sábado 24 de agosto, 2019

A 100 años de los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht

Publicado el 15/01/19 a las 5:00 am

Las figuras de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht deben ser rescatadas de las calumnias  tanto de la historiografía convencional como del dogma burocrático estalinista. La primera todavía difunde la leyenda de los «sangrientos» espartaquistas de la revolución alemana. Ha preferido no leer la documentación ni evaluar las perspectivas concretas. Stalin llegó a calificar a Rosa Luxemburgo como «centrista» demostrando una ignorancia supina. Otros, como Lenin, Zetkin o Trostsky supieron valorar los sujetos y el momento.  Hoy, a un siglo de los asesinatos  de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht compartimos algunos textos históricos, otros actuales y también una película. Nos referimos a:

  • «Una verdadera refundación del comunismo en el siglo XXI no puede ahorrarse el mensaje revolucionario, marxista y libertario de Rosa Luxemburgo» de Michael Löwy.
  • «Revolucionaria de cuerpo y alma» de Nestor Kohan.
  • «Rosa Luxemburgo» (1986), película de Margarethe von Trotta.
  • «El orden reina en Berlin» de Rosa Luxemburgo, escrito el 14 de enero de 1919, en vísperas de su homicidio.
  • «¡A PESAR DE TODO!» de Karl Liebknecht, publicado el día de su asesinato.

Cada uno de los siguientes materiales nos recuerda un viejo precepto de Marx repetido por Victor Serge: “No jugar jamás a la insurrección; pero, una vez iniciada ésta, saber avanzar, con resolución hasta el final”.

Una verdadera refundación del comunismo en el siglo XXI no puede ahorrarse el mensaje revolucionario, marxista y libertario de Rosa Luxemburgo

Por Michael Löwy

Si hubiera que destacar el rasgo distintivo de la vida y del pensamiento de Rosa Luxemburgo, tal vez sería el humanismo revolucionario. Tanto en su crítica del capitalismo como sistema inhumano, en su combate contra el militarismo, el colonialismo, el imperialismo, o en su visión de una sociedad emancipada, su utopía de un mundo sin explotación, sin alienación y sin fronteras, este humanismo atraviesa como un hilo rojo el conjunto de sus escritos políticos y también su correspondencia, sus emocionantes cartas desde la prisión, que han sido leídas y releídas por generaciones sucesivas de jóvenes militantes del movimiento obrero.

¿Por qué esta figura de mujer –judía y polaca, marxista y revolucionaria, tierna e intransigente, militante e intelectual– nos sigue fascinando? ¿Cómo permanece tan cercana 90 años después de su muerte? ¿En qué consiste la asombrosa actualidad de su pensamiento, precisamente ahora, en este comienzo de siglo XXI?

Veo al menos tres razones para ello:

En primer lugar, en una época de globalización capitalista, de mundialización neoliberal, de dominación planetaria del gran capital financiero, de internacionalización de la economía al servicio del beneficio, la especulación y la acumulación, la necesidad de una respuesta internacional, de una mundialización de la resistencia, en resumen, de un nuevo internacionalismo está más que nunca a la orden del día. Ahora bien, pocas figuras del movimiento obrero han encarnado, de manera tan radical como Rosa Luxemburgo, la idea internacionalista, el imperativo categórico de la unidad, de la asociación, de la cooperación, de la fraternidad de los explotados y oprimidos de todos los países y continentes.

Como es sabido, ella fue, junto a Karl Liebknecht, uno de los pocos dirigentes del socialismo alemán, en oponerse a la Unión Sagrada y al voto de los créditos de guerra en 1914. Las autoridades imperiales alemanas –con el apoyo de la derecha socialdemócrata– le hicieron pagar caro su oposición internacionalista consecuente a la guerra, encerrándola tras los barrotes durante la mayor parte del conflicto. Confrontada al fracaso dramático de la II Internacional, soñó con la creación de una nueva asociación mundial de trabajadores y sólo la muerte, esto es, su asesinato en enero de 1919 por los “Cuerpos Francos” llamados a Berlín por el ministro social-demócrata Noske para aplastar la revuelta de la Liga Spartakus– le impidió participar, junto a Lenin y a Trotsky, en la fundación de la Internacional Comunista en 1919.

Pocos como ella comprendieron el peligro mortal que representa para los trabajadores el nacionalismo, el chovinismo, el racismo, la xenofobia, el militarismo y el expansionismo colonial o imperial. Se puede criticar tal o cual aspecto de su reflexión sobre la cuestión nacional, pero no se puede dudar de la fuerza profética de sus advertencias. Utilizo el término “profeta” en el sentido bíblico original (bien definido por Daniel Bensaïd en sus recientes escritos), no el de quien pretende “prever el futuro”, sino el de quien enuncia una anticipación condicional, quien advierte al pueblo de las catástrofes que ocurrirán si no toma otro camino.

