martes 17 de octubre, 2017

El capitalismo y la renta del suelo en Uruguay. Entrevista a Gabriel Oyhantçabal

Publicado el 12/05/17 a las 6:30 am

Hace unas cuantas décadas que en Uruguay no son comunes las reflexiones en economía política fuera de la órbita del pensamiento dominante. En el debate predominan los análisis comprometidos con la tradición de la escuela neoclásica y en menor medida aparecen formulaciones más propias de capitales rezagados, que, sin mayor impulso teórico en los últimos años, suelen beber del agua empozada del pensamiento cepalino. El trabajo de la tesis doctoral de Gabriel Oyhantçabal intenta echar luz sobre las tendencias estructurales que definen la economía política del Uruguay, y se inscribe dentro de un esfuerzo más amplio por la recomposición de un pensamiento económico crítico en nuestro país. En las siguientes líneas, presentamos una mirada sobre la acumulación de capital en Uruguay (1973-2014), tasa de ganancia, renta del suelo agraria y desvalorización de la fuerza de trabajo a través de los avances de la mencionada investigación. Le entrevistó Rodrigo Alonso para Brecha.

—Una de tus principales hipótesis en la tesis es que los ciclos de la economía uruguaya dependen de los flujos de renta de la tierra. ¿Por qué? 

—Empecemos por aclarar que no es una hipótesis propia. Ya Methol Ferré en El Uruguay como problema (1967) y González Guyer en El país de los fisiócratas (1984, aunque editado en 2009), postularon en sus respectivos ensayos que el devenir del Uruguay independiente respondía a los ciclos de la renta agraria. Luego hay que destacar la línea de investigación abierta por Juan Íñigo Carrera en Argentina que ha ubicado el problema de la renta del suelo como clave para entender la acumulación de capital en América Latina, y que ha derivado en sendas investigaciones sobre Brasil, Venezuela, Ecuador y Chile.

En mi caso, la hipótesis surge de forma más empírica investigando primero el boom sojero de la última década y media, y luego cuando con Martín Sanguinetti investigamos la distribución del ingreso en el agro. Ahí la cuestión de la renta del suelo apareció en toda su relevancia, porque era (es) un ingreso extraordinario que no tiene que ver con la ganancia capitalista media. Ese fue el punto de partida de la hipótesis que me llevó a formular un proyecto de investigación para hincarle el diente al problema de la renta en los últimos 40 o 50 años, retomando una idea, que es de sentido común, que afirma que los ciclos económicos en Uruguay tienen que ver con los precios de lo que exportamos. La novedad de mi hipótesis es que interpreto esos ciclos de altos precios como renta del suelo que apropia el país, y me propongo estimar empíricamente su relevancia.

Yendo al meollo del asunto, en Uruguay no tenemos capitales que estén en la frontera tecnológica (no diseñamos ni celulares ni autos ni robots), no somos un reservorio de mano de obra barata (como México o Asia Oriental), nuestro país, así como otras economías de la región, integran la acumulación mundial de capital como vendedores de mercancías primarias, en cuyo precio está contenida la renta del suelo. Si la renta, como ya habían señalado los economistas clásicos y el propio Marx, es un ingreso extraordinario por encima de la ganancia media, entonces cuando ésta crece es posible que capitales de baja productividad, que de otra forma serían inviables, se vuelvan rentables porque apropian parte de esa renta. Esto se expresa más visiblemente como crecimiento del Pbi, de los salarios directos y de los indirectos a través del gasto público. Por el contrario, cuando la renta se achica, esos capitales empiezan a quebrar porque ya no tienen esa compensación que era la renta, y se producen ciclos de recesión o estancamiento económico, que producen crecimiento de la población obrera en condición de sobrante, lo que se manifiesta en desempleo y migración, y retracción de los salarios.

—¿Cómo se distribuye ese flujo de renta?

—Básicamente la renta tiene dos destinos. El primero, y más conocido, es su apropiación por los dueños del suelo: los terratenientes. Y ojo que los terratenientes pueden ser al mismo tiempo capitalistas, cuando se superpone en la misma persona/empresa el dueño del capital y de la tierra. Como la tierra es finita, heterogénea y monopolizable, y para producir ciertas mercancías se precisa usar la tierra como medio de producción, sus dueños pueden exigir una parte del plusvalor social, aunque no participen del proceso de producción. El precio de arrendamiento de la tierra es la manifestación más evidente de este ingreso.

