplome, en el transcurso del cual el dólar perdería su función de moneda de reserva mundial y los EEUU, su supremacía política planetaria.

O bien, esta otra tesis: en caso de conflicto, Rusia y China podrían lanzar al mercado sus considerables reservas de títulos del Tesoro norteamericano y desencadenar un desplome de los bonos estadounidenses y del dólar.

Nada de todo eso ocurrió. Ni siquiera la grave crisis financiera de 2008 logró afectar a la hegemonía estadounidense. A despecho de una deuda pública rayana en los 20 billones de dólares, los inversores siguieron considerando los bonos del Tesoro norteamericano y el dólar inversiones seguras, particularmente apetecibles en tiempos de crisis.

Con la elección de Donald Trump como nuevo Presidente de los EEUU las cosas están ahora claras. Análogamente a como hizo su otrora contraparte a fines de los años 80, la superpotencia EEUU se despide con una suerte de implosión. Debilitada y dividida internamente como está, no puede ya seguir sus estrategias imperiales. Y como le ocurrió a la Unión Soviética, no hay desplome a la vista que precipite el fin, sino que se trata de un cambio político inesperado que, bien mirado, no resulta en absoluto tan sorprendente.

Decidiéndose por Trump, los electores norteamericanos han sacado el foco de la política estadounidense encumbrada en su papel de dirección global para bajarlo a las llanuras de la sociedad norteamericana, a las realidades menos lustrosas de la vida cotidiana en las regiones económicamente deprimidas y en las comunidades socialmente desarboladas.

Visto así, tiene cierta lógica que también hayan echado por la borda la fe en el progreso y las pretensiones de modernidad y liberalidad con que los EEUU habían fundamentado su papel dirigente y hayan hecho Presidente a un nacionalista reaccionario que promete dar marcha atrás a la rueda de la historia y que en campaña electoral se ciscó a calzón quitado en los valores de la nación norteamericana moderna y globalizada.

La hegemonía global se funda en la capacidad de integrar en el propio poder y en los propios intereses estratégicos a otros Estados de modo tal, que esos Estados vean también en ello ventajas para sí mismos y terminen, más o menos voluntariamente, cooperando.

Los países industrializados occidentales necesitan mantener su posición hegemónica para asegurarse a escala planetaria el acceso a mercados comerciales, recursos minerales, empresas estatales, tierras fértiles y fuerza de trabajo barata. Por eso en su modelo de dominación las estrategias de libre comercio y permanente apertura de mercados y sociedades a los intereses de los negocios del capital mueble juegan un papel central.

Pero para que ese modelo de dominación funcione, los países industriales rectores tienen que pagar un precio. Los puestos de trabajo se marchan a países con salarios más bajos. Más y más desarraigados procedentes del Sur cruzan hacia el Norte las fronteras en busca de mejores oportunidades vitales. En la campaña electoral estadounidense, esos asuntos jugaron un papel importante, y no sólo para Trump. También el candidato de la izquierda, Bernie Sanders, criticó las estrategias de libre comercio de los EEUU y sus consecuencias para los trabajadores norteamericanos.

Así, por ejemplo, el tratado de libre comercio para América del Norte (NAFTA) suscrito por EEUU, Canadá y México habría costado cerca de 700.000 puestos de trabajo a los EEUU. Desde la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, se han perdido más de 2 millones de empleos industriales. Mientras que las grandes empresas estadounidenses pudieron construir y afianzar su papel dirigente a escala planetaria, los trabajadores de su propio país perdieron puestos de trabajo estables y poder de negociación sindical.

A lo que hay que añadir otro efecto lateral indeseado. El conjunto de países en el umbral del desarrollo, señaladamente China, ha conseguido sacar provecho de los mercados mundiales, armar su fortaleza económica y poner en cuestión el dominio global de los países industriales occidentales.