En segundo lugar, en este siglo XX que fue no sólo el de los “extremos” (según la expresión de Eric Hobsbawn) sino el de las manifestaciones más brutales de la barbarie en la historia de la humanidad, no se puede dejar de admirar un pensamiento revolucionario como el de Rosa Luxemburgo, que supo rechazar la ideología cómoda y conformista del progreso lineal, el fatalismo optimista y el evolucionismo pasivo de la social-democracia, la peligrosa ilusión -a la que se refirió Walter Benjamin en sus “Tesis” de 1940- de que bastaba con “nadar con la corriente” y dejar hacer a las “condiciones objetivas”. Al escribir en 1915, en su folleto “La crisis de la social-democracia” (firmado con el seudónimo Junius), la consigna “socialismo o barbarie”, Rosa Luxemburgo rompía con la concepción –de origen burgués, aunque adoptada por la II Internacional- de la historia como progreso irresistible, inevitable, “garantizado” por las leyes “objetivas” del desarrollo económico o de la evolución social. Una concepción maravillosamente resumida por Gyorgy Valentinovitch Plekhanov, cuando escribía: “La victoria de nuestro programa es tan inevitable como que mañana salga el sol“. La conclusión política de esta ideología “progresista” sólo podía ser la pasividad: nadie habría tenido la descabellada idea de lucha, arriesgar su vida, combatir para asegurar la aparición matinal del sol…

Volvamos por un momento al alcance político y “filosófico” del lema “socialismo o barbarie”. Se encontraba sugerido en algunos textos de Marx o de Engels, pero fue Rosa Luxemburgo quien le dio esta formulación explícita y tajante. Implica una percepción de la historia como proceso abierto, como serie de “bifurcaciones”, donde el “factor subjetivo” de los oprimidos –consciencia, organización, iniciativa– se vuelve decisivo. No se trata de esperar a que el fruto “madure”, según las “leyes naturales” de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Porque la otra parte de la alternativa es un siniestro peligro: la barbarie. Con este término, Rosa Luxemburgo no designó una imposible “regresión” a un pasado tribal, primitivo o “salvaje”: se trataba, en su forma de ver, de una barbarie eminentemente moderna, de la cual sería un ejemplo contundente la 1ª Guerra Mundial, mucho peor en su inhumanidad criminal que las prácticas guerreras de los conquistadores “bárbaros” del final del Imperio Romano. Nunca antes en el pasado, semejantes tecnologías –los tanques, el gas, la aviación militar– se habían sido puesto al servicio de una política imperialista de masacre y de agresión a tan inmensa escala.

Desde el punto de vista de la historia del siglo XX, la consigna de Rosa Luxemburgo ha sido profética: la derrota del socialismo en Alemania abrió la vía a la victoria del fascismo hitleriano y, en consecuencia, a la 2ª Guerra mundial y a las formas más monstruosas de barbarie moderna que la humanidad nunca haya conocido, simbolizadas y resumidas con el nombre de “Auschwitz”.

No por casualidad la expresión “socialismo o barbarie” sirvió de bandera y signo de reconocimiento a uno de los grupos más creativos de la izquierda marxista de postguerra en Francia: reunido en torno a la revista del mismo nombre, animada durante los años 50 y 60 por Cornelius Castoriadis y Claude Lefort.

El dilema y la advertencia indicada en la consigna de Rosa Luxemburgo siguen estando a la orden del día en nuestra época. El largo período de repliegue de las fuerzas revolucionarias –del que poco a poco se empieza a salir– ha venido acompañado de la multiplicación de guerras y de masacres de “purificación étnica”, desde los Balcanes hasta África, el ascenso de racismos, chovinismos, integrismos de todo tipo, incluso en el corazón de la Europa “civilizada”.

Pero se presenta un nuevo peligro, no previsto por Rosa Luxemburgo. Ernest Mandel había subrayado en sus últimos escritos que el dilema del siglo XXI para la humanidad ya no sería, como en 1915, “socialismo o barbarie”, sino “socialismo o muerte”. Designaba con ello el riesgo de catástrofe ecológica resultante de la expansión capitalista mundial, con su lógica destructiva del entorno. Si el socialismo no viene a interrumpir esta carrera vertiginosa hacia el abismo –el ascenso de la temperatura del planeta y la destrucción de la capa de ozono son sus signos más visibles–, la supervivencia misma de la especie humana estará amenazada.

En tercer lugar, ante el fracaso histórico de las corrientes dominantes del movimiento obrero, por un lado el poco glorioso derrumbamiento del pretendido “socialismo real” –heredero de los sesenta años de estalinismo–, y por otro lado la sumisión pasiva (¿o se trata de una adhesión activa?) de la social-democracia a las reglas -neoliberales- del juego capitalista mundial, la alternativa que representaba Rosa Luxemburgo, un socialismo a la vez auténticamente revolucionario y radicalmente democrático, aparece más pertinente que nunca.

Como militante del movimiento obrero del Imperio zarista –había fundado el Partido Socialdemócrata de Polonia y Lituania, afiliado al Partido Obrero Socialdemócrata ruso– había criticado las tendencias, en su opinión demasiado autoritarias y centralistas, de las tesis defendidas por Lenin antes de 1905. Su crítica coincidía, en este punto, con la del joven Trotsky en “Nuestras Tareas Políticas” (1904).

Al mismo tiempo, como dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia alemana, peleó contra la tendencia de la burocracia sindical y política, o de las representaciones parlamentarias, a monopolizar las decisiones políticas. La huelga general rusa de 1905 le pareció un ejemplo a seguir también en Alemania: tenía más confianza en la iniciativa de las bases obreras que en las “sabias decisiones” de los órganos dirigentes del movimiento obrero alemán.

