miércoles 21 de noviembre, 2018

Tiempos violentos

Publicado el 25/05/18 a las 7:35 pm

Por Valeria Rubino1

El crecimiento de la izquierda latinoamericana en este comienzo de siglo trajo aparejado, entre tantas maravillosas transformaciones, un nivel de integración entre los diversos movimientos sociales que no tiene casi precedentes en la historia.

La luchas de un sinnúmero de grupos de seres humanos, históricamente relegadxs, comenzaron a hacer evidente al mundo que la fuerza de las transformaciones depende directamente de la velocidad con la que seamos capaces de visualizar e integrar a quienes a nuestro lado también se organizan para dejar atrás la marginación y la condena social a la que siglos de dominación imperialista nos han condenado.

Es así que el movimiento LGBTI se volvió incapaz de desprender la lucha contra la homofobia del combate al racismo o de la batalla por habitar ciudades más accesibles. Las organizaciones del movimiento afro comenzaron a mirarse cotidianamente, buscando identificar las estructuras patriarcales que ya no desean reproducir. Las personas en situación de discapacidad salieron a reivindicar sus derechos sexuales y reproductivos conformando un ala ya tradicional en las marchas por la diversidad de varios países. Las organizaciones feministas desterraron las visiones biologicistas sobre el género e incorporaron las nuevas cosmovisiones que asaltaron la filosofía latinoamericana, y en todos nuestros países mujeres feministas trans y cisgénero, afrodescendientes, indígenas, lesbianas, mujeres en situación de discapacidad, marchan juntas contra la violencia patriarcal, en defensa de nuestros territorios, promoviendo la construcción y defensa del “buen vivir”. 

A la vez, y en virtud del zurdo origen de la abrumadora mayoría de las y los militantes latinoamericanos de estas causas, siempre fue parte integral de la filosofía de estos movimientos una comprensión de que la lucha contra las opresiones es también siempre la lucha contra el capitalismo y el imperialismo. De la misma forma, para la mayoría del movimiento sindical, estudiantil y cooperativo, la idea de la opresión de unos sobre otros, o de que existan seres humanos “desechables” o “supra numerarios”, impulsó el debate a la interna sobre todas estas gestas emergentes que (con parates o retrocesos a veces, es cierto) llegaron para instalarse, quedarse y crecer dentro de cada sindicato, de cada gremio, de cada cooperativa.

Claro que también la derecha hace intentos de cooptar estas luchas, y crea pseudo-organizaciones y liderazgos que banalizan sus objetivos e intentan siempre aislar las causas. Pero está claro que en América Latina muy poca suerte han tenido, y la mayoría abrumadora del movimiento social batalla sin titubeos contra el sistema patriarcal, racista, heteronormativo, imperialista, capitalista y marginalizante en el que vivimos.

Es así que el principio de siglo fue un momento de aprendizajes conjuntos, de sinergias, de potentes transformaciones sociales afuera y adentro de los movimientos populares, fortaleciéndolos.

En Uruguay sin dudas este proceso es claramente perceptible. Una a una las movilizaciones populares de los últimos 15 años han dado muestras de un crecimiento en diversidad que incorpora vertiginosamente a las nuevas generaciones. Tras un lustro de acumulación en marchas multitudinarias por la diversidad o por la regulación del canabbis, y el mágico cierre del mar de pequeños pájaros que decoró el país durante la gesta del “no a la baja”, esta nueva etapa parece consolidar definitivamente un decir diverso, de fuertes identidades colectivas autónomas, que se integran con facilidad pero sin grandes hegemonías, gracias al carácter volátil y difuso de las nuevas formas organizativas. El 8M es sin dudas el momento de síntesis por excelencia de este proceso. Estamos ante un nuevo tiempo, que sintetiza distinto, que muta rápidamente, que nos sorprende y hasta hay quien cree que se trata de momentos “espontáneos”. 