Pronto será China –por su PIB— la mayor potencia económica del mundo. En algunos grandes países en vías de desarrollo los estratos medios han experimentado un auge sin precedentes, mientras que, en cambio, la situación de los trabajadores y de las capas medias bajas en los países industriales hasta ahora dirigentes no mejoró o empeoró. Mientras en los EEUU de la crisis financiera muchas personas de clase media se quedaron sin techo, en China un simple trabajador podía convertirse en multimillonario.

La agenda hegemonial de los EEUU se ve, pues, confrontada, por un lado, con la creciente insatisfacción de los trabajadores y los estratos medios desclasados y, por el otro, con el creciente poder de los países en vías de desarrollo robustecidos económicamente, los cuales pretenden ahora –sobre todo los BRICS: Brasil, Rusia, India, China, Suráfrica— codeterminar las reglas del juego de la economía mundial y sus instituciones.

En ese telón de fondo, la victoria electoral de un político nacionalista como Donald Trump representa un punto de inflexión. Trump ha anunciado en su campaña electoral que los EEUU no seguirán pagando el precio de sus estrategias hegemónicas. Ni pérdida de puestos de trabajo, ni inmigración procedente del Sur, ni transferencias de poder en desfavor de los EEUU.

Trump y el final de un proyecto antidemocrático

“Podemos darle la vuelta a todo, y podemos hacerlo rápido”, prometió Trump con la vista puesta en la masiva perdida de puestos de trabajo en industrias tradicionales como el acero y la producción automovilística. Trump quiere “traer de vuelta” los puestos de trabajo y “hacer grande de nuevo a América”.

Para conseguir darle la vuelta a todo, Trump se propone, entre otras cosas, llevar a cabo un giro radical en la política comercial. Un giro que convertiría la actual arquitectura de la política estadounidense de libre comercio en una escombrera.

El Tratado de Asociación Transpacífica (TPP), ya firmado, es según Trump, “un desastre potencial para el país”, razón por la cual quiere rescindirlo desde el comienzo mismo de su mandato. El Tratado de Libre Comercio para América del Norte (NAFTA) –“el peor negocio de todos los tiempos”— deberá ser renegociado. El TTIP, el planeado tratado entre la UE y los EEUU, ha sido discretamente congelado por la UE desde el triunfo electoral de Trump. Contra China procederá Trump con aranceles punitivos y pleitos en la OMC.

Lo cierto es que en nada de lo que se propone puede estar más seguro Trump de que encontrará un amplio apoyo en la sociedad norteamericana. Hasta Hillary Clinton tuvo que distanciase –ya fuera retóricamente— del TPP en la campaña electoral. Dennis Williams, presidente del sindicato obrero automovilístico United Automobil Workers (UAW) –400.000 afiliados—, que apoyó a Clinton en la campaña electoral, ofreció a Trump inmediatamente después de su victoria colaboración en este punto. De modo parecido se manifestó Richard Trumka, jefe de la poderosa federación sindical AFL-CIO.

La perspectiva de un final abrupto del gran proyecto occidental de libre comercio propició desconcierto e inseguridad en el otro lado del Atlántico, no menos que en el otro lado del Pacífico. Porque el TPP y el TTIP eran mucho más que meros tratados de libre comercio. Con ellos quería defender Occidente su poder para determinar las reglas de la globalización.

Los países industriales dirigentes habían venido teniendo cada vez más problemas para imponerse en la OMC. Porque la situación había cambiado fundamentalmente gracias al robustecimiento de países en el umbral de desarrollo como India, China y Brasil. Los países del Sur global tenían ahora, en conjunto, más poder negociador. Les fue, por ejemplo, posible, disponiendo de suficiente personal calificado y de representantes en todas las comisiones de trabajo, observar y percatarse de los distintos riesgos que podían correr. En suma: la OMC se convirtió en una organización relativamente democrática.

Demasiado democrática para el gusto de occidente. La “Ronda de Doha” puesta en marcha por la OMC en 2001 con gran alarde publicitario, y en la que tenía que negociarse un ambicioso programa global de libre comercio, fracasó porque no pudieron ponerse de acuerdo en torno a las propuestas de los países industrializados. Los EEUU pasaron entonces a formar coaliciones con sus partidarios promoviendo los proyectos TTIP y TPP, a fin de poner bajo presión al resto del mundo.