Al tener noticias en prisión de los acontecimientos de Octubre de 1917, se solidarizó inmediatamente con los revolucionarios rusos. En un folleto sobre la Revolución Rusa, redactado en 1918 en prisión, que no fue publicado hasta 1921, después de su muerte, saludó con entusiasmo este gran acto histórico emancipador y rindió un caluroso homenaje a los dirigentes revolucionarios de Octubre:

«Todo el valor, la energía, la perspicacia revolucionaria, la lógica de que puede dar prueba un partido revolucionario en un momento histórico, han sido mostrados por Lenin, Trotsky y sus amigos. Todo el honor y toda la facultad de acción revolucionaria que han faltado a la socialdemocracia occidental, se vuelven a encontrar entre los bolcheviques. La insurrección de octubre no sólo habrá servido para salvar a la revolución rusa, sino también el honor del socialismo internacional.»

Esta solidaridad no le impidió criticar lo que le parecía erróneo o peligroso en su política. Si algunas de sus críticas –sobre la autodeterminación nacional o la distribución de tierras- son muy discutibles, y bastante poco realistas, otras en cambio, sobre la cuestión de la democracia, son completamente pertinentes y de una notable actualidad. Aún reconociendo la imposibilidad, para los bolcheviques, en las dramáticas circunstancias de la guerra civil y de la intervención extranjera, de crear “como por arte de magia, la más bella de las democracias”, no por ello Rosa Luxemburgo dejó de llamar la atención sobre el peligro de un deslizamiento autoritario, y reafirmó algunos principios fundamentales de la democracia revolucionaria:

«La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido –por numerosos que sean- no es la libertad. La libertad es siempre la libertad del que piensa de otra manera (…). Sin elecciones generales, sin una ilimitada libertad de prensa y de reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida se debilita en todas las instituciones públicas, vegeta, y queda la burocracia como único elemento activo.»

Es difícil dejar de reconocer el alcance profético de esta advertencia. Algunos años más tarde, la burocracia se apoderaba de la totalidad del poder, eliminando progresivamente a los revolucionarios de Octubre de 1917, a la espera de poder exterminarlos despiadadamente en los años 30.

Una verdadera refundación del comunismo en el siglo XXI no puede ahorrarse el mensaje revolucionario, marxista, democrático, socialista y libertario de Rosa Luxemburgo.

Revolucionaria de cuerpo y alma

Por Nestor Kohan

“Revolucionaria de cuerpo y alma. Su energía impetuosa y siempre en vilo aguijoneaba a los que estaban cansados y abatidos, su audacia intrépida y su entrega hacían sonrojar a los timoratos y a los miedosos. El espíritu atrevido, el corazón ardiente y la firma voluntad de la «pequeña» Rosa eran el motor de la rebelión”.

Clara Zetkin

¡Qué difícil debe haber sido en su tiempo participar en política siendo mujer actriz! Sin embargo, violentando la mediocridad patriarcalista de su época, Rosa Luxemburg se convirtió en una de las principales dirigentes y teóricas del socialismo… ¡a nivel mundial! No sólo combatió el machismo de la sociedad capitalista sino que también puso en duda las jerarquías y relaciones de poder —de género, de edad, de nacionalidad— que impregnaban y manchaban al socialismo europeo de aquellos años. Jamás aceptó caer en la trampa que le tendió la dirección del SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) cuando le sugirió que se ocupe exclusivamente de los problemas de la mujer dejando “la gran política” en manos de la vieja jerarquía parlamentaria. Así pensaban sacársela de encima. Ella no tragó el anzuelo.

Como lo relatan varias biografías y aquella memorable película de Margare the von Trotta protagonizada por la hermosa actriz Barbara Sukowa que la representa, ya de muy joven Rosa se metió de lleno en el Partido Socialdemócrata Alemán. Corría con desventaja. Era judía y polaca (dos palabras malditas para la cultura alemana…). No sólo publicó artículos en la prensa del SPD y libros sino que fue una de las principales instructoras de las escuelas políticas del partido (principalmente en temas económicos).

A poco de transitar, entró en colisión con los principales ideólogos de esta organización: Eduard Bernstein [1850-1932], cabeza del “socialismo revisionista”, y más tarde Karl Johann Kautsky [1854-1938], líder del llamado “marxismo ortodoxo”. Con diversos argumentos, los dos se oponían a los cambios sociales radicales y revolucionarios. Al igual que Lenin, Rosa polemiza con ambos. Primero chocará con Bernstein, en 1898, y luego con Kautsky, en 1910.

Pero ella no estuvo sola. Mientras polemizaba con los jefes de la burocracia parlamentaria del partid o socialdemócrata alemán (SPD) y sus principales ideólogos, trababa estrecha amistad con Franz Mehring [1846- 1919], el célebre biógrafo de Karl Marx. También con Karl Liebknecht [1871- 1919] y Clara Zetkin [1857-1933], sus dos grandes compañeros de lucha.

Cuando en 1905 se produjo la primera revolución rusa, ella intentó extraer todas las consecuencias teóricas para el mundo occidental. ¿Qué relación hay entre los movimientos sociales contestatarios y las organizaciones políticas revolucionarias? Un debate que aún hoy, cuando se cumple un siglo de aquella revolución, sigue abierto y latente.

