viernes 22 de septiembre, 2017

Trump desde Uruguay. Dossier

Publicado el 26/11/16 a las 9:00 am

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La TRUMP TOWER, Punta del Este en construcción.

Presentamos un segundo Dossier sobre el presidente electo norteamericano. Esta vez enfocados en las miradas uruguayas de Aldo Marchesi, Victor Hugo Abelando (entrevistando a Jorge Notaro y a José Manuel Quijano) y por último, la visión punzante de Ricardo Viscardi. Aqui se unen las tendencias estructurales del orden mundial, las gritas abiertas por la crisis, las expresiones políticas, el efecto de las tecnologías mediáticas y las incidencias en Uruguay. Agregamos informes en video de Telesur sobre los cambios discursivos de Trump y los nombres manejados para su gabinete, y de la CNN sobre la estrategia mediática.

Trump o cuando el pasado ya no es lo que era

Por Aldo Marchesi

En 1944 Karl Polanyi escribía The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time [La gran transformación: el origen político y económico de nuestro tiempo]. El libro era una demoledora crítica a la fe ciega en la autorregulación del mercado que proponía el liberalismo económico y a las consecuencias que dicha creencia había tenido sobre los pueblos europeos. Entre otras cosas, responsabilizaba al liberalismo de la crisis que había llevado a las decenas de millones de muertos de las dos guerras mundiales. Sin embargo, en su último capítulo encontraba una dimensión positiva de aquella experiencia que para él ya era parte del pasado: “El hundimiento del sistema tradicional no nos deja en el vacío. Y no es la primera vez en la historia que los remedios contra el absurdo pueden contener los gérmenes de instituciones duraderas. […] Asistimos en el interior de las naciones a una evolución: el sistema económico ha dejado de ser la ley sobre la sociedad y se ha restaurado la primacía de la sociedad sobre ese sistema. Esta evolución puede producirse adoptando diferentes formas democráticas y aristocráticas, constitucionales y autoritarias […] Pero el resultado es el mismo para todos, el mercado ya no será más autorregulador”.

Lo que Polanyi expresaba ya en 1944 era un sentir bastante generalizado que habilitó diversas formas de freno estatal a la utópica libertad de los mercados entre los años 40 y los 80. En su versión más virtuosa eso se expresó en algunos estados de bienestar europeos, que se desarrollaron sobre la memoria de los muertos de la guerra y la voluntad explícita de evitar las consecuencias políticas y sociales del liberalismo económico. La tendencia fue general. Dicho orden global se sostuvo en la modernización de las sociedades a partir de la expansión de clases medias que expresaban un ideal al que todos podían aspirar en el mediano plazo.

Sin embargo, la memoria de los muertos no se mantuvo por tanto tiempo. Dicho orden de posguerra comenzó a ser interpelado a partir de los 60, y en los 80 una ola neoliberal que se implantó desde Estados Unidos e Inglaterra comenzó a reinstalar la idea mágica del mercado como regulador. Son muchos los estudios que muestran las consecuencias de dicho viraje. Desde ese período el aumento de la desigualdad en conjunto con una precarización del trabajo han llevado a la caída de los sectores medios en Estados Unidos y Europa occidental. A partir de los 90, en el mundo de la pos Guerra Fría esa ola neoliberal se identificó con el fin de la historia y se transformó en una “realidad indiscutible” a la que todos denominamos “globalización”.

Estos procesos que se vienen desarrollando desde hace cuatro décadas están en la base de algunas de las crecientes incertidumbres acerca de la viabilidad del orden global neoliberal que hoy emergen en Europa y Estados Unidos. La victoria de Donald Trump ilustra estas incertidumbres. Un hijo de millonario que aumentó su fortuna a partir de la especulación inmobiliaria y que es un símbolo evidente de la estética neoliberal que se popularizó en los 90 llega al gobierno con un discurso de proteccionismo económico, sostenido por una base popular que reclama el retorno a la prosperidad de sectores medios de trabajadores que habían constituido la base social de la democracia estadounidense a partir de 1945.