Complementariamente, la UE negoció con Canadá el Tratado CETA. Los Estados africanos y caribeños fueron forzados por la UE a firmar tratados de libre comercio bajo la amenaza de retirarles los beneficios aduaneros para sus exportaciones existentes desde hacía décadas. También con –hasta ahora— tres Estados de la Comunidad andina (Perú, Colombia y Ecuador) logró este tipo de tratado la UE.

Si todos esos tratados entraran en vigor, estaría ya una parte considerable del planeta sometida a un régimen de libre comercio que afecta a ámbitos vitales de prestación de servicios, seguridad alimentaria y acceso a medicamentos, lo que redundaría en el ulterior robustecimiento del poder de las empresas que actúan a escala global frente a los Estados y las sociedades.

El acceso a los mercados de los Estados que no participaran empeoraría notablemente. De modo que incluso Estados ya en el umbral del desarrollo, como India y China, pueden ser presionados para firmar tratados de este tipo o para sumarse a acuerdos ya existentes.

“Nosotros” deberíamos determinar las reglas de juego de la globalización, ha repetido también una y otra vez el gobierno alemán, y no deberíamos dejárselo a “los chinos”. Efectivamente, TPP, TTIP y compañía siguieron desde el comienzo un curso antidemocrático. Se proponían instalar un régimen global de libre comercio contra la voluntad de la mayoría de los miembros de la OMC.

Que ahora precisamente un magnate económico neoliberal como Donald Trump se proponga impedir ese proyecto antidemocrático, parece una ironía de la historia. Pero acaso se trate también de una astucia de la historia. Pues precisamente éste sería el papel que habría tenido que jugar el candidato de la izquierda, Bernie Sanders. Sanders ya había pronosticado acertadamente en 1993 los efectos desastrosos del Tratado NAFTA, y ha convertido la crítica al TPP en uno de los temas importantes de la precampaña electoral Demócrata. Pero fracasó como candidato a Presidente ante Hillary Clinton.

Sanders es sin la menor duda el crítico más solvente y más creíble de la política de libre comercio. Pero, como Presidente de los EEUU, ¿habría podido imponerse con una desviación tan radical de las estrategias hegemónicas de los EEUU? ¿No habría estado en una posición todavía más desventajosa que la de un Barak Obama que tenía tras de sí a todo su Partido?

No es difícil de imaginar la concertada cacería contra un Sanders Presidente a la que se habrían librado Wall Street, los medios de comunicación “respetables”, los Republicanos, el establishment de los Demócratas y el habitual séquito de economistas apoltronados. Se le habría reprochado un vétero-socialismo rancio y tan ajeno a la realidad como cabezonamente dispuesto a arruinar la economía y a poner en riesgo la creación de puestos de trabajo. En caso de que hubiera osado simplemente a rescindir el acuerdo TPP firmado por Obama, se lo habría declarado una peligrosísima amenaza para el conjunto de la economía mundial.

Por loco que ello pueda parecer, lo cierto es que el crudo nacionalista Donald Trump parece ser el hombre adecuado para esta tarea. Tiene con su Partido mayoría en ambas cámaras del Congreso. Con su obstinación, su rudeza, sus deliberados juegos de confusión y su consecuente desprecio por la corrección política, Trump ha demostrado tener una independencia y una fuerza que ya le permitieron imponerse electoralmente a los medios de comunicación y al conjunto del establishment.

Tal vez se necesite a alguien como Trump para sacar a los EEUU de su papel de superpotencia. A alguien que pueda transmitir creíblemente que así les irá mejor a los ciudadanos estadounidenses y que América recuperará su vieja grandeza.

Vuelta a la política clásica de la gran potencia

En la mentalidad empresarial de Trump, los tratados multilaterales de libre comercio a largo plazo tienen la desventaja de que los EEUU no pueden hacer valer plenamente su poder económico y geoestratégico en cada momento y en cada país concreto, porque quedan atados por acuerdos engorrosamente generales.