Más tarde, Rosa saludó la revolución bolchevique de 1917 de manera entusiasta. Allí veía realizado el gran sueño de liberación de los oprimidos. Pero su defensa de los bolcheviques no fue acrítica. Mientras apoyaba, polemizó con Lenin. Lo hizo antes y también después del triunfo revolucionario. Éste último, en febrero de 1922, llegó a decir de ella que “Suele suceder que las águilas vuelen más bajo que las gallinas, pero una gallina jamás puede remontar vuelo como un águila. Rosa Luxemburg se equivocó […] pero, a pesar de sus errores, fue —y para nosotros sigue siendo— un águila […] en el patio de atrás del movimiento obrero, entre los montones de estiércol, las gallinas tipo Paul Levi, Scheidemann y Kautsky cacarean en torno a los errores de la gran comunista. Cada uno hace lo que puede”.

La vida de Rosa no fue fácil. Estuvo varias veces —como mínimo en nueve ocasiones— en prisión. En una de las más extensas, la burguesía la mantuvo en cautiverio durante la guerra mundial hasta fines de 1918. Cuando salió, se puso a la cabeza de la Liga Espartaco, que luego se transformó en el naciente Partido Comunista Alemán (PCA). Al dirigir el levantamiento de los trabajadores insurrectos, Rosa Luxemburg se ganó el odio de la derecha alemana. Pero no sólo de la derecha… también de los socialdemócratas, hasta pocos años antes, sus antiguos compañeros.

La vida de Rosa fue apasionante. Rompió con los moldes trillados. Nunca aceptó bajar la cabeza. Se rebeló y, confiando en su propia personalidad, entregó lo mejor de sus energías a la noble causa de la revolución mundial, la causa de la clase trabajadora, de los explotados y las oprimidas del mundo.

El asesinato de Rosa

El 9 de noviembre de 1918 (un año después del levantamiento bolchevique de Rusia) comenzó la revolución alemana. Fueron dos meses de agitación ininterrumpida. Luego de una huelga general, los trabajadores insurrectos —dirigidos por la Liga Espartac o— proclamaron la República y se constituyeron consejos revolucionarios de obreros y soldados. Mientras Kautsky y otros socialistas se mostraron vacilantes, el grupo mayoritario en la socialdemocracia alemana (comandado por Friedrich Ebert [1870-1925] y Philipp Schleidemann [1865-1939]) enfrentó con vehemencia y sin miramientos a los revolucionarios.

Tal es así que Gustav Noske [1868-1947], miembro de este grupo (el SPD), asumió como Ministro de Guerra. Desde ese puesto y con ayuda de los oficiales del antiguo régimen monárquico alemán, organizó la represión de los insurrectos espartaquistas. Mientras tanto, el diario socialdemócrata oficial Vorwärts [Adelante] publicaba avisos llaman do a los Freikorps —“cuerpos libres”, nombre de los comandos terroristas de derecha— para que combatieran a los espartaquistas, ofreciéndoles “sueldo móvil, techo, comida y cinco marcos extra”.

El 15 de enero de 1919 Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburg son capturados en Berlín por la enfervorizada tropa de soldados. Horas más tarde son salvajemente asesinados. Poco después, León Jogiches (1867-1919), compañero de amor y militancia de Rosa Luxemburg durante muchos años, es igualmente asesinado. El cuerpo de Rosa, ya sin vida, es arrojado por la soldadesca a un río. Su cadáver recién se encontró en mayo, cinco meses después.

La responsabilidad política que la socialdemocracia reformista tuvo en el cobarde asesinato de Rosa Luxemburg y sus compañeros ya ningún historiador la discute. Ese acto de barbarie ha quedado en esa tradición como una mancha moral que difícilmente se borre con el tiempo. Pero la memoria insepulta de Rosa, su pensamiento marxista, su ética revolucionaria y su indoblegable ejemplo de vida, continúan vivos. Entrañablemente vivos. En el puente donde sus asesinos arrojaron su cuerpo al agua siguen apareciendo, periódicamente, flores rojas. Las nuevas generaciones, metidas de lleno en la lucha contra el capital globalizado y el imperialismo, no la olvidan.

Después del ocaso del stalinismo y de la crisis del neoliberalismo, y ante la degradación política, ideológica y moral de toda la gama de reformismos contemporáneos recuperar a Rosa se torna una tarea impostergable. Ella representa el corazón rojo del socialismo, la garantía de que la bandera de la rebelión a escala mundial no se manche por el gris mediocre de la burocracia ni por el amarillo tímido del reformismo.

¡Volver a Rosa se ha tornado urgente! Tan urgente como recuperar la herencia insumisa y rebelde de los bolcheviques, del Che Guevara, de Mariátegui, de Gramsci, del joven Lukács y de todo el marxismo revolucionario acumulado por las generaciones que nos precedieron. Sin contar con esa inmensa experiencia de lucha y toda esa reflexión previa el pensamiento radical de nuestros días terminará fagocitado, neutralizado y cooptado por la trituradora de carne de las instituciones que garantizan y reproducen la hegemonía del capital.

Rosa Luxemburgo (1986)

Dirección y guión de Margarethe von Trotta. Música de Nicolas Economou. Fotografía de Franz Rath. Reparto: Barbara Sukowa, Daniel Olbrychski, Otto Sander, Adelheid Arndt, Jürgen Holtz Coproducción Alemania del Oeste (RFA)-Checoslovaquia; Bioskop Film / Bärenfilm / Ceskoslovenský Filmexport / Filmové studio Barrandov / Pro-ject Filmproduktion / Regina Ziegler Filmproduktion / Westdeutscher Rundfunk (WDR).