Equivocados están, claramente, pues estas monumentales movilizaciones son producto de millones de horas de militancia. Horas que se van articulando de formas innovadoras, desconcertantes. Militancia que sí tiene quien la conduzca, pero que no acepta liderazgos permanentes, ni matrimonios monogámicos con nadie. Quienes lideran este hermoso proceso también son hijas e hijos de esta nueva época, y si hay algo que en general tienen claro es que la ilusión de la hegemonía permanente ha muerto. Se lidera por un rato, se da un paso al costado, se está atento a quienes emergen de repente con una nueva causa, para dejar el espacio y compartir las gestas. Nada está quieto. Quien se estanca abandona ineludiblemente la alegría. Y la alegría es hoy el motor de la historia. Sin ella, cualquier causa está muerta

Sin embargo, y tras esta orgásmica época de crecimiento conjunto, dos escenarios parecen establecerse anunciando una época de dolor y de tormentas: la nueva estrategia belicista de la derecha en auge, y la modorra de la izquierda.

Sobre esta última hemos hablado ya bastante, aunque parece seguir haciendo falta. En Uruguay en particular resalta la dificultad de integrar estas luchas en su cabal dimensión. Cuesta a nuestra fuerza política comprender que la lucha contra la sociedad patriarcal es la base fundamental de la lucha contra el capitalismo salvaje. La pobreza tiene cara de mujer y de niña, y también la tienen las estructuras de reproducción de los valores que sostienen la dominación. Si las mujeres, fundamentalmente las más pobres, no se consideran libres e iguales, no existen estrategias revolucionaras viables. Tampoco serán jamás viables si el flagelo del racismo, la xenofobia, la homolesbotransfobia o la reproducción de las situaciones que determinan las discapacidades, dejan fuera de la lucha contra el imperialismo a millones de seres humanos. La receta de enfrentar pobre contra pobre no es nueva. Lo nuevo es que finalmente nos demos cuenta que nosotrxs mismos reproducimos cotidianamente las estructuras que la potencian. La conciencia de clase se torna imposible cuando la clase deja afuera a la abrumadora mayoría de la población mundial, tratando a los hermanos como ajenos.

Tampoco ha comprendido una parte de nuestra fuerza política que la regulación de las drogas o la descriminalización de la pobreza son las dos gestas que se enfrentan directamente contra las estrategias fundamentales del capital para impedir la organización social y fortalecer la opresión de quienes menos tienen. No se trata de poder fumar porro muchachos, se trata de que el capital comprendió en los 80 que debía encontrar un enemigo alternativo al “comunismo” para continuar militarizando América Latina, y así inventó la “lucha contra las drogas”. Y hoy, gracias a la ilegalidad de las mismas, el capital maneja uno de los negocios más multimillonarios del planeta, y simultáneamente tiene la excusa perfecta para llenar nuestros países de “expertos” militares y policiales, asesinar o comprar líderes políticos que molestan, masacrar comunidades enteras con la excusa de capturar “grandes narcos”. Hoy el nuevo “enemigo” que continúa vigente es acompañado por la nueva zanahoria emergente del imperio: “la inseguridad”. Y como la receta les funcionó con las drogas, y nuestros gobiernos de derecha y de izquierda compraron discurso, parecen estar repitiendo exactamente lo mismo, con un collar diferente. Y a base de marketing cotidiano y avasallante, van imponiendo el terror y la desconfianza a la pobreza. Parte de la cual es hoy secuestrada, armada y organizada contra sí misma gracias al monstruo del narcotráfico que creó la “lucha contra las drogas”. Y los gurises pobres entran bien jovencitos en el círculo vicioso de los narcos, encontrando la cárcel y la muerte bien temprano. Y la solución, nos dice la derecha, es contratar a Grupo Gamma, comprar un arma, rejas y alambre de púa, y reclamar al Estado que la policía se lleve a todo pobre que camine por el barrio, y lo encierre, y tire la llave. Y así vivimos en uno de los países con más presos per cápita del mundo y –¡oh casualidad!– más del 90% son jóvenes pobres. Pero algunos de los compañeros y compañeras del Frente siguen creyendo que regular las drogas, luchar contra la baja, y estar horrorizados y pelearnos contra la Ley de Faltas, el Proceso Penal para Adolescentes o la Ley de Migraciones que votó nuestra propia fuerza política es una cuestión de romanticismo, de fumetas y de gente de buen corazón.