Tampoco la política exterior instigadora de cambios de régimen político con la que Obama y sus precursores han intervenido a fuego en guerras civiles interminables ha tenido para las grandes empresas estadounidenses más que una utilidad muy limitada. La estrategia de confrontación con Rusia no fue, desde luego, un buen negocio. Putin no cayó, sino que intensificó su colaboración con China y los otros Estados BRICS, con el resultado final de que los cambios en las relaciones de fuerza global dieron un impulso adicional a los Estados BRICS. Para el mundo norteamericano de los negocios, Trump puede darles probablemente más consiguiendo el acceso a las inmensas riquezas rusas en materias primas a través de una política de acuerdos y cooperación.

Para “recuperar la grandeza” de la economía estadounidenses y, con ella, de América, Trump se sitúa en un formato político-mundial más reducido. Se aparta de las estrategias de dirección global y configuración económica del mundo y regresa a la política clásica de gran potencia.

Qué aspecto concreto cobrará esto, está por ver. Lo claro es que Trump no actúa precisamente como alguien inclinado a rehuir los conflictos. Cuando no deja de proclamar que pasará la factura a México por la construcción de un muro fronterizo, eso suena a amenaza de un señor colonial que exige a sus tributarios que pasen por caja. Los países latinoamericanos fuertemente vinculados económicamente a los EEUU son quienes particularmente más razones tienen para temer la política de robustecimiento económico y militar de Trump.

Difícilmente podrá conseguir Trump por esta vía una reversión de las cambiadas relaciones de fuerza globales. Su ruido de sables frente a China, por ejemplo, la amenaza con aranceles punitivos y pleitos en la OMC, no es nada substancialmente nuevo.

Desde la entrada de China en la OMC, los EEUU y la UE han planteado más de 20 pleitos contra China. Nunca han dejado de utilizar el arancel punitivo: contra los neumáticos de automóvil chinos en 2009, contra los tubos de acero chinos en 2010, contra las células solares chinas en 2012: ¡y con tasas de hasta el 250%! Sólo el año pasado, 27 países llegaron a promover un total de 119 causas jurídicas contra las exportaciones chinas. Nada de eso pudo frenar el auge de China y el poderío exportador chino.

Se abre un espacio político

En vez de eso, lo que parece anunciarse es un efecto muy distinto e imprevisto de la orientación de Trump hacia una política de gran potencia tradicional. Con su nacionalismo y su rechazo de las estrategias de hegemonía global, Donald Trump abre un espacio político para la configuración de un nuevo orden internacional. Deja la vía libre para quien quiera asumir la responsabilidad global.

Por paradójico que ello pueda sonar, un giro nacionalista inducido por Trump en la política estadounidense ofrece al resto del mundo una oportunidad para configurar más democráticamente el mundo multipolar y enfrentarse conjuntamente a los grandes problemas globales: la regulación de la globalización económica, la defensa global del medio ambiente, la mejora de la situación y de las perspectivas de los 60 millones de refugiados que hay en el planeta, un procedimiento internacionalmente acordado contra el terrorismo islámico radical.

Una anticipación de eso se dio ya antes de la toma de posesión del Presidente electo. En la cumbre climática de Marrakech del pasado noviembre imperaba al comienzo un gran desconcierto tras las elecciones estadounidenses y el anuncio de Trump de que se descolgaría del Acuerdo de París. Hasta que el representante de Pekín anunció que China seguirá colaborando. India, Brasil y Rusia se sumaron, salvando así el encuentro de alto nivel. Erik Solheim, el jefe del programa medioambiental de NNUU, habló entonces de un “nuevo orden mundial general”. China y otros países en el umbral de desarrollo habrían “tomado la dirección de la política climática”.

Qué aportarán China y los otros Estados BRICS a la configuración de las relaciones económicas globales, está por ver. En cualquier caso, hasta ahora, el estilo de los chinos no ha sido el de extorsionar económicamente a otros países y forzarlos a desmantelar aranceles u otros sectores de prestación de servicios básicos para abrirlos a la concurrencia exterior, como, en cambio, sí hizo la “democrática” UE con los Estados africanos.