EL ORDEN REINA EN BERLIN

Por Rosa Luxemburg

«El orden reina en Varsovia», anunció el ministro Sebastiani a la Cámara de París en 1831 cuando, después de haber lanzado su terrible asalto sobre el barrio de Praga, la soldadesca de Paskievitch había entrado en la capital polaca para dar comienzo a su trabajo de verdugos contra los insurgentes.

«¡El orden reina en Berlín!», proclama triunfante la prensa burguesa, proclaman Ebert y Noske, proclaman los oficiales de las «tropas victoriosas2 a las que la chusma pequeñoburguesa de Berlín acoge en las calles agitando sus pañuelos y lanzando sus ¡hurras! La gloria y el honor de las armas alemanas se han salvado ante la historia mundial. Los lamentables vencidos de Flandes y de las Ardenas han restablecido su renombre con una brillante victoria sobre…los 300 «espartaquistas» del Vorwärts. Las gestas del primer y glorioso avance de las tropas alemanas sobre Bélgica, las gestas del general von Emmich, el vencedor de Lieja, palidecen ante las hazañas de Reinhardt y Cía., en las calles de Berlín. Parlamentarios que habían acudido a negociar la rendición del Vorwärts asesinados, destrozados a golpes de culata por la soldadesca gubernamental hasta el punto de que sus cadáveres eran completamente irreconocibles, prisioneros colgados de la pared y asesinados de tal forma que tenían el cráneo roto y la masa cerebral esparcida: ¿quién piensa ya a la vista de estas gloriosas hazañas en las vergonzosas derrotas ante franceses, ingleses y americanos? «Espartaco» se llama el enemigo y Berlín el lugar donde nuestros oficiales entienden que han de vencer. Noske, el «obrero», se llama el general que sabe organizar victorias allí donde Ludendorff ha fracasado.

¿Cómo no pensar aquí en la borrachera de victoria de la jauría que impuso el «orden» en París, en la bacanal de la burguesía sobre los cadáveres de los luchadores de la Comuna? ¡Esa misma burguesía que acaba de capitular vergonzosamente ante los prusianos y de abandonar la capital del país al enemigo exterior para poner pies en polvorosa como el último de los cobardes! Pero frente a los proletarios de París, hambrientos y mal armados, contra sus mujeres e hijos indefensos, ¡cómo volvía a florecer el coraje viril de los hijitos de la burguesía, de la «juventud dorada», de los oficiales! ¡Cómo se desató la bravura de esos hijos de Marte humillados poco antes ante el enemigo exterior ahora que se trataba de ser bestialmente crueles con indefensos, con prisioneros, con caídos!

«¡El orden reina en Varsovia!», «¡El orden reina en París!», «¡El orden reina en Berlín!», esto es lo que proclaman los guardianes del «orden» cada medio siglo de un centro a otro de la lucha histórico-mundial. Y esos eufóricos «vencedores» no se percatan de que un «orden» que periódicamente ha de ser mantenido con esas carnicerías sangrientas marcha ineluctablemente hacia su fin. ¿Qué ha sido esta última «Semana de Espartaco» en Berlín, qué hatraído consigo, qué enseñanzas nos aporta? Aun en medio de la lucha, en medio del clamor de victoria de la contrarrevolución han de hacer los proletarios revolucionarios el balance de lo acontecido, han de medir los acontecimientos y sus resultados según la gran medida de la historia. La revolución no tiene tiempo que perder, la revolución sigue avanzando hacia sus grandes metas aún por encima de las tumbas abiertas, por encima de las «victorias» y de las «derrotas». La primera tarea de los combatientes por el socialismo internacional es seguir con lucidez sus líneas de fuerza, sus caminos.

¿Podía esperarse una victoria definitiva del proletariado revolucionario en el presente enfrentamiento, podía esperarse la caída de los Ebert-Scheidemann y la instauración de la dictadura socialista? Desde luego que no si se toman en consideración la totalidad de los elementos que deciden sobre la cuestión. La herida abierta de la causa revolucionaria en el momento actual, la inmadurez política de la masa de los soldados, que todavía se dejan manipular por sus oficiales con fines antipopulares y contrarrevolucionarios, es ya una prueba de que en el presente choque no era posible esperar una victoria duradera de la revolución. Por otra parte, esta inmadurez del elemento militar no es sino un síntoma de la inmadurez general de la revolución alemana.

El campo, que es de donde procede un gran porcentaje de la masa de soldados, sigue sin estar apenas tocado por la revolución. Berlín sigue estando hasta ahora prácticamente asilado del resto del país. Es cierto que en provincias los centros revolucionarios -Renania, la costa norte, Braunschweig, Sajonia, Württemberg- están con cuerpo y alma al lado de los proletarios de Berlín. Pero lo que sobre todo falta es coordinación en la marcha hacia adelante, la acción común directa que le daría una eficacia incomparablemente superior a la ofensiva y a la rapidez de movilización de la clase obrera berlinesa. Por otra parte, las luchas económicas, la verdadera fuerza volcánica que impulsa hacia adelante la lucha de clases revolucionaria, están todavía -lo que no deja de tener profundas relaciones con las insuficiencias políticas de la revolución apuntadas- en su estadio inicial.