El reclamo, además, está cargado de dimensiones racistas que desatan una serie de fuerzas latentes en la sociedad estadounidense. Tampoco en este caso la experiencia de la memoria de la Segunda Guerra Mundial se muestra eficiente. Entre los 50 y 60 la comparación del régimen de apartheid de algunos estados norteamericanos con el nazismo, señalada por el movimiento de derechos civiles, sirvió para moderar el racismo institucional de la democracia estadounidense. Las denuncias de estos movimientos sociales preocuparon a los gobiernos estadounidenses que querían presentarse como la supuesta democracia ejemplar de la Guerra Fría y veían cómo su influencia se perdía en el Tercer Mundo por su política frente a los estadounidenses negros. Esto los llevó a aceptar una serie de reformas por las que tardíamente reconocieron el derecho a la ciudadanía de los afroamericanos en todo el territorio. Estas comparaciones también parecen haber caído en desuso en el momento actual, en el que ciertos sectores populares blancos no encuentran ninguna ventaja en el rol de liderazgo estadounidense en el mundo. Y así es como Trump legitimó la emergencia pública de viejos y nuevos sectores de la derecha racista que, sin ningún prurito, hablan de la superioridad racial con respecto a latinos y negros, e incluso parece estar renaciendo un antisemitismo que parecía cosa del pasado.

Gran parte de estos movimientos han tenido un gradual crecimiento desde los 80 dentro del Partido Republicano y en la sociedad. Lo particular es que en este caso Trump logró conjugar esos movimientos de extrema derecha con una demanda popular, vinculada a la necesidad de mejores empleos para los trabajadores, que antes del viraje neoliberal era capitalizada por los sindicatos y ciertos sectores demócratas. Eso le dio al republicano una nueva fuerza que lo catapultó como un candidato del pueblo frente al establishment representado por Hillary Clinton. Además, le dio una dimensión movilizadora insólita en la política estadounidense.

En los últimos meses, varios artículos de prensa internacional han señalado las similitudes entre su estilo de liderazgo y de movilización y los fascismos europeos del período de interguerras. Además del fuerte peso de un liderazgo personal atado a una discursividad irracional y pasional, cabe recordar que tanto el fascismo como el nazismo en sus inicios integraron demandas de los sectores trabajadores, para luego abandonarlos y aliarse con los sectores empresariales. Algunos de los nombres del gabinete de Trump van en la misma dirección. Sin embargo, todas estas similitudes con el pasado no sirvieron para frenar su ascenso.

Por último, lo que está ocurriendo en Estados Unidos se produce en un contexto global en el que la hegemonía estadounidense construida desde el final de la Segunda Guerra Mundial y fortalecida luego de la Guerra Fría no parece estar garantizada. Una infinidad de análisis hablan de que estamos cercanos a una transición económica que llevará a que nuevamente la economía mundial vuelva a tener su centro en Oriente, y que particularmente China será la principal potencia.

En esta disputa Estados Unidos aún mantiene un fuerte poderío militar, con casi la mitad del armamento del mundo. Lo sigue China, a cierta distancia. Pero es cierto que el descenso económico y la malograda política imperial de este siglo generan muchas dudas acerca del futuro de ese poderío. En este sentido, esta transición económica está plagada de incertidumbres y subyace a varios de los conflictos actuales. No sabemos si será similar a la transición pacífica que se dio entre Gran Bretaña y Estados Unidos, o si tendrá los devastadores componentes bélicos que adquirió el conflicto por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

Dicha disputa tiene muchas implicancias que van más allá de la mera transición económica. Una de ellas tiene que ver con qué entenderemos en las próximas décadas por democracia. Lo que muchos elogian como la democracia estadounidense fue el resultado de un arreglo social que se sostenía en una política imperial que ya no parece redituable para sectores importantes de la población de ese país. Asimismo, el nuevo lugar de China también interpela en lo ideológico la idea de que la democracia política es el camino inevitable de la modernidad y el progreso. Este nuevo contexto habilita a las corporaciones económicas a defender el comunismo capitalista argumentando que se sustenta en diferencias culturales; y a los tecnócratas, a banalizar las opciones soberanas en pos de objetivos económicos y también a favorecer un orden mundial basado en el acuerdo entre grandes líderes pragmáticos y con perfiles autoritarios para quienes el lenguaje de los derechos humanos resulta una mera ingenuidad.