Sin embargo existe otro destino, menos estudiado y analizado, que es su apropiación por capitales no agrarios y por el Estado. El mecanismo más evidente de redistribución son los impuestos a las exportaciones (las detracciones o retenciones), que lo que hacen es afectar la ganancia de los capitales que exportan, y estos a su vez trasladan esta pérdida a la renta del suelo, básicamente porque para los terratenientes su margen de negociación es dejar de percibir renta. Otro mecanismo menos evidente, y por esto más efectivo (o menos conflictivo), es la sobrevaluación de la moneda nacional, el abaratamiento del dólar, que reduce la cantidad de pesos que apropian los capitales agrarios por cada dólar exportado. Esa pérdida de los exportadores también se compensa con renta del suelo. Si en el caso de las detracciones la renta la apropia directamente el Estado, en este caso la renta se apropia a través de la mediación cambiaria bajo la forma de “dólares baratos”. La renta que así se apropia puede tener como destinos principales: la importación de maquinaria y equipos; la remisión de ganancias al exterior; el abaratamiento del componente importado de la fuerza de trabajo (las mercancías chinas); el pago de intereses y amortizaciones de la deuda externa; y el consumo y/o ahorro privado en el exterior. En los primeros tres procesos los beneficiarios directos son, mayoritariamente, capitales no agrarios, que ven abaratados sus costos (tecnología y fuerza de trabajo) y que en caso de ser extranjeros multiplican sus ganancias cuando remiten utilidades.

—¿O sea que, aunque no seamos muy conscientes de ello, somos una sociedad de base agraria? ¿Los flujos de renta en función de qué varían?

—Sí. Pero esta cualidad no surge de la pericia de gobernantes y/o capitalistas agrarios, sino de cómo se ha estructurado a lo largo del tiempo la división internacional del trabajo. De hecho ocurre más allá de la voluntad de los sujetos, como resultado de un proceso autónomo orientado a la valorización del valor. Si se quiere, es resultado de que otras economías requieren materias primas y bienes-salario que se pueden producir con alta productividad (bajo costo) en las praderas orientales. Si esa condición internacional cambia, chau pinela. Entonces ser un país de base agraria es una determinación que nos escapa, que no se puede modificar en el mediano plazo por la acción política a nivel nacional.

Con respecto a los ciclos de renta pasa lo mismo. Están determinados mundialmente, y esa determinación resulta, en términos generales, de la expansión o retracción de capitales industriales que demandan materias primas y bienes-salarios que se producen con medios de producción naturales, de la productividad media en las ramas agrarias y del desarrollo de sustitutos de las mercancías agrarias. Sin cambios en la productividad, cuando se expande la acumulación industrial es necesario incorporar nuevas tierras para producir más mercancías de base agraria, y como en general esas tierras son de menor productividad, se eleva el precio de producción, que se define en las peores tierras, incrementando la renta diferencial en el resto de las tierras. En la segunda mitad del siglo XIX esos capitales estaban en Inglaterra, y en la actualidad están en China. Por el contrario, cuando la acumulación industrial se estanca o se contrae, o los aumentos de productividad por innovación tecnológica en las ramas agrarias reducen los precios de producción, o aparecen sustitutos a las mercancías agrarias (caso de las fibras sintéticas en lugar de la lana), se ingresa en una fase de retracción de la renta.

—¿Qué ocurre cuando baja el flujo de renta? ¿Hoy estamos parados en ese momento de retracción del flujo de renta?

—Cuando la renta se retrae, o deja de crecer, pierde significación una de las fuentes de compensación para los capitales que acumulan en Uruguay. Entonces lo que se ve, que es básicamente lo que estoy investigando y lo que ha encontrado Iñigo Carrera en el caso argentino, es que se recurren a dos nuevas fuentes de plusvalor: endeudamiento externo y desvalorización de la fuerza de trabajo. Si miramos las décadas del 70 y del 80, vemos claramente esos dos factores en casi toda la región. En Uruguay por ejemplo, entre 1971 y 1984 el salario redujo su poder de compra un 60 por ciento mientras que la deuda externa se multiplicó por ocho en dólares corrientes.