De todo esto se desprende que en este momento era imposible pensar en una victoria duradera y definitiva. ¿Ha sido por ello un «error» la lucha de la última semana? Sí, si se hubiera tratado meramente de una «ofensiva » intencionada, de lo que se llama un «putsch». Sin embargo, ¿cuál fue el punto de partida de la última semana de lucha? Al igual que en todos los casos anteriores, al igual que el 6 de diciembre y el 24 de diciembre: ¡una brutal provocación del gobierno! Igual que el baño de sangre a que fueron sometidos manifestantes indefensos de la Chausseestrasse e igual que la carnicería de los marineros, en esta ocasión el asalto a la jefatura de policía de Berlín fue la causa de todos los acontecimientos posteriores. La revolución no opera como le viene en gana, no marcha en campo abierto, según un plan inteligentemente concebido por los «estrategas». Sus enemigos también tienen la iniciativa, sí, y la emplean por regla general más que la misma revolución.

Ante el hecho de la descarada provocación por parte de los Ebert-Scheidemann, la clase obrera revolucionaria se vió obligada a recurrir a las armas. Para la revolución era una cuestión de honor dar inmediatamente la más enérgica respuesta al ataque, so pena de que la contrarrevolución se creciese con su nuevo paso adelante y de que las filas revolucionarias del proletariado y el crédito moral de la revolución alemana en la Internacional sufriesen grandes pérdidas.

Por lo demás, la inmediata resistencia que opusieron las masas berlinesas fue tan espontánea y llena de una energía tan evidente que la victoria moral estuvo desde el primer momento de parte de la «calle».

Pero hay una ley vital interna de la revolución que dice que nunca hay que pararse, sumirse en la inacción, en la pasividad después de haber dado un primer paso adelante. La mejor defensa es el ataque. Esta regla elemental de toda lucha rige sobre todos los pasos de la revolución. Era evidente -y haberlo comprendido así testimonia el sano instinto, la fuerza interior siempre dispuesta del proletariado berlinés- que no podía darse por satisfecho con reponer a Eichhorn en su puesto. Espontáneamente se lanzó a la ocupación de otros centros de poder de la contrarrevolución: la prensa burguesa, las agencias oficiosas de prensa, el Vorwärts. Todas estas medidas surgieron entre las masas a partir del convencimiento de que la contrarrevolución, por su parte, no se iba a conformar con la derrota sufrida, sino que iba a buscar una prueba de fuerza general.

Aquí también nos encontramos ante una de las grandes leyes históricas de la revolución frente a la que se estrellan todas las habilidades y sabidurías de los pequeños «revolucionarios» al estilo de los del USP, que en cada lucha sólo se afanan en buscar una cosa, pretextos para la retirada. Una vez que el problema fundamental de una revolución ha sido planteado con total claridad -y ese problema es en esta revolución el derrocamiento del gobierno Ebert-Scheidemann, en tanto que primer obstáculo para la victoria del socialismo- entonces ese problema no deja de aparecer una y otra vez en toda su actualidad y con la fatalidad de una ley natural; todo episodio aislado de la lucha hace aparecer el problema con todas sus dimensiones por poco preparada que esté la revolución para darle solución, por poco madura que sea todavía la situación. «¡Abajo Ebert-Scheidemann!», es la consigna que aparece inevitablemente a cada crisis revolucionaria en tanto que única fórmula que agota todos los conflictos parciales y que, por su lógica interna, se quiera o no, empuja todo episodio de lucha a su mas extremas consecuencias.

De esta contradicción entre el carácter extremo de las tareas a realizar y la inmadurez de las condiciones previas para su solución en la fase inicial del desarrollo revolucionario resulta que cada lucha se salda formalmente con una derrota. ¡Pero la revolución es la única forma de «guerra» -también es ésta una ley muy peculiar de ella- en la que la victoria final sólo puede ser preparada a través de una serie de «derrotas»!

¿Qué nos enseña toda la historia de las revoluciones modernas y del socialismo? La primera llamarada de la lucha de clases en Europa, el levantamiento de los tejedores de seda de Lyon en 1831, acabó con una severa derrota. El movimiento cartista en Inglaterra también acabó con una derrota. La insurrección del proletariado de París, en los días de junio de 1848, finalizó con una derrota asoladora. La Comuna de París se cerró con una terrible derrota. Todo el camino que conduce al socialismo -si se consideran las luchas revolucionarias- está sembrado de grandes derrotas.

Y, sin embargo, ¡ese mismo camino conduce, paso a paso, ineluctablemente, a la victoria final! ¡Dónde estaríamos nosotros hoy sin esas «derrotas», de las que hemos sacado conocimiento, fuerza, idealismo! Hoy, que hemos llegado extraordinariamente cerca de la batalla final de la lucha de clases del proletariado, nos apoyamos directamente en esas derrotas y no podemos renunciar ni a una sola de ellas, todas forman parte de nuestra fuerza y nuestra claridad en cuanto a las metas a alcanzar.

Las luchas revolucionarias son justo lo opuesto a las luchas parlamentarias. En Alemania hemos tenido, a lo largo de cuatro decenios, sonoras «victorias» parlamentarias, íbamos precisamente de victoria en victoria. Y el resultado de todo ello fue, cuando llegó el día de la gran prueba histórica, cuando llegó el 4 de agosto de 1914, una aniquiladora derrota política y moral, un naufragio inaudito, una bancarrota sin precedentes. Las revoluciones, por el contrario, no nos han aportado hasta ahora sino graves derrotas, pero esas derrotas inevitables han ido acumulando una tras otra la necesaria garantía de que alcanzaremos la victoria final en el futuro.