Este clima ya parece afectar a América Latina. Tal vez este sea el momento de apartarse de aquella idea construida por el liberalismo de la Guerra Fría de que nuestras democracias fueron una mala copia del experimento “excepcional” estadounidense. En este relato, una suerte de superhéroes llamados padres fundadores diseñaron un sistema institucional que supo -en condiciones de esclavismo, estados de excepción permanentes marcados por guerras mundiales, cruzadas anticomunistas y lucha antiterrorista- mantenerse como una democracia virtuosa. Hoy resulta necesario apartarse de esa visión para empezar a ver a la democracia estadounidense como una experiencia histórica entre otras del continente, con sus virtudes y también con sus profundos problemas, algunos de los cuales hoy emergen con particular dramatismo. Ponerla en un diálogo más fluido con nuestras propias tradiciones políticas democrático-liberales, que como varios historiadores del siglo XIX han señalado fueron también importantes para la construcción de la democracia liberal en el mundo atlántico. En reencontrarnos con esas tradiciones se nos van el futuro y los significados de la democracia, una idea interpelada desde varios lugares en este presente incierto.

Aunque Trump es un recién llegado a la política, varios de los asuntos que se expresan hoy son acumulaciones de décadas previas. Su victoria parece ser la evidencia de que un orden global que se construyó luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial y que tuvo como centro a Estados Unidos está mostrando serias grietas. Las similitudes con el pasado siempre son complejas y no tienen una dirección unívoca. La historia nunca se repite de igual manera. Sin embargo, uno de los indicios más evidentes de la dimensión de estas grietas es que gran parte de la memoria sobre la que se construyó ese ciclo ya no sirve para detener procesos contemporáneos.

Por ahora, susto

Por Víctor Hugo Abelando

Un nuevo paradigma comercial es el que pregona el futuro presidente de Estados Unidos. Amenaza con establecer barreras arancelarias para recuperar varios sectores de su industria que migraron a zonas más rentables. En suelo uruguayo, los expertos dudan de que Donald Trump pueda con el poder de las trasnacionales, instale modalidades proteccionistas y rompa con la libre circulación de mercaderías e inversionistas.

El gobierno uruguayo reaccionó con preocupación ante las posibles medidas proteccionistas a instrumentar por el electo presidente estadounidense. El ministro de Economía, Danilo Astori, manifestó que se abre un momento de incertidumbre sobre el rumbo que impondrá Trump a los vínculos comerciales con el mundo. No obstante, la principal inquietud del equipo económico está ligada a las políticas fiscales y monetarias que prometió implementar el futuro mandatario.

Hoy, según datos del instituto Uruguay XXI, a dicho país se dirige el 7 por ciento de las exportaciones uruguayas. La carne es el principal producto con ese destino, seguido por la celulosa y otras mercancías. En cuanto a las Tic, de acuerdo a los datos del instituto mencionado, las ventas al exterior rondan los 400 millones de dólares, y el 27 por ciento de ese monto proviene de los negocios con Estados Unidos (el segundo destino es Brasil). Por consiguiente, las nuevas políticas de Trump tendrían mayor incidencia sobre aspectos financieros y monetarios.

El economista Jorge Notaro indicó a Brecha que no cree que haya cambios muy importantes que afecten a la economía de Uruguay y a las demás del mundo: “Básicamente se han destacado algunos aspectos. Uno es cerrar la economía y reconstruir la industria estadounidense que se trasladó hacia países dependientes, buscando menores costos de mano de obra. Eso empezó por la vestimenta y los textiles y siguió con la industria automotriz, pero es un proceso complejo y muy difícil de revertir”. En su opinión, la preocupación de Trump está centrada en los productos industriales, cuyo principal exportador es China. Por lo cual las exportaciones uruguayas, que son mayormente commodities, no tendrían mayores problemas. Y sobre las Tics, recordó que son muy difíciles de controlar con barreras aduaneras.

No obstante, un riesgo latente es que el proteccionismo rija para toda la producción estadounidense y no sólo para los productos industriales. De ahí la preocupación de Astori sobre posibles trabas a la recientemente acordada introducción de carne ovina con hueso.