Efectivamente hoy estamos de vuelta en un escenario de retracción de la renta, luego de un ciclo fuertemente expansivo. Aun tengo cifras preliminares, que seguramente subestimen el monto total, pero entre 2005 y 2011-2013 la renta agraria total se multiplica por 6,5 en moneda constante, para luego caer un 50 por ciento hacia 2016, no obstante lo cual sigue estando tres veces por encima de sus valores en 2005. Es decir, ya no estamos en un escenario de “súper-rentas”, pero aún sigue siendo superior al monto de comienzos de los dos mil. Mi hipótesis fuerte es que esta retracción parcial que está detrás del enlentecimiento del crecimiento económico registrado en los dos últimos años, explica el ajuste fiscal de 2016 y las pautas orientadas a la desindexación salarial, así como el reinicio de un ciclo de endeudamiento.

—Juan Iñigo Carrera plantea que de continuarse incrementando las brechas de productividad de nuestros capitales industriales respecto a los que rigen en la media mundial la situación para los sectores trabajadores de Sudamérica no es para nada auspiciosa. Les espera o bien engrosar la masa de población sobrante o la depreciación del valor de su fuerza de trabajo. En función del movimiento que describías anteriormente, ¿cuáles son las perspectivas a mediano y largo plazo para Uruguay?

—La clave es intentar captar las grandes tendencias, preguntarse qué puede pasar en los próximos 30 o 40 años más allá de coyunturas específicas. Si el escenario actual de “complementación conflictiva” Estados Unidos-China sigue operando dos o tres décadas más, es esperable que la trayectoria del Uruguay “virtuoso” siga dependiendo de los ciclos de alta renta, a costa eso sí de una mayor degradación de la base ecológica sobre la que se sustenta la producción agraria (lo que una parte de la izquierda ha llamado “neo-extractivismo”). Hay otro escenario, mucho menos auspicioso para la clase trabajadora, que es la retracción casi total de la renta y una salida tipo México (o Paraguay), basada en competir mundialmente como reservorios de mano de obra barata maquilando mercancías para vender en la región, y seguramente expulsando a los segmentos más calificados de la clase trabajadora.

—¿Cómo responder a estas tendencias desde los que vamos a sobrar o a ver como se nos deteriora nuestra participación en el ingreso nacional?

—El problema, ante un escenario de ajuste regresivo, es cómo se procesa su distribución, quién paga los costos, y eso es lucha de clases, que no es una construcción ideológica izquierdista, sino un proceso real, material. Lamentablemente sólo tengo intuiciones generales para responder la pregunta, aunque tiendo a pensar que es necesario por un lado, planificar e invertir racionalmente los excedentes bajo apropiación nacional, y por otro, ampliar la escala de la acción política al menos a nivel sudamericano. Obviamente que ambas estrategias exigen, guste o no, abordar el problema del rol social del Estado y su control.

—Parece que lo que sobra acá no es parte de la población, sino una modalidad determinada de relaciones sociales a superar…

—Totalmente. El horizonte histórico para los trabajadores sigue siendo sustituir al valor, y a su forma superior, el capital, como mediación indirecta de los trabajos privados, por un tipo de relaciones entre individuos libremente asociados, que directamente organicen la reproducción de sus vidas. Por mucho que le pese a los liberales, el problema del socialismo vuelve a presentarse como una necesidad histórica.

 

 

Gabriel Oyhantçabal
Ingeniero agrónomo, doctorando en Estudios Latinoamericanos por la Unam (México), docente del Servicio Central de Extensión y de la Facultad de Agronomía de la Udelar y miembro del comité editorial del sitio de debate político HemisferioIzquierdo.uy.
Fuente: http://brecha.com.uy/, 6 de abril 2017
Tomado de http://www.sinpermiso.info/textos/el-capitalismo-y-la-renta-del-suelo-en-uruguay-entrevista

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