lunes 24 de junio, 2019

Porque no son solo memoria sino ejemplo de construcción de futuro. Homenaje a León Duarte y Gerardo Gatti

Publicado el 28/05/19 a las 11:49 am

El 24 de mayo se realizó un multitudinario homenaje a León Duarte y Gerardo Gatti en el anfiteatro del PIT-CNT. Aquí transcribimos el mensaje de de Néstor Duarte y la intervencón de Daniel Gatti.

Gatti: Esa humanidad forjada en lecturas y prácticas fue quizá de sus mejores legados

Por Daniel Gatti

Primero que nada pido disculpas por no estar allí. También por escribir estas pocas palabras en primera persona. Difícil hacerlo de otra manera en estas cosas del querer.

Unos días atrás, mi amigo y compañero de trabajo Samuel Blixen evocó en una nota corta y precisa la figura de Julio Marenales.  Con la muerte de Julio Marenales, escribía Samuel, “se reduce aún más la expresión de aquel Uruguay que producía, como cosa natural, intelectuales excepcionales, políticos con principios, periodistas cultos, militantes solidarios, militares demócratas, revolucionarios coherentes, individuos íntegros”. Supongo que a Marenales Blixen lo inscribiría entre los militantes solidarios, los revolucionarios coherentes, los militantes íntegros. Ya es enorme.

Lo mismo haría yo con mi padre. 

De la integridad podemos dar cuenta la familia, los compañeros de militancia política y sindical. Pueden dar cuenta incluso los enemigos, esos milicos que se sorprendían de su resistencia en la tortura.

La solidaridad, creo yo, la aprendió desde muy chico, en sus primeras incursiones libertarias, cuando siendo hijo de una clase media que vivía medianamente bien no se creyó aquello de “como el Uruguay no hay” y la “tacita de plata” y salió a descubrir un país que pretendía ocultar sus miserias y sus costuras mal remendadas pero ya evidentes. Siendo estudiante universitario, se hizo proletario por elección. Y por convicción casi vocacional se hizo sindicalista. Vivió a fondo esa época. Lo marcó, como a muchos otros, la voluntad de querer otro mundo, otra cosa que entonces tenía nombres.

Era también un intelectual, si por eso se entiende alguien que piensa, elabora, idea, escribe, transmite, no se queda tranquilo en las certezas.

Se equivocó, claro que sí, pero cabría aquí citar aquella frase que en su momento acuñaron los franceses del 68 para tomar distancia del liberalismo biempensante: “prefiero equivocarme con Sartre que tener razón con Raymond Aron”.   

Familiero y querendón, un poco patriarcal también, fue una de sus constantes el querer evitar que los hijos sufrieran las consecuencias de su compromiso. Era imposible. La época no se lo permitía. Ni sus propios hijos, a los que él había contribuido a meter pies y cabeza en esa época.  Recuerdo las idas, las muchas idas, junto a él, con nueve-diez años, a reuniones en el sindicato de Funsa. Vaya a saber uno qué habré aprendido de aquello. Seguramente un ambiente, escuchar el vozarrón de Duarte, los chistes del Perro Pérez, que me quedaron luego resonando por muchos años. Fraternidad pura.