Notaro añadió que anuncios como la reducción de impuestos a los ricos y un gran plan de infraestructura requerirán, para financiar los costos del Estado, una mayor deuda pública. Y Trump, al tener la mayoría en ambas cámaras, no tendría los problemas que tuvo Barack Obama para que el Congreso le suba el tope de endeudamiento. La consecuencia inmediata es que para lograr que sus bonos sean atractivos en el mercado mundial lo lógico es que se aumenten las tasas de interés (que hoy oscilan entre 0,25 y 0,5 por ciento). De concretarse esa medida habría una fuerte competencia para los títulos de deuda uruguaya, comentó el economista. Pero, además, la llegada a Uruguay de inversión extranjera directa destinada a la producción podría verse disminuida, al preferir los capitales circulantes en el mundo el refugio seguro de los papeles y no los riesgos de otro tipo de emprendimientos.

El otro aspecto a tener en cuenta es que las iniciativas monetarias y fiscales anunciadas llevarían a un incremento del precio del dólar. La moneda estadounidense tuvo fuertes aumentos en su precio a principio de año, ante la perspectiva de que la Reserva Federal subiera las tasas, pero frente a la no concreción de ello se depreció (pasó de 33 pesos a 28,5), transformándose en uno de los factores importantes en la contención de la inflación en Uruguay. Si la tendencia se revierte y el dólar vuelve a apreciarse, esto sería un factor de empuje inflacionario, debido al nivel de importaciones de bienes y servicios de la plaza uruguaya.

Trump se plantea revisar el Nafta (acuerdo de libre comercio firmado con México y Canadá) y propone establecer un arancel del 35 por ciento a todos los productos que ingresan a Estados Unidos, fabricados por empresas originalmente radicadas allí. Hoy México tiene como principal destino de sus manufacturas el mercado estadounidense, y éstas son mayoritariamente producidas por firmas de su vecino del norte. Además en suelo mexicano, fruto del Nafta y de la mano de obra barata, están presentes fabricantes de automóviles asiáticos (japoneses, coreanos y chinos) que también se exportan a Estados Unidos. Si se cumplen las promesas de Trump sería un golpe muy fuerte para la economía mexicana (y también se afectaría a los países americanos que tienen relaciones comerciales con México). Por otro lado, la postura del futuro presidente estadounidense, contrario a los tratados de libre comercio, cerraría las puertas a intenciones como las de Argentina de firmar un Tlc entre el Mercosur y Estados Unidos.

De todas formas, la interrogante es si Trump querrá o podrá seguir adelante con sus planteos electorales. Notaro sostuvo que “los presidentes presiden, pero el poder está en otro lado. Está en el capital financiero, en el complejo industrial militar, en los capitales vinculados al petróleo y la energía. Creo que la globalización comandada por las trasnacionales no es reversible”.

El problema para Uruguay es si otra vez tendrá que replantearse su modalidad de inserción internacional. Ya tuvo que hacerlo cuando el Mercosur entró en el freezer, entonces decidió apostar a la apertura total, propia de un mundo de acuerdos plurilaterales. Ahora si la primera economía del mundo se cierra y se aísla, las relaciones comerciales tomarán otro derrotero.

Con el economista José Manuel Quijano

Un intento de cambio radical en el comercio

—¿Cuánto modifica el escenario internacional la elección de Donald Trump?

—El mundo trabajó sobre la construcción de una organización mundial de comercio, lo hizo mucho tiempo en esa dirección, no tuvo el éxito deseado por Estados Unidos y la Unión Europea (UE) y surgió el otro mundo, el de los acuerdos plurilaterales o bilaterales. Este esquema es el que estaba funcionando a todo vapor impulsado por Estados Unidos en estos diez últimos años. El primero importante fue el Nafta. Este esquema es lo que este hombre pone totalmente en entredicho, ya que, dice, tenemos hoy en día un problema muy serio, “se nos han ido las empresas de Estados Unidos a México”. Entonces hace dos aseveraciones importantes. La primera es que va a revisar (aunque alguna vez utilizó el término eliminar o algo por el estilo, tal vez en parte por su lenguaje desbocado), corregir y modificar el Nafta y va a poner para muchos productos aranceles muy altos, tratando de defender la industria estadounidense. También se opone tenazmente al Transpacífico y por consiguiente a la respuesta que estaba dando el gobierno de Estados Unidos a China. A este país lo acusa de ser responsable de la desindustrialización estadounidense. Tercero, se opone al Tlc con la UE.