China siempre ha apoyado en las organizaciones internacionales las inquietudes del grupo de los 77 en que se han coaligado los países del Sur global. Cuando Argentina fue atacada hace un par de años por los fondos buitres norteamericanos quedando insolvente, fueron los chinos quienes la ayudaron a llegar a fin de mes con generosos créditos y permutas de divisas, mientras que el ministerio estadounidense de finanzas intervino a favor de los fondos buitres.

Los Estados BRICS vienen exigiendo desde hace mucho tiempo una modernización de los organismos de NNUU y –por ejemplo en el caso del FMI y del Banco Mundial— su democratización. Son, una vez más paradójicamente, países gobernados no democráticamente como China y Rusia los que quieren regular democráticamente la globalización, mientras que los representantes de Occidente, que siempre presumen de “valores occidentales”, se aferran a escala global a estructuras antidemocráticas.

Un nuevo comienzo democrático de la política mundial no sólo desequilibraría la balanza del poder a favor de los países ya en el umbral del desarrollo. También los países del Sur dispondrían de mejores oportunidades para hacer que pesaran más sus inquietudes –seguridad alimenticia, protección medioambiental, asistencia sanitaria básica— que la libertad del comercio y de los inversores. Se discutiría abiertamente en los organismos internacionales sobre la configuración de la globalización, lejos de esas negociaciones secretas del TTIP, del TPP o del CETA, en las que los intereses de las grandes empresas globalizadas pueden ser discretamente atendidos y servidos.

Aquí hay sobre todo un problema: todo esto sólo es posible, si Europa colabora. Y hasta ahora no parece que la UE haya reconocido los signos del tiempo. Aquí estamos aferrados a la idea de que sólo los países industriales occidentales pueden definir las reglas de la globalización. En una mezcla de cabezonería y delirio de grandeza, los europeos se empeñan en seguir como si nada los pasos de Obama. “La UE es una superpotencia”, declaró Frederica Mogherini pocos días después de las elecciones en EEUU. Y el ministro luxemburgués de exteriores, Jean Asselborn, la secundó: “Somos una superpotencia”.

Así que la UE se ve ahora como el motor principal del régimen de libre comercio global. La mayoría de los “Tratados de asociación económica” con la UE a que fueron forzados los Estados africanos se hallan todavía en proceso de ratificación. En América Latina, la UE aspira a negociar nuevos tratados. Luego de que en Brasil y en Argentina las viejas elites reaccionarias hayan logrado recuperar el poder, hay buenas posibilidades de llegar a un acuerdo de libre comercio con la alianza económica que es el Mercosur. Las negociaciones comenzarán inmediatamente, a comienzos de este año. Y para facilitar las cosas, ya se ha excluido a la recalcitrante Venezuela del Mercosur.

Quiere hacerse ahora del CETA la regla de oro de todos los futuros tratados de libre comercio. Porque, igual que estaba previsto para el TTIP, el CETA ofrece una jurisdicción particular para los inversores extranjeros, así como una “cooperación reguladora” que permite a los lobistas económicos bloquear de antemano nuevas iniciativas legislativas.

El CETA tiene, además, una peculiar ventaja. Puesto que todas las grandes empresas estadounidenses tienen filiales en Canadá, también ellas podrían aprovecharse del tratado. Las empresas estadounidenses lograrían a través del CETA mejor acceso a los mercados europeos, a los sectores de servicios, a las licitaciones públicas, y todo eso con las correspondientes posibilidades de litigar y pleitear, sin que las empresas europeas tuvieran, en contraprestación, los mismos derechos en los EEUU. Una acuerdo perfecto para Donald Trump.

Fuente original: Telepolis, 16 enero 2017

Traducción: Amaranta Süss

Tomado el 22/1/2017 de http://www.sinpermiso.info/textos/donald-trump-y-el-nuevo-orden-mundial-que-se-avecina

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