¡Pero con una condición! Es necesario indagar en qué condiciones se han producido en cada caso las derrotas. La derrota, ¿ha sobrevenido porque la energía combativa de las masas se ha estrellado contra las barreras de unas condiciones históricas inmaduras o se ha debido a la tibieza, a la indecisión, a la debilidad interna que ha acabado paralizando la acción revolucionaria?

Ejemplos clásicos de ambas posibilidades son, respectivamente, la revolución de febrero en Francia y la revolución de marzo alemana. La heroica acción del proletariado de París en 1848 ha sido fuente viva de energía de clase para todo el proletariado internacional. por el contrario las miserias de la revolución de marzo en Alemania han entorpecido la marcha de todo el moderno desarrollo alemán igual que una bola de hierro atada a los pies. Han ejercido su influencia a lo largo de toda la particular historia de la Socialdemocracia oficial alemana llegando incluso a repercutir en los más recientes acontecimientos de la revolución alemana, incluso en la dramática crisis que acabamos de vivir.

¿Qué podemos decir de la derrota sufrida en esta llamada Semana de Espartaco a la luz de las cuestiones históricas aludidas más arriba? ¿Ha sido una derrota causada por el ímpetu de la energía revolucionaria chocando contra la inmadurez de la situación o se ha debido a las debilidades e indecisiones de nuestra acción?

¡Las dos cosas a la vez! El carácter doble de esta crisis, la contradicción entre la intervención ofensiva, llena de fuerza, decidida, de las masa berlinesas y la indecisión, las vacilaciones, la timidez de la dirección ha sido uno de los datos peculiares del más reciente episodio.

La dirección ha fracasado. Pero la dirección puede y debe ser creada de nuevo por las masas y a partir de las masas. Las masas son lo decisivo, ellas son la roca sobre la que se basa la victoria final de la revolución. Las masas han estado a la altura, ellas han hecho de esta «derrota» una pieza más de esa serie de derrotas históricas que constituyen el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y por eso, del tronco de esta «derrota» florecerá la victoria futura.

«¡El orden reina en Berlín!», ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya «se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto» y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas:

¡Fui, soy y seré!

¡A PESAR DE TODO!

Por Karl Liebknecht

¡Asalto general contra Espartaco!

«¡Mueran los espartaquistas!», se grita por todas partes.

«¡Agarradlos, fustigadlos, ensartadlos, disparadles, remachadlos, pateadlos, hacedlos añicos!

Se perpetran abominaciones que eclipsan las abominaciones de las tropas alemanas en Bélgica.

«¡Espartaco vencido!» Se felicita toda la prensa, desde el Post a Vorwärts.

«¡Espartaco vencido!» Y los sables, los revólveres y las carabinas de la policía germánica reestablecida, junto al desarme de los obreros revolucionarios, aseguran su derrota.

¡Espartaco vencido! Bajo las bayonetas del Coronel Reinhardt, las metralletas y los cañones del general Lüttwitz, deben celebrarse las elecciones al Parlamento nacional -un plebiscito para Napoleón-Ebert.

«¡Espartaco vencido!» ¡Sí! ¡Los obreros revolucionarios de Berlín han sido derrotados! ¡Sí! ¡Muertos una centena de los mejores de entre ellos! ¡Sí! ¡Encarcelados varios cientos de los más entregados!

¡, los han derrotado!. Porque han sido abandonados por los marineros, los soldados, los guardias de seguridad, el ejército popular, con cuya ayuda contaban. Y sus fuerzas se han visto paralizadas por la indecisión y la pusilanimidad de sus dirigentes. Y los ha sumergido la inmensa ola de cieno contrarrevolucionario de los elementos atrasados del pueblo y de las clases poseedoras.

¡, los han derrotado! Y era una necesidad histórica que fueran derrotados. Porque el tiempo no había llegado todavía. Y, sin embargo, la lucha era inevitable. Porque librar sin combate a los Eugen y Hirsch la jefatura de policía, ese baluarte de la revolución, hubiera sido una derrota deshonrosa. La lucha le fue impuesta al proletariado por los bandidos de Ebert; y arrastró a las masas berlinesas por encima de toda duda y sin vacilar.

Sí, los obreros revolucionarios de Berlín ha sido derrotados! Y los Ebert-Scheidemann-Noske han vencido. Han vencido porque el generalato, la burocracia, los aristócratas de chimeneas y campos, los curas y los sacos de dinero, y todo lo que es estrecho, mezquino y atrasado, les han ayudado. Han vencido con obuses, bombas de gas y lanzagranadas.

Pero hay derrotas que son victorias; y victorias más funestas que las derrotas.

Los derrotados de la semana sangrienta de enero han resistido gloriosamente, han combatido por algo grande, por el objetivo más noble de la humanidad sufriente, por la liberación material e intelectual de las masas pobres; han derramado por este fin sagrado su sangre, que de ese modo se ha santificado. Y de cada gota de esa sangre, esta simiente de dragón para los vencedores de hoy, surgirán vengadores de los caídos; de cada fibra desgarrada, nuevos luchadores de la gran causa, que es eterna e imperecedera como el firmamento.

Los vencidos de hoy serán los vencedores de mañana. Porque aprenden de la derrota. El proletariado alemán carece todavía de tradiciones y experiencia revolucionaria. Y sólo con ensayos a tientas y errores juveniles, dolorosos contratiempos y fracasos se puede adquirir la experiencia que garantice el éxito futuro.