Entonces tenemos que los esquemas con que ha trabajado Estados Unidos van a ser revisados o no serán impulsados con el mismo vigor. Esto es un cambio radical en comercio e inversión a nivel global. No creo que eso modifique necesariamente las políticas de China. Lo primero que vamos a ver es del lado de la UE una flexibilidad un poco mayor para tratar de impulsar acuerdos con otras regiones. Y eso sí puede tener un efecto interesante sobre la negociación entre Europa y el Mercosur, porque está trancada desde hace muchísimos años.

—¿Es posible que vuelvan las empresas a suelo estadounidense?

—Es prácticamente imposible revertir ese proceso, es factible perjudicarlo, entorpecerlo y enlentecerlo. Existen trabajos de economistas que sostienen que difícilmente Estados Unidos logre una recuperación importante y significativa de su presencia industrial en el mundo. No se le van a relocalizar empresas que antes se habían ido a trabajar a China o a México, porque hay razones para ese desplazamiento vinculadas a productividad, a aspectos salariales, a costos en general. Como planteo de fuerza puede ser muy interesante, para poner a los chinos en una línea “más cooperativa”. China y Estados Unidos tienen un diálogo bilateral de comercio e inversión, planteado ya hace unos cuantos años, que no ha progresado demasiado. Si uno lo mira en perspectiva esto está vinculado a lo que ya pasó con Japón. En la época en que Japón era muy competitivo y le vendía masivamente a Estados Unidos, la administración estadounidense resolvió el problema en términos más amigables mediante acuerdos voluntarios de freno de exportaciones. Japón se avino a venderle la cantidad de autos que le decía Estados Unidos. Y cuando no fue suficiente, Estados Unidos le impuso una modificación de su política monetaria, para que Japón perdiera competitividad. En consecuencia Japón entró en un cierto letargo. A Japón le doblaron la mano. El problema es doblarle la mano a China, que no tiene la historia de la Segunda Guerra Mundial, ni esa dependencia de Estados Unidos, tiene armamento propio. Yo veo más la posibilidad de que China frene el impulso exportador que tiene, a que las inversiones vuelvan a radicarse en Estados Unidos.

Tío Rico McPato aniquila al sistema de partidos

Por Ricardo Viscardi

Cierto efecto post-Trump ha desencadenado una ola de indignación y estupor mundial. El perfil xenófobo, racista y homófobo protagonizado por el victorioso presidente electo de la mayor potencia nacional mundial, ha sumado en su contra miles de millares de condenas justificadas y fundadas. Esta ola no es la primera, sino la segunda contra Trump. Si se advierte que la primera cresta de indignación lo llevó a ser electo presidente, conviene en el inicio de esta segunda marejada y previniendo la mortificación moral que cundirá en adelante, preguntarse adonde nos llevará -o mejor dicho llevaría al invicto Trump- esta segunda onda mundial que nos mantiene desde ya en la cúspide de la más loable escandalización.

Con razón más de un compañero1 se preguntaba en el exilio por qué habían triunfado esos brutos y energúmenos militares que tuvimos por verdugos, cuando eran obviamente ignorantes e incultos. Desde entonces algunas décadas pasaron y no dejaron de conservar, aquellos ignaros, una impunidad institucional que se burla de la investigación, tras haber evitado con dos plebiscitos de por medio, que la ley de “caducidad de la pretensión punitiva del Estado” (es decir: la ley de impunidad) fuera derogada. Todavía están preguntándose en Chile por qué un asesino despiadado les legó una constitución que al presente se perpetúa, sin hablar de la dispersión del sistema universitario y la mercantilización de la enseñanza durante décadas, circunstancia a la que aún hoy se le busca solución satisfactoria.