Y todo esto no sería más que doloroso pero abatible con trabajo, como lo ha sido los últimos diez años, si no estuviera presente, acechando, provocando y asesinando el gran protagonista de estos tiempos violentos que se avecinan: la nueva estrategia belicista de la derecha mundial.

Hace pocos días la muerte de Marielle Franco puso en evidencia que el espacio de disputa ya no se reduce al discurso político que nos impone el imperio a través de los grandes medios de comunicación, a los discursos pseudo-jurídicos desde los que a través de los parlamentos o los sistemas judiciales han usurpado los espacios de gobierno que la izquierda latinoamericana conquistó en las urnas y con ellos los avances en derechos que trajo consigo. No se trata de la única ejecución de una activista ni en Brasil ni en el continente en lo que va del año. De hecho las ejecuciones de activistas en Derechos Humanos en América Latina ya superan la media docena en 2018. Y es que el escenario mundial que vienen preparando lentamente desde los medios, a través de las iglesias conservadoras, en los discursos de sus representantes políticos es realmente simple. Volver a fortalecer las estructuras de pensamiento y los esquemas de valores que fomentan la lucha de pobres contra pobres, de oprimidos contra oprimidos, para alcanzar un estado de situación que permita culpabilizar a quienes luchan por un mundo mejor por su propia muerte, por la violencia que se ejerza contra ellos, destruyendo progresivamente la integración del movimiento social y con ello al mayor y más duradero enemigo de las derechas de todos los tiempos.

Y en esto, lo que impacta y atemoriza es la incapacidad de la herramienta política de la izquierda para leer esta estrategia y trabajar en contrarrestarla. Al día siguiente al 8M varios representantes de nuestra fuerza política se mostraban escandalizados por las cuatro bombitas de tinta que 5 gurisas desubicadas tiraron a la Iglesia de Cordón. Con palabras rimbombantes hacían el juego a la derecha transformando un hecho puntual, inocuo y aislado en un tema mediático. Ni una palabra se escuchó decir a esos dirigentes de la interminable cuadra de 18 de Julio en la que el Pastor Márquez, en un despliegue de dinero de miles y miles de pesos, colocó a unos 50 uruguayos pobres a lucir carteles que rezaban #femeninas sí, feministas no; y #a mis hijos no los tocan. 

Lamentablemente, la era de la batalla de conciencias en la que por más de diez años solo conquistamos más y más pueblo ha quedado atrás. La derecha mundial se reagrupa, y no viene a disputar discursos, viene a llevarse vidas, nuevamente. Y nuevamente también, cuando la justicia encuentre al ejecutor de Marielle o de Kleo o de Gavis Moreno, (si los encuentran) no se tratará de un señor blanco heterosexual y rico. Será un miliquito pobre. Tan pobre como la mayoría de los monstruos que construye la televisión todos los días para que tengamos miedo a quienes llevan gorrito y viven en el cante. O como las mujeres y varones a los que contratan por un chorizo y tres pesos el Pastor Márquez para provocar a una marcha de cientos de miles de personas. Tan pobres como los pibes que recluta y después mata el narco, o los que habitan nuestras cárceles. Es a esos a quienes arengarán o contratarán para crear al enemigo entre hermanos. Porque en estos tiempos violentos los que más tienen no pisan las calles, sino que arengan desde lo alto. Y será el puto, la torta, el negro, la travesti a quien vuelvan a querer imponer como peligroso. 

Ante esto, nuestro Frente Amplio tiene dos caminos: volver a comprender el mundo en términos de izquierda en sintonía con las nuevas y no tan nuevas generaciones que dimos y seguiremos dando estas batallas, o comprar sin darse cuenta lo que la derecha quiere que compremos, contribuyendo con pequeños actos cotidianos a destruir lo que tantos millones de horas de militancia ha costado: un movimiento social maduro, integrado, diverso y profundamente zurdo.

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1 | Militante feminista y de la diversidad, y del Colectivo Ovejas Negras. Es integrante del Espacio 567. Actualmente se desempeña como Directora de la Secretaría de Derechos Humanos de la Intendencia de Canelones.

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