Y los kilómetros y kilómetros caminados por los mismos años en un tramo de la marcha cañera que se acercaba a Montevideo. Eran de las cosas que conectaban al padre y al hijo, que no entendía mucho pero absorbía y absorbía incluso sin saberlo. Como los viajes en ferrocarril o las idas al estadio a ver a Peñarol. Era mejor cuentista e inventor de historias que maestro, pero en la casa de Malvín había libros, revistas y diarios con los que uno, si quería, se podía dejar inundar. Sin guía pero curioso, devoré casi con la misma pasión La isla del tesoro y las historias de Tom Sawyer que la biografía de Severino di Giovanni o La Patagonia rebelde, y creo que la primera vez que lloré fue leyendo la historia de Buenaventura Durruti y la derrota republicana –la anarca, más bien– en la guerra civil española. La primera vez que lo vi llorando a él –serían luego varias más, desmintiendo in pectore aquel mito de la dureza– fue cuando la radio anunciaba la confirmación del asesinato del Che en Bolivia. Casi diez años después, en Buenos Aires, estaba en casa –donde no debía estar, pero el familiero le ganaba muchas veces la partida al criterioso– cuando lo enteraron por teléfono de la aparición de los cuerpos de Michelini, Gutiérrez Ruiz, Barredo y y Whitelaw. Lloró y puteó antes de irse, como disparado. Era el 20 de mayo. No pasaron veinte días y le tocó a él. No supo ver lo que se venía. ¿Se le puede reprochar? Estaba jugado.

Esa humanidad forjada en lecturas y prácticas fue quizá de sus mejores legados.

Y la empatía, muchas veces silenciosa, no dicha. Temblaba yo cuando estando él preso en Punta de Rieles –por entonces cárcel para hombres, la primera militarizada– le conté que había empezado a militar en el FER y no en la ROE y que lo hacía porque en el FER estaban mejor formados, que en la ROE eran más primitivos y no sé cuántas boludeces más de un pibe de primero de liceo. Fingió enojo antes de darme para adelante con pocas palabras. En Buenos Aires, en el verano del 76, en un contexto bastante más peligroso, su hija Adriana le contó con el mismo temor que estaba militando en la UES, rama liceal de los Montoneros. La nena había dejado de serlo y el padre, preocupado pero orgulloso, la abrazó quizá como nunca lo había hecho antes. Sobre todo los hijos mayores pudimos vivir esa empatía. Yo la agradezco.

Esa, la de la empatía, la de la cosa vivida, es una de las grandes diferencias que hubo siempre entre los hijos de “desaparecidos” que éramos relativamente grandes –y más o menos conscientes de las cosas, más aún cuando en algún grado, por pequeño que fuera, también estábamos metidos en ellas– y los más chicos, cuando nuestros padres fueron secuestrados. Repito: agradezco ese tiempo pasado. A pesar de todo.

Lo de la coherencia ya es distinto. Mi padre se congeló a los 44 años, en 1976. ¿Qué hubiera sido para él ser coherente hoy con el que era entonces? Quién sabe. Cambiaron tanto las cosas. También él fue cambiando en medio de aquellos tiempos de hacha y tiza, y de aquel acratismo de los orígenes fue marchando hacia otra cosa nunca muy bien precisada, más bien sincrética. Pienso yo que si reviviera, buscaría reconectar al menos con muchos de los principios originarios del anarquismo, esos que su amigo Pablo Carlevaro decía que se habían ido diseminando a medida que el movimiento iba disolviéndose. Pero no sé. Estoy seguro, sí, que la rebeldía –la innata y la trabajada– lo hubieran llevado a mirar con mucha distancia, con mucha bronca tantas cosas que hoy suceden. Ni qué decirlo del lado de enfrente, pero también del lado de acá de la barricada. Marenales se retiró a cuarteles de invierno. Pienso que él hubiera tomado un camino distinto. Acá, para actos como este, y en “la pelea”, como le gustaba decir, seguramente hubiera estado.

Tuvo la “suerte” –si así se puede decir– de ya no estar para cuando, diez meses después de su propia desaparición, una horda de milicos bombardearan y ametrallaran la casa en que estaba su hija Adriana embarazada y desaparecieran su cuerpo.

Y tuvo la desgracia de no haber conocido a sus nietos. Se hubiera asombrado del racionalismo ingenieril de Juan, Carolina lo hubiera seducido con su picardía inteligente y rebelde, Julia con su agudeza empática, Ainara con su frescura.

Los que lo conocimos, agradecidos.