El triunfo del tocayo del pato de Disney se produce como efecto de un derrumbe del sistema de partidos, parte fundamental del sistema político. No sólo Trump le hace morder el polvo reiteradamente en las internas a los “políticos profesionales” del partido republicano, sino que además logra derrotar a su contendiente demócrata en elecciones nacionales -por más que Hillary Clinton no sólo contaba con su propio partido, sino también con la defección de gran parte de quienes hubieran debido apoyar a Trump por disciplina partidaria. A ese desequilibrio que cundía entre los apoyos propios y ajenos, la candidata demócrata sumaba en su favor la opinión pública nacional e internacional y un gran contingente de “famosos” y notables, que incluso declaraban un rechazo visceral hacia el candidato del jopo blondo.2 Para medir el grado de condena del magnate convertido en “nuevo rico” de la política (o en política del “nuevo rico”) con relación al registro “políticamente correcto” del “establishment”, conviene tener en cuenta que la familia Bush -que difícilmente pase por moderadamente derechista, le negó su apoyo e inclusive votó en blanco.3

Curiosamente los analistas no se preguntan por las causas estructurales del derrumbe del sistema de partidos, sino por las determinaciones sociales – desocupación, inmigración que compite por los mismos trabajos, desmantelamiento industrial- que como efecto de la globalización determinan un giro defensivo y derechista, entre cierta base electoral históricamente marcada. Tal mutis por el foro de la interrogación manifiesta ante todo una defección del pensamiento, en cuanto deja en un limbo perenne la vigencia efectiva de la democracia representativa, perforada por la tecnología en el terreno de la información y la comunicación. Convendría poner en cotejo con este derrumbe vía Trump no sólo el Brexit, suceso de escala internacional, sino también el prolongado lapso sin gobierno por el que acaba de pasar España, o la mofa de la legitimidad democrática que supuso la destitución de Roussef. Todas estas manifestaciones replican un único fenómeno (a esta altura “crónica de una muerte anunciada”)4: desestabilizada por la circulación supra-nacional propia a la tecnología mediática, la institucionalidad estatal no conserva una condición rectora de la circulación de la opinión, ni tampoco de la eficacia del poder.

El elemento más significativo en tal sentido es el “voto vergonzante” de parte del electorado de Trump, que lo llevó a falsear en la declaración de opinión la intención de voto.5 Los encuestadores debieran considerar, antes que imputar de falsía a los encuestados, si la identificación entre los medios de comunicación y los instrumentos de compulsa -ya fundidos en un único sistema mediático- no conlleva que viendo al uno -el encuestador- se ve al otro -el “4o poder” como “brazo civil” del sistema político. ¿Cuántos entre nosotros le declararían al “agente del orden” que golpea a la puerta que acaban de cometer un delito?

Si este derrumbe del sistema de partidos se vuelve tan estentóreo en EEUU, cuando en realidad es un fenómeno reiterado por episodios telenovelados -¿como olvidar a Berlusconi, a Menem y a Collor de Mello?, es porque el outsider yankee ingresa desde el exterior del sistema político, sin antecedentes de actuación, en cuanto el sistema de partidos estadounidense no se articula a través del vínculo entre ideología y movilización social que denominamos, en la tradición occidental, “movimiento popular”. Ya en los años 60’ la escuela de Francfort denunciaba que los sindicatos obreros operaban en el país norteño como resortes directos del poder, sin distancia ideológica con el status quo.6 Esta desideoligización relativa no sólo es efecto de una singular energía del sistema económico capitalista en tierra yankee, sino que incluso esa percepción de un contexto objetivo omnipotente es, ella misma, efecto de una tradición pragmática que la inspira y sostiene.

La minoridad en que prosigue un movimiento popular vertebrado entre la base social y la soberanía estatal es suplido por la vía del sistema de comunicación. Estados Unidos fue el país pionero en la implementación de la propaganda bélica con fines de movilización social desde la 1a. Guerra Mundial, sobre los hombros de una pujante industria cinematográfica.7 Tanto los periódicos de masas como los medios electrónicos clásicos (radio y televisión) oficiaron como orientadores de la opinión pública, marcando umbrales en la comunicación política de masas, entre los que se destaca el debate televisivo Kennedy-Nixon en 1960. Sin que medie la configuración de tradiciones organizadas en torno a troncos ideológicos, semejante incidencia de la comunicación de masas tiende a gravitar en torno a la gestión empresarial de los mismos medios que la sostienen.