Para las fuerzas vivas de la revolución social, cuyo crecimiento ininterrumpido es una exigencia de la ley de desarrollo social, una derrota es un estimulante. Y, de derrota en derrota, su camino conduce hacia la victoria.

¿Pero, y los vencedores de hoy? Han ejecutado su infame trabajo sangriento para una causa infame. Para los poderes del pasado, para los enemigos mortales del proletariado.

¡Y ya son inferiores! Porque ya hoy son prisioneros de aquéllos a quienes pensaban que podrían instrumentalizar, y de quienes ya eran de hecho los instrumentos.

Todavía dan su nombre a la empresa. Pero les queda un corto período de gracia.

Ya están en la picota de la historia. Jamás hubo en el mundo Judas como ellos, que no sólo han traicionado lomás sagrado que tenían, también lo han clavado con sus propias manos en la cruz. Del mismo modo que en agosto de 1914 la socialdemocracia oficial alemana cayó más bajo que cualquier otra, ahora presenta, al alba de la revolución social, la imagen más abominable.

La burguesía francesa se vió obligada a tomar de entre sus propias filas a los carniceros de junio de 1948 y de mayo de 1971. La burguesía alemana no ha necesitado molestarse a sí misma: son los «socialdemócratas» quienes realizan el trabajo sórdido, despreciable, cobarde, sangriento; su Cavaignac, su Gallifet, su Noske, el «Deutsche Arbeiter».

Repique de campanas llamó a la masacre; música y pañuelos al viento, gritos de victoria de los capitalistas salvados del «horror bolchevique», festejan a la salvadora soldadesca. La pólvora todavía humea, todavía está en brasas el incendio de la matanza de obreros, están tendidos todavía los muertos, todavía gimen los proletarios heridos y ya los Ebert, Scheidemann y Noske pasan revista a las tropas asesinas, hinchadas de orgullo victorioso.

¡Simiente de dragón! Ya el proletariado mundial les da la espalda, estremecido, ¡a ellos, que se atreven a tender hacia la Internacional sus manos todavía humeantes de sangre de obreros alemanes! A ellos, que son rechazados con repulsión y desprecio incluso por quienes, en el vendaval de la guerra mundial, traicionaron ellos mismos los deberes del socialismo. Infectos, excluidos de las filas de la humanidad respetable, expulsados de la Internacional, odiados y abominados por todos los obreros revolucionarios, así se presentan ante el mundo.

Y toda Alemania se sumerge por su culpa en el deshonor. Traidores de hermanos, fraticidas, gobiernan al pueblo alemán. «¡Mi cuaderno, que debo escribirlo!»

¡Oh!, su magnificencia no durará mucho: un plazo de gracia y serán juzgados.

Un incendio arroja sus argumentos sobre millones de corazones, un incendio de indignación.

La revolución del proletariado, a la que han creído ahogar en sangre, se alzará sobre sí misma, gigantesca. Su primera consigna será: ¡Abajo los asesinos de obreros Ebert-Scheidemann-Noske !

Los apaleados de hoy han aprendido. Están curados de la ilusión de que podrían encontrar su salvación en la ayuda de las masas confusas de soldados; curados de la ilusión de que podrían fiarse de sus jefes, que se han rebelado débiles e incapaces; curados de la confianza en la Socialdemocracia Independiente, que los ha abandonado vilmente. Contando sólo con ellos mismos darán sus futuras batallas, alcanzarán sus futuras victorias. Y la frase «la emancipación de la clase obrera sólo podrá ser obra de la clase obrera misma» ha adquirido para ellos, a causa de la amarga lección de esta semana, un nuevo, profundo significado.

Y también los soldados engañados comprenderán pronto a qué juego se les ha empujado, cuando sientan de nuevo sobre ellos el látigo del militarismo reestablecido; también ellos despertarán de la embriaguez en que están sumidos.

«¡Espartaco vencido!» ¡Despacio! ¡Nosotros no hemos huido, no estamos derrotados! Incluso si nos encadenáis, ¡estamos aquí, y nos quedamos aquí! Y la victoria será nuestra.

Porque Espartaco significa: fuego e inteligencia, es decir, alma y corazón, es decir voluntad y acción de la Revolución del proletariado. Y Espartaco significa todas las miserias y aspiraciones a la felicidad, toda la determinación para la lucha del proletariado con conciencia de clase. Porque Espartaco significa socialismo y revolución mundial.

La marcha al Gólgota de la clase obrera alemana no ha finalizado todavía, pero el día de la liberación se acerca. El día del juicio para los Ebert-Scheidemann-Noske y para los potentados capitalistas que hoy se ocultan detrás de ellos. Hasta la altura del cielo golpean las olas de los acontecimientos: estamos acostumbrados a ser arrojados desde la cumbre a las profundidades.

Pero nuestro barco prosigue firme y orgulloso, derecho por su rumbo, hasta el objetivo final.

Y, espero que todavía vivamos cuando ocurra, nuestro Programa vivirá, regirá el mundo de la humanidad liberada. ¡A pesar de todo!

Bajo el estruendo del hundimiento económico que se aproxima, las masas todavía somnolientas del proletariado despertarán como si oyeran las trompetas del juicio final, y los cadáveres de los luchadores asesinados resucitarán y exigirán cuentas de los malditos. Hoy todavía, el bramido subterráneo del volcán; mañana hará erupción y enterrará todo bajo cenizas y ríos de lava incandescentes.

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