León Duarte, más cerca que nunca

Por Néstor Duarte

Es la primera vez que hablo en público sobre mi padre, siento que es el momento y agradezco a quienes han trabajado para mantener viva su memoria, su historia, también a esta casa por recibirnos con tanto afecto, a las compañeras y compañeros que hacen posible este homenaje.

No me es posible comenzar sin hacer referencia de la vigésima cuarta marcha del silencio.

Después de tantos años la gente no olvida, para quienes la transitamos desde su inicio podemos decir que esta marcha ya se ha convertido en un acto histórico en nuestro país, lo cual nos es nada bueno, realmente mi único deseo es que esta fuese la última, que podamos alcanzar la verdad y justicia que venimos reclamando que termine de una vez la impunidad y que caigan todos aquellos que la sostienen.

Se habla de un pacto de silencio entre los militares y sus cómplices civiles, pero no quiero pensar que formen parte del mismo aquellos que también sufrieron la dictadura de este lado, realmente sería algo muy cruel. Sinceramente esperábamos mucho más en estos 15 años de gobierno de izquierda.

Algo que no quiero dejar pasar es nuestro profundo agradecimiento a todas y todos los jóvenes que participan de la misma, estoy seguro que son los que más le preocupan al fascismo, ya que después de tantos años no han podido borrar la figura de los desaparecidos, un agradecimiento muy especial a los jóvenes que integran el cordón de seguridad de la marcha, entrelazando sus manos para proteger las imágenes de nuestros seres queridos, particularmente es algo que me emociona.

Hoy el compromiso es el mismo con el cual empezaron nuestras viejas y viejos en familiares, mi esperanza es que mis hijos no tengan que continuar con este camino y puedan poner toda su energía en la construcción de un gran país, con verdadera justicia social como lo soñó León Duarte.

Tampoco puedo dejar de mencionar las apariciones y declaraciones mediáticas de este asesino de lo peor que nos ha dado esta bendita tierra oriental, que la historia se encargará de registrar como uno de los personajes más siniestros del Uruguay, no voy a mencionar su nombre, para no ensuciar este homenaje.

Algo que realmente preocupa es saber quien o quienes están detrás de él, que le permite después de tantos años pronunciarse y reconocer crímenes como el del compañero Gomensoro. Que la prensa lo entreviste en la comodidad de su casa y que siga mostrándose como un torturador con total impunidad. Esto debe poner en alerta a todo el país, es muy grave. Es tiempo de no permitir que estas cosas sucedan, debemos ser conscientes que los años siguen pasando y aun no se hace justicia, la cual es indispensable para honrar nuestro pasado y liberar nuestro futuro.

Compañeras, compañeros, decirles también que León Duarte fue hijo, hermano, esposo, padre y también abuelo, de Leonel, Matías, Facundo y Camila, que hacen referencia clara de su pasado, su presente y futuro.

Como todo revolucionario y transformador de la realidad en que vivía, solo lo pudo lograr a través de un gran sueño. Sin duda que supo entregar todo lo que tenía para construir una nueva vida para nuestra clase trabajadora, a la cual amaba profundamente.

Mi padre León lleva su nombre por mi abuelo que se llamaba igual, creció en la quinta de sus padres trabajando la tierra junto a mi abuelo, mi abuela Celia y sus dos hermanos Juan el mayor y Víctor el más chico.

Contaba mi abuela de su carácter y determinación desde muy pequeño, se crió en una gran familia de trabajo y grandes valores, mi abuela le supo decir a mi madre que él era muy bueno, pero que desde que cumplió los 13 años estaba esperando que se lo tiraran muerto en la puerta de la casa, porque no dejaba pasar por alto la injusticia y siempre se involucraba con gran rebeldía.