Durante la campaña que se cerró anteayer, algún periódico manifestó su apoyo a la Sra. Clinton.8 En el Uruguay ese apoyo sería impensable, porque el lector entendería, al tomar noticia de tal “apoyo”, que le toman el pelo: ¿Se imagina a El Observador apoyando al Frente Amplio? Ese decalage entre el ethos (costumbres y carácter de un pueblo) propio del Uruguay, donde el sistema de partidos presenta (según Sartori) el mejor ejemplo de un sistema de fracciones (es decir donde los partidos se encuentran en interface máxima con la sociedad) y por otro lado, el sistema estadounidense, nos da la pauta de la sustentanción tecnológica y empresarial del sistema de medios en aquel país (publicidad, periodismo, formación de opinión), que asimismo lo anuda inapelablemente a los intereses más inmediatos y menos consistentes.

Mi recordado amigo Pablo Astizarán decía con notable mordiente conceptual: “El marketing se ha hecho para saber lo que el mercado quiere. El problema es que el mercado no está hecho para saber”. Un saber anclado sobre la volubilidad del interés se parece demasiado a la ruleta rusa conceptual o al volátil jopo de Trump.

Esa sustentación empresarial del sistema de medios y de la movilización que reposa sobre él, debe encontrarse respaldada por una sólida confianza en la reciprocidad de significación entre la información periodística y las opciones en juego. Al margen de cierta cohesión estructural del proceso mediático, la “convicción por información” (en lugar de la “fortaleza ideológica”) no lograría persuadir en el plano de las conductas colectivas. El consenso relativo se articula, por esa vía, de cara a un concepción unificada del vínculo entre la formación de opinión y las señales del contexto, es decir, bajo el follaje umbrío del criterio pragmático del saber: “el árbol se conoce por sus frutos”.

El problema se presenta, dentro de esa realidad supuestamente una, cuando las razones que movilizan la lectura son diferentes y por consiguiente, los efectos esperados también. Una vez admitido que siendo la realidad una, los efectos deben ser igualmente observables para tirios y troyanos, el “día después” puede dejar a Trump en la Casa Blanca. Es así que en el país que concibió el criterio de continuidad cognitiva para representar una realidad única per se (el pragmatismo), cunde al día de hoy la brecha ideológica más estentórea, por encima de cualquier otro ejemplo dentro de la tradición occidental.

Esta situación devastada de una opinión ontológicamente integrista pesa ante todo en el plano educativo y debiera llevar a abandonar, de una vez por todas, los criterios de “eficacia aplicada a la educación” que se fundan en la “evaluación” -término originado en el quehacer empresarial- por indicadores (pruebas Pisa, ranking de Shangai, modelo “Sillicon Valley”). La educación “para el trabajo en el mundo de hoy” que cundió a través del gobierno del “presidente más pobre del mundo” entre nosotros, cristaliza también hoy en las opciones del electorado más emprobrecido intelectualmente dentro del país más rico del mundo. La formación aplicada (es decir, capacitación operativa) que predicó “el Pepe”, cuadra a la perfección con el sesgo educativo característico de la tradición anglosajona en su conjunto, predominante además entre el electorado que se pasó a las filas de Trump y generó así la diferencia electoral decisiva: obreros blancos de baja clase media y nivel de educación formal secundario o menor.9

Si alguien adujera que el proyecto mujiquista en el Uruguay apuntaba a una educación técnica terciaria, convendría recordarle que las pautas rectoras de la educación no se dividen sin dividir -es decir, disminuir en su alcance ideológico- ipso facto el proyecto educativo, ya que como lo recordó en su momento Vaz Ferreira, las ciencias y las técnicas clásicas y modernas son precedidas por la insumisión humanística.10 Si se liquida las Humanidades -como efectivamente lo preconizó declarativamente “el Pepe”,11 se liquida el conjunto de la tradición transformadora de la sociedad a través del saber (como lo sostuvo el propio Congreso de los EEUU).12

Se dirá que en ese mismo contexto ha penetrado exitosamente el pensamiento post-estructuralista y el post-modernismo nietzscheano, en universidades como John Hopkins en su momento, también se aducirá la finísima elaboración de núcleos que lideran en las ciencias y las artes, sin olvidar que Nueva York es el centro cultural del mundo actual. Ante la elección de un demagogo adinerado, mal que le pese a un importante sector bienpensante, conviene considerar que cierto brillo intelectual de laminadas elites no constituye sino una mínima parte del iceberg, apenas emergente por sobre la línea de flotación, cuya amenaza consiste en la masa sumergida por debajo de “lo políticamente correcto” y no en el brillo de una reducida cúspide.