Hay una anécdota de sus hermanos de cuando le hizo frente a un gran productor de la zona, ya que estuvo en sus quintas arrancando papas por tanto, un buen día este hombre lo despide ya que le generaba bastantes problemas al hablar tanto con los trabajadores, por supuesto sin pagarle nada, a lo cual mi padre pide para hablar con él y le reclama sus derechos este le responde, tranquilo usted entró por esa puerta y yo lo escuche, no le voy a pagar nada, vaya salga por la misma puerta sin problemas, a lo cual mi padre le contesta no se complique, usted me paga lo que me debe y yo salto por la ventana, fue la primera vez en ese lugar que un peón cobró su jornales aunque lo echaran.

Fue trabajador del Frigorífico en el Cerro, donde participó de sus marchas, pero como es sabido fue en FUNSA donde comenzó fuertemente su tarea como sindicalista, es ahí donde conoce a mi madre Hortensia, una joven que estaba a cargo de sus hermanos menores, cuando mi padre se entera de esta situación, le pregunta si cobraba la asignación familiar por ellos, algo que mi madre no sabía que podía reclamar, mi padre la ayuda a realizar los trámites y comienza a percibir sus derechos a la asignación, esto fue muy importante para su hogar.

Así comienza su relación de pareja, de la mano de los derechos laborales.

Fue una vida de mucho esfuerzo y trabajo, pero de gran amor, así fue como me crié.

Que les puedo decir de mi padre, pude compartir pocos años con él, pero su presencia si la recuerdo, un hombre fuerte con una gran ternura, siempre muy ocupado pero sin descuidar los afectos, lo recuerdo tomando mate sentado en un muro de la vereda mientras yo andaba en bicicleta, su sonrisa es como si la estuviera viendo; también cuando jugábamos a la pelota, él le decía vamos a jugar al fobal, son inolvidables las tardes de invierno sentados en la cama junto a él y mi madre, viendo llover por el balcón y me decía, vamos a tomar mate con amor.

Son muchos recuerdos como cuando lo íbamos a visitar a Buenos Aires pero ya en forma clandestina en el año 1975, si bien yo tenía 8 años me daba cuenta de muchas cosas, pero el jamás me hizo sentir la verdadera situación, era una fiesta cuando nos encontrábamos, una gran felicidad para los tres.

También están los recuerdos que se mezclan, como cuando se lo llevaban los milicos y después de un tiempo volvía a casa del cuartel, siempre lo dejaban a la noche, cuando sentía el timbre, yo bajaba corriendo a recibirlo lo veía allí parado con su frazada doblada en los brazos, que les puedo decir era una gran alegría, y el siempre como que nada había sucedido, solo una vez pude escuchar detrás de la puerta después de haber llegado torturado del cuartel, mi madre lo estaba ayudando a cambiarse y entre la voz cortada por el llanto le decía mira lo que te hicieron estos hijos de puta, y mi padre, con esa voz clara y de forma suave le contesta, no vieja no son hijos de puta, son pobre gente. Claramente esta frase la vengo a comprender muchos años después, lo cual me ayudó a entender su grandeza humana.

Hoy en este homenaje, en pocas palabras quise reflejar una pequeña parte, que muy pocos conocen de León Duarte.

Para despedirme les quiero compartir algo muy íntimo, algunas palabras de la última carta que me escribió mi padre, la misma que supo sobrevivir a los allanamientos, ratoneras y las visitas militares siempre comandadas por estos personajes siniestros.

Esta carta me la escribió para una navidad, la última en la que supiéramos de él, en una de sus frases me dice:

HOY EL DESTINO ME IMPONE ESTAR LEJOS, PERO LEJOS ESTÁN LOS QUE SE OLVIDAN, LOS QUE DEJAN DE QUERERSE, Y COMO YO TE QUIERO TANTO ESTOY MÁS CERCA QUE NUNCA.

Hoy usando sus palabras, 42 años después de escritas, les puedo decir, que Gerardo

Gatti y León Duarte están más cerca que nunca.

SALÚ, QUERIDO COMPAÑERO GERARDO GATTI.

SALÚ, MI QUERIDO VIEJO.

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