Bajo una mirada sostenida en la perspectiva de la crisis de la cultura decimonónica de la representación-delegación y de los estados-nación que proyectó, pero que a su vez disolvió durante la 2a mitad del Siglo XX en la tecnología -particularmente en su versión mediática, el “efecto Trump” se presenta menos desalentador que la denuncia “políticamente correcta” pero cargada de moralismo bienpensante:

a) en adelante será más difícil hacer pasar gato empresarial por liebre popular: el “efecto Trump” demostró que la comunicación masiva no instruye sino que simplemente consume y que nadie “pasa” por ella (Mujica, Lula, Novick) sin someterse a la recepción ideológica que la sostiene

b) la pretensión de incidir a través de campañas de moralización de la opinión pública (sobre ecología, género o globalización) en el sistema político -para transformar desde el Estado la sociedad- toma deseos por realidades: el sistema político claudicó de antemano en manos de la tecnología mediática

c) la orientación de la vectorialidad de los movimientos sociales y las campañas de opinión hacia una cristalización normativa, sólo agrega capas de judicialización de la sociedad, que las creencias efectivas se sacudirán de encima, como el bagual encabritado por el domador del que se deshace: se impone cambiar el ethos (carácter y costumbres de un pueblo) -a través de una educación insumisa al empresariado- antes que modificar el sistema jurídico

También se distingue un laudo del saber: los numeritos simplificadores se han disuelto como azúcar en el café, en el propio país donde el modelo con sabor a realidad tangible tuvo su “centro de excelencia”. Queda gente para creer en las encuestas (no sólo de opinión) y en el tarot, aunque este último lleve, en la comparación, cierta ventaja de tradición interpretativa.

NOTAS

1Recuerdo la insistencia al respecto de Luis Guirín.

2“Super famosos de Hollywood se unen para llamar a votar en EU (contra Donald Trump)” El animal político (21/09/16) http://www.animalpolitico.com/2016/09/super-celebridades-hollywood-se-unen-llamar-votar-eu-donald-trump/3 “Elecciones en Estados Unidos: el expresidente George W. Bush confirma que no votó por Donald Trump” BBC Mundo (09/11/16)
http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-37917588

4Entre tantos otros anuncios de la desarticulación de la idiosincracia de la representación (política incluida), ver Derrida, J. (1993) La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, p.82.

5Pardo, P. “El voto oculto de Donald Trump” EM Internacional (27/10/16) http://www.elmundo.es/internacional/2016/10/27/5810fd8cca4741ce178b456c.html

6Marcuse, H. (1969) Psicoanálisis y política, Península, Barcelona, p.142.

7 McQuail, D. (1983) Introducción a la teoría de la comunicación de masas, Paidós, Barcelona,
p. 217.

8 “The New York Times’ apoya la candidatura de Hillary Clinton” El País (24/09/16) http://internacional.elpais.com/internacional/2016/09/24/estados_unidos/1474746576_990368.html

9“Quien votó a Trump?” El Observador (09/11/16) http://www.elobservador.com.uy/por-que-gano-trump-n996253

10Vaz Ferreira, C. “Discurso de Carlos Vaz Ferreira” en 70 años de la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (2016) Facultad de Humanidades, p.11.

11Ver en este blog “Mujica contra la filosofía: la desobediencia civil presidencial” (16/06/11) http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/2011/06/mujica-contra-la-filosofia-la_7065.html

12 The Hearth of the Matter (2013) American Academy of Arts and Sciences, Massachusets. Versión
digital http://www.humanitiescommission.org/_pdf/HSS_Report.pdf

LOS ARTÍCULOS FUERON TOMADOS DE:
http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/11/trump-o-cuando-el-pasado-ya-no-es-lo-que-era/
Semanario BRECHA, 18/11/2016
http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/

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